Los milagros existen y yo doy fe

En un entorno profesional en el que la mayoría de la gente no cree en Dios se me ocurre decir que creo en los milagros. Y es así porque se ha solventado una situación a todas luces imposible de resolver. Pero la he orado. Y el Señor, en su infinita misericordia, ha querido atender a mí plegaria. Y lo digo. Alto y claro. Y lo razono. Si no hay una explicación lógica a que eso se haya solventado es porque algo sobrenatural lo ha solucionado. Pero todos tienen su opinión al respecto. La mía es muy clara. Aunque tengo que decir que mis primeros rezos eran en voz muy baja, casi en la desconfianza, porque la solución era casi una quimera.
Esta es una enseñanza muy valiosa para mí. Rezamos intensamente cuando las cosas no salen como tenemos previsto, cuando los planes de nuestra vida se tuercen. Pero Dios escribe con renglones torcidos.
Me he sentido como aquellos primeros discípulos, testigos de primera mano de la Resurrección de Cristo. Vivieron con él pero a las primeras de cambio tuvieron dudas y su fe se tambaleaba. Nos formamos un Cristo a la medida de nuestras necesidades, basándonos en nuestras propias limitaciones y en la voluntad de nuestros deseos, con un claro utilitarismo partidista. No permitimos que Cristo demuestre en nuestra vida la bondad de su misericordia y de su amor. En definitiva, no dejamos a Dios que sea Dios y se muestre como tal. Con sus manos, Dios puede hacer lo que le venga en gana. Y, para mí, que esta situación se haya solventado, es la constatación de su grandeza porque si ese proyecto caía muchas cosas se desmoronaban.
Pero también me siento como la Magdalena. He sentido que Cristo está ahí, se hace presente y me escucha. Ninguno de los seis que estaban en el proyecto me han creído. La mayoría, seguro, me han cuestionado en silencio. Pueden creer que soy un iluminado. Pero no es así. Funcionamos por lógicas humanas, con la racionalidad más exacerbada pero no valoramos que el poder de Dios es más poderoso y que Él todo lo puede. Tenemos el corazón tan endurecido, tan henchido de nosotros mismos, que nos somos capaces de comprender que la existencia de Dios se materializa cada día en nuestra vida.
Dudas como los primeros discípulos, sentimiento como el de la Magdalena. Una situación contrapuesta que me permite exclamar en este día al Señor: ¡Aumenta mi fe, Señor, para dar testimonio de tu existencia! ¡Aumenta mi fe, Señor, para darte siempre gracias por tus favores y tu misericordia! ¡Aumenta mi fe, Señor, para acrecentar en Ti mi confianza!

milagros de Jesús

¡Jesús, amigo, hermano, compañero! ¡Confío en Ti! ¡Confío en tu Providencia! ¡Quiero salir de mi pequeñez, de mi vulgaridad, de las cadenas que me agrietan y rompen mi fe, no quiero dejarme llevar por el hastío de los indecisos, de los que no creen, de los que no esperan! ¡Quiero dar, de tu mano, siempre un paso adelante y proclamar mí fe, mi esperanza en Ti, en confianza en tu amor y tu misericordia! ¡Quiero, Señor, ir de tu mano caminando contigo dondequiera que tu vayas! ¡No me importa que me critiquen, ni que me juzguen, mi que se rían de mí! ¡No me importan las tormentas ni las tempestades si Tú estás a mi lado! ¡Aumenta mi fe, Señor para comprender mejor lo que regalas cada día, lo que esperas de mí! ¡Aumenta mi fe para acrecentar mi confianza en Ti! ¡Aumenta mi fe, para mantenerme siempre firme! ¡Aumenta mi fe para no caer en la desgana que me debilita, para no caer en tentación, para mantener siempre los ojos abiertos y hacer la voluntad del Padre! ¡Aumenta mi fe para sentir como sientes Tú, para sufrir como sufres Tú, para vivir como vivías Tú, para alegrarse como lo hacías Tú! ¡Aumenta mi fe, Señor, para comprender que Tú siempre vives en mí aunque tantas veces no lo demuestre con mi comportamiento personal! ¡Aumenta mi fe para creer como creyó la Magdalena, para salir de mi mediocridad, para crecer en santidad, para alejar de mi la desesperanza y la tristeza, para fiarme siempre de Ti, para vivir con el convencimiento de que Tú siempre puedes sanarme! ¡Te lo pido, Señor, y te doy gracias porque me has regalado la fe, tu amor y tu misericordia!

Como Zaqueo, haz un milagro en mí, cantamos hoy para acompañar esta meditación:

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