En camino con María

Otro hermoso día que nos regala la Iglesia: la visitación de María a su prima santa Isabel. Me pongo en oración junto a la Virgen, en el silencio de su estancia, observando la acción generosa de María. Contemplo su hermosa figura. La Virgen, cuando el ángel se le aparece en el tabernáculo de su corazón, no se encuentra ociosa. Ni trabajando. Ni durmiendo. Ni cocinando. Se encuentra en serena oración con Dios. En recogimiento interior. En quietud espiritual. Y al escuchar al Espíritu divino se determina, a pesar de su estado, a ponerse en camino. Pero no lo hace por cariño a su prima estéril, ni por una inclinación natural a servir al prójimo, ni porque su corazón sea solícito —elementos todos ellos que también forman parte de la grandeza de María— sino por la llamada del dulce huésped del alma. Este es el motivo por el que se dirige aprisa a las lejanas montañas de Judea donde habitaban Zacarías e Isabel. Es este gesto de amor lleno de fuerza y caridad el que lleva a la Virgen a salir de su oración para ponerse en camino.
Esta es la enseñanza que recibo de María hoy. Dejar de lado mis seguridades, la ociosidad de mi vida, la tranquilidad de mi hogar, para emprender el camino del cielo prometido por medio de las virtudes, del amor, de la caridad, de la entrega, del servicio. Haciéndolo todo, sea cual sea la voluntad de Dios, como si fuera una oración al Padre bajo el influjo de la luz del Espíritu Santo. Parece una tarea sencilla pero no lo es por la dureza de mi corazón. Pero tomo el humilde gesto de María y me lleno de esperanza porque el Espíritu Santo siempre empuja a alcanzar metas más grandes.

VISITA

¡Bienaventurada seas, Virgen María, porque eres el ejemplo máximo del servicio y del poner todo en manos del Espíritu Santo! ¡Bienaventurada, María, porque me enseñas la entrega generosa, yo que tantas veces me olvido de acompañar a los demás en sus penas y en sus alegrías! ¡Bienaventurada, María, porque en esta fiesta de la solidaridad y de la entrega, del compartir y del servir, me enseñas cómo debe ser en mi vida la entrega fraterna a la luz del Espíritu Santo! ¡Me enseñas a alabar al Padre como lo hiciste Tú con el Magnificat, el canto más hermoso de alabanza y acción de gracias! ¡Gracias, María! ¡Gracias, porque con tu visita a santa Isabel me enseñas también cultivar la amistad de la manera más generosa, a ponerme siempre a disposición de los demás, a buscar la intimidad con aquellos que son mis amigos, a rezar y orar por la gente que me rodea! ¡Y a ti, Espíritu Santo, te pido seas en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones, mis palabras y mis pensamientos mi director, mi luz, mi guía, mi fuerza y todo el amor de mi corazón!

Un Magnificat muy hermoso para acompañar a la Virgen en este día:

Jesús, mi complemento

Hay veces que cantas una canción y su letra se convierte en Palabra de Dios. Cantaba ayer una canción de Jesús Adrián Romero y al llegar a estas palabras «Jesús, eres todo para mí; no falta nada, tu presencia es mi morada; Jesús, puedo disfrutar de ti en cada momento; Jesús, mi complemento» detengo la música. Y, siento de verdad, que Jesús es mi complemento y que puedo disfrutar de Él en cada instante de mi vida. Y me siento muy reconfortado porque Dios emplea instrumentos muy sencillos para darnos una Palabra. Y muchos de estos canales van directos a lo más íntimo del corazón. Y, encima, como son don de Dios se revisten de las más variadas formas para lograr lo que Él se propone. Lo fundamental es alcanzar el propósito anhelado, ser capaz de detectar esos pequeños matices de esa gran obra que Dios crea en cada uno y que, debido a nuestra incapacidad, somos incapaces de apreciar desaprovechando la ocasión para admirar esa bendición que Dios nos ha regalado.
¡Qué pena no ser capaces de tener siempre los sentidos puestos en Dios! ¡Saber apreciar cuál es el propósito que Dios desea para nuestra vida! ¡Comprender lo que quiere en cada momento! ¡Aquello que nos quiere revelar con ese o aquel acontecimiento que nos sucede! Sin embargo, Dios habla siempre. Directo. Al corazón del hombre. A través de un hijo pequeño, de un amigo, de unos padres, de la pareja, de una situación imprevista, de la lectura de un libro, del testimonio de alguien, de la escucha de una canción, de los panes y de los peces que se multiplican en nuestra vida, de la oportunidad que surge, de la admiración de la naturaleza… Lo importante es estar siempre abierto a su mensaje.
Pero tengo confianza. Confío en que Dios es consciente de mis muchas limitaciones, de tantas cosas que me resultan complicadas, de tantos problemas que me cuesta aceptar; pero sobre todo confío en que se acerca a mí sigiloso con un amor eterno, con un afecto divino, con la ternura de un padre misericordioso que sabe como penetrar en mi pobre corazón. Él envía su mensaje y éste llega a mí de la manera más sorprendente. Depende de mí como quiera recibirlo. Hay días con la serenidad de corazón, muy receptivo; otros bajo la presión de las dificultades, con el corazón más cerrado a su esplendorosa generosidad. Pero sean cuales sean sus palabras están escritas con letra divina para que mis ojos puedan interpretarlas de la manera más sencilla. Comprender lo que otros no entienden, ver lo que otros no son capaces de ver, escuchar lo que otros no escuchan, apreciar lo que otros no aprecian y, sobre todo, sentir la grandeza de su amor por mí que tantas veces lo he abandonado, olvidado y arrinconado.
Pero hoy puedo cantar con fidelidad: «Jesús, eres todo para mí; no falta nada, tu presencia es mi morada; Jesús, puedo disfrutar de ti en cada momento; Jesús, mi complemento».

