¿Qué me preguntará el Señor cuando esté a las puertas de la vida eterna?

Me retumba esta pregunta: ¿Cuántas veces realizo las cosas únicamente por principio, porque es lo que hay que hacer, sin esperar aplausos, que nadie lo sepa, sin tratar de mostrarlo y, lo más importante, hacerlo sin interiormente premiarme por ello y sentirme satisfecho? ¿Pocas? ¿Muchas?
Al Señor le encantaría que yo procediera siempre así porque este era su criterio de actuación y es, sin duda, el principio básico de nuestra religión. Para Cristo cuando entregas algo al necesitado, al desvalido, al pobre… se lo entregas a Dios. Cuando desatiendes a un desamparado, a un indefenso, a un menesteroso, de la condición que sea, estás desatendiendo a Dios. Porque Dios no sólo tiene por los pobres y necesitados una predilección especial sino que habita en el interior de cada uno de ellos.
Y también me hago con frecuencia esta pregunta. ¿Qué me preguntará el Señor cuando esté a las puertas de la vida eterna? Y la respuesta es radical: cuanto he sido capaz de amar. Este será el criterio para entrar en la gloria celestial. La prueba final será en qué medida he sido capaz de amar de verdad. Y cuando corresponda hacer la separación entre los que entran o no por la puerta del reino de los cielos, me habré tenido que presentar con una hoja de servicios impoluta. ¿He vestido al desnudo? ¿He visitado al enfermo, al menesteroso, al preso? ¿He dado de comer al hambriento? ¿He dado de beber al que tiene sed? Porque al vestir al desnudo, visitar al enfermo o al preso, al alimentar al que tiene hambre, al saciar la sed del sediento se lo he hecho también a Dios. Y, lógicamente, a viceversa.
¿Dónde radica la calidad de mi fe? En mi capacidad para amar, para impartir justicia en este mundo en el que tantas veces se olvida la existencia de Dios, en compartir con los que más lo necesitan, en el servicio por amor, elemento innegociable e integral de nuestra religión. Nadie podrá entrar en el reino de los cielos sin llevar en su pasaporte vital el visado que reconoce nuestra entrega a los demás.
Cuando uno lee el Evangelio comprende que todas las personas que aparecen en los relatos sirviendo o no a Dios no eran conscientes de lo que hacían. Unos actuaban así porque era lo correcto. Eran portadores de la justicia. Eran desconocedores de que Dios moraba en el corazón del pobre. Los que no tenían con los pobres y los necesitados una actitud benevolente tampoco eran conscientes de que Dios habitaba en ellos. Eso nos demuestra que el verdadero seguidor de Dios no hace cálculos, no evalúa, no se plantea la dignidad o indignidad de alguien, no le importa si el que tiene delante es o no cristiano, si se trata de una persona buena o no lo es, si Dios se halla inmerso en aquella situación. El verdadero discípulo del Señor sirve sin cálculos entregándose al que tiene necesidad, dejando de lado componendas e intereses.
Quien sirve desinteresadamente por amor experimenta a Dios. Incluso sin saberlo. Así, cuando se me pregunte cuánto he sido capaz de amar a lo mejor reculo y me vuelvo a poner al final de la cola.

Sin título

¡Señor, quiero pedirte que me ayudes a compartir el sufrimiento de los que sufren! ¡Enséñame a amar a los más desfavorecidos para conocer el dolor del que tiene el corazón roto! ¡Enséñame a orar por los demás y no siempre centrado en mis cosas! ¡Por que tú, Señor, estás presente en cada uno de los que me rodean! ¡Ayúdame, Señor, a tomar responsabilidades, compromisos, entrega! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la fortaleza y la valentía para servir a los que lo necesitan sin componendas ni buscando el aplauso sino porque en la entrega es dónde verdaderamente está la auténtica vida! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la honradez, la autenticidad y la paciencia para trabajar junto otras personas, para servirlas con cariño y entrega! ¡Alúmbrame, Espíritu Santo, con la luz de la alegría, con el canto de alabanza, con la celebración festiva para que pueda levantar el espíritu entre los que me rodean! ¡Haz, Espíritu de Dios, que florezcan y crezcan en mí tus siete dones para que no me venzan los desánimos en la lucha cotidiana! ¡Ayúdame a amar incluso por los que no me quieren bien porque es la única manera de transformar su corazón y transformar también el mío!

De Johann Sebastian Bach nos disponemos a escuchar la cantata Ein feste Burg ist unser Gott, BWV 80 (Un firme alcázar es nuestro Dios):

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