¿Dónde radica la calidad de mi fe?

Me retumba esta pregunta: ¿Cuántas veces realizo las cosas únicamente por principio, porque es lo que hay que hacer, sin esperar aplausos, que nadie lo sepa, sin tratar de mostrarlo y, lo más importante, hacerlo sin interiormente premiarme por ello y sentirme satisfecho? ¿Pocas? ¿Muchas?
Al Señor le encantaría que yo procediera siempre así porque este era su criterio de actuación y es, sin duda, el principio básico de nuestra religión. Para Cristo cuando entregas algo al necesitado, al desvalido, al pobre… se lo entregas a Dios. Cuando desatiendes a un desamparado, a un indefenso, a un menesteroso, de la condición que sea, estás desatendiendo a Dios. Porque Dios no sólo tiene por los pobres y necesitados una predilección especial sino que habita en el interior de cada uno de ellos.
Y también me hago con frecuencia esta pregunta. ¿Qué me preguntará el Señor cuando esté a las puertas de la vida eterna? Y la respuesta es radical: cuanto he sido capaz de amar. Este será el criterio para entrar en la gloria celestial. La prueba final será en qué medida he sido capaz de amar de verdad. Y cuando corresponda hacer la separación entre los que entran o no por la puerta del reino de los cielos, me habré tenido que presentar con una hoja de servicios impoluta. ¿He vestido al desnudo? ¿He visitado al enfermo, al menesteroso, al preso? ¿He dado de comer al hambriento? ¿He dado de beber al que tiene sed? Porque al vestir al desnudo, visitar al enfermo o al preso, al alimentar al que tiene hambre, al saciar la sed del sediento se lo he hecho también a Dios. Y, lógicamente, a viceversa.
¿Dónde radica la calidad de mi fe? En mi capacidad para amar, para impartir justicia en este mundo en el que tantas veces se olvida la existencia de Dios, en compartir con los que más lo necesitan, en el servicio por amor, elemento innegociable e integral de nuestra religión. Nadie podrá entrar en el reino de los cielos sin llevar en su pasaporte vital el visado que reconoce nuestra entrega a los demás.
Cuando uno lee el Evangelio comprende que todas las personas que aparecen en los relatos sirviendo o no a Dios no eran conscientes de lo que hacían. Unos actuaban así porque era lo correcto. Eran portadores de la justicia. Eran desconocedores de que Dios moraba en el corazón del pobre. Los que no tenían con los pobres y los necesitados una actitud benevolente tampoco eran conscientes de que Dios habitaba en ellos. Eso nos demuestra que el verdadero seguidor de Dios no hace cálculos, no evalúa, no se plantea la dignidad o indignidad de alguien, no le importa si el que tiene delante es o no cristiano, si se trata de una persona buena o no lo es, si Dios se halla inmerso en aquella situación. El verdadero discípulo del Señor sirve sin cálculos entregándose al que tiene necesidad, dejando de lado componendas e intereses.
Quien sirve desinteresadamente por amor experimenta a Dios. Incluso sin saberlo. Así, cuando se me pregunte cuánto he sido capaz de amar a lo mejor reculo y me vuelvo a poner al final de la cola.

¡Señor, quiero pedirte que me ayudes a compartir el sufrimiento de los que sufren! ¡Enséñame a amar a los más desfavorecidos para conocer el dolor del que tiene el corazón roto! ¡Enséñame a orar por los demás y no siempre centrado en mis cosas! ¡Por qué tú, Señor, estás presente en cada uno de los que me rodean! ¡Ayúdame, Señor, a tomar responsabilidades, compromisos, entrega! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la fortaleza y la valentía para servir a los que lo necesitan sin componendas ni buscando el aplauso sino porque en la entrega es dónde verdaderamente está la auténtica vida! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la honradez, la autenticidad y la paciencia para trabajar junto otras personas, para servirlas con cariño y entrega! ¡Alúmbrame, Espíritu Santo, con la luz de la alegría, con el canto de alabanza, con la celebración festiva para que pueda levantar el espíritu entre los que me rodean! ¡Haz, Espíritu de Dios, que florezcan y crezcan en mí tus siete dones para que no me venzan los desánimos en la lucha cotidiana! ¡Ayúdame a amar incluso por los que no me quieren bien porque es la única manera de transformar su corazón y transformar también el mío!

Aumenta mi fe, cantamos hoy acompañando a esta meditación:

