El mejor espejo es un ojo amigo

Salgo de un reunión y, antes de regresar a casa, asisto a la Eucaristía. Cerca del templo hay una óptica. En el escaparate, junto a unas ofertas de gafas de sol, una frase a gran tamaño reclama la atención de los transeúntes: «El mejor espejo es un ojo amigo». Al entrar en la iglesia le susurro al Señor al arrodillarme ante el Sagrario: «Señor, que tu mirada sea siempre el espejo sobre el que reflejar mi vida. Mírame siempre, Señor».
Ante la idea de sentirse mirado por Jesús mi corazón se llena de alegría. Es el contento de quien se siente mirado por el amigo. Cuando me postro a los pies de la cruz en oración, y existe una relación íntima con ese Cristo que me espera en el sagrario, hay una carga muy intensa de emoción. Cuando sientes la mirada de ese Cristo que te ama no puedes más que agradecer ese amor tan grande y llenar tu oración de palabras de agradecimiento y de alabanza, impregnar cada frase con oraciones de gratitud. Cuando te sabes mirado por el amor de Dios es como verse invadido por el incienso purificador de la gracia. Cuando comprendes que la mirada del Señor mira sólo tu interior no puedes más que sobrecogerte. Y entonces, sintiéndote mirado, amado, te sientes sobrecogido al saberte contemplado por la dulzura divina. Dios no mira mi superficialidad, ni mis máscaras, ni me egoísmo, ni mi soberbia, ni mi acritud, ni contempla las manchas de mi alma, ni los pliegues pecaminosos de mi corazón… Dios se pone frente a mí, posa su mirada en mí, y trata de buscar tan sólo la belleza que hay en mi interior. Y cuando nuestras miradas cómplices se entrecruzan por la fuerza de su misericordia uno se siente aliviado, amado hasta el extremo a pesar de su miseria y de su pequeñez.
¡Qué tristeza cuando no somos capaces de cruzar la mirada los demás, cuando la rehuimos, cuando cerramos los ojos ante la necesidad del otro, cuando la rechazamos con desdén! ¡Estamos desviando también la mirada al Señor!
En la mirada del Padre, en la mirada de Jesús hay tanta profundidad, que sintiéndose mirado uno se examina de amor. ¡Y pese al evidente suspenso, uno sabe cuánto le ama Dios, cuando le necesita Dios y no puede más que levantarse de la oración y regresar al mundo para cruzar la mirada con los demás para llevarles esperanza, misericordia y amor!

mirada de cristo

¡Señor, no dejes de mirarme nunca! ¡Dame, Señor, tu mirada para que desde ella yo pueda mirar a los demás! ¡Señor, te suplico que no dejes de mirarme para que desde tus ojos pueda ver la belleza de la Creación, las cosas grandes que haces por mí, para mirar a los que me rodean con otra forma de mirar! ¡Señor, que no deje nunca de mirarte! ¡Que no tenga miedo a que mis ojos se fijen en los tuyos! ¡Señor, no dejes de mirarme e impide que tenga miedo a que me reproches mis faltas, mis errores, mis pecados, mis flaquezas! ¡Señor, dame el valor de mirarte siempre porque lo que me vayas a pedir es siempre por mi bien! ¡Señor, mírame! ¡Mírame, cada día, porque es señal que me amas! ¡Señor, mírame para que mi corazón se llene de Ti! ¡Dame, Señor, tu mirada llena de amor porque me quiero dejarte amar por Ti, envolverme en tu luz, de tu alegría, de tu paz, de tu misericordia! ¡Señor, que bien se está sentirse mirado por Ti que estás en el Sagrario esperándome! ¡Gracias, Señor, por esa mirada de ternura! ¡Gracias, Señor, porque no te cansas de mirarme! ¡Señor, que tu mirada sea siempre el espejo sobre el que reflejar mi vida!

Dame, Señor, tu mirada, cantamos hoy acompañando esta meditación:

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