«Effatá» —«¡Ábrete!»—

Converso hace unos días por teléfono con un conocido, con los oídos y la boca cerradas a Dios por sus dificultades, sobre la realidad de su vida. Es de noche. Le digo: «permíteme que te busque una palabra de Dios para ti». Me levanto, tomo la Biblia y, aleatoriamente, mis ojos se centran en estos versículos del Evangelio de San Marcos: «Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere decir: «¡Ábrete!» Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente». Hasta yo mismo me quedo estupefacto.
«Effatá» —«¡Ábrete!»—, palabra difícil de pronunciar y sencilla pero llena de sentido. Una palabra que en sí misma es el resumen auténtico, de profunda intensidad, que unifica la obra de Jesús. ¿Pero abrirse a qué? Abrirse a su llamada, abrirse a la cerrazón de la ceguera de nuestro egoísmo, abrirse a la invitación a seguirle, a aceptar su voluntad, a dejarse arrastrar por la gracia de Jesús, a abrirse a los demás, al servicio desinteresado, a no mirarse siempre en el ombligo, a impedir que las tinieblas de nuestras faltas corroan nuestra alma, a escuchar siempre el susurro de Dios, a dejarse tocar por su misericordia, a permitir que el Espíritu Santo nos restaure, nos purifique, nos sane, nos transforme como el día que recibimos el Bautismo.
«Effatá» —«¡Ábrete!»—. Esta palabra le sirve seguramente a él y me ayuda mucho también a mí porque es una palabra que me invita a abandonarme en los brazos amorosos del Cristo en la Cruz, a seguir el camino que Él me indique, a abrirme a los deseos de su voluntad, a abrir mi corazón para salir de ese yo en el que tantas veces vivo instalado, a abrir mi corazón y dejar salir los rencores, las tristezas, las desconfianzas, los miserias, los malos pensamientos… a abrirme a la grandeza de Dios para hacerme cada día más pequeño, más humilde, más de Él.
«Effatá» —«¡Ábrete!»— . Palabra profunda pero llena de sentido que me abre los labios hoy para profesar mi fe, mi alegría, mi esperanza y unión con Dios.

effeta

¡Señor, ábreme los labios! ¡Ábreme los labios para proclamar tu alabanza! ¡Ábreme los labios, Espíritu Santo, para profesar las maravillas que Dios hace en mi vida y que tantas veces no se apreciar! ¡Ábreme los labios para bendecir su santo nombre! ¡Ábreme los labios para agradecerle que me ha dado la vida, por todas las cualidades, por todos los dones y todas las gracias! ¡Ábreme los labios para proclamar palabras sabias y no palabras necias de reproche, de juicios inmisericordes, de mentiras o de quejas! ¡Ábreme los labios para proclamar el Evangelio, para hablar a Dios en la oración, para testimoniar mi fe a la sociedad y para hablar a los demás con amor y con respeto! ¡Ábreme, Señor, también los oídos para estar atento a las necesidades de los demás! ¡Ábreme los oídos para escuchar los gritos desesperados de los que necesitan ayuda, de los que a nadie defiende, de los que son injustamente criticados, de los que claman porque no llegan a final de mes, de los vecinos que viven en soledad o de los ancianos que no tienen compañía! ¡Ábreme, Espíritu Santo, los oídos para estar atento a la Palabra de Dios en la Misa, a cada homilía incluso aquella que cuesta de seguir, a cada palabra de la Eucaristía! ¡Ábreme, Espíritu Santo, a la gracia de los sacramentos! ¡Abre mi corazón, Espíritu de Dios, para que mi misión como cristiano no sea otra que ser uno con Cristo, ser imagen en la sociedad de ese Cristo que me ha amado tanto que ha entregado su vida por nosotros, ser un auténtico hijo de Dios en actitudes, comportamientos, gestos y elecciones! ¡Y a ti, Virgen María, te pido que como tú yo esté siempre abierto al amor de Cristo y que mi corazón, como el tuyo, escuche de manera frecuente la escucha de la Palabra «¡Abréte!» para vivir en comunión con Dios y mis hermanos!

De Johann Sebastian Bach (1685-1750) escuchamos su cantata Erwünschtes Freudenlicht, BWV 184 (“Deseada luz de alegría“) que nos invita a abrir nuestro corazón a la fuerza del Espíritu Santo:

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