Soy como la mujer adúltera

¡Qué fácil nos resulta juzgar a los demás! Ahora me pongo en situación. Observo como Jesús se acerca a la mujer adúltera juzgada y condenada por todos y le pregunta dónde están esos que la condenan. Cuando todos tiran la piedra de sus manos, Él la toma de la mano. Y la levanta. Y, ella, fijando su mirada en Jesús se siente nacer de nuevo, alegre, amada, respetada, dignificada. «Vete en paz. Yo tampoco te condeno». Me impresionan estas palabras del Señor porque ponen en pie al hombre, nos permite caminar con la cabeza bien alta. Nos permite entender que en lo profundo de nuestro corazón no nos llena el egoísmo, ni la soberbia, ni los intereses personales, ni la vanidad, ni los placeres. Que lo que más nos llena es encontrarse con Ese que es más grande y hermoso que el amor mismo.
Pecadora como yo. Pero la mirada tierna de Cristo transforma su corazón. Las palabras sanadoras de Cristo transforman su interior. Las manos amigas de Jesús serenan su vida. La ternura de Cristo suaviza su dolor. Y se marcha en paz. Y endereza su vida con el propósito de nunca más pecar. Y, probablemente, cuando Cristo la dejara sola, libre, dignificada, enaltecida y purificada, aquella mujer lloraría en silencio llena de paz y de consuelo porque en definitiva solo son los limpios de corazón los que verán a Dios. Ella lo había visto. Con sus propios ojos. Había visto a Jesús, lo había visto cercano. El Jesús que nos invita a irnos en paz, a no juzgar y no volver a pecar.
Y en este día me siento muy cercano a esta mujer pecadora. Porque yo también estoy agazapado, en el suelo, por mi pecado. Yo también soy la persona que se sorprende por el amor misericordioso de Cristo. Soy también alguien que tiene el corazón abierto a la escucha de Jesús a pesar de su orgullo y de su soberbia, de sus múltiples caídas y su pecado. Soy también el hombre pecador que Jesús le purifica por su infinita benevolencia. Soy alguien que llora en silencio cuando sabe que ha obrado mal y que no puede, ni por asomo, lanzar ninguna piedra contra el prójimo porque tiene mucho que cambiar. Soy alguien que tiene sus máscaras vitales para sobrevivir. Soy esa persona que tantas veces se olvida de amar porque sus intereses personales están por encima de todo lo demás. Soy tantas cosas que me obligan a tirar la piedra y esperar el perdón del Señor, que soy al mismo tiempo de los que abandonan el lugar avergonzado y de los que Cristo levanta para enderezarlo de nuevo. Soy alguien tan pequeño, tan poca cosa, que sólo me basta que Jesús me toque para sentirme amado por el Amor.

Quien esté libre de pecado

¡Gracias, Jesús, por tu perdón! ¡Gracias, Jesús, porque te has hecho hombre, te has humillado, te has hecho pequeño, te has hecho subordinado al Padre, te has acercado a nosotros para salvarnos no para condenar nuestras faltas y nuestros pecados! ¡Gracias, Señor, porque este es el ejemplo que debo seguir: el no juzgar, el no tirar la piedra contra nadie, el no criticar, el no humillar! ¡Gracias, Señor, porque tu ejemplo, tu palabras, tus acciones, tu mirada me hace sentirme perdonado! ¡Gracias, Señor, porque permaneciendo callado y en silencio junto a la mujer pecadora y en lo alto de la Cruz me enseñas el camino a seguir! ¡Gracias, Jesús, amigo, porque me demuestras que tu gesto es el gesto del amor, la demostración que no debo juzgar si no acoger, que no debo reprender sino abrazar, que no debo criticar sino perdonar! ¡Gracias, Señor, porque meditando esta escena tan impresionante del Evangelio cambias radicalmente mi corazón, cambias mi vida, cambias el concepto que pueda tener de la gente! ¡Señor, quiero hoy coger lo mejor de ti, tu gran capacidad para amar, para acoger, para dar ternura y afecto, para perdonar, para llevar a los demás esa actitud misericordiosa que tuviste con la mujer adúltera! ¡Quiero en definitiva, Señor, contar al mundo lo que hoy me has dicho al corazón: «Vete, y no peques nunca más»!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡Todo tuyo, María, en las alegrías y en las penas, en todos los momentos de mi vida me entrego a tu Corazón Inmaculado!

Widerstehe doch der Sünde, BWV 54 (Resiste al pecado) es este impresionante cantata de Bach tan apropiada para acompañar la meditación de hoy:

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s