Pentocostés con María

Celebramos hoy la solemnidad de Pentescostés en la que toda la fuerza del Espíritu Santo se derrama sobre nosotros de la misma forma que lo hizo con los apóstoles aquel día que se encontraban reunidos en el Cenáculo. Aquella noche de viento y llamaradas de fuego Dios los capacitó para predicar al Evangelio con valentía en todos los rincones del universo.
Este año esta celebración coincide con el mes de mayo, mes de la Virgen. Y eso me lleva a reconsiderar algo muy hermoso: no existe ningún Pentecostés sin la presencia viva de la Virgen María. Ella, la Madre, estaba también presente en el Cenáculo. Ella, la Madre de todos, se encontraba junto a los discípulos en oración profunda. Ella, la Mujer del silencio, la que conservaba todas las cosas meditándolas en el corazón, debió transmitir durante aquellos cuarenta días de gestación de la Iglesia, los recuerdos más íntimos y personales del Señor, el día del nacimiento en Belén, los años en Egipto, la vida oculta en Nazaret, las conversaciones sobre la futura misión, el primer milagro en Caná.
Y en este día de Pentecostés, María se encuentra con los discípulos en actitud orante. Ora con la primera comunidad cristiana que recibirá los dones del Espíritu Santo. Ora a la espera de recibir, con su docilidad habitual, la fuerza que viene del Paráclito, experiencia que ya había vivido en su ciudad natal. Ora con la fuerza de su fe y muestra a los discípulos que hay que hacerlo siempre con confianza, entregados a las manos misericordiosas del Padre. Ora para tener un mayor conocimiento de Dios. Ora para habilitar su voluntad, su corazón y su alma para amar más a Dios, a su Hijo y al prójimo. Ora para que el Espíritu Santo llene por completo su vida. Orar para perdurar en la efusión del Espíritu Santo que nunca cesa de infundir fortaleza a nuestra alma. Ora para vaciarse de sí misma y llenarse por completo de la voluntad divina. Ora para que la Iglesia que va a nacer ofrezca al mundo los frutos deseados por Dios. Ora porque María es la reina de la oración.
Hoy es un día de Pentecostés profundamente mariano. Enraizado en este mes de mayo me siento en este día muy unido a María. Como si me encontrara en el Cenáculo con Ella a la espera de colaborar en la obra del Señor de prepararme para anunciar el Evangelio. Y el mismo Espíritu divino que transformó y preparó a la Virgen para ser Madre de Cristo me puede hoy transformar y prepararme a mí para convertirme en un buen cristiano, alguien con una fe profunda, con una confianza ciega en el Señor, transformado por la gracia y renovado en mi fidelidad a Cristo y la Iglesia. Hoy se derramará sobre mi y sobre todos nosotros el fuego y la luz de Dios. Por eso le pido al Señor generosidad y humildad para recibir tanta gracia con el corazón abierto.

Pentecostés con María

¡Señor, te pido la generosidad y la humildad para recibir los dones del Espíritu Santo con el corazón abierto a la gracia! ¡Y te pido a ti, María, que intercedas ante Jesús para que, como hiciste el día del milagro de las bodas de Caná, abras mi corazón para hacer lo que Él diga! ¡En este día, María, quiero estar muy íntimamente unida a Ti para renovar mi fe y recibir junto a ti la efusión del Espíritu Santo! ¡Marantha, Ven Señor Jesús! ¡Y a Ti, Espíritu Santo, que durante el año transcurrido desde al anterior Pentecostés has trabajado en mi interior y me has mostrado la sabiduría divina y de los fracasos, de los errores, de los problemas, de las angustias, de los sufrimientos y de los agobios me has permitido sacar grandes enseñanzas, haz que mi vida tenga sentido a la luz de tu amor y de tu gracia! ¡Ven, Espíritu divino! ¡Ven, dulce huésped del alma! ¡Ven para poner en tu presencia mi vida, lo que me inquieta, lo que me quita la paz, lo que me preocupa, lo que me alegra, lo que me llena de gozo! ¡Quiero en este día contártelo todo, Espíritu de Dios, para crecer como persona y como cristiano! ¡Ven Espíritu Santo para que te hagas presencia en mi vida con todo tu poder para destruir lo negativo que haya en mi, para aniquilar todos los sentimientos que me apartan de Dios, para eliminar mi orgullo y mi soberbia y para deshilar la vanidad que haya en mi corazón! ¡Ven para reducir a escombros mi pecado y para ser consciente de mi pequeñez! ¡Ven para desatar la tibieza de mi corazón y soltar lastre a mi debilidad! ¡Ven para darme fuerzas para luchar contra el mal, contra la apariencia y la falta de caridad! ¡Ven para ayudarme a buscar siempre la verdad! ¡Ven para que como hiciste con María sea testimonio de una vida ejemplar, modelo de humildad y sencillez, de entrega y generosidad, de responsabilidad y honestidad, de misericordia y amor! ¡Ven, Espíritu, ven!

¡Ven, Espíritu, ven! cantamos hoy en este día de Pentescostés:

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