Tentaciones a las que no damos importancia

Cuesta hacer silencio y ponerse en oración. Siempre hay algo más importante que hacer. Ya lo hemos dicho en alguna ocasión, ponerse ante el sagrario es ir hacia un desierto para encontrarse a solas con el Señor. Allí, en la aridez del silencio —¡bendito silencio!— contemplar su rostro, sentir el susurro amoroso de su voz y callar para que sea Él quien hable a lo más profundo del corazón. Son esas palabras silenciosas las que invitan a la revisión de vida, las que facilitan el comprender lo que hay que cambiar, asentar aquellos pilares que flojean y dejarse sorprender por esas nuevas peticiones que el Señor te hace y no esperas.
Cuando uno aparca las prisas para descansar con el Amor de los Amores las inseguridades, los miedos, las preocupaciones que invaden el día a día van desapareciendo. Las respuestas preconcebidas desaparecen para darles el giro que provoquen una nueva visión.
Y en ese silencio surge la meditación de las tentaciones a las que no damos importancia. Y que la tienen. La tentación de la incoherencia personal. La de tratar de demostrar lo bueno que uno es, su intachabilidad como cristiano aunque en los adentros el Señor conozca nuestra verdad.
La tentación del activismo cristiano. El hacer sin medida pero olvidándose del silencio y la oración, dejándola siempre para más tarde o no viviendo los sacramentos con regularidad.
La tentación de aparcarlo todo para el día siguiente cuando el cambio personal debe comenzar hoy. ¡Cuánto cuesta cambiar!
La tentación del «sabelotodo», del tener claro que a Jesús no se le necesita, porque uno que es tan sabio que tiene todas las respuestas pues, en definitiva, es un dios en minúsculas.
La tentación de creerse el centro del universo, de que todo y todos giren a mi alrededor; ser servido antes de servir; que me den antes de dar.
La tentación de convertirme en un ídolo de barro, con mis certezas, mis convicciones, mis seguridades, mi verdad intocable, mis infalibilidades y mis conveniencias.
La tentación de la insensibilidad, de no preocuparse por los que sufren, de los que necesitan ayuda personal y espiritual, de no ser un buen samaritano, de actuar en base a criterios humanos y no según las enseñanzas del Evangelio.
La tentación de mirar el mundo con ojos humanos sin hacerlo con ojos de eternidad.
La tentación de dejarse vencer por la tibieza y el desaliento, de ver las cosas siempre negativamente, quejándose por todo, llenando de desesperanza la vida.
La tentación de ser insensible al sufrimiento en el mundo, viendo lo que sucede a mi alrededor, impasible ante lo que cuentan los noticieros pero sin evangélicamente alzar mi voz y reclamar más justicia, más caridad y más solidaridad.
La tentación del no comprometerse, de mirar a otro lado, del no dar la mano al que está caído y necesita que lo levanten.
La tentación de poner mis cosas por encima de lo que es importante: la oración, la vida de familia, la relación con los hijos, el trabajo bien hecho y actuar así porque hay cosas que siempre son más importante. ¡Muy importantes!
Tentaciones que no damos importancia pero que crean un ciclo vicioso en el interior del hombre y que, puestas en oración, podemos cambiar con la ayuda del Señor y la fuerza del Espíritu Santo. Podemos tratar de ocultarlas y engañarnos a nosotros mismos, pero no al que mira en lo más íntimo de nuestro corazón.

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¡Señor, ayúdame a vencer todas estas tentaciones, todos estas actitudes que me alejan de Ti y de los demás! ¡Dame la fuerza de tu Espíritu para que tenga la fortaleza y la decisión de cambiar! ¡Permite, Señor, que mi corazón se abra a escuchar tu voz! ¡Dame la luz, Espíritu Santo, para abrirme al cambio! ¡Y Tu, Señor, llévame contigo al desierto para que en la aridez me desprenda de todo aquello que me aleja de la verdad! ¡Te pido, Señor, que pongas a prueba mi fe, mi amor por Ti, mi confianza en el Padre, mis anhelos de transformar mi vida! ¡Conviérteme, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, a una vida más auténtica y menos artificial! ¡Conviérteme, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, una vida más sencilla! ¡Conviérteme, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, a una vida donde se asiente la verdad! ¡Conviérteme, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, a una vida más santa! ¡Conviérteme, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, a una vida más entregada, solidaria y caritativa! ¡Conviérteme, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, a una vida más cristiana! ¡Conviérteme, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, a una vida más sacramental y de oración! ¡Conviérteme, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, a seguir tu Evangelio y tu Palabra! ¡Conviérteme, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, a una vida de santidad!

La Canción del desierto para acompañar hoy la meditación:

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