La desesperación que atenta contra Dios

Conversando sobre una persona a la que ambos queremos mucho pero que está desesperada por su situación personal y familiar, una de mis hijas que pone siempre sus esperanzas en Dios, me dice: «Papá, ¿no te das cuenta que caer en la desesperación es un pecado grave que atenta contra Dios? No puedes perder nunca la fe porque Dios siempre te socorre». Y me lo argumenta con un criterio muy afinado. Toda desesperación y todo desánimo provienen del demonio. Es una pérdida absoluta en la confianza de que Dios puede ayudarte. Es no entender que la mansedumbre de Cristo todo lo puede. Y me lo ilustra con un ejemplo: el de Judas. El pecado del discípulo fue ahorcarse ante la profunda desesperación de su acto, rechazando por completo la misericordia de Dios que es infinita. A pesar de haber vendido a su Hijo Jesucristo por treinta monedas, Dios le hubiera perdonado de su traición si se hubiese arrepentido profundamente de ello. Pero Judas no lo hizo… y fue condenado.
Es verdad. No hay ningún acto por perverso o dañino que sea que Dios no perdone si hay un auténtico arrepentimiento del pecado desde el corazón y desde la fe.
Esta conversación me lleva a plantearme: ¿Cuántas veces a lo largo de mi vida he caído en la desesperación? Muchas. Por fortuna, en los últimos tiempos vivo en la confianza en Dios, aunque en ocasiones pronuncio esas palabras tan dramáticas del «¡Dios mío, Dios mío…!» consciente de que las situaciones que me toca vivir puedan no ser sencillas. El enemigo trata de herir el alma. Siempre remueve lo espiritual para debilitar los sentimientos, para tratar una desesperación a lo Judas, para que te apartes de Dios y pierdas su confianza en Él.
Al enemigo no le interesa que uno pueda pensar que es posible salir adelante por la misericordia y el amor de Dios, que cuando el camino se torna difícil y dificultoso, no hay salida posible. Y aunque la desesperación no sea fácil de controlar —y en una situación de vulnerabilidad emocional es algo que voluntariamente no se desea—,cuando se está muy apegado a lo terreno de este mundo, a lo material, a las personas, a las seguridades de lo mundano, a lo innecesario, sin confianza, el corazón desplaza a Dios de su interior y no permite vivir en la confianza. Las fuerzas se debilitan, la fe se torna débil y uno siente que al no dominar las situaciones éstas no se podrán superar. Y es entonces cuando la desesperación atenta contra la bondad infinita de Dios, a su justicia y su misericordia. Y llevado por los instintos de nuestra voluntad no tenemos la fortaleza para luchar contra ellos alejándonos de los favores y ayudas que Jesús nos puede ofrecer.

desesperanza

¡Espíritu Santo, dame la fortaleza de vencer siempre la desesperación, especialmente en aquellos momentos en que la Cruz sea más pesada de llevar! ¡No permitas que en los momentos de dificultad pueda pensar que no podré vivir con la cruz sobre mi vida! ¡Espíritu de Dios, ayúdame a ver las maravillas que Dios obra en mi y cómo su misericordia es infinita! ¡Haz, Espíritu Santo, que Jesús se haga muy presente en mi corazón para que habitando en él sane mi interior, me de fuerzas siempre para no desesperar y caer en tentación! ¡Y a ti, Jesús, amigo, quiero decirte que todo lo puedo en ti que me confortas en la oración y en los acontecimientos de mi vida! ¡Y cuando en algún momento me domine la desesperación ayúdame a acudir a Ti con una fe firme, una fe confiada y una fe sincera! ¡Que mi amistad contigo sea duradera, que siempre tenga la confianza de contarte todo y cuando te ofenda, Señor, que es muchas veces al día, que confíe en tu misericordia! ¡Padre Bueno, Dios de bondad, para ti nada es imposible! ¡Padre mío, Creador mío, quiero proclamar mi amor y mi confianza en Ti! ¡Tú lo puedes todo, Dios mío! ¡Conforta a los que tienen miedo, a los caídos, a los que no confían en tu bondad y misericordia, a los desesperados, a los atribulados, a los abatidos, a los afligidos, a los que dudan y desconfían! ¡Y si en algún momento mis emociones o mi espíritu se ven invadidos por la desesperación o la desconfianza envíame la luz de la verdad! ¡Dios sabio y soberano, dame la paciencia de esperar siempre en Ti y cuando las puertas estén cerradas, ábrelas cuando lo creas conveniente para que se haga siempre tu voluntad! ¡Y cuando los obstáculos parezcan difíciles de sobrellevar, abre tu el camino y envía los medios para solucionarlo todo! ¡Dios mío, Tú que eres rey de cielos y tierra, quiero vivir en la obediencia en ti, sin cuestionarte nada!

Ponemos un poco de alegría cantando Color esperanza:

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