La caridad es sufrida

La caridad es sufrida. Estas palabras que corresponden a san Pablo me hacen comprender que en esta vida el sufrimiento va íntimamente unido al amor. En este mundo todos estamos repletos de imperfecciones, de múltiples miserias y de gran fragilidad. Y de la más grande de las miserias: el pecado. Incluso las personas que son buenas, aquellas que no tienen intención de dañar a los que les rodean, dan a veces motivo para el sufrimiento. ¿Qué sería del ser humano si no nos sufriéramos y nos toleráramos? Hay momentos en que nosotros mismos no nos aguantamos.
Estamos hechos de tal pasta que todo lo queremos perfecto y son muchas las ocasiones en las que imaginamos a nuestros semejantes con defectos que ni siquiera tienen: una hormiga en ellos parece un rinoceronte. ¿Qué hacer en estos casos? La respuesta es sencilla. También la ofrece san Pablo: soportaos los unos a los otros con caridad. Lo leo ayer y abre una bocana en mi corazón.
¿Soportar al pesado que siempre está con las bromas de mal gusto o que carece de gracia alguna? ¿Al que no para de hablar y encima tiene voz de trompetín desafinado? ¿Al que a su grosería se le une unos modales de cuarta? ¿Al que siempre tiene esa muletilla que hiere? ¿Al que su sola presencia daña la vista? Eso es lo que pensamos tantas veces pero ¡cuánto nos cuesta reparar en nuestro interior y no avergonzarse de nuestros defectos, de nuestra falta de caridad, de nuestra intolerancia, de nuestra indolencia hacia los demás! ¿Somos, por casualidad, monedas de oro puro, trazos perfectos de una obra de Miguel Ángel o ángeles de perfecta condición que llamamos la atención de todos por nuestra belleza y nuestra bondad?
La caridad es sufrida. Frase sencilla pero profunda. Hay que sufrir si uno desea que los otros nos sufran también a nosotros para darse cuenta qué alejados estamos en realidad de la caridad perfecta, de la auténtica misericordia, de la humildad extrema. Hoy esta simple frase me adentra en una idea: tengo que aprender a sufrir cada día con paciencia por muy molestas que sean las flaquezas, defectos, debilidades o fragilidades de los otros porque yo también tengo demasiadas imperfecciones que los otros deben sufrir a costa mía. Me pongo hoy en el lugar de mi prójimo, de ese que no soporto, y considero cómo desearía que él me tratase si yo tuviera sus mismos defectos, debilidades y flaquezas. La caridad es sufrida, pero comienza por uno mismo.

caridad

¡Señor, ten piedad de mí, cuando no cumpla el mandamiento del amor! ¡Señor, ten piedad de mí cuando no sea caritativo con los demás! ¡Señor, que mi amor se traduzca en hechos y no en meras palabras, que de mi corazón surja el servicio que se done enteramente, que se entregue sin premisas, que nunca falle! ¡Que mi amor hacia los demás sea el vivir comprometido, sin prejuicios, sin orgullos, sin malicia! ¡Señor, dame siempre la ocasión de elogiar a los demás y no encontrar sus defectos! ¡Dame, Señor, el don de estar siempre alegre para ver lo positivo de los demás! ¡Dame la fuerza para no estar pensando siempre en mi mismo sino prestar atención a los demás! ¡Dame tus manos, Señor, tu mirada, tus pensamientos, tus anhelos para que mis manos sean las tuyas y pueda servir a los demás con amor y caridad! ¡Hazme entender, Espíritu Santo, que la caridad es un don espiritual que vine Dios y que tu infundes en el corazón! ¡Dame el don de entregarme al mismo Dios y los demás con la fuerza de tu Espíritu!

Hoy una música poética como es la caridad. El Concierto para violín, op. 14 de Samuel Barber:

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