No entristecer al Espíritu Santo

Cada vez que leo a san Pablo mi corazón se remueve. En su carta a los Efesios nos recomienda el apóstol de los gentiles que no entristezcamos al Espíritu Santo. Y, hoy, en el silencio de mi oración, me preguntó de qué manera puedo entristecer al Espíritu de Dios. Y la respuesta me llena de turbación porque cada vez que soy incapaz de vislumbrar los dones y gracias que Dios derrama sobre mi lleno al Espíritu de tristeza. Cuando soy incapaz de dar gracias y pensar que todo lo que tengo, lo que soy, lo que genero, no es sólo fruto de mis capacidades sino de la gracia de Dios, lleno de tristeza al Espíritu. Y, cuando estoy convencido de que todo lo merezco, que todos los beneficios que redundan en mi vida son fruto de mi merecido esfuerzo, cubro de tristeza al Espíritu. Y cuando me miro a mi mismo, colocándome en un pedestal de barro, dejando de contemplar a Dios como el único y verdadero Dios, porque tengo otros ídolos que llenan mi vida envuelvo al Espíritu Santo de una profunda tristeza.
Pero no sólo Pablo me exhorta a no poner triste al Espíritu. Me invita a desterrar de mi corazón la amargura, los enfados, la ira, los insultos y toda maldad. ¡Qué iluso parece, en ocasiones, san Pablo! ¡Esto es, en apariencia, un imposible!
¿Cómo pensar que es posible desterrar la amargura del corazón humano cuando constantemente nos hieren y herimos, nos ofenden y ofendemos, nos envidian y envidiamos, nos critican y criticamos, nos agarramos a los sufrimientos del pasado y somos incapaces de vislumbrar las alegrías del presente, nos comparan y comparamos, nos buscan los defectos y nosotros evidenciamos los ajenos, tratamos de dejar constancia de nuestros éxitos y minimizamos los de los otros, se alegran de nuestros fracasos y nosotros luchamos denodadamente para mostrar lo que no somos?
¡La amargura, la tristeza, la desesperanza no son los signos representativos del cristiano! Un cristiano no puede permitirse ¡jamás! ser una persona triste. Ni amargada. Si uno cree verdaderamente en el poder de Jesucristo, en su poder sanador y en la fuerza de su amor y misericordia, nunca puede dejarse vencer por la tristeza por muchos problemas, dificultades, caídas, fracasos, conflictos personales, sufrimientos, humillaciones, olvidos, silencios, soledades, dolores, desilusiones… que sufra. ¡Nunca! Sobre todo porque cada día tenemos el estímulo impresionante de la Eucaristía. Allí es donde el hombre puede encontrar el reposo de todo lo que hace su vida, en apariencia, desgraciada. Descargando todo sobre el altar de la Eucaristía, siendo partícipe de la Pasión de Cristo, uno comprende que el peso de su cruz es compartido. Entonces uno se convierte en un cirineo de la alegría. Y da gracias al Señor por hacer llevaderas sus penas. Y el Espíritu de Dios, alegre, se derrama sobre él para vivificar su fe y convertirlo en una persona llena de esperanza.

¡Espíritu de Dios, quiero hacer hoy un alto en el camino para contemplar tu luz y escuchar tu voz que exclama: «Estate siempre alegre porque eres hijo de Dios y Dios te ama»! ¡Y quiero celebrar este mensaje! ¡Quiero que mi corazón se llene de Ti para que rebose siempre de alegría y de esperanza! ¡No quiero que la amargura me invada por mis aparentes fracasos, mis múltiples caídas, mis aventuras sin éxito, mis frutos no recogidos, mis objetivos no superados, por mis renuncias dolorosas, por los encuentros fallidos, mis sueños inalcanzados, por las esperanzas infundadas, por los días y los años desaprovechados! ¡Quiero que me ayudes a ser un apóstol de la alegría, Espíritu Santo de Dios, para celebrar cada día la alegría de vivir, de convertir mi vida en un desafío, en ser semilla en tierra yerma que de abundantes frutos, en convertirme en línea de partida en el camino de la vida! ¡Quiero que mi canto sea un canto alegre que exclame lleno de esperanza: «gracias, Señor, mil gracias, por tantos dones y tantas gracias que tantas veces no he sabido ver en mi vida»!

Una hermosa canción dedicada al Espíritu Santo para acompañar esta meditación:

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