En el camino hacia Pentecostés

Me preguntaba estos días qué sentido tienen los cincuenta días del tiempo pascual para mí. No es más que dar sentido auténtico a mi propia vida: los problemas, el agotamiento cotidiano, la enfermedad, las dificultades económicas, la tristeza, la soledad, la insatisfacción, el desprecio de unos, las contrariedades del día a día o cualquier sufrimiento que surgen a lo largo del camino son pequeños pasos que insertos en este tiempo pascual me llevan al encuentro del resucitado.
Pero para ello, todas estas dificultades y contrariedades diarias han de convertirse en el retal con el que tejer mi existencia como cristiano, el hilo con el que coser mi vivir en Cristo.
En este tiempo es necesario descubrir y vivenciar de manera auténtica el sufrimiento, la decepción, la contrariedad o los desengaños diarios, la tristeza o la desilusión, el aparente silencio de Dios, el desierto que a veces es la vida, la incomunicación, el cansancio del corazón…; y es imprescindible comprender que es necesario aceptar todo esto como parte de mi caminar, de mi purificación, como camino para alcanzar la añorada paz y la complacencia en el amor de Dios. Y, esperar, al final del camino la luz del Espíritu en Pentecostés.
El mundo exige que los cristianos vivamos de manera auténtica la Pascua; que demos testimonio radical de lo que somos, dejar claro que ¡Jesucristo ha resucitado! para curar esas úlceras sangrantes que son el materialismo, la envidia, la injusticia, la mentira, la soberbia, el consumismo, la avidez por el dinero o el poder, la falta de respeto por la religión… todas las lacras que fragmentan la vida de nuestro entorno, una vida que necesita de manera urgente recibir un mensaje de esperanza, de amor, de paz, de justicia y de salvación. Y ese mensaje sólo puede surgir de la fe, amparada por el empuje que nos confiere el Espíritu del Cristo resucitado al que tan unidos debemos estar en este tiempo pascual.

cirio tiempo pascual

¡Señor, Tú que has resucitado y nos das la luz de la vida, ayúdame a avanzar en este tiempo de Pascua! ¡Hay demasiadas cosas por hacer y pocas horas para hacerlo! ¡Ayúdame, Señor, con la fuerza de tu Espíritu, a buscar los frutos de la Resurrección! ¡Te agradezco, Señor, por la fe que me une más a Ti! ¡Te doy gracias, Señor, por dejar tu impronta en mi corazón! ¡Te doy gracias, Señor, por aceptarme cerca de ti! ¡Quiero dar frutos, Señor! ¡Convierte, Señor con la fuerza de tu Espíritu, mi esterilidad en fecundidad! ¡Dame la fuerza para vencer los miedos ni desesperar! ¡Para no dispersarme de lo esencial! ¡Para no caminar en solitario! ¡La hora del Espíritu está cercana, Señor, y se acerca la hora de la verdad! ¡Del envío! ¡Te adoro en Espíritu y Verdad, Señor! ¡Creo y espero, Señor! ¡Quiero hacer nueva mi vida, Señor, después de tu resurrección! ¡Tú me envías a proclamar tu resurrección, la paz, la verdad y la alegría! ¡Aquí me tienes, Señor, para hacer siempre tu voluntad!

I’m a not alone (No estoy solo), una preciosa canción cristiana para acompañar esta meditación:

Como barco varado en la orilla

Me encuentro en un país africano por cuestiones laborales. Mi hotel se encuentra junto a un inmensa playa. A primera hora de la mañana de ayer, después de la oración, paseaba por la orilla, con los pies descalzos. Las olas iban muriendo mojando mis pies desnudos. En la orilla hay decenas de pequeños cayucos de madera que salen a faenar a última hora de la tarde. Embarcaciones de vivos colores cuyos nombres convierten la playa en un diccionario de nombres extraños: Bodingo, Sené, Cyrius, Kirene, Katixa, Diallo… Las mañanas, que de manera general exhalan siempre un olor a premura, me permiten en estos días vivir el amanecer de manera más sosegada. Llegó hasta una especie de varadero de madera donde un grupo de pescadores reparan sus precarias embarcaciones y remiendan sus redes.
Al contemplar los barcos en la orilla pienso en su inutilidad cuando no están en su medio natural que es el mar. Y me viene a la mente mi frecuente inutilidad cuando necesitado de cambiar son muchas las ocasiones que me resisto para evitar salir de mis comodidades mundanas. Cuando pretendo decirle al Señor y al Espíritu Santo que me ayuden y cómo pueden hacerlo, quedo como varado, estancado, a la espera de que se produzca en mi vida el milagro de la transformación. En realidad ese cambio no es posible hasta que me ponga en camino, surque las aguas y comience a navegar, como harán estos sencillos cayucos de madera. ¡Con cuánta frecuencia permanezco varado a la espera de que se produzca el gran milagro aunque ese cambio tendrá lugar el día que tome los remos y comience a remar! Pero cuando no avanzo se desliza por las pequeñas ranuras de mi corazón la impotencia, la tristeza, la insatisfacción, la desazón. Son como las pequeñas ranuras de los cayucos que deben ser reparadas para que el agua no penetre en su interior y no hunda la frágil embarcación. Pero uno comprende que el pequeño varadero debe convertirse en un simple lugar de paso, no en un espacio en el que permanecer alimentándose con el dolor.
Es necesario comprender la necesidad que uno tiene de repararse interiormente, cada día, asimilar por medio del siempre complejo trabajo de restauración que la vida es una sucesión de trazos de sufrimiento que requieren ser pulidos y perfeccionados para poder seguir avanzando con alegría cristiana. Cuando permanecemos de manera obstinada varados en un mismo lugar cerramos las puertas a nuestro crecimiento personal e impedimos lo que desea el Señor de nosotros: que salgamos mar adentro para comprobar los prodigios que Dios hace en nuestra vida si confiamos plenamente en su amor y su misericordia.

