Pequeñas muertes, pequeñas resurrecciones

Pienso en la multitud de muertes cotidianas —pobres, pequeñas, a las que a veces no les doy importancia—, que hay en mi vida. Pero que, aunque no deseadas, son muy evidentes. Esa decepción. Ese fracaso profesional. Ese desencuentro con un amigo. Esa pérdida de un ser querido. Ese error que parece no se podrá subsanar. Esa discusión con mi mujer. Esa verdad silenciada. Esa mentira. Ese gesto de dureza. Esa envidia que pudre el corazón. Esos esfuerzos malogrados. Esa pequeña crisis de confianza en Dios. Ese orgullo. Esa vanidad destronada. Ese mínimo sacrificio. Esa humillación merecida. Esos enfados sin fundamento. Esa palabra humillante o grosera dicha a destiempo que no se lleva el viento. Ese malentendido fruto de la cabezonería de uno y de otro… La lista es larga e interminable. Sin embargo, cada una de estas pequeñas muertes van acompañadas de una pequeña y gloriosa resurrección porque para un cristiano la muerte no es nunca el fin. Es el comienzo. Y con cada resurrección cotidiana, con ese volver a levantarse, se despeja la tiniebla para abrirse la luz; prende de nuevo la llama de la alegría; sopla el viento del amor; se siente el rocío fresco de la esperanza. La unión estrecha con la vida crea sentimientos nuevos.
Y cada una de estas resurrecciones me ayudan a crecer interiormente, a recomponer la vasija de barro rota que es mi vida y relacionarme mejor con los demás y con Dios con una perspectiva de eternidad. Cada nueva resurrección me sitúa ante la realidad de la cruz cotidiana que me —nos— lleva a la muerte. Contemplando el milagro de la Cruz y viendo al Señor de la vida pendido de ella es posible comprender que la debilidad es la clave fundamental para interpretar la vida. Si permites que tus circunstancias estén en las manos del Padre, entonces logras vencer a la vida. Y desde esta realidad, resucitar cada día.

cruces cotidianas

¡Ayúdame, Señor, a resucitar cada día! ¡Sabes, Señor, que no soy como debería ser! ¡Hay tantas cosas, Señor, que me hacen olvidar el camino verdadero! ¡Ten, Señor, piedad de estas rutinas cotidianas que me impiden actuar como un verdadero cristiano! ¡Ayúdame a resucitar cada día, Señor! ¡A no dejarme vencer por las pequeñas muertes cotidianas! ¡Ayúdame, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, a celebrar con alegría mis pequeñas resurrecciones para cambiar y transformar mi vida! ¡A reconocer, Señor, que no me puedo acercar a Dios sin preocuparme del pecado, sin dar importancia a mis defectos y mis faltas! ¡Ilumíname, Señor, para que sea capaz de comprender que el camino de la Cruz también es el camino de la Resurrección! ¡Que el saber llevar mis cruces me enaltecen, me acercan más a Ti! ¡Lléname de Ti, Santo Espíritu, para que en mi pobre corazón broten siempre oraciones de alabanza, de alegría, de gracias por esa vida transformada, por ese cambio que se opera en mí por tu gracia!

De Johann Sebastian Bach escuchamos hoy su cantata Nun danket alle Gott, BWV 192 (Dad todos gracias a Dios), gracias que hemos de dar por cada nueva pequeña resurrección en nuestra vida:

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s