¿Qué herida de mi corazón no le he mostrado todavía a Jesús?

Hoy, Domingo de la Divina Misericordia, todavía resuena en mi corazón los días de la Pasión del Señor. Y, aunque Jesús ya ha resucitado, me permite meditar sobre una cuestión profunda: el perdón. La ausencia de amor es la gran atadura que aprovecha el demonio en nuestra vida para ahondar en el dolor, en la incapacidad para darse a los demás, para olvidar las ofensas. Pero en este año de la Misericordia es un momento idóneo para llevar a mi corazón el perdón. Es con el poder de Dios que escojo perdonar y puedo perdonar. Y, a través de la presencia de Dios en mí, es cómo lograré sanar mi interior.
En una de las meditaciones de Semana Santa ahondé en las traiciones de Pedro y de Judas. En una el discípulo que se convertirá en roca promete dar la vida por Jesús; en la otra la traición es producto de la insalubridad del corazón. Y aunque ambos se arrepintieron al final, ¿cuál fue la diferencia entre ambos? San Pedro reconoció con profundo dolor su culpa, la exteriorizó con gran afectación, se mostró turbado, asqueado interiormente. Llegó, incluso, a llorar suplicando el perdón ante la Virgen y los discípulos con los que había compartido la vida pública de Jesús. Judas también se arrepintió. Pero se quedó ese dolor para sí. Pedro recibió la gran misericordia del perdón. A Judas su actitud le llevó a quitarse la vida.
Cuando uno peca no basta sólo con aceptar el dolor es imprescindible tener la valentía de destapar su falsedad, de arrepentirse con auténtica contrición, de tratar de reparar el daño cometido. Es la única manera de lograr el perdón y la misericordia de Dios. Estoy convencido de que si Judas hubiese reconocido públicamente el daño causado Jesús le hubiera abrazado y con amor le hubiera susurrado al oído: «Tus pecados te son perdonados». Y Judas hubiese vuelto a la vida.
¡Son tantas las ocasiones en que somos incapaces de perdonar! ¡De perdonarnos a nosotros mismos y a los demás! ¡Son tantas las veces en que nos encerramos en nuestro yo, mirando sólo nuestro corazón, alimentando nuestra soberbia, con una actitud de detestable egocentrismo! ¡Antes tales actitudes es imposible que llegue el perdón de Dios! ¡Es el Judas que todos llevamos impregnados en el adn de nuestra vida y que el demonio se ocupa de alimentar!
El perdón divino no lleva a que borremos por completo el pecado y las faltas cometidas porque el perdón no se utiliza para sustentar y mantener las injusticias y los daños cometidos. La creencia de que Dios me perdona me otorga una gran libertad para ser consciente de mis errores y mis faltas y poner todos los medios para reparar el daño y solventar las injusticias cometidas.
Jesús discierne perfectamente entre la persona y el pecado. ¿Acaso no lo hizo desde el madero santo desde donde es capaz de perdonar a todos los que se encontraban allí, en el Calvario? Y para mí ese es el gran ejemplo, la gran lección: Cristo perdonó hasta el último suspiro. Y lo hizo con amor. ¿Hasta qué punto yo perdono cuando la herida es profunda y tan grande que mi corazón se cierra al amor? En estas ocasiones es conveniente no olvidar que yo fui perdonado desde la Cruz y que el perdón de Dios está bañado por el suave roce de la misericordia.
El resucitar con Cristo me permite plantearme varias cuestiones de trascendental relevancia: ¿hasta qué punto he perdonado yo a todos los que me han hecho daño? ¿qué parte de mi historia no se ha reconciliado todavía con aquella persona con la que sigo distanciada y que el paso del tiempo me impide recordar el por qué? ¿A quién he puesto un candado en mi corazón para que no le pueda abrir con amor la puerta de mi perdón? Y, tal vez, la mayor de las cuestiones: ¿Qué herida por pequeña o grande que sea de mi corazón no se la he mostrado todavía al Señor para que sea Él quien la sane con su amor y su misericordia? Porque el día que lo haga, muchas cosas cambiarán en mi interior.

perdonar

¡Padre Nuestro que estás en el cielo, perdona nuestros pecados como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden! ¡Padre, te suplico el perdón y el total arrepentimiento de mis ofensas! ¡Dame, Espíritu Santo, el don de la humildad para perdonar! ¡Dame, Espíritu Santo, la gracia de la misericordia para perdonar! ¡Dame, Espíritu Santo, el conocimiento de reconocerme pecador! ¡Dame, Espíritu Santo, un corazón semejante al de Cristo capaz de amar y perdonar sin límites! ¡Padre bueno, tu conoces lo que anida en mi corazón, te pido perdón de mis pecados, me acerco a Ti lleno de esperanza y confianza porque Tu, Padre, antes de la muerte interior prefieres la contrición y la penitencia! ¡Despoja de mi corazón, Señor, el rencor, la amargura, la venganza, la pobredumbre y conviértelo en un corazón compasivo, amoroso y misericordioso capaz de perdonar y olvidar! ¡Inunda, Padre, mi corazón de tu infinita misericordia! ¡Y a Ti, Jesús, te contemplo en la Cruz con los brazos abiertos, con tu amor infinito, con tu misericordia amorosa y tu capacidad de perdón y quiero recibir de Ti el abrazo que me conforte para abrazar después a los demás! ¡Señor, quiero hacer tuyas las palabras del Evangelio de que con la medida de que midáis se os medirá y que perdonad y se os perdonará! ¡Ayúdame, Jesús, con la intercesión del Espíritu Santo a poner en práctica la caridad y la misericordia, a ser bueno y generosos con lo me han hecho daño y yo también he dañado, con quienes he ofendido, traicionado y dañado! ¡Espíritu Santo, alma de mi alma, purifícame, sáname, cúrame, restáurame, renuévame por dentro y por fuera! ¡Dame, Espíritu de Dios, un corazón sencillo y misericordioso, humilde y generoso, entregado y caritativo que se parezca al de Jesús para así ser capaz siempre de perdonar!

¡Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad, de Tu Amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero… Por su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

El pecado es tiniebla. Del compositor italiano Francesco Corteccia escuchamos hoy su Tenebrae factae sunt:

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