cayucos

¡Gracias, Señor, me invitas cada día a la conversión! ¡Gracias, Señor, porque siempre estás aquí a mi lado, protegiéndome y contando conmigo a pesar de mis miserias, mis debilidades y mis múltiples pecados! ¡Gracias, Señor, porque cada día me das la oportunidad para convertirme a Ti y mejorar mi vida! ¡Te doy Gracias, Señor Dios nuestro, por tanta misericordia y amor que derramas sobre todos los hombres y cómo transformas nuestro corazón para que tu infinita Bondad habite en ellos! ¡Espíritu Santo, hazme dócil a la llamada del Padre y evita mis resistencias cuando llama a mi corazón para transformar mi pobreza y mis miserias! ¡Gracias, Padre Bueno, porque siento que me amas, que me proteges, que me cuidas con una ternura que no merezco, que aceptas mis defectos y debilidades y los cambias en virtudes capaces de dar buenos frutos! ¡Gracias, Padre, porque con ello demuestras el inmenso Amor que nos tienes! ¡Te pido, Padre, que con la fuerza del Espíritu Santo, sea capaz de corregir mis errores, a no ser tan orgulloso y creído y entregarme siempre a los demás para realizar en mi vida acciones que den testimonio de mi vida cristiana! ¡Gracias, Señor, por confiar en mi pequeña persona y llenarme de esperanza renovada cada uno de los días de mi vida!

Toda conversión exige rectitud de corazón. Y el compositor austriaco Romanus Weichlein (1652-1706) compuso una bella y alegre obra muy adecuada para acompañar esta meditación. Se trata de su Missa Rectorum Cordium:

Cruzar la Puerta Santa en peregrinación

Estamos inmersos en el Jubileo de la Misericordia. Hace ya tiempo que peregrinamos siguiendo la invitación de la Iglesia. Peregrinar es ponerse en camino, desprenderse del yo, y caminar hacia un destino. Pero este peregrinaje jubilar es, sobre todo, interior. Y, todo lo que lleva interiorización, es pausado. En un camino de peregrinación es más importante encontrarse a uno mismo, desde el corazón, que alcanzar la meta rápidamente.
Este Año Santo de la Misericordia es una oportunidad maravillosa para emprender un camino espiritual auténtico; una invitación a cambiar de vida para convertirla en un compromiso y hacerlo tras alcanzar el perdón, la misericordia y la indulgencia.
He cruzado ya la Puerta Santa en la catedral de mi ciudad. Y, siempre que visito una ciudad por razones de trabajo, trato de hacerlo en la Puerta Santa de ese lugar. Había traspasado antes esta puerta en cientos de ocasiones, pero en esta ocasión con el ánimo predispuesto a comenzar un sincero itinerario interior.
Pasar por la Puerta Santa, en este año Santo, tiene un profundo significado. Implica que el objetivo es la Misericordia y que en ese camino uno se compromete con la conversión interior. Antes de cruzar la Puerta Santa he leído el texto de invitación del Papa al Jubileo. Y, sí, he sentido como Dios Padre me abrazaba. Me abrazaba en su infinita misericordia. Y he sentido paz —mucha paz—. Y me he sentido perdonado y querido, porque he aprovechado para intentar hacer una buena confesión. Y he sentido que debo dar un paso más, que no basta cruzar el umbral de la Misericordia sino ir más allá, dándole sentido a mi vida cristiana. Y he visto mucho de lo que tengo que cambiar y mejorar. Y he sentido que mi misión debe ser también ser misericordioso con todos los que se crucen en mi camino. Dejar la impronta de la misericordia allí donde vaya.
La invitación al jubileo es universal. Es para todos. Lo único deseable es peregrinar con el corazón abierto, predispuesto al camino interior, a profundizar en su significado. Hacerlo íntimamente unidos con la Santa Madre Iglesia que es, en definitiva, la que ha lanzado la invitación a ponernos en camino. Y, antes de salir de la catedral, ante el Sagrario, he podido repetir pausadamente ese maravilloso salmo que exclama: los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles, sobre los que esperan su misericordia.

año de la misericordia

¡Padre bueno, gracias por este jubileo de la Misericordia que nos llena de tu amor y de tu perdón y nos acerca más a ti en el camino de la mejora personal! ¡Padre bueno, Señor de la Misericordia, gracias infinitas porque en este Año Jubilar nos invitas a una profunda conversión interior! ¡Gracias, Padre, por habernos dado a Tu Hijo Jesucristo, con el que hemos compartido la Pascua, y en el que hemos visto Tu Rostro y el Rostro amoroso de Tu Misericordia! ¡Y a Ti, Jesús, gracias! ¡Gracias por haber dado la vida por mi y porque en Ti, cada minuto de mi vida, se cumple la gran misericordia divina! ¡Gracias, Señor, porque en este camino de conversión que supone vivir íntimamente contigo este año, nos invitas a ser tus discípulos, a comprometernos de verdad con tu misión de discípulos tuyos! ¡Señor, Tú me envías a compartir con todas las personas y en todo lugar Tu Misericordia! ¡Envía Tu Espíritu sobre mí para que sea capaz de anunciarla con palabras, con hechos y con coherencia cristiana! ¡Me quiero parecer a Ti, Señor Jesús, Tú que tienes un corazón que perdona, que ama, que reviste de alegría todo cuanto hace, que rechaza la maldad y no juzga, que desprecia la crítica y disipa las tinieblas de la mentira, que mira con ojos amorosos y sonríe aunque le desprecien, que tiende la mano y actúa con humildad, sencillez y generosidad sin esperar nada a cambio! ¡Que es la Misericordia misma! ¡Espíritu Santo hazme dócil a la llamada del Padre, dame un corazón sencillo y humilde, sensible y amoroso, para acoger al que sufre, para llenar de esperanza al que lo necesita, de hablar de Dios al que no lo conoce, de encontrarme con el Padre con sencillez de espíritu, de transmitir la alegría del Evangelio al que se cruce en mi camino!

