Simplemente… gracias Señor

Rezando un salmo de alabanza, me encuentro en la necesidad de dar infinitas gracias al Dios que me ha dado la vida. Exclamar desde lo más profundo de mi corazón, ¡gracias, Señor, gracias!
Quiero darte gracias por lo mucho que me amas. Gracias infinitas por cómo me cuidas y me proteges. Gracias por esa mirada misericordiosa que conmueve mi corazón y alegra mi alma. Gracias, porque me conoces perfectamente y aún así me amas intensamente.
Gracias por las capacidades que me has dado y por todos aquellos que se cruzan en mi camino que me ayudan a ponerlas en práctica. También por los defectos que me permiten corregir mi vida y mejorar para ser cada día mejor.
Gracias sobre todo, Señor, por la fortaleza que me has regalado para superar las dificultades y cargar con tanta dureza, sacrificio, esfuerzo y trabajo.
Gracias, Señor, por la gran confianza que me has otorgado en Ti que me permite elevar las manos al cielo y exclamar con determinación: ¡Abba, Padre, te amo, te bendigo y te glorifico!
Gracias infinitas por la fe que me llena la vida de esperanza y de creer que Tu eres el Camino, la Verdad y la Vida.
Gracias eternas por la alegría que impera en mi corazón porque me hace dulcificar cada instante de mi existencia.
Gracias, Señor, porque me permites serte fiel y encontrarte cada día en mi particular camino de Emaús entre desconciertos, temores, tentaciones y dudas.
Gracias por mi trabajo porque me permite glorificarte a través del esfuerzo cotidiano.
Especialmente, Señor, muchas gracias. Gracias por la persona que has puesto a mi lado para formar una familia. La vida en el matrimonio no es sencilla, Señor, pero me la has entregado para constituir una familia cristiana basada en el amor y en el respeto. Gracias, Señor, porque cada día me permite crecer junto a ella. Gracias, porque me permites apreciar en ella sus cosas buenas y superar las dificultades del día a día juntos. Gracias porque tu bendices con tu presencia mi matrimonio aunque a veces no puedas estar satisfecho. Gracias porque nos cobijas con tu amor y envías las manos amorosas de la Madre para que nos cubra con su manto.
Gracias, Señor, también por los hijos que nos has regalado, cada uno de ellos con sus particularidades y sus dones. Gracias por sus confidencias, por su besos, por sus caricias, por sus miradas, por sus conversaciones, por esos corazones tan inmensos que les has regalado, por sus diferencias que nos hacen crecer a todos en la diversidad de opiniones. Gracias por la fe que tienen, por el amor que sienten por Ti y por Tu Madre, por su coherencia, por su compromiso cristiano, por sus esperanzas y anhelos.
Gracias también, Señor, por mi familia. Y, sobre todo, por tanto amigos que me quieren, que rezan por mí y han estado a mi lado cuando más los necesitaba. Son un espejo de tu presencia en mi vida, Señor. Gracias. Gracias porque con sus oraciones, sus desvelos, sus consejos, su alegría, su abrazo me siento bendecido y amado. Gracias porque en ellos puedo también reposar mi cabeza y derramar alguna lágrima cuando lo necesito y reír a carcajadas cuando la luz del sol brilla cuando estamos juntos. Gracias porque Tú te haces presente en ellos.
Gracias por mi grupo de oración en la parroquia, por mi comunidad carismática, por los encuentros de oración con los más pobres, por los que están más necesitados con los que comparto en el voluntario que me hacen pequeño pero consciente de que Tú estás presente en los desvalidos.
Gracias por la casa donde resido, donde tengo mi pequeño rincón de lectura, de oración y de descanso. Gracias por tantos espacios abiertos donde Tu presencia es real. En las capillas de los oratorios que frecuento, en la iglesia donde asisto a la Eucaristía diaria, en tantos espacios donde puedo entregarme a los demás con amor.
Gracias por los sacerdotes y consagradas que has puesto en mi camino. A los que me imparten la comunión o la penitencia, a los que me aconsejan, a los que me guían espiritualmente, a los que comparten conmigo tiempos de oración y fraternidad. Gracias porque todos ellos me hacen amarte más a Ti, a Dios y tu Santa Madre.
Gracias por tantas personas anónimas que se cruzan cada día en mi camino, en mi trabajo, en mis iniciativas pastorales, en mis tiempos de ocio. Gracias, porque cada uno de ellos aporta algo nuevo a mi vida.
Gracias por todas las personas que leen estas meditaciones porque son un estímulo para seguir rezando desde el corazón y desde la fe.
Gracias por las oportunidades que me ofreces cada día, por las esperanzas que se abren en el peregrinaje de la vida. Gracias, porque son un estímulo para crecer como cristiano.
Gracias por tantas cosas hermosas que cada día siento me regalas. Gracias por que me ofreces la oportunidad de apreciarlas, valorarlas y sentirlas como un regalo tuyo.
Gracias, Señor, por tu amor y por tu misericordia. Gracias también, Señor, porque me perdonas siempre a pesar de mi miseria y mi pequeñez, de mis caídas y mis esclavitudes, de mi tibieza y mi falta de compromiso.
Gracias por que siempre me estás esperando con los brazos abiertos y la mirada misericordiosa. Gracias porque tienes una paciencia infinita conmigo y nunca te cansas de decirme: “Ven”.
Gracias, Señor, gracias. Gracias porque todas las gracias que pronuncia mi boca salen del corazón y es una gracia que de Ti recibo en este día.

iglesia

Acompaña hoy la meditación la cantata de Johann Sebastian Bach Wo Gott der Herr nicht bei uns hält, BWV 178 (“Si el Señor Dios no estuviera con nosotros“). Si no estuviera, si no lo conociéramos, ¡a quién daríamos gracias!:

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