En la escuela del Rosario

Cuatro sábado de mayo con María en nuestro corazón. Daba ayer noche un paseo rezando el Rosario. En el escaparate de una tienda de objetos antiguos –entre brocanter y anticuario– una imagen bellísima de María en el Cenáculo rodeada en un marco dorado. Qué pena que me toquen hoy los Misterios de dolor porque hubiera rezado el quinto misterio ante esta imagen. Sin embargo, me viene a la mente una idea hermosa. Con el Rosario no sólo penetramos en el misterio de la vida de Cristo, que son también los misterios de María, sino es rezar con María, al igual que oraba ella junto a los apóstoles en aquel lugar santo donde tuvo lugar la Última Cena.
El Rosario es mi oración predilecta. Cuando contemplo cada misterio antes de comenzar a rezar el Rosario y lo ofrezco por alguien me identifico con los sentimientos de María en ese momento y me introduzco de una manera hermosa en la vida de Cristo.
Ayer amigos de un grupo de WhatsApp intervinieron la mayoría para anunciar que iban a rezar por las intenciones que se pedían. Un gran número de ellos ofrecían el Rosario.
Mi padre siempre me decía que no abandonara nunca «el Rosario diario, aunque estés cansando y las fuerzas te debiliten». Y, si es posible, es preciso rezarlo siempre en familia porque esta oración vocal es para rezar en familia y por la familia. Y de la mano misericordiosa de la Madre nuestra alma se va empapando de la vida de Su Hijo y en nuestro corazón quedará impreso los rasgos de Cristo. Cuando el peso de los pecados sea muy gravoso, cuando los problemas y las preocupaciones nos abrumen, cuando las tentaciones estén a punto de llevar a la oscuridad del alma, cuando la desgana espiritual haga mella en la vida… basta con agarrarse a las cuentas de ese Rosario que obra milagros en nuestro corazón tibio.
Mi padre siempre me recordaba que rezando con cariño el Rosario mostraba fidelidad a María que en su condición de Madre permanecía siempre fiel a mi lado. Años más tarde he agradecido que nos hiciera rezar juntos el Rosario en familia pese al tedio que me producía y la desgana con que lo recitaba.

En la escuela del Rosario

¡Dios te Salve, María, llenas eres de gracia! ¡Me gusta, Madre, rezarte con estas palabras por la belleza de una salutación tan hermosa y tan de Dios! ¡Me gusta, Madre, pronunciar esta bella oración que pronunció el Ángel porque es la elección que Dios hizo de Ti como Madre de Jesús! ¡Te doy gracias por Tu «Sí», María, porque con él nos mostraste la mayor generosidad posible! ¡Te doy gracias también porque a los pies de la Cruz aceptaste la misión de acercarnos más a Jesús y a la Iglesia, nos llevaste a la misión de convertirnos y arrepentirnos de nuestros pecados! ¡María, pongo en tus manos maternales, llenas de afecto y de cariño, todas mis preocupaciones, mis anhelos, mis desvelos y mis temores! ¡Acógelos con tu amor de Madre! ¡Ayúdame, María, a imitarte cada día, a seguir el ejemplo de tu sencillez, de tu humildad y de tu fidelidad a Dios y enséñame a vivir cada día las pruebas que se me presentan con generosidad y amor! ¡María, Señora del Santísimo Rosario, ayúdame a seguir cada día a Tu Hijo Jesucristo, a meditar en profundidad los misterios de su vida que recorremos en el Rosario y convertirnos siempre en testigos verdaderos del amor que Dios nos tiene!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡María, Madre de Amor y de Misericordia, defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte!

Un tributo a María en el rezo del Santo Rosario:

¿Qué hacer para que mi trabajo sea agradable a Dios?

Me surge esta pregunta al leer ayer en una tarjeta esta sencilla pero profunda frase: «haz que todas nuestras acciones te sean agradables y sirvan para manifestar al mundo tu redención». Así, ¿cómo hacer para que mi trabajo agrade a Dios? Sencillamente, impregnándolo de amor. De amor a Dios. Pensando siempre en Él. Desprendiéndose del yo, sin buscar el reconocimiento, ni el aplauso, ni el agradecimiento, ni siquiera la gratitud. Haciéndolo todo para servir siempre al Señor y no a los hombres porque sirviéndole a Él servimos a los demás. ¿Sencillo, verdad?
Pero hay más. Realizando cada una de mis obras en nombre del Señor. Ofreciéndolas siempre, teniéndole presente en cada momento. Pidiéndole al Espíritu Santo que bendiga cada uno de mis trabajos y mis obras. Desde las más importantes a las más sencillas de nuestro vivir cotidiano. ¿Fácil, verdad?
Y mucho más. Tratando de hacer siempre las cosas bien, con rectitud, con prontitud, con diligencia, con amor, sin pereza ni dejadez, con justicia, con dignidad, con probidad, con integridad. Con la conciencia de que todo lo que se haga me beneficia a mí pero redunda también en los que me rodean. ¿Factible, verdad?
E, incluso, más. Ofreciendo mi trabajo por la salvación del mundo, por los que sufren, por los que padecen hambre, por los perseguidos por la fe. Es decir, unir mi trabajo cotidiano a la Cruz de Cristo para que sea Él quien acepte mis trabajos y mis proyectos cotidianos. ¿Loable, verdad?
Y más. Dejando que sea el Señor quien lleve cada uno de mis trabajos y haga prósperas cada una de mis obras con la fuerza del Espíritu Santo que otorga siempre la sabiduría y la inteligencia para actuar. ¿Plausible, verdad?
Puede no resultar sencillo, ni fácil, ni factible, ni loable ni plausible. De hecho, porque lo he puesto en oración, pero en el día a día me cuesta aplicar todos estos principios en mi propia vida. Pero hoy, la luz de la oración me permite comprender que mi propia vida puede convertirse en una liturgia viva con el ofrecimiento de mi trabajo cotidiano y algo extremadamente agradable al Dios que me ha dado los dones y las capacidades para ejercitarlo.
Dios me invita a la santificación de mi trabajo diario. A cada una de las mis labores cotidianas para gloria de Dios, para dar frutos en la sociedad, en la familia, en el trabajo, en la comunidad eclesial… allí donde mi vida pueda dejar testimonio. Y no sólo eso, todo trabajo bendecido por Dios, aunque no salga como uno lo tiene previsto, se convierte en un motivo de santificación personal.

Seurat

¡Te ofrezco, Señor, este mi trabajo. Ayúdame a hacerlo bien, por amor a Tí y a los demás. Santa María, ángel de mi Guarda, interceded por mí! ¡Quiero, Señor, que mi trabajo sea agradable a Ti y te lo ofrezco! ¡Te ofrezco todas mis acciones para que sean siempre agradables a tus ojos! ¡Que mi trabajo, Señor, sea siempre una acción de amor que esté pensado para darte gloria a Ti sin buscar más reconocimiento que tu felicidad y no para mi orgullo y satisfacción! ¡Ayúdame a que todas mis obras estén hechas en tu nombre, Señor, y que estén impregnadas de tu presencia porque tu nos dijiste que lo que hagamos sea en nombre de Jesús! ¡Te pido la gracia del Espíritu Santo para que habite en mí y me de la fuerza para trabajar con honradez, con alegría, con entrega, con diligencia, con generosidad, con perfección y con precisión! ¡Ayúdame a santificar el día con trabajos que te agraden y que mi trabajo se una a Tu trabajo, Señor, que es la Cruz!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡Bendice, María, a todos los que trabajan día a día para conseguir el sustento de las familias y ayuda a los que no lo tienen para que puedan encontrarlo pronto!

Experiencia ante el Santísimo

En la tarde de ayer estamos pocos. Ocupamos los primeros bancos de la Iglesia. El templo está a oscuras. Solo una luz ilumina el altar donde está expuesto el Santísimo. Es una hora de emoción intensa. Allí está Él, el Amado, la persona más maravillosa: Jesús. Un hombre pronuncia con voz tenue una oración preciosa, que surge del corazón. Las palabras que dirige a Cristo son preciosas, fruto de la contemplación vivida, amorosa, de la persona que busca y encuentra en lo más profundo de su corazón ese tesoro escondido. Esa persona ha convertido a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote -festividad que hoy celebramos-, en su oro, en su plata, en su bronce… en su auténtica riqueza. Tiene su mirada centrada en el Cristo redentor, le habla con sencillez, con voz apagada, y se dirige a Jesús para que medie con el Padre.
Sus palabras me llevan a un encuentro amoroso con el Cristo oculto en el silencio del sagrario pero exaltado en la exposición que hoy estamos viviendo. Y, como él, yo también me siento enamorado del Señor. Siento que sin Él, tengo un gran vacío; por eso le pido con el corazón contrito, que se convierta siempre en el centro de mi vida, que se convierta en mi todo, en la raíz de mi existencia. En el Cristo crucificado, que ahora se presenta expuesto en el Santísimo, mis ojos tienen que cerrarse para no quedarse deslumbrados por la luz que irradia la custodia. ¡Donde está Cristo expuesto todas las tinieblas de la vida se disipan!
Ayer, a los pies del Santísimo, adorando y amando al Jesús Eucaristía, sentí una felicidad verdadera y le prometí al Señor que quiero ser don, sencillez, entrega, generosidad, gratuidad, servicio y vida para el prójimo, especialmente aquel que más lo necesita.

santisimo

¡Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, Sumo y Eterno Sacerdote, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia! ¡Creo, Señor, en la Eucaristía, que Tú mismo instituiste, porque es el sacramento en el que Tú te nos muestras resucitado, porque es el alimento pascual de quienes caminamos gozosos hacia tu Reino, el que nos otorga la fuerza vital para caminar por esta vida! ¡Señor, creo en la Eucaristía, porque es este sacramento del amor en el que Tú te ofreces gratuita y libremente por amor, porque es el alimento que me enseña a amar! ¡Gracias, Señor! ¡Creo en la Eucaristía, Señor, porque es un alimento que me permite construir la justicia para tratar de no herir el corazón de Tu Padre —mi Padre— Dios! ¡Gracias, Señor! ¡Creo en la Eucaristía, Señor, sacramento de la pobreza y de la sencillez, de las bienaventuranzas y de la misericordia! ¡Gracias, Señor! ¡Creo en la Eucaristía, Señor, porque es el sacramento de la paz, de la reconciliación, del amor, de la esperanza y del perdón! ¡Gracias, Señor! ¡Creo en la Eucaristía, Señor, porque es el sacramento de la verdad y a través de ella me remites a la autenticidad en la vida y a no trapichear ni ser cómplice con la mentira! ¡Gracias, Señor! ¡Creo en la Eucaristía que crea comunidad y que es signo de la universalidad de tu Iglesia santa, de la fraternidad y del testimonio! ¡Gracias, Señor! ¡Y en esta fraternidad, Señor, te pido por mi grupo de oración, por las personas de mi parroquia, de mi comunidad, de la Iglesia, de mis hermanos en la fe y aquellos que están alejados de Ti! ¡Bendícenos a todos, Señor!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡Purísimo Corazón de María, Virgen Santísima, alcánzanos de Jesús la pureza y la humildad de corazón!

Jesús, te adoramos, cantamos hoy acompañando a esta meditación:

Cómo árbol de firmes raíces

Ayer cruzaba uno de los parques de mi ciudad para dirigirme a una reunión. Es un parque muy sombreado con parterres de césped, caminos curvilíneos y tranquilos rincones. Un precioso magnolio tiene las raíces desprendidas de la tierra y se encuentra en una situación curvada. Las poderosas raíces subterráneas han emergido a la superficie y, siendo un árbol fuerte, se encuentra ahora en una situación de vulnerabilidad. Las raíces de un árbol necesitan la tierra para recibir los nutrientes que le garanticen la vida. Se adhieren con firmeza a lo más profundo para convertirse en un fuerte amarre que, en algunos casos, permitirá al árbol llegar a centenario. Un árbol con un anclaje tan firme sobrevivirá a tormentas, ventiscas y embestidas de todo tipo.
Hoy le pido al Señor una palabra para iniciar mi oración y abro la Biblia. Y surge el Salmo 1 que, entre otras cosas dice: «Él es como un árbol plantado al borde de las aguas, que produce fruto a su debido tiempo, y cuyas hojas nunca se marchitan: todo lo que haga le saldrá bien». Y, aunque no me aplico tan bellas palabras, me sirve para decirle a Dios que me ayude a que mi vida tenga raíces sólidas, que no se queden en lo intrascendente, en lo insustancial de las cosas, sino en lo que es importante, en lo que realmente merece la pena. Dar prioridad a lo fundamental para dar fruto a su debido tiempo. Pero no sólo eso. Cada día, para dar frutos, debo alimentar mis raíces para fortalecerlas, para darle robustez al tronco de mi vida. No puedo permitirme ser como la magnolia del parque, torcida y con las raíces poco asentadas, porque entonces no seré capaz de afrontar las tormentas, las adversidades y los contratiempos de mi vida.
Unas raíces sólidas imprimen carácter a la vida. Es como la madurez de las arrugas. Te permiten contemplar los problemas, las dificultades, las pruebas y las complicaciones con un planteamiento realista. Toda prueba es una ocasión para crecer interiormente. Tratar de alejarse de los momentos nebulosos y de las situaciones sombrías no es la mejor manera de crecer interiormente y ante Dios.
Por eso en este día, con la experiencia del parque y la Palabra que viene de la lectura del Salmo no puedo más que pedirle a Dios que me ayude a aferrarme a la verdad de su Palabra y de sus preceptos, que mi vida se cimiente sobre los pilares sólidos de la fe, de la esperanza, de la caridad y de la misericordia. Y con unas raíces profundamente asentadas, regadas por la gracia de su amor, que me de la posibilidad de convertirme en un árbol robusto de su jardín de gracia. Que sea hoy y siempre un árbol fundamentado en la verdad del Evangelio para que dé frutos a su debido tiempo y que sus hojas no se marchiten a causa del pecado.

Cómo árbol de firmes raíces

¡Te pido Señor que me ayudes a ser como un árbol de raíces profundas para dar frutos de amor, de paz, de caridad y de bien y permitir que todas las semillas que has sembrado en mi corazón se abran para darlas a los demás! ¡No permitas, Señor, que nunca se marchiten las hojas verdes de las ramas de mi corazón! ¡No permitas, Señor, que el pecado, el egoísmo, la falta de caridad, la soberbia, la tibieza, la poca perseverancia en mi vida de oración carcoma el tronco de mi fe! ¡Haz, Señor, que por medio de tu Espíritu, el árbol de mi vida esté bien enraizado a la tierra y vuelva su mirada hacia el cielo! ¡Haz que las ramas de mi tronco estén tan enraizadas en la verdad del Evangelio que ninguna tormenta de la vida ni ninguna sequía de la fe dejen de producir los frutos del amor, de la mansedumbre, de la misericordia, de la paz! ¡Que sea capaz de dar sombra al que lo necesitan, apoyo al cansado, alimento del fruto al necesitado! ¡Aceptaré, Señor, con sencillez convertirme en un tronco ignorado e inútil que se quede al margen del camino y que nadie repare en mi para convertirme en retablo de vida! ¡Solo te pido, Señor, que me conviertas en un tronco productivo, arraigado a tierra firme —a la fe, a la vida de sacramentos, a los valores cristianos, a una auténtica vida cristiana— y, por medio de tu Espíritu, empápame con el rocío de la gracia!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡María, Madre de Dios, ayúdame a dar frutos en mi vida siguiendo tu ejemplo y sembrar siempre en tierra fértil!

Dar frutos es la canción seleccionada hoy para acompañar esta meditación:

¡Permaneced en mí!

Hace unos días un sacerdote muy querido celebraba trece años de fidelidad a Dios. Trece años de ordenación sacerdotal que él mismo agradecía a «María, Madre de los Sacerdotes, a la Iglesia que es mi familia y a vosotros [en referencia a sus feligreses y amigos] en quienes se hace concreta y real la entrega de mi vida. Yo no soy nada sin todos los que están en la lista… os necesito porque os quiero». Y recordaba su lema sacerdotal que son las palabras de Cristo: «¡Permaneced en mí!».
Cuando conoces a un sacerdote bueno, santo, generoso, con una entrega constante a Dios y a la comunidad, que es un ejemplo vivo del Amor de Dios en la vida nos acercamos más al Señor. Cuando te encuentras con un sacerdote que es verdadero pastor, guía, luz en el camino nos acercamos más al Señor. Cuando ves a un sacerdote que entrega su vida a Cristo y nos la hace presente nos acercamos más al Señor. Cuando te cruzas con un sacerdote que sabe llevar su cruz cotidiana nos acercamos más al Señor. Cuando te encuentras con un sacerdote que ama y transmite su amor por la Eucaristía, nos acercamos más al Señor. Cuando conoces a un sacerdote que muestra en su testimonio cotidiano la alegría de estar cerca de Dios nos acercamos más al Señor. Cuando ves en un sacerdote que es bondadoso y misericordioso pero también firme en la dirección espiritual nos acercamos más al Señor. Cuando ves a un sacerdote buscando cada día la mirada amorosa de Cristo —dice en su testimonio este sacerdote que Jesús «tiene desde Su Cruz sus ojos puestos en los míos»— nos acercamos más al Señor.
Un sacerdote es alguien que lo ha dejado todo, entregando su vida, para seguir a Jesús, para servir a los demás a través de Cristo, para ayudar a los hombres en su camino hacia el cielo. Por eso hemos de quererlos, respetarlos y valorarlos y pedir a Dios por su santidad, por la firmeza de su vocación, por su entrega, por su corazón puro y limpio. Pedirle a María, esposa de la Iglesia, que los mantenga unidos a Su corazón para ser una Madre solícita con ellos especialmente en tantos momentos de soledad.
Hoy abro especialmente mi corazón en la oración por tantos sacerdotes que se han cruzado en mi vida. Por el que sacerdote que me bautizó, por el que me impartió la Primera Comunión, por el que obispo que me confirmó, por los que han sido mis directores espirituales, por los que me han repartido la Eucaristía a lo largo de la vida, por los que me han confesado, por los que me han escuchado, por los que me han impartido retiros espirituales, por los que me han ayudado… ¡Por su presencia en mi vida, gracias Señor!

Permaneced en mi

¡Jesús, sumo y eterno sacerdote, te pido hoy por los sacerdotes de tu Iglesia santa! ¡Danos sacerdotes santos, Señor, y protégelos siempre para que hagan honor a su vocación! ¡Y a ti María, Madre de la Iglesia, que oraste en el Cenáculo junto a los apóstoles pidiendo para que el Espíritu Santo llenara sus vidas con la plenitud de sus dones, Tú que eres la Reina de los sacerdotes, intercede por ellos, acompáñalos siempre en su ministerio! ¡Llena, Señor, su alma de Ti y que el poder de tu infinita misericordia les ayude en su vocación sacerdotal para ganar almas a Dios! ¡Envía tu Espíritu sobre ellos, Señor, y llénalos de gracia para que sus dones de sabiduría, conocimiento, consejo, paciencia, amor, esperanza, fortaleza, amabilidad y obediencia les permitan ser sal en la tierra! ¡Haz de ellos, Señor, hombres de oración, que logren mantener en su corazón encendido el amor a Dios, que su fe sea un estímulo para sus ovejas, que sus palabras estén siempre iluminadas por Ti, que su celo sacerdotal se renueve cada día en la Eucaristía! ¡Señor, líbralos de las tentaciones y de los peligros, fortalécelos en la debilidad, consuélalos cuando estén tristes o desanimados, cúralos cuando estén enfermos de cuerpo o de alma, protégelos en su misión no siempre fácil, dales la alegría de la fe para transmitir tu Verdad, hazles fieles a la Iglesia, al Santo Padre y a los obispos, hazles personas sencillas y humildes, dales serenidad en los momentos de tribulación! ¡Llévalos siempre, Señor, en lo más profundo de tu Sagrado Corazón! ¡Cuida, sobre todo, de los sacerdotes jóvenes que inician su vocación, de los sacerdotes perseguidos en tantos lugares del mundo y de los sacerdotes ancianos! ¡Y también te pido, Señor, que nos envíes nuevos sacerdotes que surjan de nuestras parroquias, de nuestras familias, de nuestras escuelas, que sean cosecha fértil para tu Iglesia, fieles a la llamada del Evangelio, imagen viva tuya y que den un sí tan alegre y decidido como el de tu Madre!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡Madre Nuestra, María Santísima, Madre del verdadero Dios por quien, en quien y con quien vivimos, enciende en el corazón de los sacerdote tus santas virtudes!

Sacerdote para siempre, cantamos hoy con Jesed en honor de los sacerdotes:

Nadie me asegura que voy a tener una vida sencilla

Nadie me asegura que voy a tener una vida sencilla. Pero mientras transito por ella aprendo cosas nuevas. Los recodos, las curvas, los socavones, el barro, la polvareda, las piedras, las estrecheces… Pero jamás camino solo en este peregrinar porque siempre espero que al final de etapa llegaré acompañado del Señor a ese lugar en el que descansar en paz. No sería de justicia ir avanzando poco a poco con la idea de alcanzar mi destino y no disfrutar —y padecer— con todo aquello que se cruza por mi camino.
La vida no es un camino fácil ni sencillo. Pero tiene una gran virtud: te ofrece un abanico inmenso de paisajes diferentes con los que puedes deleitar mientras la transitas. Lo importante es contemplar cada uno de ellos con una mirada repleta de gracias y con la predisposición a apreciar cualquier atisbo de hermosura. He pasado momentos en mi vida repleto de oscuridad, con una espesura tan espesa que me impedía ver más allá de mí lo que me provocaba tristeza, un sentimiento de negatividad y un sufrimiento tan tedioso que atenuaba mi alegría vital. Sin embargo, ese encuentro con Cristo abrió de lleno mi corazón. Me permitió comprender que cada día es una oportunidad. Que cada mañana es un nuevo comienzo, regalo de Dios. Que cada jornada se puede convertir —con todos los problemas y sufrimientos, tribulaciones y escaseces— en algo grato para uno mismo, para los demás y para Dios. Que es imposible ser feliz cuando no se contempla el amanecer con una mirada nueva porque no verle sentido a la realidad de nuestra vida provoca que el alma se vaya carcomiendo, que el corazón se endurezca y que la angustia se haga cada vez más profunda.
Por eso hoy, desde un corazón sencillo, quiero elevar mi oración por todos aquellos que no conocen a Dios, por todos aquellos que al despertar el día no ven sentido a su vida, a los que no tienen luz porque la oscuridad ahoga sus miradas y no se ven capaces de encender una pequeña llama para llenar de esperanza su vida, a los que los agobios del día a día —la enfermedad, la falta de trabajo, las estrecheces económicas, la soledad, el descrédito social, las dificultades matrimoniales, los problemas con los hijos…— les asfixian de tal manera que no ven sentido a su caminar. Hoy los llevo a todos ellos en mi corazón.

Nadie me asegura que voy a tener una vida sencilla

¡Señor, Tú que estás cerca de los atribulados, salva a los abatidos! ¡Señor, necesitamos contemplar cada día el misterio de tu misericordia! ¡Padre de Misericordia y de Amor, nuestro destino está en tus santas manos, mira con bondad a todos aquellos que sufren en ese mundo y su esperanza pende de un hilo! ¡Dales, Padre, a los atormentados, a los que sufren, a los heridos, a los desalentados, a los desgarrados por la tentación, a los desesperados la luz de la fe para aceptar el misterio del dolor! ¡Te pido en este día, Padre de Misericordia, que acojas a todos los que lloran por los problemas de la vida y les envíes el consuelo de tu santo Espíritu para que les abra el corazón a la esperanza! ¡Manifiéstate en ellos, Señor, con palabras que iluminen, con gestos que provoquen alivio y con el amor que siempre conforta! ¡Pon en todos nosotros, Señor, tu Espíritu glorioso de amor, de sacrificio, de comprensión, de fortaleza para que sepamos llevar a todos los que sufren el alivio amoroso y la ayuda eficaz!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡Quisiera ser como tú, María, un océano limpio en el que Dios se mira y estar lleno de Dios y darlo todo sin medida!

Como la brisa, cantamos hoy con Jesús Adrián Romero:

Pentocostés con María

Celebramos hoy la solemnidad de Pentescostés en la que toda la fuerza del Espíritu Santo se derrama sobre nosotros de la misma forma que lo hizo con los apóstoles aquel día que se encontraban reunidos en el Cenáculo. Aquella noche de viento y llamaradas de fuego Dios los capacitó para predicar al Evangelio con valentía en todos los rincones del universo.
Este año esta celebración coincide con el mes de mayo, mes de la Virgen. Y eso me lleva a reconsiderar algo muy hermoso: no existe ningún Pentecostés sin la presencia viva de la Virgen María. Ella, la Madre, estaba también presente en el Cenáculo. Ella, la Madre de todos, se encontraba junto a los discípulos en oración profunda. Ella, la Mujer del silencio, la que conservaba todas las cosas meditándolas en el corazón, debió transmitir durante aquellos cuarenta días de gestación de la Iglesia, los recuerdos más íntimos y personales del Señor, el día del nacimiento en Belén, los años en Egipto, la vida oculta en Nazaret, las conversaciones sobre la futura misión, el primer milagro en Caná.
Y en este día de Pentecostés, María se encuentra con los discípulos en actitud orante. Ora con la primera comunidad cristiana que recibirá los dones del Espíritu Santo. Ora a la espera de recibir, con su docilidad habitual, la fuerza que viene del Paráclito, experiencia que ya había vivido en su ciudad natal. Ora con la fuerza de su fe y muestra a los discípulos que hay que hacerlo siempre con confianza, entregados a las manos misericordiosas del Padre. Ora para tener un mayor conocimiento de Dios. Ora para habilitar su voluntad, su corazón y su alma para amar más a Dios, a su Hijo y al prójimo. Ora para que el Espíritu Santo llene por completo su vida. Orar para perdurar en la efusión del Espíritu Santo que nunca cesa de infundir fortaleza a nuestra alma. Ora para vaciarse de sí misma y llenarse por completo de la voluntad divina. Ora para que la Iglesia que va a nacer ofrezca al mundo los frutos deseados por Dios. Ora porque María es la reina de la oración.
Hoy es un día de Pentecostés profundamente mariano. Enraizado en este mes de mayo me siento en este día muy unido a María. Como si me encontrara en el Cenáculo con Ella a la espera de colaborar en la obra del Señor de prepararme para anunciar el Evangelio. Y el mismo Espíritu divino que transformó y preparó a la Virgen para ser Madre de Cristo me puede hoy transformar y prepararme a mí para convertirme en un buen cristiano, alguien con una fe profunda, con una confianza ciega en el Señor, transformado por la gracia y renovado en mi fidelidad a Cristo y la Iglesia. Hoy se derramará sobre mi y sobre todos nosotros el fuego y la luz de Dios. Por eso le pido al Señor generosidad y humildad para recibir tanta gracia con el corazón abierto.

Pentecostés con María

¡Señor, te pido la generosidad y la humildad para recibir los dones del Espíritu Santo con el corazón abierto a la gracia! ¡Y te pido a ti, María, que intercedas ante Jesús para que, como hiciste el día del milagro de las bodas de Caná, abras mi corazón para hacer lo que Él diga! ¡En este día, María, quiero estar muy íntimamente unida a Ti para renovar mi fe y recibir junto a ti la efusión del Espíritu Santo! ¡Marantha, Ven Señor Jesús! ¡Y a Ti, Espíritu Santo, que durante el año transcurrido desde al anterior Pentecostés has trabajado en mi interior y me has mostrado la sabiduría divina y de los fracasos, de los errores, de los problemas, de las angustias, de los sufrimientos y de los agobios me has permitido sacar grandes enseñanzas, haz que mi vida tenga sentido a la luz de tu amor y de tu gracia! ¡Ven, Espíritu divino! ¡Ven, dulce huésped del alma! ¡Ven para poner en tu presencia mi vida, lo que me inquieta, lo que me quita la paz, lo que me preocupa, lo que me alegra, lo que me llena de gozo! ¡Quiero en este día contártelo todo, Espíritu de Dios, para crecer como persona y como cristiano! ¡Ven Espíritu Santo para que te hagas presencia en mi vida con todo tu poder para destruir lo negativo que haya en mi, para aniquilar todos los sentimientos que me apartan de Dios, para eliminar mi orgullo y mi soberbia y para deshilar la vanidad que haya en mi corazón! ¡Ven para reducir a escombros mi pecado y para ser consciente de mi pequeñez! ¡Ven para desatar la tibieza de mi corazón y soltar lastre a mi debilidad! ¡Ven para darme fuerzas para luchar contra el mal, contra la apariencia y la falta de caridad! ¡Ven para ayudarme a buscar siempre la verdad! ¡Ven para que como hiciste con María sea testimonio de una vida ejemplar, modelo de humildad y sencillez, de entrega y generosidad, de responsabilidad y honestidad, de misericordia y amor! ¡Ven, Espíritu, ven!

¡Ven, Espíritu, ven! cantamos hoy en este día de Pentescostés:

Lo que el Espíritu Santo quiere

Hoy, segundo sábado de mayo, con María en el corazón, celebraremos la vigilia de Pentecostés. Un día lleno de fuego interior. Personalmente, me encantan los fuegos artificiales. Son un espectáculo deslumbrante, lleno de colorido, de luz, de color. Así debió ser el primer día de Pentecostés de la historia de la Iglesia, una especie de fuegos artificiales deslumbrantes. En ese día, los apóstoles y otros cristianos se reunieron en algún lugar. No sabemos a ciencia cierta dónde. Probablemente en o cerca del templo de Jerusalén. Tal vez en el mismo lugar donde Jesús y los apóstoles habían celebrado la última cena. De repente se escuchó del cielo un estruendo como de un viento recio que recorrió toda la estancia donde estaban sentados. Y surgieron llamas de fuego que se posaron sobre cada uno de los presentes.
Pero los fuegos artificiales no se detuvieron allí. De repente, los cristianos comenzaron a hablar idiomas que no conocían. Una multitud compuesta de peregrinos de todo el mundo que estaban en Jerusalén para la fiesta escucharon proclamar el Evangelio en su propio idioma. Aquello debió ser un espectáculo impresionante.
Pero sería un error pensar que los fuegos artificiales son característicos de cómo el Espíritu Santo actúa de manera ordinaria. De hecho, es todo lo contrario. La mayoría de las veces, la acción de Dios en nuestras vidas es discreta, apenas perceptible. El Espíritu Santo se puede manifestar en forma de llamas de fuego —que hacen arder nuestro corazón— pero también se presenta en forma de paloma, que para poder desplegar sus alas tiene necesidad de espacio. Y el espacio que el Espíritu Santo necesita para ser capaz de extender sus alas es el silencio.
¿De qué manera Jesús envió el Espíritu Santo a los apóstoles después de su Resurrección? Soplando sobre ellos con suavidad. ¿Cómo describe san Pablo la acción del Espíritu Santo en la Iglesia? Al igual que el alma en el cuerpo, de la manera más imperceptible. El Espíritu Santo trabaja en el silencio.
La Biblia nos dice que María estaba presente en el Cenáculo, en espera de la venida del Espíritu Santo con los apóstoles. Ella es la madre que dio luz a la cabeza de la Iglesia, a Jesús en Belén. Y ahora es la madre que da a luz al cuerpo de la Iglesia en Pentecostés. ¿Qué estaba haciendo? Rezando. Meditándolo todo en su corazón. ¡Esta es la clave!
Meditar es repasar en el silencio del corazón una palabra o un evento en un coloquio con Dios. Esto es lo que María hizo siempre. El Espíritu daba sentido a su vida y esto le aportó la sabiduría y el valor de las virtudes que se enraizaron y se hicieron más fuerte en las profundidades de su alma, al igual que las semillas germinan y crecen en las profundidades ocultas de la tierra. He aquí cómo el Espíritu Santo obra en los corazones de manera oculta pero poderosa, transformadora y sostenible. Eso nos muestra que Dios es amigo del silencio y que necesitamos de ese silencio para que Dios pueda tocar nuestro corazón.
El Espíritu Santo quiere que sepamos lo que debemos creer, cómo celebrar nuestra fe, cómo orar, y cómo debemos vivir. Pero también, el Espíritu Santo trabaja duro, en silencio pero con eficacia, ayudando a construir nuestra felicidad y la de los que nos rodean.
Durante el día de hoy quiero renovar mi compromiso con el Espíritu Santo para que me guíe, para que renueve también mi compromiso de seguirle y obedecerle no quedándome sólo en la contemplación de los fuegos artificiales sino para que avive en mí el fuego del amor de Dios en mi corazón y me haga dócil a la llamada de Dios. Pero con el estruendo de los fuegos sino con el silencio de la llamarada del fuego interior.

spiritu santo

¡Ven Espíritu Santo a mi corazón! ¡Haz silencio en mi interior, Espíritu de Dios, para despertar mi vida, para llenar mi corazón de gratitud, mi alma de esperanza, mis pensamientos de bondad, mi boca de agradecimiento a Dios! ¡Ven Espíritu Santo para que mi vida se convierta en una alabanza gozosa a Dios! ¡Ven Espíritu Santo en este Pentecostés para purificarme, lavarme, transformarme, cambiarme, renovarme, purificarme! ¡Ven Espíritu Santo para que este cambio interior implique vivir con más sencillez en el gozo de la pequeñez! ¡Ven Espíritu Santo para que mi vida se alegre por las cosas sencillas, se llene de una nueva vitalidad, que se impregne del silencio interior, de la bondad de los gestos, de la alegría cristiana, de la vida purísima, de la esencia misericordiosa del Padre, de la actitud del Hijo, del ejemplo de María, del testimonio de san José! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a transformar mi vida, a que mi yo se queme en la zarza de tu fuego y me convierta en una llama de vida que se encienda por tu extraordinario poder! ¡Espíritu Santo, vengo de la nada, soy creación del Padre, ayúdame a dar siempre gracias por el milagro de mi vida, por mi fe, por mi compromiso cristiano, por mi esperanza fundamentada en la verdad del Evangelio! ¡Ven a mí, Espíritu de Dios, que sin ti no puedo avanzar en la vida! ¡Ven Espíritu Santo y sácame de mi mismo para darme a los demás, abierto siempre al servicio, a la escucha, a la entrega, al consuelo, a la celebración, al compartir, a la disponibilidad, a la generosidad, a la misericordia! ¡Derriba todo aquello que crear muros en mi yo soberbio y envíame tus santos dones para llenarme más de Dios!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡María, Esposa del Espíritu Santo, abre mi corazón al Espíritu divino, y enséñame a invocarlo con la misma humildad y sencillez con que lo hiciste tú a lo largo de tu vida!

El Espíritu de Dios se mueve en este lugar cantamos en esta vigilia de Pentecostés:

Las enseñanzas de tres pastores

Fátima es un lugar bendecido. La festividad que hoy conmemoramos, la primera aparición de la Virgen de Fátima, recuerda que Nuestra Señora se apareció a tres pastorcillos sencillos y humildes y les hizo ver el sentido del Amor trinitario. Y no solo eso, les permitió saborear a Dios mismo como el hecho más pleno que puede saborear el ser humano. Es increíble como hace Dios las cosas. Permitió a María, la Venida del Cielo, que se presentara a los más humildes, a los más insignificantes y a los más pequeños de este mundo, tres pastores sin formación, estudios ni medios económicos. Así son los planes de Dios, desconcertantes y extraordinarios al mismo tiempo. Como inconcebible es que permitiera a su propio Hijo redimir al hombre con su muerte y muerte de Cruz.
La Virgen se presenta a tres almas cándidas con tres corazones dóciles y de una profunda mirada interior. Eso es lo que quiere Dios de cada uno, un corazón dócil que rechace la soberbia, un corazón confiado que se enfrente a la desesperanza, un corazón manso que no se deje vencer por la voluntad del yo, un corazón limpio que rechace el pecado, un corazón caritativo que se enfrente al egoísmo, un corazón orante que se contraponga a los ultrajes contra la fe y contra Dios, un corazón suplicante que conmueva Su corazón.
Tres pastorcillos que convertirán su vida en una verdadera ofrenda a Dios, por Dios y por amor a Dios. Será Nuestra Señora la que les mostrará el camino a seguir y les abrirá su corazón para edificar la civilización del amor, la esperanza y la paz. Y María les instigará para establecer en el mundo la devoción a su Inmaculado Corazón y el rezo diario del Santo Rosario, esta bellísima oración que contempla los principales misterios de nuestra fe y que nos eleva hasta las verdades reveladas. Rezar el Rosario, con devoción solícita y amor verdadero para que nuestra Madre interceda por cada una de nuestras peticiones ante el trono de Dios.
Los tres pastorcillos son una enseñanza para todos nosotros: una auténtica vida oración; un comprender que la vida es intimidad con Dios y a través de Dios a los demás; el aceptar el sufrimiento y la tribulación por amor a Dios y a María como modo de lograr que el mundo se transforme; el saber vivir según los designios de Dios y no en función de la propia voluntad; un saber ofrecerse siempre sin exigir nada a cambio; vivir con pureza de corazón. Enseñanzas enormes de tres corazones sencillos.

Captura de p4-23 a las 16.25.23

¡María, en este día quisiera adentrarme de Tu mano en el misterio de Jesús, de su amor y su simplicidad! ¡Quisiera, María, que me acompañaras a mi y a todos los miembros de la Iglesia en el camino de la fe, de la esperanza y de la caridad! ¡Me consagro a Ti, María, para vivir en la verdad, la autenticidad y el amor! ¡Te confío mi corazón, María! ¡Confío a tu corazón maternal a todos los que quiero, a los que he hecho daño con mis acciones y a los que me quieren mal! ¡Ayúdame a no desfallecer en el camino de la vida! ¡Ayúdame, Madre, a rechazar siempre las tentaciones y el pecado! ¡Madre mía, aquí tienes a tu hijo, sé tu mi Madre! ¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo:
¡Dulce Corazón de María, se la salvación del alma mía!

Cantamos hoy el Ave Maria de Fatima. ¡Qué María os bendiga a todos!

Soy como la mujer adúltera

¡Qué fácil nos resulta juzgar a los demás! Ahora me pongo en situación. Observo como Jesús se acerca a la mujer adúltera juzgada y condenada por todos y le pregunta dónde están esos que la condenan. Cuando todos tiran la piedra de sus manos, Él la toma de la mano. Y la levanta. Y, ella, fijando su mirada en Jesús se siente nacer de nuevo, alegre, amada, respetada, dignificada. «Vete en paz. Yo tampoco te condeno». Me impresionan estas palabras del Señor porque ponen en pie al hombre, nos permite caminar con la cabeza bien alta. Nos permite entender que en lo profundo de nuestro corazón no nos llena el egoísmo, ni la soberbia, ni los intereses personales, ni la vanidad, ni los placeres. Que lo que más nos llena es encontrarse con Ese que es más grande y hermoso que el amor mismo.
Pecadora como yo. Pero la mirada tierna de Cristo transforma su corazón. Las palabras sanadoras de Cristo transforman su interior. Las manos amigas de Jesús serenan su vida. La ternura de Cristo suaviza su dolor. Y se marcha en paz. Y endereza su vida con el propósito de nunca más pecar. Y, probablemente, cuando Cristo la dejara sola, libre, dignificada, enaltecida y purificada, aquella mujer lloraría en silencio llena de paz y de consuelo porque en definitiva solo son los limpios de corazón los que verán a Dios. Ella lo había visto. Con sus propios ojos. Había visto a Jesús, lo había visto cercano. El Jesús que nos invita a irnos en paz, a no juzgar y no volver a pecar.
Y en este día me siento muy cercano a esta mujer pecadora. Porque yo también estoy agazapado, en el suelo, por mi pecado. Yo también soy la persona que se sorprende por el amor misericordioso de Cristo. Soy también alguien que tiene el corazón abierto a la escucha de Jesús a pesar de su orgullo y de su soberbia, de sus múltiples caídas y su pecado. Soy también el hombre pecador que Jesús le purifica por su infinita benevolencia. Soy alguien que llora en silencio cuando sabe que ha obrado mal y que no puede, ni por asomo, lanzar ninguna piedra contra el prójimo porque tiene mucho que cambiar. Soy alguien que tiene sus máscaras vitales para sobrevivir. Soy esa persona que tantas veces se olvida de amar porque sus intereses personales están por encima de todo lo demás. Soy tantas cosas que me obligan a tirar la piedra y esperar el perdón del Señor, que soy al mismo tiempo de los que abandonan el lugar avergonzado y de los que Cristo levanta para enderezarlo de nuevo. Soy alguien tan pequeño, tan poca cosa, que sólo me basta que Jesús me toque para sentirme amado por el Amor.

Quien esté libre de pecado

¡Gracias, Jesús, por tu perdón! ¡Gracias, Jesús, porque te has hecho hombre, te has humillado, te has hecho pequeño, te has hecho subordinado al Padre, te has acercado a nosotros para salvarnos no para condenar nuestras faltas y nuestros pecados! ¡Gracias, Señor, porque este es el ejemplo que debo seguir: el no juzgar, el no tirar la piedra contra nadie, el no criticar, el no humillar! ¡Gracias, Señor, porque tu ejemplo, tu palabras, tus acciones, tu mirada me hace sentirme perdonado! ¡Gracias, Señor, porque permaneciendo callado y en silencio junto a la mujer pecadora y en lo alto de la Cruz me enseñas el camino a seguir! ¡Gracias, Jesús, amigo, porque me demuestras que tu gesto es el gesto del amor, la demostración que no debo juzgar si no acoger, que no debo reprender sino abrazar, que no debo criticar sino perdonar! ¡Gracias, Señor, porque meditando esta escena tan impresionante del Evangelio cambias radicalmente mi corazón, cambias mi vida, cambias el concepto que pueda tener de la gente! ¡Señor, quiero hoy coger lo mejor de ti, tu gran capacidad para amar, para acoger, para dar ternura y afecto, para perdonar, para llevar a los demás esa actitud misericordiosa que tuviste con la mujer adúltera! ¡Quiero en definitiva, Señor, contar al mundo lo que hoy me has dicho al corazón: «Vete, y no peques nunca más»!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡Todo tuyo, María, en las alegrías y en las penas, en todos los momentos de mi vida me entrego a tu Corazón Inmaculado!

Widerstehe doch der Sünde, BWV 54 (Resiste al pecado) es este impresionante cantata de Bach tan apropiada para acompañar la meditación de hoy: