¿Quién dice que los hijos no evangelizan?

Cada uno de mis hijos tiene un carácter diferente. Pero en sus diferencias, son complementarios. Yo también tengo mi carácter y acostumbro a hacer las cosas de la misma forma, ensamblando mis quehaceres cotidianos con los mismos mimbres de siempre, que son los que conozco y me hacen sentirme seguro. Cuando algo falla, cuando las cosas no salen según lo previsto, entonces hay que retomar el rumbo aunque me cree desconcierto. Posicionarme de nuevo, sentir de nuevo, actuar de nuevo. Y en esto, cuando veo a mis hijos, es cuando más fuerza tomo especialmente cuando vislumbro en ellos como afrontan las situaciones, en algunos casos no siempre fáciles. Ellos son una escuela de vida, son un espejo donde mirarse, son un dibujo claro de la vida y Dios recurre a ellos para mostrarme cosas nuevas, para ofrecerme clarividentes muestras de que la vida es una lección que debe ser aprendida diariamente. Me gusta cuando me piden oraciones por sus exámenes, por un problema que les agobia, cuando ofrecen un misterio del Rosario por las intenciones de una amiga o un amigo, de un profesor, de alguien que conocen que necesita consuelo, de un familiar. Me ilusiona cuando ayudan a sus compañeros en el estudio, cuando se ofrecen a ayudar en casa, cuando después de discutir entre ellos o con nosotros se disculpan, como hacen labor social… Pero lo que más me gusta de ellos es que tienen muy enraizada su fe en el corazón. No se avergüenzan de ser cristianos. Ni de amar a Dios. No tienen miedo en sus diferentes ámbitos de hablar con natural sencillez de Dios. Para mí son una enseñanza más profunda de lo que ellos puedan imaginar, porque su vida es una vida en apariencia simple, sin grandes alaracas, sin grandes pretensiones, sin muchas comodidades pero plenamente transformadora porque tienen fe, tienen esperanza y mucho amor a Dios. No se avergüenzan de llevar una pulsera en forma de Rosario, ni de llevar colgada del cuello una medalla que evidencia su fe.
Yo no sólo quiero a mis hijos. Los admiro. Admiro su autenticidad. Su compromiso. Su ilusión por las cosas. Su bondad. Su docilidad. Su esfuerzo. Su naturalidad. Su aceptar las situaciones que nos ha tocado vivir sin quejarse aunque hayan sufrido desde lo interior. Ni cuando eran pequeños ni ahora en su adolescencia nos han dado problemas. Y doy gracias a Dios. Y siento que Él también se sentirá orgulloso de ellos. Cuando los contemplo juntos, como se quieren y cómo se respetan, cómo se ayudan y cómo son cómplices en tantas cosas, no puedo más que alabar al Padre. Sé que mi plegaria es un canto que le llegará a lo más profundo de su ser, porque ellos son Su creación y son un instrumento que nos ha dado a mi mujer y a mí para moldearlos en su camino hacia la santidad.
Pero hoy, sobre todo, cuando rezo por ellos me vienen a la mente las aleccionadoras palabras de Jesús que son una invitación al cambio personal: «Si no os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos». ¡Gracias, Señor, porque en tu infinita bondad me has regalado a tus hijos que son mis hijos de los que tantas cosas aprendo cada día!

Quién dice que los hijos no evangelizan

¡Bendito seas, Padre, por los hijos que me has regalado! ¡Gracias por amarlos tanto! ¡Cuídalos y presérvalos de todo mal! ¡Bendito seas, Padre, porque les llamas a cada uno a seguirte, a emprender diariamente de manera personal su compromiso de seguir a tu Hijo Jesucristo! ¡Derrama, Padre de bondad, tu Espíritu Santo para que les dirija en el camino de la vida, para guiarles por la senda del Evangelio, para que atraviese su corazón y sus pensamientos y sean unos buenos hijos tuyos! ¡Envía tu Espíritu, Padre bondadoso, para que su mente siempre esté iluminada por su luz para que sigan el camino que tú has diseñado para ellos, para que siempre te glorifiquen, para que sean buenos cristianos, para que sostengan su vida con los ideales del Evangelio! ¡Ilumina, Señor, también a mi mujer y a mí para que como padres seamos capaces de transmitirles siempre la verdad, su vocación, su compromiso cristiano, darles una formación acorde con los principios de Jesús! ¡Dame, Espíritu Santo, la sabiduría de comprenderlos siempre, de escucharlos con amor y con paciencia, de hablarles con delicadeza, de corregirles con generosidad, de ser amable con ellos, de enseñarles con finura! ¡Ayudadme, María y José, padres de Jesús, a seguir vuestro ejemplo de humildad y sencillez para educar a mis hijos, que siempre encuentre el tiempo para darles lo mejor de mí, de no negarles mi corazón! ¡Gracias, Padre, porque estos hijos míos son un regalo tuyo que nos has entregado con amor y de todo corazón te alabo y te bendigo y de doy gracias!

Bienaventurados los misericordiosos, el himno oficial de la JMJ 2016 que se celebrará en Cracovia, dedicado a mis hijos:

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