Misericordia Domine con los coros de Taizé para acompañar hoy esta meditación:

Las bienaventuranzas desde el corazón de la Virgen María

Tercer sábado de abril con María en nuestro corazón. En este año jubilar de la Misericordia le pido cada día al Señor que me desprenda de mi yo para que me ayude a dar los pasos hacia la pobreza interior, para entregarme al poder misericordioso de Dios y con él llegar más al corazón de los que me rodean. Pero mi corazón es soberbio y orgulloso y eso limita muchos de mis pasos. Meditar la estrecha vinculación de la Virgen con las bienaventuranzas me ayuda en este camino para tratar de transformar mi vida.
«Bienaventurados los pobres de espíritu…». Dios escoge los corazones sencillos y humildes, los que se abandonan a su gracia. Observas como Dios favorece a María como Madre de su Hijo. María, la joven de Nazaret, la doncella que reunía en torno a sí las cualidades de la fidelidad, de la humildad, de la modestia, de la sencillez en el trabajo cotidiano, de la disposición al servicio, de la piedad, la enorme entrega, la capacidad para conservar los secretos en el corazón, la fe profunda… Y lo comprendes todo. María, consciente de su pequeñez, reúne todos los elementos de la pobreza de espíritu. Y lo mismo sucede con san José, patrono de la vida interior. El hombre de vida sencilla, el humilde servidor que sigue los planes de Dios, entregado a la oración, el que nos enseña el valor del sufrimiento y a actuar con rectitud. La familia de Nazaret que verá nacer al Hijo de Dios en un mísero pesebre en Belén. La mujer que verá morir a su Hijo despojado de su dignidad y sepultado en un lugar prestado.
«Bienaventurados los que lloran…». ¿Cuánto lloró María a lo largo de su vida? El descrédito de engendrar un hijo sin conocer varón. Las lágrimas por san José. El dolor del alumbramiento en Belén. El cansancio de la huida a Egipto. La tristeza por la pérdida del Niño en Jerusalén. El dolor ante las palabras de Simeón. El profundo sentimiento de dolor ante las acusaciones que hacen a Jesús. La Pasión de su Hijo y su presencia al pie de la Cruz.
«Bienaventurados los mansos…». ¿Quién si no en María se cumple esta verdad en la que se proclama la esclava del Señor, la que ensalza la grandeza del Señor, la que corre rauda a asistir a su prima santa Isabel, al matrimonio de Caná, la que conservaba todo en el corazón, la que acoge con dulce serenidad la gracia de Dios, la que se entrega con filial predisposición a dar vida al Hijo de Dios?
«Bienaventurados los misericordiosos…». María, la mujer que se compadece de los que no tienen vino en Caná, que acoge con el corazón a los amigos de Jesús, que ampara a los discípulos tras la muerte del Señor, la que acoge los sufrimientos y los dolores de los hombres, la que intercede para lograr la intercesión de Dios.
«Bienaventurados los limpios de corazón…». María, la Inmaculada, la Virgen, la que en razón de su dignidad de Madre de Dios fue concebida sin mancha de pecado original, la llena de la gracia santificante, repleta de virtudes y de innumerables dones, la que no cabía en su corazón la inclinación a la maldad. María, la limpia de corazón, la que ajusta siempre su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios sin dobleces, con autenticidad, simplicidad y transparencia, la rebosante de caridad, rectitud, amor a la verdad y firme en la fe, siempre esforzándose en complacer a Dios, siempre actuando para servir sin recibir nada a cambio…
«Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia…». María, la mujer que aceptó el sufrimiento en su vida con sencillez, la que vio como condenaban injustamente a su Hijo a morir en la Cruz, la que tuvo que huir a Egipto por la maldad de Herodes, la que tuvo que aceptar las calumnias y las insidias contra Jesús en sus tres años de vida pública. La que una espada traspasó su corazón aceptando durante la Pasión del Señor la voluntad de Dios.
La Virgen María me muestra hoy el camino como caminar hacia la santidad desde las bienaventuranzas, en lo ordinario de mi vida, en la simplicidad de mis gestos, en la humildad de las pequeñas cosas… todo para llegar hasta el corazón mismo de Jesús. Me enseña como descubrir a Dios y aceptarlo, acoger sus dones y asentar mi realidad desde la contemplación, la entrega y la cercanía del misterio divino. En la escuela de las bienaventuranzas me siento hoy en la cátedra de María.

kells madona

¡Bienaventurada seas, María, que me enseñas a ofrecerme siempre a Jesús con sencillez y humildad, que me muestras como disponer el corazón a la acción del Espíritu Santo y a predisponerme siempre a la acción de Dios! ¡Bienaventurada seas, María, que me muestras como dialogar desde la sencillez con Dios! ¡Bienaventurada seas María, que me muestras cómo sobrellevar las dificultades de la vida poniéndolo todo en la confianza en Dios! ¡Bienaventurada seas, María, que con tu «Sí» me indicas el camino a seguir! ¡Bienaventurada seas, María, que me enseñas estar unida siempre al misterio de Tu Hijo! ¡Bienaventurada seas, María, que en la discreción y sencillez de la vida haces grande lo pequeño! ¡Bienaventurada seas, María, que acogiste con inmediatez la acción fecunda de los dones del Espíritu Santo! ¡Bienaventurada seas, María, que me enseñas que de tu mano y por medio de tu intercesión nada es imposible para Dios! ¡Bienaventurada seas, María, que me enseñas estar siempre predispuesto a recibir la luz divina! ¡Bienaventurada seas, María, que proteges a la Iglesia y la llenas de esplendor! ¡Bienaventurada seas, María, que me invitas a renuncia a mi yo para darme más a los demás! ¡Bienaventurada seas, María, corredentora del género humano, que me invitas a coger mi cruz de cada día y acompañar siempre a Jesús! ¡Bienaventurada seas, María, que me invitas a no cesar en la oración desde el corazón, a rezar por los que me rodean, por los políticos, por la conversión del mundo, por la paz!

The Seven joys of Mary cantamos hoy a la Virgen:

¿Qué me exigirá Dios por todo lo que me ha dado?

Mi abuela cumplió ayer noventa y seis años. Es un pozo de sabiduría. Su mente lúcida, sus recuerdos de la infancia, su actividad desbordante, sus sentencias que sientan cátedra. Es siempre un placer escucharla. Cuando la llamo para felicitarla, tras un larga conversación, me recuerda algo que siempre he oído de su boca: «A quién se le ha dado, más se le exigirá. Pero Dios no pide a todos lo mismo, a uno les exige siempre más». En todos los sentidos. Me retumba esta frase porque me cuestiono que espera el Señor de mí.
Los dones recibidos, regalo de Dios, no son un trofeo que se obtiene sin más, algo para exponer en las vitrinas del museo de nuestra vida. Tienen un objetivo. Una finalidad de servicio.
En la medianía de la vida pienso que Dios me ha dado muchas oportunidades. Algunas las he aprovechado. Otras —muchas— no. Y ha sido tanto lo que me ha dado, que mucho me exigirá. No puedo permanecer sólo en vela, debo aprender a darle el mejor uso a mis capacidades, a mi pequeña inteligencia, a mi voluntad, a mi quehacer cotidiano, a mi entrega, a mis virtudes…
Han transcurrido muchos años desde que Dios me dio la vida. Y siento que he desaprovechado mucho el tiempo. Que he dejado pasar muchos días, muchas semanas, muchos años sin aportar nada a los demás, a la sociedad, a mí mismo y… a Dios. La pregunta es muy clara: ¿Qué me exigirá Dios por todo lo que me ha dado? ¿Lo he sabido aprovechar?

vejez trabajo

¿Qué quieres, Señor, que haga hoy por ti? ¡Lléname, Señor, de tu amor y de tu misericordia para que sepa actuar siempre con probidad para amar a los demás y servir siempre con la mayor entrega y caridad! ¡Ven en mi auxilio, Señor, amigo! ¡Ven porque sin la fuerza tu poder y la seguridad de tus manos no es posible alcanzar los objetivos que me tienes asignado! ¡Extiende sobre mí, Señor, tus manos poderosas para guiarme y ayudarme por esta vida! ¡Lléname, Señor, con la fuerza de tu presencia para que obre a través mío y sepa dar al prójimo testimonio de tu amor! ¡Lléname, Señor, con la fuerza de tu Espíritu Santo para reconocer las grandes maravillas que obras en mí!
En este día, Señor, quiero ponerte a mi abuela en la oración y a todos los ancianos del mundo. Elevo mis plegarias por ellos y te pido tu bendición amorosa. ¡Rodéalos, Señor, con el consuelo, la paz, la serenidad, el amparo y la calidez en su día a día para que puedan conservar la felicidad, el gusto por la vida y sepan superar todas las limitaciones de su ancianidad! ¡Haz, Señor, que sepamos comprender sus debilidades, sus caídas, sus necesidades y que sean respetados siempre por lo que representan para la sociedad y para las familias! ¡Concédeles, Señor, la gracia para que en el alba de la vida tengan una buena preparación para la vida eterna, acogiendo siempre tu voluntad y poniéndose en tus manos llenas de misericordia! ¡Dales, Señor, tu que eres el Dios de la ternura, una vejez serena y atenta! ¡Y a Tí María, te ofrezco a los ancianos enfermos, solos, tristes, abandonados de sus familias, rodéalos con tu santo manto y dales el consuelo de tu amor de Madre!

Un día te veré, cantamos con Tercer Cielo:

La caridad es sufrida

La caridad es sufrida. Estas palabras que corresponden a san Pablo me hacen comprender que en esta vida el sufrimiento va íntimamente unido al amor. En este mundo todos estamos repletos de imperfecciones, de múltiples miserias y de gran fragilidad. Y de la más grande de las miserias: el pecado. Incluso las personas que son buenas, aquellas que no tienen intención de dañar a los que les rodean, dan a veces motivo para el sufrimiento. ¿Qué sería del ser humano si no nos sufriéramos y nos toleráramos? Hay momentos en que nosotros mismos no nos aguantamos.
Estamos hechos de tal pasta que todo lo queremos perfecto y son muchas las ocasiones en las que imaginamos a nuestros semejantes con defectos que ni siquiera tienen: una hormiga en ellos parece un rinoceronte. ¿Qué hacer en estos casos? La respuesta es sencilla. También la ofrece san Pablo: soportaos los unos a los otros con caridad. Lo leo ayer y abre una bocana en mi corazón.
¿Soportar al pesado que siempre está con las bromas de mal gusto o que carece de gracia alguna? ¿Al que no para de hablar y encima tiene voz de trompetín desafinado? ¿Al que a su grosería se le une unos modales de cuarta? ¿Al que siempre tiene esa muletilla que hiere? ¿Al que su sola presencia daña la vista? Eso es lo que pensamos tantas veces pero ¡cuánto nos cuesta reparar en nuestro interior y no avergonzarse de nuestros defectos, de nuestra falta de caridad, de nuestra intolerancia, de nuestra indolencia hacia los demás! ¿Somos, por casualidad, monedas de oro puro, trazos perfectos de una obra de Miguel Ángel o ángeles de perfecta condición que llamamos la atención de todos por nuestra belleza y nuestra bondad?
La caridad es sufrida. Frase sencilla pero profunda. Hay que sufrir si uno desea que los otros nos sufran también a nosotros para darse cuenta qué alejados estamos en realidad de la caridad perfecta, de la auténtica misericordia, de la humildad extrema. Hoy esta simple frase me adentra en una idea: tengo que aprender a sufrir cada día con paciencia por muy molestas que sean las flaquezas, defectos, debilidades o fragilidades de los otros porque yo también tengo demasiadas imperfecciones que los otros deben sufrir a costa mía. Me pongo hoy en el lugar de mi prójimo, de ese que no soporto, y considero cómo desearía que él me tratase si yo tuviera sus mismos defectos, debilidades y flaquezas. La caridad es sufrida, pero comienza por uno mismo.

caridad

¡Señor, ten piedad de mí, cuando no cumpla el mandamiento del amor! ¡Señor, ten piedad de mí cuando no sea caritativo con los demás! ¡Señor, que mi amor se traduzca en hechos y no en meras palabras, que de mi corazón surja el servicio que se done enteramente, que se entregue sin premisas, que nunca falle! ¡Que mi amor hacia los demás sea el vivir comprometido, sin prejuicios, sin orgullos, sin malicia! ¡Señor, dame siempre la ocasión de elogiar a los demás y no encontrar sus defectos! ¡Dame, Señor, el don de estar siempre alegre para ver lo positivo de los demás! ¡Dame la fuerza para no estar pensando siempre en mi mismo sino prestar atención a los demás! ¡Dame tus manos, Señor, tu mirada, tus pensamientos, tus anhelos para que mis manos sean las tuyas y pueda servir a los demás con amor y caridad! ¡Hazme entender, Espíritu Santo, que la caridad es un don espiritual que vine Dios y que tu infundes en el corazón! ¡Dame el don de entregarme al mismo Dios y los demás con la fuerza de tu Espíritu!

Hoy una música poética como es la caridad. El Concierto para violín, op. 14 de Samuel Barber:

«¡Hágase tu voluntad!», es mi súplica Señor

En ocasiones, cuando las situaciones de la vida se tornan complicadas, cambia nuestra forma de hacer oración. Ante las situaciones sencillas, orar es sencillo. Las palabras fluyen de manera armoniosa pero cuando las complicaciones hacen mella en el corazón y las heridas son profundas poner en las manos de Dios y a los pies de la Cruz los temores, las inquietudes, el sufrimiento y los sentimientos exige un esfuerzo mayor.
¡Quién alguna vez en la vida no se postra de rodillas diciéndole a Dios cómo debe actuar para solventar ese o aquel problema, esa o aquella situación complicada! ¡Son instrucciones que damos a Dios señalándole, incluso, qué debe cambiar en nuestra vida para que repare esa situación que nos provoca tanto dolor! Me sucedió ayer. Sin embargo, esa situación me hizo ser consciente de mi falta de fe, de mi falta de confianza en el Señor de los milagros, de mi falta de intimidad con Él, de mi falta de certeza de que mis súplicas iban a llegar a los oídos de Dios.
E inmediatamente sentí la necesidad de virar la oración. Sentí la necesidad de recubrir mis palabras con el halo de la fe, abrigarlas con el don de la esperanza para que, certeras, reposaran en las manos del Padre. La cuestión era delegar al Buen Dios todo el sufrimiento, permitir que actuara su misericordia, pronunciando esas tres palabras que tantas veces olvidamos pero que están llenas de profundidad: «Hágase tu voluntad». Sí, «Hágase tu voluntad y no la mía». ¡Cuánto esfuerzo exige su pronunciación pero que sencillo se hace exclamar «Hágase tu voluntad» y creerlo de verdad!
«Hágase tu Voluntad» para que todo cambie cómo Dios quiera, cuando Dios quiera, de la manera que Él quiera.
«Hágase tu Voluntad», para que la tormenta se calme y luzca el sol de la alegría y de la paz interior.
«Hágase tu Voluntad», para que se apacigüe mi corazón y todo mi ser sea un canto de alabanza al Señor.
«Hágase tu Voluntad», para que las lágrimas que surgen de lo profundo de mi ser se conviertan en un torrente de amor y misericordia.
«Hágase tu voluntad», para descansar de verdad en las manos amorosas del Padre, reposar mi rostro en la confianza en Dios.
«Hágase tu voluntad», para que lo difícil sea haga sencillo, para que lo complicado de la vida se convierta en un fácil caminar.
«Hágase tu voluntad», para que los miedos que me atenazan se conviertan en esperanza cierta, en alegría firme, en anhelo confiado.
«Hágase tu voluntad», para que aunque muchas veces esa voluntad sea difícil de aceptar, aunque los apegos mundanos impidan avanzar, aunque los mandatos de Dios sean difíciles de acatar sea Él quien con escriba siempre el guión de mi vida, una vida que en sus manos puede convertirse en una obra maestra digna de destacar.

Hagase tu voluntad

¡Hágase tu voluntad, Señor, y no la mía! ¡Hágase tu voluntad, Padre Nuestro, aquí en la tierra como en el cielo! ¡Señor, tu me has creado y me has dado la vida, tu me impones un destino y me das la libertad de seguirlo aunque muchas veces me equivoque! ¡Tú, Señor, conoces lo que anida en mi corazón, mis debilidades y mis miedos! ¡Tu, Señor, deseas lo mejor para mí por eso te pido que se haga tu voluntad y no la mía! ¡Tu, Señor, buscas mi bien! ¡Hazme saber, Padre de bondad, qué es lo que deseas para mí, que es lo que más me conviene en cada ocasión!¡Señor, que se haga siempre tu voluntad porque siguiéndola siempre todo me irá bien! ¡Y cuando no sepa cuál es tu voluntad, Señor, envíame a tu Espíritu para que me ayude a discernir! ¡Que se haga, Señor, tu voluntad y no la mía! ¡Qué cada instante, Señor, se haga en mi tu santa voluntad! ¡Hágase tu voluntad para perder el miedo a mis seguridades mundanas, a las incertidumbres de la vida, a dónde me llevará tu voluntad! ¡Señor, en tus manos pongo mi libertad, mi camino, mi vida! ¡Hágase tu voluntad y no la mía!

Del oratorio de la Pasión según san Juan de J. S. Bach escuchamos el breve coro Dein Will gescheh, Herr Gott, zugleich (Que se haga, Señor mío, tu voluntad)

Aprender de la oportunidad

En la vida hay personas que esperan, esperan… y esperan. Esperan que los otros les hagan todo. Esperan que los demás les solucionen los problemas. Esperan que les rindan pleitesía. Esperan esos abrazos, golpecitos en la espalda, besos y elogios que ellos son incapaces de dar. Esperan que todo sea un camino de rosas. Son esperas que tienen como centro el yo.
Hay otros que también esperan. Esperan encontrarse con el necesitado. Con el que sufre. Con el que necesita un abrazo. Para ello se enfundan el traje de samaritano. No tienen miedo de que su ropa se manche ni que sus zapatos se llenen del barro del camino. No les importa el esfuerzo, ni el sufrimiento. Saben que la espera exige sacrificio, que todo se consigue a base de trabajo y voluntad y que Dios nos capacita a todos en la dificultad y los problemas.
Son dos esperas radicales. Yo quisiera inscribirme en el club de estos últimos, ingresar en esta agrupación de briosos luchadores que anteponen el servicio a los demás a su propio yo. Que aceptan lo que les viene encima. Que se vigorizan con el sufrimiento, que saben ofrecerlo y que no se lamentan por las desgracias que les sobrevienen. Que dan gracias a Dios siempre. Que llevan la cruz con entereza.
Quiero aprender de ellos porque saben ver en el sufrimiento un acercarse a Cristo. En la dificultad, una oportunidad para crecer. En la lágrima ajena, un poner el hombro. En las limitaciones, una lección para avanzar. Ante el mal, una oportunidad para dar testimonio. En la oscuridad, la ocasión para dar claridad y luz. El problema es que no sé si seré aceptado en este animoso club.
En la vida todo cambia según la mirada con que la observes. Sólo se tiene que tener la valentía para afrontarla, para pasar página, evitar la parálisis para aprovechar las oportunidades, mover ficha para saber que sí se puede. Llevar a cabo todo aquello que Dios te pide sin cuestionarse nunca la razón; al contrario, aceptando ese interrogante como un desafío para crecer interiormente.

Aprender de la oportunidad

¡Señor, no quiero ser de los que esperan a que llegues a mí! ¡Quiero conocerte, quiero que tu misericordia llene mi corazón! ¡Necesito, Señor, que tu mirada me llene, que tu ternura me transforme y que tu amor cambie mi modo de ver la vida! ¡Señor te doy gracias porque cada día me sorprendes, porque tu misericordia es permanente! ¡No permitas que me quede en la linde del camino para esperarte! ¡Envía tu espíritu, Señor, para que coja bríos que me lleven a Ti y a servir a los demás! ¡Señor, tu eres misericordioso y compasivo, es tu Palabra, tus gestos, tus miradas, tus enseñanzas las que me alientan a seguir adelante en el difícil camino de la vida! ¡Eres tú, Señor, el espejo en el que mirarme, el modelo del que aprenderlo todo, la guía para enderezar siempre mi camino! ¡Señor, tu caminaste por Galilea imponiendo tus manos para sanar enfermos, sordos, mudos, ciegos! ¡Sáname, Señor, de mi pecado, de mi sordera para escuchar al que grita pidiendo consuelo, para dar una palabra de consuelo al que ha perdido la esperanza, al que no veo y me necesita! ¡Señor, tu misericordia continúa sanando corazones enfermos! ¡Ten compasión de mí, Señor, y sáname! ¡Y cuando toques mi corazón, no permitas que me quede a la espera!

Mi pensamiento es el Señor, cantamos hoy al Señor:

Tentaciones a las que no damos importancia

Cuesta hacer silencio y ponerse en oración. Siempre hay algo más importante que hacer. Ya lo hemos dicho en alguna ocasión, ponerse ante el sagrario es ir hacia un desierto para encontrarse a solas con el Señor. Allí, en la aridez del silencio —¡bendito silencio!— contemplar su rostro, sentir el susurro amoroso de su voz y callar para que sea Él quien hable a lo más profundo del corazón. Son esas palabras silenciosas las que invitan a la revisión de vida, las que facilitan el comprender lo que hay que cambiar, asentar aquellos pilares que flojean y dejarse sorprender por esas nuevas peticiones que el Señor te hace y no esperas.
Cuando uno aparca las prisas para descansar con el Amor de los Amores las inseguridades, los miedos, las preocupaciones que invaden el día a día van desapareciendo. Las respuestas preconcebidas desaparecen para darles el giro que provoquen una nueva visión.
Y en ese silencio surge la meditación de las tentaciones a las que no damos importancia. Y que la tienen. La tentación de la incoherencia personal. La de tratar de demostrar lo bueno que uno es, su intachabilidad como cristiano aunque en los adentros el Señor conozca nuestra verdad.
La tentación del activismo cristiano. El hacer sin medida pero olvidándose del silencio y la oración, dejándola siempre para más tarde o no viviendo los sacramentos con regularidad.
La tentación de aparcarlo todo para el día siguiente cuando el cambio personal debe comenzar hoy. ¡Cuánto cuesta cambiar!
La tentación del «sabelotodo», del tener claro que a Jesús no se le necesita, porque uno que es tan sabio que tiene todas las respuestas pues, en definitiva, es un dios en minúsculas.
La tentación de creerse el centro del universo, de que todo y todos giren a mi alrededor; ser servido antes de servir; que me den antes de dar.
La tentación de convertirme en un ídolo de barro, con mis certezas, mis convicciones, mis seguridades, mi verdad intocable, mis infalibilidades y mis conveniencias.
La tentación de la insensibilidad, de no preocuparse por los que sufren, de los que necesitan ayuda personal y espiritual, de no ser un buen samaritano, de actuar en base a criterios humanos y no según las enseñanzas del Evangelio.
La tentación de mirar el mundo con ojos humanos sin hacerlo con ojos de eternidad.
La tentación de dejarse vencer por la tibieza y el desaliento, de ver las cosas siempre negativamente, quejándose por todo, llenando de desesperanza la vida.
La tentación de ser insensible al sufrimiento en el mundo, viendo lo que sucede a mi alrededor, impasible ante lo que cuentan los noticieros pero sin evangélicamente alzar mi voz y reclamar más justicia, más caridad y más solidaridad.
La tentación del no comprometerse, de mirar a otro lado, del no dar la mano al que está caído y necesita que lo levanten.
La tentación de poner mis cosas por encima de lo que es importante: la oración, la vida de familia, la relación con los hijos, el trabajo bien hecho y actuar así porque hay cosas que siempre son más importante. ¡Muy importantes!
Tentaciones que no damos importancia pero que crean un ciclo vicioso en el interior del hombre y que, puestas en oración, podemos cambiar con la ayuda del Señor y la fuerza del Espíritu Santo. Podemos tratar de ocultarlas y engañarnos a nosotros mismos, pero no al que mira en lo más íntimo de nuestro corazón.

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¡Señor, ayúdame a vencer todas estas tentaciones, todos estas actitudes que me alejan de Ti y de los demás! ¡Dame la fuerza de tu Espíritu para que tenga la fortaleza y la decisión de cambiar! ¡Permite, Señor, que mi corazón se abra a escuchar tu voz! ¡Dame la luz, Espíritu Santo, para abrirme al cambio! ¡Y Tu, Señor, llévame contigo al desierto para que en la aridez me desprenda de todo aquello que me aleja de la verdad! ¡Te pido, Señor, que pongas a prueba mi fe, mi amor por Ti, mi confianza en el Padre, mis anhelos de transformar mi vida! ¡Conviérteme, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, a una vida más auténtica y menos artificial! ¡Conviérteme, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, una vida más sencilla! ¡Conviérteme, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, a una vida donde se asiente la verdad! ¡Conviérteme, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, a una vida más santa! ¡Conviérteme, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, a una vida más entregada, solidaria y caritativa! ¡Conviérteme, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, a una vida más cristiana! ¡Conviérteme, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, a una vida más sacramental y de oración! ¡Conviérteme, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, a seguir tu Evangelio y tu Palabra! ¡Conviérteme, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, a una vida de santidad!

La Canción del desierto para acompañar hoy la meditación: