Aprender de la oportunidad

En la vida hay personas que esperan, esperan… y esperan. Esperan que los otros les hagan todo. Esperan que los demás les solucionen los problemas. Esperan que les rindan pleitesía. Esperan esos abrazos, golpecitos en la espalda, besos y elogios que ellos son incapaces de dar. Esperan que todo sea un camino de rosas. Son esperas que tienen como centro el yo.
Hay otros que también esperan. Esperan encontrarse con el necesitado. Con el que sufre. Con el que necesita un abrazo. Para ello se enfundan el traje de samaritano. No tienen miedo de que su ropa se manche ni que sus zapatos se llenen del barro del camino. No les importa el esfuerzo, ni el sufrimiento. Saben que la espera exige sacrificio, que todo se consigue a base de trabajo y voluntad y que Dios nos capacita a todos en la dificultad y los problemas.
Son dos esperas radicales. Yo quisiera inscribirme en el club de estos últimos, ingresar en esta agrupación de briosos luchadores que anteponen el servicio a los demás a su propio yo. Que aceptan lo que les viene encima. Que se vigorizan con el sufrimiento, que saben ofrecerlo y que no se lamentan por las desgracias que les sobrevienen. Que dan gracias a Dios siempre. Que llevan la cruz con entereza.
Quiero aprender de ellos porque saben ver en el sufrimiento un acercarse a Cristo. En la dificultad, una oportunidad para crecer. En la lágrima ajena, un poner el hombro. En las limitaciones, una lección para avanzar. Ante el mal, una oportunidad para dar testimonio. En la oscuridad, la ocasión para dar claridad y luz. El problema es que no sé si seré aceptado en este animoso club.
En la vida todo cambia según la mirada con que la observes. Sólo se tiene que tener la valentía para afrontarla, para pasar página, evitar la parálisis para aprovechar las oportunidades, mover ficha para saber que sí se puede. Llevar a cabo todo aquello que Dios te pide sin cuestionarse nunca la razón; al contrario, aceptando ese interrogante como un desafío para crecer interiormente.

Aprender de la oportunidad

¡Señor, no quiero ser de los que esperan a que llegues a mí! ¡Quiero conocerte, quiero que tu misericordia llene mi corazón! ¡Necesito, Señor, que tu mirada me llene, que tu ternura me transforme y que tu amor cambie mi modo de ver la vida! ¡Señor te doy gracias porque cada día me sorprendes, porque tu misericordia es permanente! ¡No permitas que me quede en la linde del camino para esperarte! ¡Envía tu espíritu, Señor, para que coja bríos que me lleven a Ti y a servir a los demás! ¡Señor, tu eres misericordioso y compasivo, es tu Palabra, tus gestos, tus miradas, tus enseñanzas las que me alientan a seguir adelante en el difícil camino de la vida! ¡Eres tú, Señor, el espejo en el que mirarme, el modelo del que aprenderlo todo, la guía para enderezar siempre mi camino! ¡Señor, tu caminaste por Galilea imponiendo tus manos para sanar enfermos, sordos, mudos, ciegos! ¡Sáname, Señor, de mi pecado, de mi sordera para escuchar al que grita pidiendo consuelo, para dar una palabra de consuelo al que ha perdido la esperanza, al que no veo y me necesita! ¡Señor, tu misericordia continúa sanando corazones enfermos! ¡Ten compasión de mí, Señor, y sáname! ¡Y cuando toques mi corazón, no permitas que me quede a la espera!

Mi pensamiento es el Señor, cantamos hoy al Señor:

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