Jesús, mi complemento

¡Sí, Señor; tú eres mi complemento, mi morada, mi todo! ¡Y quiero que sea siempre así a lo largo de mi vida! ¡No permitas que los desfallecimientos me alejen de Ti en quien todo lo puedo! ¡Ayúdame a crecer como cristiano, como discípulo tuyo y a través de la fuerza del Espíritu Santo hazme darme a los demás como tú lo harías! ¡Señor, tu eres mi roca, y mi fuerza y mi morada! ¡Señor, tu eres mi refugio y por eso cuando la angustia y la incertidumbre se ciernan sobre mi vida cúbreme con la luz de tu Espíritu! ¡Y cuando las fuerzas me abandonen, y las tentaciones me circunden, y la ilusión se pierda, envíame tu Santo Espíritu para que me levante y me fortalezca en mi amor a Ti! ¡Mueve mi corazón siempre, Señor!

Y, como no podía ser menos, acompaña esta meditación la canción de Jesús Adrián Romero:

¡Sí, amo a la Iglesia!

Permanecía ayer en silencio en una capilla con el Santísimo Expuesto haciendo vigilia de oración por el día del Corpus Christi que hoy celebramos. Y me sentía feliz, agradecido. ¡Agradecido! ¡Y amado! ¡Amado por el Dios de la vida! ¡Amado por Cristo! ¡Amado por el Espíritu Santo! Y siento yo también un profundo amor por la Santísima Trinidad y por la Iglesia Católica a la que pertenezco. La fiesta de hoy está íntimamente unida al Jueves Santo, a la misa in Caena Domini, en la que se solemnemente se instituyó la Eucaristía, y en la que se revive el misterio de Cristo que se entrega a nosotros en el pan partido y en el vino derramado. Hoy este misterio se lleva en procesión por las calles de la ciudad y de los pueblos para dejar constancia que el Cristo resucitado camina en medio de nosotros y nos guía hacia el cielo.
Es un día de alegría y de amor a la Iglesia. Y la amo porque es fundación de Jesús y es el camino que me lleva a la santidad, la que me conduce en mi peregrinar hacia el cielo.
Y la amo porque es santa, porque santa es su cabeza, porque sus fines son santos y porque muchos de su seguidores han alcanzado la santidad a pesar de su origen pecador.
Y la amo por la fuerza de su tradición. Por san Pablo, por Hildgard von Bingen, por san Francisco de Asís, por san Benito, por santa Clara, por santa Teresa Benedicta de la Cruz, por santa Teresa de Jesús, por santa Faustina Kowalska, por san Josemaría Escrivá, por san Juan Pablo II —referentes de mi vida espiritual—, y por tantos hombres y mujeres que han dejado su poso espiritual.
Y la amo por su catolicidad universal; porque a través de ella tantos hombres y mujeres se han acercado a Dios. Y porque me permite hablar el mismo lenguaje de paz, de caridad, de misericordia y de amor con tantos hermanos que me encuentro en mi caminar.
Y la amo por la delicadeza de su liturgia. Por los detalles de la Santa Misa. Por las Misas solemnes de Navidad. Por los oficios de Semana Santa. Por la vela pascual. Por la vigilia de Pentecostés.
Y la amo por tantas obras de misericordia que desarrolla en los campos de la salud, de la educación, de la promoción de los pobres y los necesitados con el único fin de ayudar a cada persona a seguir a Cristo, vivir en Cristo y morir en Cristo.
Y la amo por los sacramentos que me permiten vivir el misterio del Amor y me ayudan en el camino de la salvación. Y, allí donde voy, por el sacramento de la Eucaristía que me une en comunidad a mis hermanos de otras lenguas y razas.
Y la amo por la fuerza de la Palabra que manifiesta el reino de Dios.
Y la amo porque es una herencia que tengo que cuidar, es la herencia recibida de mi familia que ha transmitido la fe de generación en generación.
Y la amo porque es la vía para canalizar mi fe, don de Dios, y con el testimonio de mi fe tocar el corazón del prójimo por obra del Espíritu Santo que vierte todas las gracias sobre todos los hombres.
Y la amo porque es tan débil, vulnerable e imperfecta como yo pero en su bendita limitación es creación del Señor y está guiada por el Espíritu Santo. Y la amo porque la conforman seres humanos que, al igual que me ocurre a mí, yerran y pecan, pero se levantan por la misericordia de Dios. Y la amo porque el Señor no invita a los rectos y a los perfectos sino a los pecadores que buscan el perdón y esperan su llamada, a los que quieren resguardarse del frío y quieren encontrar el abrazo del Padre.
Por todo esto amo a la Iglesia. Y doy gracias a Dios, a mis padres y a tanta gente que se ha cruzado en mi camino por ayudarme a crecer en su interior.

amo a la iglesia católica

¡Dios, Padre de bondad y misericordia, Tú nos has llamado a formar parte de tu Iglesia! ¡Escucha hoy esta oración sencilla que te elevo para que llenes siempre de luz a todos los que profesamos la fe cristiana y católica! ¡Danos, Padre bueno, la fortaleza que proviene de tu Espíritu para ser capaces de enfrentarnos a la vida con valentía y acoger en nuestro corazón las enseñanzas que tu Hijo Jesucristo nos ofreció con su Palabra y su vida! ¡Te pido hoy, Padre, que con la certeza de mi fe me ayudes a dar testimonio de tu amor y tu misericordia en todos los momentos de mi vida! ¡Te pido por todos los integramos tu Iglesia! ¡Por el Santo Padre, para que sea un hombre santo, que ejerza su misión según la verdad y las inspiraciones del Espíritu Santo! ¡Que sus palabras lleguen al corazón de la sociedad, de los gobernantes y de los fieles! ¡Que su mensaje llene de paz el corazón de los hombres! ¡Llena de tus santos dones a los obispos, sacerdotes y consagrados y consagradas, bendícelos a todos con tu amor y con tu gracia, para que sean verdaderos servidores tuyos! ¡Que su fe se convierta en un modelo para los laicos de hoy! ¡Bendice siempre su trabajo para que no desfallezcan en su misión! ¡Que su ejemplo sea un estímulo para creer en la fe y vivir en el amor que Cristo nos mostró! ¡Hazlos a todos ellos diligentes y comprometidos con las personas que más lo necesitan! ¡Y míranos a nosotros, tus fieles bautizados en todos los confines del universo que tus ha creado! ¡Ayúdanos a ser luz del mundo! ¡Ayúdanos, con la fuerza de tu Espíritu, a ser levadura que fermente en la sociedad! ¡Ayúdanos a estar siempre unidos a nuestros pastores, a vivir en la fe, la esperanza, la justicia, el amor y la caridad! ¡Ayúdanos a crear un mundo más justo y solidario! ¡Ayúdanos a llevar tu Palabra y nuestro testimonio para que algún día todo la humanidad podamos proclamar unidos tu nombre santo y sepan que Jesucristo es tu Hijo y Salvador nuestro! ¡Gracias, Padre, por tu Iglesia a la que tanto amo a pesar de sus imperfecciones! ¡Gracias porque en torno a ella y con ella me acerco cada día más a Ti! ¡Gracias por darnos a Jesucristo, tu Hijo amado! ¡Gracias enviarnos a tu Santo Espíritu, que es la guía para llegar a Ti!

Jaculatoria a la Virgen: ¡María, llena de gracia, figura de la Iglesia, figura del cristiano, intercede ante el Padre por las necesidades de la santa Iglesia y de todo el mundo!

En este domingo de mayo escuchamos el Haec dies, a 3 voces del compositor inglés Thomas Morley:

Los títulos de la Salve

Entró ayer a hacer una breve visita al Señor entre reunión y reunión. En uno de los laterales de la nave principal, una bellísima imagen de la Virgen. Y le rezo una Salve, pausadamente. Al salir del templo me doy cuenta de los hermosos títulos, llenos de amor y detalle, con la que saludamos a la Virgen con esta antigua y dulcísima plegaria: «Dios te salve», «Reina», «Madre de Misericordia», «Vida», «Dulzura», «Esperanza», «abogada nuestra», «ojos misericordiosos», «fruto bendito», «clementísima», «piadosa», «dulce virgen». Precioso.
Tras el saludo poniendo a Dios en primer lugar llamamos a María «Reina». ¡Es qué es nuestra Reina! Fue elegida por Dios para convertirse en Reina, para ser la Madre de su Hijo, el rey de reyes, Jesús, el hijo de Dios. Saber que tenemos a María como «Reina» es uno de los grandes obsequios de Dios porque Ella, que ha dado luz a Cristo, nos permite unirnos a la que es fuente de la vida, de la generosidad perfecta, de la prosperidad verdadera, de la esperanza cierta. María es la que da vida a Jesús, la que ofrece al Niño a los pastores y a los Magos de Oriente para que adoren al Salvador, la que huye al desconocido Egipto para evitar la aniquilación del heredero de Dios, la que se presenta ante Isabel, la que se preocupa de los novios de Caná. Es la «Reina» del servicio y de la humildad. La «Reina» que se despoja de sí para darse a los demás; la que no busca nunca ni el privilegio ni el bienestar personal, sino que se pone del lado de los más necesitados, de los sencillos, de los pobres de corazón. De los que siempre esperan. Por eso es «Madre de Misericordia» que nos mira con «ojos misericordiosos», porque su corazón y su mirada está centrado en los que sufren, en los más necesitados, en los pequeños, en los sencillos, en los que pasan desapercibidos, en los que no cuentan, en los abandonados, en los que se despojan del orgullo para darse a los demás, en los serviciales… María es «Madre de Misericordia» porque su mirada se postra siempre en todos sus hijos. María acoge con su misericordia el corazón de todos los hombres, nos restaura, nos da el consuelo, la «dulzura» de Madre y la «esperanza» de corredentora. Y vuelve sus «ojos misericordiosos» de Dios hacia nosotros, de Jesús hacia nosotros, y lo hace con amor de Madre para que cada uno pueda encontrar en su mirada una razón plena para vivir y seguir caminando.
De ahí que María sea fuente de «vida» porque Ella ha dado la vida a Cristo desde el «fruto bendito de su vientre», al que es verdaderamente «la Vida». Ella es también nuestra «vida». En su regazo tenemos razones para vivir, para alegrarnos, para descansar de los agobios cotidianos. Eso la convierte en nuestra «abogada», próxima a los que necesitan consuelo, paz interior, guía en la desorientación de la vida, medianera de todas las gracias, transmisora de nuestras causas a Dios. Es la más eficaz «abogada» porque Ella todo lo obtiene de Dios. ¡Cómo no va a ser eficaz la protección de María si es la Madre de Dios! La intercesión de María es preferente en el corazón de Jesús porque Ella es su Madre. Es la intercesora «clemente», «piadosa» y «dulce».
A María me encomiendo hoy con mayor devoción si cabe. ¡Gracias, María! ¡Salve, Virgen María!

Salve

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra.
Dios te salve.
A Tí clamamos los desterrados hijos de Eva,
a Tí suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora Abogada Nuestra,
vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos,
y después de este destierro, muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
Oh, clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María.

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,
para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Del maestro Obrecht escuchamos hoy su Salve Regina, a 4 voces tan adecuada a la meditación de hoy:

No dejar pasar las oportunidades que nos regala Dios

La mayoría de las veces vivimos sin ser plenamente conscientes de la riqueza que nos rodea. Para vivir aparcamos el alma. Conversaba el otro día con una madre de cinco hijos, mujer entregada a su familia, cuyo marido viaja constantemente por razones laborales. Me recordaba que ha dedicado la mayoría de su vida a dar vida a sus hijos, criarlos y educarlos, llevarlos al médico, dándoles el biberón por la noche, levantándose de madrugada cuando tenían pesadillas, siempre pendientes de ellos, trajinándolos de la escuela al médico, de las actividades extraescolares a la clase de música. Una vida llena, entregada a sus cinco amores. Todo esto le supuso un esfuerzo, agotamiento y muchas veces, incluso, estrés. Pero ahora, ya crecidos, con el más pequeño en la universidad, echaba la vista atrás y sentía una necesidad vital de retroceder al pasado. Aquel tiempo había sido un privilegio para ella pero lo había vivido desde la inercia. En su memoria estaba lo enriquecedora que había sido aquella experiencia porque todo lo que hacía por ellos no era por obligación sino por amor. ¿No nos ocurre a todos algo semejante? ¿Aquel viaje, aquellos años de juventud, aquella experiencia profesional… que no supimos valorar entonces? ¿No hubiéramos actuado de manera diferente? ¿No nos hubiéramos dado una oportunidad nueva?
¡Cuántas veces es necesario perder algo para darle su justo valor! Damos por supuesto que todo lo que tenemos nos corresponde por derecho. El amor, la salud, el trabajo, la vida, nuestras responsabilidades, hasta que lo perdemos. Y cuando esto sucede comprendemos lo deliciosa que ha sido nuestra vida y lo triste que ha sido dejar pasar tantas oportunidades que nos ha regalado Dios.

Aprovechar las oportunidades de Dios

¡Señor, gracias, por tantas gracias recibidas pero te pido perdón por no saber reconocer aquello que me diste en su momento y no aproveché! ¡Ya sabes que son muchas las veces que te busco y no te encuentro por mi cerrazón y mi ceguera! ¡Qué me pregunto dónde te encuentras y entonces se me hace difícil el silencio o la escucha! ¡Ya sabes, Señor, que muchas veces las dudas me atenazan y me siento cansado y vulnerable y soy incapaz de apreciar todo lo que regalas! ¡Señor, quisiera encontrarte en los rostros conocidos de mis familiares y de mis amigos, de mis compañeros de trabajo y de comunidad, en los rostros anónimos que cruzan sus miradas conmigo! ¡Quisiera reconocerte, Señor, en mis acierto y en mis errores que son tantos, en todas las decisiones que debo adoptar cada día, en los encuentros y en las reflexiones cotidianas, en las palabras de unos y de otros! ¡Te pido, Señor, que envíes tu Espíritu para que sepa reconocerte siempre! ¡Espíritu Santo, alma de mi alma, no permitas que me abandone en la desazón y que pierda la ilusión por buscar al Señor cada día, a reconocerlo en los acontecimientos cotidianos! ¡No permitas que me acostumbre a la mediocridad, que crezca en mí la sed y la inquietud de la búsqueda! ¡Impide, Espíritu de Dios, que la rutina me venza y el cansancio me ahogue! ¡No dejes, Espíritu divino, que me acomode en mi pequeño mundo sino que tenga ilusión de encontrar nuevas ilusiones! ¡Que cada día se convierta en una oportunidad para seguir los proyectos del Padre! ¡Señor, ayúdame a seguir siempre tus pasos y cuando mire atrás comprenda que todo lo que me ha ocurrido ha estado bendecido por Ti!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡María, pongo en mis manos todos mis anhelos para que los eleves al Padre dándole gracias por todas las oportunidades que me ha dado a lo largo de mi vida!

Desde ti, cantamos hoy con la hermana Cecilia Rivero:

La fortaleza que viene del Espíritu

Hay días que las fuerzas decaen. Pero ahí está el Espíritu Santo, del que somos templo, para pedirle el don de la fortaleza. La fortaleza es esa virtud que te ayuda a vencer los obstáculos que se nos presentan en la vida. Además, permite soportar con firmeza todo aquello negativo que nos sucede, vencer al temor a las dificultades y hacer frente a los golpes recibidos contra el cuerpo y el alma. El camino para ser fuertes nada tiene que ver con el poder y, mucho menos, con el orgullo.
La fortaleza que más dignifica al hombre es aquella que nos permite luchar contra nuestros defectos, nuestras caídas y nuestros pecados porque el mayor poder que tiene el hombre es el poder de decir «¡No!» al pecado.
La fortaleza es un don que hay que pedir continuamente al Espíritu Santo; un don que el Espíritu de Dios pone en el alma para obrar de manera extraordinaria y vencer así nuestra debilidad, ser consciente de nuestra miseria y de nuestra pequeñez. Y es necesario hacerlo de manera constante. Pedir fortaleza para ser fuertes en el Señor y en palabras y en obras, para crecer en el amor y en la santidad, para permanecer firmes en el camino del bien y poder exclamar con fuerza como san Pablo aquello de que «¡Me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte!».

fortaleza

¡Espíritu Santo de Dios, dame la fortaleza para romper el caparazón de piedra que rodea mi corazón, para sanar mis heridas y crecer en el amor! ¡Dame, Espíritu Santo, fortaleza para derrotar cada impulso negativo de mi alma y todo aquello que me aparte de Dios! ¡Dame, Espíritu Santo, la fortaleza para rechazar las tentaciones del demonio y ver en cada discernimiento una oportunidad para acercarme más a Dios! ¡Dame, Espíritu Santo, la fortaleza para no transigir con mi egoísmo y mi vanidad con el fin de que de mi corazón surjan siempre actos de bondad, de misericordia y de amor! ¡Dame, Espíritu Santo, la fortaleza para mantenerme siempre firme ante las dificultades, para llevar el peso de la Cruz de cada día, para no traicionar la voluntad de Dios! ¡Dame, Espíritu Santo, la fortaleza para no caer siempre en la autocompasión y la autocomplacencia! ¡Dame, Espíritu Santo, la fortaleza para confiar en tu misericordia y no agarrarme a la autosuficiencia que no lleva a ningún lugar! ¡Dame, Espíritu Santo, la fortaleza para no doblegarme ante la debilidad! ¡Dame, Espíritu Santo, la fortaleza para no caer en la auto justificación de mis faltas! ¡Dame, Espíritu Santo, la fortaleza para ser siempre humilde para reconocer mis errores y lamentarme por mi pecado! ¡Dame, Espíritu Santo, la fortaleza para no avergonzarme de mi condición de cristiano, para poner siempre a Cristo por delante y para ser testimonio en todos mis actos a todas las personas que se crucen en mi camino! ¡Dame, Espíritu Santo, el don de fortaleza para ser coherente con mis principios, que no los cambie por nada ni por nadie, y ser siempre honrado! ¡Dame la fortaleza, Espíritu de Dios, para soportar los juicios ajenos y la corrección fraterna! ¡Dame la fortaleza, Espíritu Santo, para perseverar siempre incluso en aquellos momentos en que la hostilidad se cebe contra mí y las incomprensiones de los demás me dejen solo en el camino de la fe!

Una bellísima canción para pedirle al Espíritu Santo que venga a nuestro corazón:

¿Quién dice que los hijos no evangelizan?

Cada uno de mis hijos tiene un carácter diferente. Pero en sus diferencias, son complementarios. Yo también tengo mi carácter y acostumbro a hacer las cosas de la misma forma, ensamblando mis quehaceres cotidianos con los mismos mimbres de siempre, que son los que conozco y me hacen sentirme seguro. Cuando algo falla, cuando las cosas no salen según lo previsto, entonces hay que retomar el rumbo aunque me cree desconcierto. Posicionarme de nuevo, sentir de nuevo, actuar de nuevo. Y en esto, cuando veo a mis hijos, es cuando más fuerza tomo especialmente cuando vislumbro en ellos como afrontan las situaciones, en algunos casos no siempre fáciles. Ellos son una escuela de vida, son un espejo donde mirarse, son un dibujo claro de la vida y Dios recurre a ellos para mostrarme cosas nuevas, para ofrecerme clarividentes muestras de que la vida es una lección que debe ser aprendida diariamente. Me gusta cuando me piden oraciones por sus exámenes, por un problema que les agobia, cuando ofrecen un misterio del Rosario por las intenciones de una amiga o un amigo, de un profesor, de alguien que conocen que necesita consuelo, de un familiar. Me ilusiona cuando ayudan a sus compañeros en el estudio, cuando se ofrecen a ayudar en casa, cuando después de discutir entre ellos o con nosotros se disculpan, como hacen labor social… Pero lo que más me gusta de ellos es que tienen muy enraizada su fe en el corazón. No se avergüenzan de ser cristianos. Ni de amar a Dios. No tienen miedo en sus diferentes ámbitos de hablar con natural sencillez de Dios. Para mí son una enseñanza más profunda de lo que ellos puedan imaginar, porque su vida es una vida en apariencia simple, sin grandes alaracas, sin grandes pretensiones, sin muchas comodidades pero plenamente transformadora porque tienen fe, tienen esperanza y mucho amor a Dios. No se avergüenzan de llevar una pulsera en forma de Rosario, ni de llevar colgada del cuello una medalla que evidencia su fe.
Yo no sólo quiero a mis hijos. Los admiro. Admiro su autenticidad. Su compromiso. Su ilusión por las cosas. Su bondad. Su docilidad. Su esfuerzo. Su naturalidad. Su aceptar las situaciones que nos ha tocado vivir sin quejarse aunque hayan sufrido desde lo interior. Ni cuando eran pequeños ni ahora en su adolescencia nos han dado problemas. Y doy gracias a Dios. Y siento que Él también se sentirá orgulloso de ellos. Cuando los contemplo juntos, como se quieren y cómo se respetan, cómo se ayudan y cómo son cómplices en tantas cosas, no puedo más que alabar al Padre. Sé que mi plegaria es un canto que le llegará a lo más profundo de su ser, porque ellos son Su creación y son un instrumento que nos ha dado a mi mujer y a mí para moldearlos en su camino hacia la santidad.
Pero hoy, sobre todo, cuando rezo por ellos me vienen a la mente las aleccionadoras palabras de Jesús que son una invitación al cambio personal: «Si no os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos». ¡Gracias, Señor, porque en tu infinita bondad me has regalado a tus hijos que son mis hijos de los que tantas cosas aprendo cada día!

Quién dice que los hijos no evangelizan

¡Bendito seas, Padre, por los hijos que me has regalado! ¡Gracias por amarlos tanto! ¡Cuídalos y presérvalos de todo mal! ¡Bendito seas, Padre, porque les llamas a cada uno a seguirte, a emprender diariamente de manera personal su compromiso de seguir a tu Hijo Jesucristo! ¡Derrama, Padre de bondad, tu Espíritu Santo para que les dirija en el camino de la vida, para guiarles por la senda del Evangelio, para que atraviese su corazón y sus pensamientos y sean unos buenos hijos tuyos! ¡Envía tu Espíritu, Padre bondadoso, para que su mente siempre esté iluminada por su luz para que sigan el camino que tú has diseñado para ellos, para que siempre te glorifiquen, para que sean buenos cristianos, para que sostengan su vida con los ideales del Evangelio! ¡Ilumina, Señor, también a mi mujer y a mí para que como padres seamos capaces de transmitirles siempre la verdad, su vocación, su compromiso cristiano, darles una formación acorde con los principios de Jesús! ¡Dame, Espíritu Santo, la sabiduría de comprenderlos siempre, de escucharlos con amor y con paciencia, de hablarles con delicadeza, de corregirles con generosidad, de ser amable con ellos, de enseñarles con finura! ¡Ayudadme, María y José, padres de Jesús, a seguir vuestro ejemplo de humildad y sencillez para educar a mis hijos, que siempre encuentre el tiempo para darles lo mejor de mí, de no negarles mi corazón! ¡Gracias, Padre, porque estos hijos míos son un regalo tuyo que nos has entregado con amor y de todo corazón te alabo y te bendigo y de doy gracias!

Bienaventurados los misericordiosos, el himno oficial de la JMJ 2016 que se celebrará en Cracovia, dedicado a mis hijos:

María, auxilio de los cristianos

El domingo, día de la Santísima Trinidad, asistí a una Eucaristía en la que una familia católica paquistaní ingresaba como laicos comprometidos en la Comunidad del Cordero. Una familia valiente que tuvo que desprenderse de todo— su pasado, sus pertenencias, su identidad, sus bienes…— por no renunciar a su fe y dar testimonio de Cristo. Cristianos como tú y como yo que sienten la presencia viva y reconfortante del Señor Resucitado. Con una única diferencia. Huídos de su Pakistán natal, pertenecen a la Iglesia sufriente, necesitada y perseguida. La que da su vida por Cristo. La que muere por no renunciar nunca a su fe cristiana. ¡Y cuánto nos cuesta a nosotros en los lugares donde la Iglesia no está perseguida dar testimonio de Cristo en nuestras familias, en nuestro entorno social o profesional!
En las letanías invocamos a María como «auxilio de los cristianos». Es un título muy hermoso porque nos muestra la mediación que hace la Virgen ante Dios para interceder por la humanidad entera. María, corredentora a los pies de la Cruz, es nuestra Madre espiritual, es el auxilio de los hombres ante la dificultad; pero a lo largo de los siglos la protección de María a todos los cristianos, especialmente aquellos perseguidos por razón de la fe, ha sido modélica. La Virgen, María Auxiliadora, nos protege a todos como ha protegido y amparado siempre a la Iglesia instituida por su Hijo.
Hoy, en el día de María Auxiliadora, acudo a la Virgen para que me auxilie ante las incertezas y peligros de mi vida pero sobre todo, también, para que acuda a proteger a todos aquellos hermanos en la fe perseguidos por su amor a la Iglesia, a Cristo y a María. Y me ayude a dar siempre testimonio valiente y sincero de mi pertenencia a la Iglesia Católica. Con el orgullo de la fe, con la alegría de la esperanza.

Maria auxiliadora

¡Virgen María, Madre de la humanidad, auxilio de los cristianos, imploro hoy tu protección para que cuides a todos los cristianos perseguidos! ¡Virgen María, te pido nos ayudes a todos a vivir siempre en armonía! ¡Virgen Santa, que has sido auxilio de los cristianos a lo largo de los siglos, preserva la fe a todos los cristianos, ilumina al Santo Padre, a los obispos, a los sacerdotes, a los consagrados, haz que crezcan las vocaciones sacerdotales para que el reino de tu Hijo se consolide en este mundo y la Buena Nueva llegue a todos los rincones de la tierra! ¡Virgen Auxiliadora, ayúdame a guardar en mi corazón los misterios de Dios y, tú que estuviste a los pies de la Cruz, permíteme aprender de ti cómo afrontar las dificultades de la vida! ¡Ayúdanos a todos los cristianos a ser testigos de tu Hijo Jesucristo, firmes en la fe, unidos en la roca de la Iglesia, abiertos al amor de Dios! ¡Eleva María, nuestras súplicas al Padre Celestial, para que los testimonios de tantos perseguidos cristianos y tantos encarcelados por la fe, lleven a muchos a Cristo! ¡Ayuda a los perseguidos a perdonar a sus perseguidores! ¡María, te pido también por las Iglesias domésticas y los sacerdotes encarcelados, fortalece la fe de cada uno de ellos, y muéstrales cuánto los amas y estás con ellos, no desampares la obra de sus manos, e intercede al Padre para que les libre de tanto sufrimiento! ¡Intercede, María, para que Dios Padre imponga sus manos de sanidad sobre cada uno de los perseguidos enfermoso heridos, que gocen a pesar de sus circunstancias y luchas, como Pablo y Silas hicieron cuando estaban encarcelados que adoraban y alababan el poderoso nombre de Dios a pesar de la dificultad! ¡Intercede ante el Padre de bondad, para que cambie el corazón de piedra por uno de carne a los perseguidores, les haga más sensibles y permitan a los cristianos ejercer su fe en Dios! ¡Acuérdate de nosotros siempre, Virgen Auxiliadora! ¡Ruega por nosotros, María! ¡Y bendice también María hoy a la comunidad salesiana que hoy celebra la fundación de su orden por Don Bosco!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡Oh María, refugio de los atribulados, consuelo de los afligidos, ten piedad de nosotros! ¡María Auxiliadora de los cristianos, ruega por nosotros!

Escuchamos hoy el Himno a María Auxiliadora:

Pequeñas muertes, pequeñas resurrecciones

Pienso en la multitud de muertes cotidianas —pobres, pequeñas, a las que a veces no les doy importancia—, que hay en mi vida. Pero que, aunque no deseadas, son muy evidentes. Esa decepción. Ese fracaso profesional. Ese desencuentro con un amigo. Esa pérdida de un ser querido. Ese error que parece no se podrá subsanar. Esa discusión con mi mujer. Esa verdad silenciada. Esa mentira. Ese gesto de dureza. Esa envidia que pudre el corazón. Esos esfuerzos malogrados. Esa pequeña crisis de confianza en Dios. Ese orgullo. Esa vanidad destronada. Ese mínimo sacrificio. Esa humillación merecida. Esos enfados sin fundamento. Esa palabra humillante o grosera dicha a destiempo que no se lleva el viento. Ese malentendido fruto de la cabezonería de uno y de otro… La lista es larga e interminable. Sin embargo, cada una de estas pequeñas muertes van acompañadas de una pequeña y gloriosa resurrección porque para un cristiano la muerte no es nunca el fin. Es el comienzo. Y con cada resurrección cotidiana, con ese volver a levantarse, se despeja la tiniebla para abrirse la luz; prende de nuevo la llama de la alegría; sopla el viento del amor; se siente el rocío fresco de la esperanza. La unión estrecha con la vida crea sentimientos nuevos.
Y cada una de estas resurrecciones me ayudan a crecer interiormente, a recomponer la vasija de barro rota que es mi vida y relacionarme mejor con los demás y con Dios con una perspectiva de eternidad. Cada nueva resurrección me sitúa ante la realidad de la cruz cotidiana que me —nos— lleva a la muerte. Contemplando el milagro de la Cruz y viendo al Señor de la vida pendido de ella es posible comprender que la debilidad es la clave fundamental para interpretar la vida. Si permites que tus circunstancias estén en las manos del Padre, entonces logras vencer a la vida. Y desde esta realidad, resucitar cada día.

cruces cotidianas

¡Ayúdame, Señor, a resucitar cada día! ¡Sabes, Señor, que no soy como debería ser! ¡Hay tantas cosas, Señor, que me hacen olvidar el camino verdadero! ¡Ten, Señor, piedad de estas rutinas cotidianas que me impiden actuar como un verdadero cristiano! ¡Ayúdame a resucitar cada día, Señor! ¡A no dejarme vencer por las pequeñas muertes cotidianas! ¡Ayúdame, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, a celebrar con alegría mis pequeñas resurrecciones para cambiar y transformar mi vida! ¡A reconocer, Señor, que no me puedo acercar a Dios sin preocuparme del pecado, sin dar importancia a mis defectos y mis faltas! ¡Ilumíname, Señor, para que sea capaz de comprender que el camino de la Cruz también es el camino de la Resurrección! ¡Que el saber llevar mis cruces me enaltecen, me acercan más a Ti! ¡Lléname de Ti, Santo Espíritu, para que en mi pobre corazón broten siempre oraciones de alabanza, de alegría, de gracias por esa vida transformada, por ese cambio que se opera en mí por tu gracia!

De Johann Sebastian Bach escuchamos hoy su cantata Nun danket alle Gott, BWV 192 (Dad todos gracias a Dios), gracias que hemos de dar por cada nueva pequeña resurrección en nuestra vida:

¡Padre, Hijo y Espíritu Santo, bendita y alabada sea la Santísima Trinidad!

Comprender el Misterio de Dios no es tarea sencilla porque no es fácil llegar al infinito como tampoco es posible introducir toda la arena de una playa en un pequeño cubo de plástico. Pero cuando tenemos fe el Misterio de la Santísima Trinidad se convierte en la esencia de nuestra revelación cristiana. El Señor nos prometió que un día el Espíritu Santo nos guiará hasta la verdad auténtica. Y lo creemos.
Fue el mismo Jesús el que nos enseñó a tener una relación íntima con Dios. Y el Espíritu Santo es el que nos permite llamarle Padre. Dios Padre. Él es el que por medio de Jesucristo y por obra del Espíritu Santo, que se derrama sobre cada uno de nosotros, que nos reconcilia por su gracia.
Hoy, festividad de la Santísima Trinidad, de nuevo mi corazón se llena de gozo. Y me lleno de alegría porque siento como por la gracia de Dios he sido creado a su imagen y semejanza, le doy sentido a mi redención por medio de Jesucristo y me siento profundamente ungido por el Espíritu Santo. Padre, Hijo y Espíritu Santo. Lo recuerdo cada día al santiguarme, recordatorio del día que fui bautizado, y no soy consciente de la fuerza que tiene este gesto que me convierte en hijo de Dios por adopción, hermano de Cristo por la gracia de Dios y templo del Espíritu Santo por el amor del Padre.
Y todo ello lo que consigue es una unión filial, íntima y fraterna con la Santísima Trinidad llena de confianza, de esperanza y de fe. Y no puedo más que dar gracias por mi ser cristiano. ¿Y por qué soy cristiano? Por la gracia de Dios. Y mi entrada en la vida divina a través de los sacramentos me llama a abrirme cada día a la acción de la gracia, para avanzar diariamente en el amor a Dios y a los demás.
Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Hoy es la fiesta de Dios. La fiesta, por tanto, del amor. ¡Ojalá sea capaz yo de transmitirlo a los demás!

¡Padre, Hijo y Espíritu Santo, bendita y alabada sea la Santísima Trinidad!

¡Señor, Tú Espíritu clama en nosotros ¡Abba! Padre! ¡Padre, Hijo y Espíritu Santo, bendita y alabada sea la Santísima Trinidad! ¡Bendito sea el Santísimo Sacramento del Altar y bendita sea la Santísima Virgen concebida sin pecado original por obra y gracia de Dios! ¡Te invoco, te alabo y te adoro, Santísima Trinidad! ¡A ti toda la gloria, esperanza mía, oh Santa Trinidad! ¡A ti el honor y la fuerza, oh santa Trinidad, a ti la gloria y el poder por los siglos de los siglos! ¡A ti la alabanza, a ti la gloria, a ti la acción de gracias por los siglos de los siglos, oh santa Trinidad! ¡Santísima Trinidad, bendíceme, puríficame, sálvame, vivifícame, renuévame, ayúdame, ampárame, líbrame de todo mal y todo peligro! ¡Deposita en mí alma la llama de tu amor, para que la llene hasta desbordarla y para que transformada por la acción de tu fuego la convierta en caridad viva para irradiar luz y calor a todos los que se me acerquen cada día! ¡Y Tú, María, Madre de Dios y Madre nuestra, enséñame a alabar a la Santísima Trinidad como tú le alabas, a adorarle como tú la adoras y amarla como tú le amas, tú que eres la Reina de cielos y tierra!
¡Y en este día, Señor, quiero ofrecerte a todos los contemplativos que permanecen ocultos en la oración del día a día, que adoran el misterio de la Trinidad, a tantos monjes y monjas en el mundo que dan su vida para orar por los demás! ¡Bendícelos, Señor, para que sean simientes que den fuerza a la Iglesia y sientan también el aprecio de los que llevamos una vida atareada alejada de la contemplación!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: María, tú que llevaste en tu seno a la Santísima Trinidad, te pido me ayudes a peregrinar hacia el cielo siempre en gracia de Dios.

Cantamos hoy a la Santísima Trinidad: