María y el misterio de la Eucaristía

Último fin de semana de abril con María en nuestro corazón. Vigilia del mes de María, que mañana comienza. Hoy, sin embargo, mi corazón se llena de alegría. El pequeño de mis hijos celebra su Primera Comunión. Después de meses de preparación, de repasar juntos las preguntas del catecismo, de rezar unidos para que Jesús entre en su pequeño corazón y que junto a Jesús, sea Dios el que se haga un hueco en su vida, de hablarle y explicarle que hoy comienza para él una nueva vida y que es la oportunidad para permanecer fiel a Jesús, de encomendarle a María, la Madre, para que esta Primera Comunión sea signo de su fidelidad cristiana, ha llegado el día tan anhelado en la familia.
Es un día de acción de gracias a Dios. Hoy me siento muy unido a la Iglesia, que vive siempre de la Eucaristía, la que me alimenta cada día y me fortalece en la fe. Y hoy pongo mi esperanza en María, la mujer eucarística, que tanto me ayuda a valorar la presencia de Cristo en el Santísimo Sacramento al que tan unido me siento.
María me enseña cada día como participar de la Eucaristía. Cómo hacerlo con amor y como participar vivamente en ofrecimiento de tan grande sacrificio. Como estar en comunión espiritual permanente con Jesús. Como me impulsa María a la obediencia a Cristo, que llama a que la Eucaristía se celebre en memoria suya. Como me invita María a fiarme siempre de la palabra de Jesús, que en Caná transformó el agua en vino y en la Misa transforma el pan y el vino en Su Cuerpo y en Su Sangre convirtiéndose en pan de vida y rememorando su Pasión gloriosa.
En este día alegre, pongo todo en manos de María para aprender de Ella a convertir mi vida en una vida eucarística que implique donarme siempre, entregarme siempre, ser caritativo siempre, generoso siempre, misericordioso siempre, contemplativo siempre, lleno de luz siempre… adorador de Cristo siempre. Soy pecador y pequeño, pero este es mi anhelo y esta es mi esperanza. Convencido estoy de que al lado de María y junto a Cristo en la Eucaristía este camino puede resultar más sencillo.

Primera Comunión

¡Señor, pongo ante Ti, en este día en que tantos niños van a recibirte en tu Cuerpo y tu Sangre, mi corazón y el corazón de los míos para no te alejes nunca de mí, que me acompañes siempre! ¡Ayúdame a vivir con sentido y profundidad este día tan especial! ¡Que el encuentro contigo en la Eucaristía signifique para mi hijo una fuente de luz para su peregrinaje en esta vida y para todos los miembros de nuestra familia, sus padrinos, nuestra familia, nuestros amigos y la Iglesia toda! ¡Dame, Señor, un corazón generoso para comprender el profundo amor que sientes por él y por todos nosotros! ¡Espíritu Santo dame el anhelo de estar siempre junto a Jesús en todas las circunstancias de mi vida! ¡Llévame de la mano, Espíritu de Dios, para llevar siempre una vida eucarística! ¡María, quiero ser el amigo fiel a tu Hijo Jesús! ¡María, Madre Eucaristía, ora por nosotros! ¡Ayúdame a comprender a Dios, a entender a Jesús, a entender la vida junto al Señor, a tener la confianza en Él, a esperar como esperaste Tú, a vivir como viviste Tú, a crear un clima de unión, a que mi alegría no sea por un día sino que colocada a los ojos de Dios implique alegría cotidiana, a intensificar mi relación con Dios, a simplificar mi vida, a comunicar mi propia fe el mejor regalo que he recibido, para transmitir mi experiencia de Dios, para iluminar mi vida, para detenerme siempre en lo que es verdaderamente importante, para agradecer siempre a Dios su invitación a formar parte de Él! ¡Y hoy, especialmente, pongo en tus manos y oro por todos aquellos que han ayudado a mi hijo en su formación espiritual, a sus catequesis, a los que han orado por él, a todos los que le han acompañado en este camino de iniciación a la vida cristiana!

Jesús amigo, cantamos hoy en este día de primeras comuniones:

El mejor espejo es un ojo amigo

Salgo de un reunión y, antes de regresar a casa, asisto a la Eucaristía. Cerca del templo hay una óptica. En el escaparate, junto a unas ofertas de gafas de sol, una frase a gran tamaño reclama la atención de los transeúntes: «El mejor espejo es un ojo amigo». Al entrar en la iglesia le susurro al Señor al arrodillarme ante el Sagrario: «Señor, que tu mirada sea siempre el espejo sobre el que reflejar mi vida. Mírame siempre, Señor».
Ante la idea de sentirse mirado por Jesús mi corazón se llena de alegría. Es el contento de quien se siente mirado por el amigo. Cuando me postro a los pies de la cruz en oración, y existe una relación íntima con ese Cristo que me espera en el sagrario, hay una carga muy intensa de emoción. Cuando sientes la mirada de ese Cristo que te ama no puedes más que agradecer ese amor tan grande y llenar tu oración de palabras de agradecimiento y de alabanza, impregnar cada frase con oraciones de gratitud. Cuando te sabes mirado por el amor de Dios es como verse invadido por el incienso purificador de la gracia. Cuando comprendes que la mirada del Señor mira sólo tu interior no puedes más que sobrecogerte. Y entonces, sintiéndote mirado, amado, te sientes sobrecogido al saberte contemplado por la dulzura divina. Dios no mira mi superficialidad, ni mis máscaras, ni me egoísmo, ni mi soberbia, ni mi acritud, ni contempla las manchas de mi alma, ni los pliegues pecaminosos de mi corazón… Dios se pone frente a mí, posa su mirada en mí, y trata de buscar tan sólo la belleza que hay en mi interior. Y cuando nuestras miradas cómplices se entrecruzan por la fuerza de su misericordia uno se siente aliviado, amado hasta el extremo a pesar de su miseria y de su pequeñez.
¡Qué tristeza cuando no somos capaces de cruzar la mirada los demás, cuando la rehuimos, cuando cerramos los ojos ante la necesidad del otro, cuando la rechazamos con desdén! ¡Estamos desviando también la mirada al Señor!
En la mirada del Padre, en la mirada de Jesús hay tanta profundidad, que sintiéndose mirado uno se examina de amor. ¡Y pese al evidente suspenso, uno sabe cuánto le ama Dios, cuando le necesita Dios y no puede más que levantarse de la oración y regresar al mundo para cruzar la mirada con los demás para llevarles esperanza, misericordia y amor!

mirada de cristo

¡Señor, no dejes de mirarme nunca! ¡Dame, Señor, tu mirada para que desde ella yo pueda mirar a los demás! ¡Señor, te suplico que no dejes de mirarme para que desde tus ojos pueda ver la belleza de la Creación, las cosas grandes que haces por mí, para mirar a los que me rodean con otra forma de mirar! ¡Señor, que no deje nunca de mirarte! ¡Que no tenga miedo a que mis ojos se fijen en los tuyos! ¡Señor, no dejes de mirarme e impide que tenga miedo a que me reproches mis faltas, mis errores, mis pecados, mis flaquezas! ¡Señor, dame el valor de mirarte siempre porque lo que me vayas a pedir es siempre por mi bien! ¡Señor, mírame! ¡Mírame, cada día, porque es señal que me amas! ¡Señor, mírame para que mi corazón se llene de Ti! ¡Dame, Señor, tu mirada llena de amor porque me quiero dejarte amar por Ti, envolverme en tu luz, de tu alegría, de tu paz, de tu misericordia! ¡Señor, que bien se está sentirse mirado por Ti que estás en el Sagrario esperándome! ¡Gracias, Señor, por esa mirada de ternura! ¡Gracias, Señor, porque no te cansas de mirarme! ¡Señor, que tu mirada sea siempre el espejo sobre el que reflejar mi vida!

Dame, Señor, tu mirada, cantamos hoy acompañando esta meditación:

El factor sorpresa

En ocasiones para lograr cambios importantes en nuestra vida es necesario dar pequeños pasos. Sin embargo, cuesta arriesgarse y tomar decisiones cuando de lo que se trata es de hacer algo diferente. Nos hemos acostumbrado a vivir con unos patrones que impiden romper la rutina de nuestra vida y emprender cambios profundos. Cuando uno acaba convirtiendo su vida en un simple paseo rutinario es imposible dejarse sorprender por nada.
¡Con cuánta frecuencia nuestra vida cristiana acaba convirtiéndose en algo rutinario, sin alicientes, con el convencimiento de que todo lo que tenemos y nos sucede es consecuencia de nuestra bondad y santidad, de nuestro corazón generoso, de nuestra perseverancia! ¡Me niego a acostumbrarme a ver a Cristo crucificado! ¡Me niego a acostumbrarme a la bondad de Dios! ¡Quiero que cada día sea una sorpresa para mí! Y lo deseo porque el cansancio de mi mirada tiene que ver como algo nuevo los milagros cotidianos que me suceden cada día y no observarlos como consecuencia del trasiego de mi vida. Quiero que cada suceso que me ocurra —incluso aquello que me ha salido mal, la mayoría de las veces por mi culpa— se convierta en algo trascendente.
Necesito como el aire que respiro sentir cada amanecer que Dios me ama, que su misericordia es infinita y que nuestra fidelidad es mutua. Quiero ser consciente del privilegio que supone ser hijo de Dios. No quiero contemplar a ese Dios que me ha dado la vida desde la lejanía. No quiero que cada susurro suyo, que cada roce, que cada mirada, que cada milagro que hace en mi vida lo contemple como algo anodino y mi corazón y mi alma no se conmuevan por ello. No puedo permitir que mi encuentro cotidiano con el Dios de la vida no agite mi corazón y rompa los muros que lo rodean. No puedo. No puedo porque anhelo el factor sorpresa de Dios. Porque deseo seguirle sin dudar; quiero serle fiel, dejarme seducir por su verdad pues Él es el único capaz de transformar mi corazón y de hacer auténticos milagros en mi vida.
¡Me niego a acostumbrarme a la bondad y misericordia de Dios y hoy y mañana y siempre quiero centrar mi mirada en Él!

El factor sorpresa

¡Padre bueno, pongo toda mi confianza en ti, y te bendigo, y te alabo, y te glorifico y te doy gracias! ¡Gracias por la fe, gracias por tu amor, gracias por tu misericordia, gracias por los milagros que haces cada día en mi vida, gracias por la vida, gracias por las personas que has puesto a mi lado, gracias por mis capacidades, gracias por los problemas que me hacen crecer, tomar la Cruz junto a Tu Hijo y acercarme más a ti! ¡Gracias por transformar mi vida, gracias por centrar tu mirada en mi, gracias por tomar mi debilidad y ayudarme a levantarme cada día, gracias por bendecir mis acciones, bendecir a mi familia, bendecir mi trabajo, bendecir a mis amigos! ¡Gracias, Padre de amor y de misericordia! ¡Gracias, porque conviertes mi vida en un lienzo lleno de luz, de vida, de esperanza, con trazos perfectos llenos de color, de ilusión, de alegría, con pequeños matices de sombras que me enseñan lo que debo cambiar y lo que debo mejorar! ¡Gracias, Padre, porque me has dado a Jesucristo, Tu Hijo, cuyo ejemplo es el espejo en el que mirarme: el camino hacia la santidad personal! ¡Señor, Tú me dices siempre que te llame y me responderás y me enseñarás cosas grandes y ocultas que yo no conozco! ¡Te llamo ahora! ¡Muéstramelas, Padre, y manifiéstate cada día en mi vida! ¡Ayúdame a salir de lo anodino y rutinario de mi vida y dejarme sorprender cada día por Ti para que tu gracia me renueve y tu misericordia me lleve a emprender nuevos caminos de santificación! ¡Padre de bondad, Tú eres el Dios de las cosas imposibles, rompe esta vasija de barro que es mi pobre persona y que Tú has moldeado para derramar el perfume que hay en su interior y que el aroma llegue hasta Ti y desde Ti hasta el prójimo para que yo pueda ser hoy y siempre un auténtico ejemplo de cristiano que se deja cada día sorprender por Ti!

Extiende tus manos, cantamos hoy con Juan Luis Guerra

Cristo, mi patrocinador

Estamos acostumbrados a que grandes artistas, deportistas, gentes del mundo del arte y del espectáculo firmen contratos multimillonarios que exigen exclusividad para vestir determinadas prendas o promocionar determinados productos o marcas. En contrapartida, a todos ellos se les exige conductas de integridad, honradez, probidad y un comportamiento siempre veraz para reflejar los valores de la empresa que les contrata y respaldar así su reputación como marca.
Yo también tengo un patrocinador. Es la marca más prestigiosa del mundo: Cristo. Llevo impreso en mi vida el sello de ser cristiano. Y eso comporta una enorme responsabilidad. Por eso, me pregunto hoy a la luz de la oración: ¿Busco reflejar en cada uno de mis actos la luz de Cristo? ¿Cuál es mi comportamiento como discípulo de Jesús? ¿Pueden escandalizar mis actitudes, mis palabras, mis gestos a la sociedad? ¿Es íntegra siempre mi actitud? Depende de lo que responda, no puedo permitirme desprestigiar la marca de Cristo, de la que soy un patrocinado. ¡Ay, Señor, ayúdame a reflejar siempre en todas mis acciones que tú vives siempre en mí!

Cristo, mi patrocinador

¡Gracias, Señor, por ser además de mi patrocinador mi mejor amigo! ¡Gracias, Señor, porque lo eres pese a todas las circunstancias que rodean mi vida! ¡Gracias, Señor, porque puedo cada día conversar contigo, confiarte todos mis sufrimientos, todos mis temores, todos mis anhelos, todo lo que hay en lo más profundo de mi corazón! ¡Gracias, Señor, porque nunca te cansas de escucharme, porque me patrocinas y confías en mí! ¡Ser un patrocinado tuyo, Señor, es aceptar siempre tu llamada, dejarlo todo y ponerse en camino! ¡Ser un patrocinado tuyo, Señor, implica aprender de Ti en lo cotidiano, es dar fruto, apasionarse por la vida y entregarse siempre a los demás sin esperar nada a cambio! ¡Ser un patrocinado tuyo, Señor, implica comprometerme con los que lo necesitan! ¡Ser un patrocinado tuyo, Señor, es compartir con los que menos tienen! ¡Ser un patrocinado tuyo, Señor, es tomar la cruz de cada día para seguir siempre tus huellas! ¡Ser un patrocinado tuyo, Señor, es serte siempre fiel, construir cada día, mirar la vida con la mirada del Evangelio, abrir los ojos y centrar la mirada donde miras Tu! ¡Ser un patrocinado tuyo, Señor, es sentir como Tú, actuar como Tú, vivir como Tú! ¡Ser un patrocinado tuyo, Señor, es compartir mi intimidad en la oración, es tomar fuerzas en la Eucaristía, es buscar tu Palabra y aplicarla en mi cotidianeidad, es vivir los sacramentos con autenticidad! ¡Ser un patrocinado tuyo, Señor, es dejar que muera ese pequeño ídolo divino que soy yo y que daña mi corazón para buscar al auténtico Dios que llena de gozo mi corazón! ¡Ser un patrocinado tuyo, Señor, es convertirse en signo de contradicción! ¡Me siento orgullo de llevar tu sello, Señor, el problema es que no sé si estoy a la altura de las circunstancias!

Padrenuestro, que estás en el cielo cantamos hoy:

La desesperación que atenta contra Dios

Conversando sobre una persona a la que ambos queremos mucho pero que está desesperada por su situación personal y familiar, una de mis hijas que pone siempre sus esperanzas en Dios, me dice: «Papá, ¿no te das cuenta que caer en la desesperación es un pecado grave que atenta contra Dios? No puedes perder nunca la fe porque Dios siempre te socorre». Y me lo argumenta con un criterio muy afinado. Toda desesperación y todo desánimo provienen del demonio. Es una pérdida absoluta en la confianza de que Dios puede ayudarte. Es no entender que la mansedumbre de Cristo todo lo puede. Y me lo ilustra con un ejemplo: el de Judas. El pecado del discípulo fue ahorcarse ante la profunda desesperación de su acto, rechazando por completo la misericordia de Dios que es infinita. A pesar de haber vendido a su Hijo Jesucristo por treinta monedas, Dios le hubiera perdonado de su traición si se hubiese arrepentido profundamente de ello. Pero Judas no lo hizo… y fue condenado.
Es verdad. No hay ningún acto por perverso o dañino que sea que Dios no perdone si hay un auténtico arrepentimiento del pecado desde el corazón y desde la fe.
Esta conversación me lleva a plantearme: ¿Cuántas veces a lo largo de mi vida he caído en la desesperación? Muchas. Por fortuna, en los últimos tiempos vivo en la confianza en Dios, aunque en ocasiones pronuncio esas palabras tan dramáticas del «¡Dios mío, Dios mío…!» consciente de que las situaciones que me toca vivir puedan no ser sencillas. El enemigo trata de herir el alma. Siempre remueve lo espiritual para debilitar los sentimientos, para tratar una desesperación a lo Judas, para que te apartes de Dios y pierdas su confianza en Él.
Al enemigo no le interesa que uno pueda pensar que es posible salir adelante por la misericordia y el amor de Dios, que cuando el camino se torna difícil y dificultoso, no hay salida posible. Y aunque la desesperación no sea fácil de controlar —y en una situación de vulnerabilidad emocional es algo que voluntariamente no se desea—,cuando se está muy apegado a lo terreno de este mundo, a lo material, a las personas, a las seguridades de lo mundano, a lo innecesario, sin confianza, el corazón desplaza a Dios de su interior y no permite vivir en la confianza. Las fuerzas se debilitan, la fe se torna débil y uno siente que al no dominar las situaciones éstas no se podrán superar. Y es entonces cuando la desesperación atenta contra la bondad infinita de Dios, a su justicia y su misericordia. Y llevado por los instintos de nuestra voluntad no tenemos la fortaleza para luchar contra ellos alejándonos de los favores y ayudas que Jesús nos puede ofrecer.

desesperanza

¡Espíritu Santo, dame la fortaleza de vencer siempre la desesperación, especialmente en aquellos momentos en que la Cruz sea más pesada de llevar! ¡No permitas que en los momentos de dificultad pueda pensar que no podré vivir con la cruz sobre mi vida! ¡Espíritu de Dios, ayúdame a ver las maravillas que Dios obra en mi y cómo su misericordia es infinita! ¡Haz, Espíritu Santo, que Jesús se haga muy presente en mi corazón para que habitando en él sane mi interior, me de fuerzas siempre para no desesperar y caer en tentación! ¡Y a ti, Jesús, amigo, quiero decirte que todo lo puedo en ti que me confortas en la oración y en los acontecimientos de mi vida! ¡Y cuando en algún momento me domine la desesperación ayúdame a acudir a Ti con una fe firme, una fe confiada y una fe sincera! ¡Que mi amistad contigo sea duradera, que siempre tenga la confianza de contarte todo y cuando te ofenda, Señor, que es muchas veces al día, que confíe en tu misericordia! ¡Padre Bueno, Dios de bondad, para ti nada es imposible! ¡Padre mío, Creador mío, quiero proclamar mi amor y mi confianza en Ti! ¡Tú lo puedes todo, Dios mío! ¡Conforta a los que tienen miedo, a los caídos, a los que no confían en tu bondad y misericordia, a los desesperados, a los atribulados, a los abatidos, a los afligidos, a los que dudan y desconfían! ¡Y si en algún momento mis emociones o mi espíritu se ven invadidos por la desesperación o la desconfianza envíame la luz de la verdad! ¡Dios sabio y soberano, dame la paciencia de esperar siempre en Ti y cuando las puertas estén cerradas, ábrelas cuando lo creas conveniente para que se haga siempre tu voluntad! ¡Y cuando los obstáculos parezcan difíciles de sobrellevar, abre tu el camino y envía los medios para solucionarlo todo! ¡Dios mío, Tú que eres rey de cielos y tierra, quiero vivir en la obediencia en ti, sin cuestionarte nada!

Ponemos un poco de alegría cantando Color esperanza:

¡Llévame, Señor, de tu mano!

En el parque, mientras mi hijo pequeño juega con unos amigos a la pelota, observo como un niño de unos cuatro años trata de subir a lo más alto de un tobogán. El primer escalón le resulta sencillo. Su padre, precavido, lo observa a unos pocos metros. El niño, con mayor esfuerzo, alcanza el siguiente escalón. Y se detiene. Mira al padre buscando su aprobación. Y este le grita: «Sigue… ¡adelante!». Con la aquiescencia del padre, el niño lleno de valor y de confianza, prosigue con más esfuerzo subiendo el tobogán. Le quedan tres escalones para llegar arriba. Pero a medida que la altura es mayor, se acrecienta el miedo en él. Y entonces, viendo la distancia que le separa del suelo, grita: «¡Papá, cógeme! ¡Lo quiero hacer contigo!». Y su padre, inmediatamente, se acerca a él, lo toma por la cintura y le ayuda en el último impulso.
Esta imagen me ilumina. Así actúa también el Señor en mi vida, llevándome siempre para dar conmigo el último impulso. El decisivo. El esencial. Y esta imagen tierna me ha recordado que de nada sirve trabajar y disfrutar del pan obtenido por el esfuerzo de mi trabajo, si el Señor no está presente en mi vida. Que Él me da fortaleza cuando estoy cansado, me da ilumina cuando estoy desorientado y multiplica mis fuerzas cuando ya no me queda ninguna. En manos del Señor soy como ese niño que exclama: «¡Papá, cógeme! ¡Lo quiero hacer contigo!»

llevame de tu mano, Señor

¡Llévame siempre en tu regazo, Señor, y no me sueltes! ¡Acompáñame, Señor, siempre en mi caminar diario porque necesito de tu aliento, de tu sabiduría, de tu amor, de tu fuerza, de tu misericordia, de tu conocimiento, de tu bondad, de tus consejos y de tu entendimiento! ¡Llévame siempre de tu mano, Señor, y envíame tu Espíritu! ¡Señor, todo lo puedo en ti que me fortaleces! ¡Todas mis capacidades vienen de Ti, Señor por eso que puedo lograrlo todo si Tú estás conmigo guiándome! ¡Señor, ya sé que te deleitas en amarme y guiarme por eso te entrego mis esfuerzos cotidianos! ¡Te entrego también, Señor, la preocupación por mí mismo y la de mis seres más queridos, por los asuntos que llevo entre manos, por las responsabilidades profesionales, familiares y laborales! ¡Dios mío, aquí tienes mi corazón, mi alma, mis manos, y mis pies y mi mente! ¡Utilízalos, Señor, como mejor te convenga a Ti, para que glorifiquen en mi y en el prójimo tu presencia! ¡Gracias, Señor, por la gran cantidad de cosas que haces por mí y por medio de mí cada día!

Llévame a puerto seguro
exclama la coral final de la cantata BWV 56 de J. S. Bach Ich will den Kreuzstab gerne tragen (Con gusto llevaré la cruz) que escuchamos hoy:

Simplemente… gracias Señor

Rezando un salmo de alabanza, me encuentro en la necesidad de dar infinitas gracias al Dios que me ha dado la vida. Exclamar desde lo más profundo de mi corazón, ¡gracias, Señor, gracias!
Quiero darte gracias por lo mucho que me amas. Gracias infinitas por cómo me cuidas y me proteges. Gracias por esa mirada misericordiosa que conmueve mi corazón y alegra mi alma. Gracias, porque me conoces perfectamente y aún así me amas intensamente.
Gracias por las capacidades que me has dado y por todos aquellos que se cruzan en mi camino que me ayudan a ponerlas en práctica. También por los defectos que me permiten corregir mi vida y mejorar para ser cada día mejor.
Gracias sobre todo, Señor, por la fortaleza que me has regalado para superar las dificultades y cargar con tanta dureza, sacrificio, esfuerzo y trabajo.
Gracias, Señor, por la gran confianza que me has otorgado en Ti que me permite elevar las manos al cielo y exclamar con determinación: ¡Abba, Padre, te amo, te bendigo y te glorifico!
Gracias infinitas por la fe que me llena la vida de esperanza y de creer que Tu eres el Camino, la Verdad y la Vida.
Gracias eternas por la alegría que impera en mi corazón porque me hace dulcificar cada instante de mi existencia.
Gracias, Señor, porque me permites serte fiel y encontrarte cada día en mi particular camino de Emaús entre desconciertos, temores, tentaciones y dudas.
Gracias por mi trabajo porque me permite glorificarte a través del esfuerzo cotidiano.
Especialmente, Señor, muchas gracias. Gracias por la persona que has puesto a mi lado para formar una familia. La vida en el matrimonio no es sencilla, Señor, pero me la has entregado para constituir una familia cristiana basada en el amor y en el respeto. Gracias, Señor, porque cada día me permite crecer junto a ella. Gracias, porque me permites apreciar en ella sus cosas buenas y superar las dificultades del día a día juntos. Gracias porque tu bendices con tu presencia mi matrimonio aunque a veces no puedas estar satisfecho. Gracias porque nos cobijas con tu amor y envías las manos amorosas de la Madre para que nos cubra con su manto.
Gracias, Señor, también por los hijos que nos has regalado, cada uno de ellos con sus particularidades y sus dones. Gracias por sus confidencias, por su besos, por sus caricias, por sus miradas, por sus conversaciones, por esos corazones tan inmensos que les has regalado, por sus diferencias que nos hacen crecer a todos en la diversidad de opiniones. Gracias por la fe que tienen, por el amor que sienten por Ti y por Tu Madre, por su coherencia, por su compromiso cristiano, por sus esperanzas y anhelos.
Gracias también, Señor, por mi familia. Y, sobre todo, por tanto amigos que me quieren, que rezan por mí y han estado a mi lado cuando más los necesitaba. Son un espejo de tu presencia en mi vida, Señor. Gracias. Gracias porque con sus oraciones, sus desvelos, sus consejos, su alegría, su abrazo me siento bendecido y amado. Gracias porque en ellos puedo también reposar mi cabeza y derramar alguna lágrima cuando lo necesito y reír a carcajadas cuando la luz del sol brilla cuando estamos juntos. Gracias porque Tú te haces presente en ellos.
Gracias por mi grupo de oración en la parroquia, por mi comunidad carismática, por los encuentros de oración con los más pobres, por los que están más necesitados con los que comparto en el voluntario que me hacen pequeño pero consciente de que Tú estás presente en los desvalidos.
Gracias por la casa donde resido, donde tengo mi pequeño rincón de lectura, de oración y de descanso. Gracias por tantos espacios abiertos donde Tu presencia es real. En las capillas de los oratorios que frecuento, en la iglesia donde asisto a la Eucaristía diaria, en tantos espacios donde puedo entregarme a los demás con amor.
Gracias por los sacerdotes y consagradas que has puesto en mi camino. A los que me imparten la comunión o la penitencia, a los que me aconsejan, a los que me guían espiritualmente, a los que comparten conmigo tiempos de oración y fraternidad. Gracias porque todos ellos me hacen amarte más a Ti, a Dios y tu Santa Madre.
Gracias por tantas personas anónimas que se cruzan cada día en mi camino, en mi trabajo, en mis iniciativas pastorales, en mis tiempos de ocio. Gracias, porque cada uno de ellos aporta algo nuevo a mi vida.
Gracias por todas las personas que leen estas meditaciones porque son un estímulo para seguir rezando desde el corazón y desde la fe.
Gracias por las oportunidades que me ofreces cada día, por las esperanzas que se abren en el peregrinaje de la vida. Gracias, porque son un estímulo para crecer como cristiano.
Gracias por tantas cosas hermosas que cada día siento me regalas. Gracias por que me ofreces la oportunidad de apreciarlas, valorarlas y sentirlas como un regalo tuyo.
Gracias, Señor, por tu amor y por tu misericordia. Gracias también, Señor, porque me perdonas siempre a pesar de mi miseria y mi pequeñez, de mis caídas y mis esclavitudes, de mi tibieza y mi falta de compromiso.
Gracias por que siempre me estás esperando con los brazos abiertos y la mirada misericordiosa. Gracias porque tienes una paciencia infinita conmigo y nunca te cansas de decirme: “Ven”.
Gracias, Señor, gracias. Gracias porque todas las gracias que pronuncia mi boca salen del corazón y es una gracia que de Ti recibo en este día.

iglesia

Acompaña hoy la meditación la cantata de Johann Sebastian Bach Wo Gott der Herr nicht bei uns hält, BWV 178 (“Si el Señor Dios no estuviera con nosotros“). Si no estuviera, si no lo conociéramos, ¡a quién daríamos gracias!:

¿Quién mejor que María para alejar los miedos de nuestra vida?

El perfume del mes de abril tiene el olor a primavera. Es un perfume fresco y floral de alegría y dulzura, de rayos de sol intensos y colores preciosos. Este mes de abril es también un mes de alegría: el del camino pascual, el de la evidencia que Cristo ha resucitado. ¿No es acaso la resurrección del Señor un milagro extraordinario?
Ya era consciente Jesús que al tercer día resucitaría. Que no se iba su cuerpo a pudrir embalsamado en el interior del sepulcro de José de Arimatea. Porque Él tenía que volver a la vida para darnos esperanza y lanzarnos a la misión de anunciar la buena nueva de su resurrección gloriosa. Y lo sabía también María, la Virgen, a pesar del sufrimiento lógico de permanecer al pie de la Cruz observando aquella cruel agonía del Hijo amado. Allí, a los pies llagados del Cristo redentor, manteniendo firme su dignidad de mujer elegida por Dios para dar vida al Salvador del género humano, estaba María. Y me invita cada día a postrarme ante la Cruz, haciéndole compañía para que no me acostumbre a ver a Jesús crucificado.
Me siento cada día muy confortado al lado de la Virgen, me impulsa a olvidarme de la relatividad de las cosas de la vida, para clavar su modelo en Ella, la mujer entregada por entero a Cristo. Y Llegar a Jesús a través de Ella. Los Evangelios no nos cuentan nada de la Virgen después de la Resurrección de Jesús. Sólo nos hablan de los encuentros con los discípulos, incrédulos, miedosos, acobardados, encerrados en su casa y temerosos como hicieron cuando huyeron medrosos del lado del Señor en los momentos previos a la Pasión. Pero ese no fue el caso de María. La Virgen fue fiel siempre a pesar de su profundo dolor, de su sufrimiento extremo como Madre. Y esa fidelidad le dio, con toda seguridad, la oportunidad de ser la primera que percibiera la resurrección de su hijo. Es parte de la intimidad entre la Madre y el Hijo, el regalo que le hiciera Dios por tan sublime «¡hágase!».
¿Por eso quién mejor que María para alejar los miedos de nuestra vida, para guiarnos de manera certera hacia Jesús? En este día, me alegro de nuevo de contar con el cariño de la Virgen, de ahondar en su cercanía, de poder contarle mis alegría y mis penas, de acercarme a su bondad y misericordia y exclamar con gozo Reina del cielo, alégrate, aleluya; porque el Señor a quien mereciste llevar en tu seno, aleluya, resucitó según lo había predicho, aleluya. Ruega al Señor por nosotros. Aleluya.

virgen santa maria

¡Virgen María, confío en tu corazón de Madre! ¡Virgen María, me entrego a tu poder, me abandono a tu misericordia, confío en tu sabiduría, me acojo a tu dulzura, me complazco en tu mirada, me asomo a tu corazón! ¡Tú sabes, María, cuánto lo necesito! ¡Dulce corazón de María, conviértete en la salvación del alma mía! ¡Consuélame, María, en mis tristezas y angustias; fortaléceme, en las tentaciones y mis caídas; dame sabiduría en los momentos de duda; defiéndeme en los momentos de peligro y de dificultad! ¡Te ofrezco, Señora, todos mis pensamientos para que sean tan puros y limpios como los tuyos! ¡Te ofrezco, Señora, mis manos para que acojan lo bueno de cada persona y tomen tus bondades y las de Dios! ¡Te ofrezco, Señora, mis ojos para que siempre distingan lo bueno de lo malo! ¡Te ofrezco, Señora, mis pies, para que se dirijan siempre hacia el cielo! ¡Te ofrezco, Señora, mi alma para que se llene siempre de la gracia del Espíritu! ¡Te ofrezco, Señora, mi corazón para que sea capaz de amar como amas Tú! ¡Te ofrezco, Señora, mis pensamientos para que sean tan puros como los tuyos! ¡Te ofrezco, Señora, mis palabras para que estén impregnadas de sencillez, humildad y cariño! ¡Te ofrezco, Señora, todo mi ser!

Feliz san Jorge, repleto de rosas y de libros.

Del compositor Franz Biebl escuchamos hoy su Ave María:

¡Bendíceme, Señor!

Como toda familia cristiana tenemos en casa la costumbre de bendecir la mesa. Es una sencilla oración de acción de gracias acompañada de una breve petición para agradecer los bienes recibidos, procedencia de Dios, que nos alimentan y que son tan necesarios para nuestro sustento. La bendición de la mesa es una larga tradición cristiana que sigue la estela de Cristo que bendecía siempre los alimentos antes de cada ágape y cuyo culmen tiene lugar en la Última Cena.
Tenemos también los cristianos la costumbre de exclamar: «¡Qué Dios te bendiga!». En mi caso, desde hace unos años suelo decirlo interiormente siempre que me encuentro con alguien.
Toda bendición es una alabanza a Dios. En Cristo somos bendecidos por Dios con todo tipo de bendiciones espirituales. Por eso hoy he caído que nunca le pido al Padre que me bendiga a mí. Y decirlo con una frase tan sencilla como es «¡Señor, bendíceme!». Pedirle a Dios que me bendiga sin pedir nada concreto es clamar para me llene la vida con su infinito Amor. Es un hecho real. Dios bendice mi vida cada instante de mi vida. Y si una bendición está a mi alcance, ¡cómo no será de poderosa la bendición de Dios!

bendiceme, señor

¡Señor, bendíceme! ¡Bendice también a toda la humanidad, Señor! ¡Bendice mi vida para que sepa dar sin calcular! ¡Bendice mi vida, Señor, para que salga de mi mismo y con tu bendición te conviertas en mi fuerza, en mi roca, mi consuelo, mi apoyo y mi esperanza! ¡Bendíceme, Señor, porque aunque me olvido tantas veces de Ti con tu bendición me guardarás de todo mal! ¡Bendíceme, Señor, día y noche para que tu bendición se convierta en un manantial de ternura, de amor, de compasión y de misericordia! ¡Bendíceme, Señor, para que cada día al levantarme lo haga lleno de confianza en Ti, con serenidad, con nuevas ilusiones; para que sea capaz de que mis labios te den gracias y alabanza y que mi corazón te sienta cercano, que mis palabras y mis gestos, mis actitudes y mis hechos, por muy pequeños que estos sean, proclamen al mundo entero tu grandeza, tus dones y tus maravillas! ¡Bendíceme, Señor, para que mi espíritu esté siempre abierto a Ti para aceptar todo aquello que me quieres entregar en cada momento, para que mi oración se convierta en un tiempo de cercanía, de amor y de vida, de docilidad a Tu Palabra y a Tu voluntad, para que siempre en mi corazón anide la serenidad interior para no temer ante las situaciones de la vida, para aplacar mis inquietudes y para crecer como persona y como cristiano! ¡Por todo ello, bendíceme Señor! ¡Bendíceme, Señor, para que cada instante de mi vida sea semilla que germina, levadura evangélica, fruto que llena a los demás! ¡Para que sea, Señor, capaz de fermentar en tu Nombre, para transformar el mundo y hacerlo más tuyo! ¡Quiero amarte, Señor, con todo mi corazón, con toda mi alma, con toda mi mente! ¡Te necesito, Señor, porque sin Ti no soy nada! ¡Bendíceme, Señor, para que tu luz brille siempre sobre mí, para que seas la estela de mi caminar, para que siempre haga tu santa voluntad y no me deje vencer por las tentaciones del demonio! ¡Bendíceme, Señor, y lléname con tu Espíritu Santo! ¡Bendíceme y santifícame, Señor y conviérteme también en una bendición para todos aquellos con los que me cruce en el día de hoy y siempre sientan con mi sonrisa, mi mirada, mis palabras, mi presencia o mi acogida que Tú estás presente entre nosotros! ¡Bendice, Señor, mi corazón para que sea un templo vivo de tu santo Espíritu y sea siempre un ser generoso, fiel, entregado, caritativo, abierto al perdón y la comprensión, alegre y dadivoso, compartiendo el dolor y la felicidad y hacerlo todo con un gran amor! ¡Dios mío, dispón de mi con toda mi pequeñez, con lo poco que tengo, para convertirme en un instrumento de tu amor!

Le pedimos al Señor cantando que nos inunde con su Espíritu:

«Effatá» —«¡Ábrete!»—

Converso hace unos días por teléfono con un conocido, con los oídos y la boca cerradas a Dios por sus dificultades, sobre la realidad de su vida. Es de noche. Le digo: «permíteme que te busque una palabra de Dios para ti». Me levanto, tomo la Biblia y, aleatoriamente, mis ojos se centran en estos versículos del Evangelio de San Marcos: «Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere decir: «¡Ábrete!» Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente». Hasta yo mismo me quedo estupefacto.
«Effatá» —«¡Ábrete!»—, palabra difícil de pronunciar y sencilla pero llena de sentido. Una palabra que en sí misma es el resumen auténtico, de profunda intensidad, que unifica la obra de Jesús. ¿Pero abrirse a qué? Abrirse a su llamada, abrirse a la cerrazón de la ceguera de nuestro egoísmo, abrirse a la invitación a seguirle, a aceptar su voluntad, a dejarse arrastrar por la gracia de Jesús, a abrirse a los demás, al servicio desinteresado, a no mirarse siempre en el ombligo, a impedir que las tinieblas de nuestras faltas corroan nuestra alma, a escuchar siempre el susurro de Dios, a dejarse tocar por su misericordia, a permitir que el Espíritu Santo nos restaure, nos purifique, nos sane, nos transforme como el día que recibimos el Bautismo.
«Effatá» —«¡Ábrete!»—. Esta palabra le sirve seguramente a él y me ayuda mucho también a mí porque es una palabra que me invita a abandonarme en los brazos amorosos del Cristo en la Cruz, a seguir el camino que Él me indique, a abrirme a los deseos de su voluntad, a abrir mi corazón para salir de ese yo en el que tantas veces vivo instalado, a abrir mi corazón y dejar salir los rencores, las tristezas, las desconfianzas, los miserias, los malos pensamientos… a abrirme a la grandeza de Dios para hacerme cada día más pequeño, más humilde, más de Él.
«Effatá» —«¡Ábrete!»— . Palabra profunda pero llena de sentido que me abre los labios hoy para profesar mi fe, mi alegría, mi esperanza y unión con Dios.

effeta

¡Señor, ábreme los labios! ¡Ábreme los labios para proclamar tu alabanza! ¡Ábreme los labios, Espíritu Santo, para profesar las maravillas que Dios hace en mi vida y que tantas veces no se apreciar! ¡Ábreme los labios para bendecir su santo nombre! ¡Ábreme los labios para agradecerle que me ha dado la vida, por todas las cualidades, por todos los dones y todas las gracias! ¡Ábreme los labios para proclamar palabras sabias y no palabras necias de reproche, de juicios inmisericordes, de mentiras o de quejas! ¡Ábreme los labios para proclamar el Evangelio, para hablar a Dios en la oración, para testimoniar mi fe a la sociedad y para hablar a los demás con amor y con respeto! ¡Ábreme, Señor, también los oídos para estar atento a las necesidades de los demás! ¡Ábreme los oídos para escuchar los gritos desesperados de los que necesitan ayuda, de los que a nadie defiende, de los que son injustamente criticados, de los que claman porque no llegan a final de mes, de los vecinos que viven en soledad o de los ancianos que no tienen compañía! ¡Ábreme, Espíritu Santo, los oídos para estar atento a la Palabra de Dios en la Misa, a cada homilía incluso aquella que cuesta de seguir, a cada palabra de la Eucaristía! ¡Ábreme, Espíritu Santo, a la gracia de los sacramentos! ¡Abre mi corazón, Espíritu de Dios, para que mi misión como cristiano no sea otra que ser uno con Cristo, ser imagen en la sociedad de ese Cristo que me ha amado tanto que ha entregado su vida por nosotros, ser un auténtico hijo de Dios en actitudes, comportamientos, gestos y elecciones! ¡Y a ti, Virgen María, te pido que como tú yo esté siempre abierto al amor de Cristo y que mi corazón, como el tuyo, escuche de manera frecuente la escucha de la Palabra «¡Abréte!» para vivir en comunión con Dios y mis hermanos!

De Johann Sebastian Bach (1685-1750) escuchamos su cantata Erwünschtes Freudenlicht, BWV 184 (“Deseada luz de alegría“) que nos invita a abrir nuestro corazón a la fuerza del Espíritu Santo: