Sentir la protección de Dios

Hay momentos en la vida en que la necesidad apremia, que la angustia hace mella, que la turbación ciega, que los pensamientos inquietan y agobian el corazón. Se necesita «algo», y ese «algo» puede ser un trabajo, unos ingresos dignos, una casa, una llamada que se espera con anhelo, la solución a un problema, una luz que oriente, un consejo que clarifique, una palabra de apoyo, paz interior… Se me ocurren mil ejemplos.
Nunca pensamos que ese algo puede ser sentir en lo más profundo de nuestro ser la protección y el descanso de Dios. Ese sosiego plácido del alma que silencia los ecos exteriores y nos permite sentir el cuidado amoroso de Dios.
Me viene este pensamiento por la lectura sosegada del salmo 91. Hoy he abierto la Biblia, buscando una palabra, y ha surgido este hermoso texto de protección divina en medio de los peligros. Es un canto vivo a la esperanza. Es un himno que te permite poner todas tus preocupaciones en las manos de Dios.
Recuerdo la pregunta de un amigo creyente que me decía hace un tiempo por qué debía confiar en la protección de Dios si era Él quien le permitía sus largos momentos de angustia. Si uno está en el corazón mismo de Dios, ¿puede Dios olvidarse de él? Nunca. Dios es socorro, consuelo, fortaleza, misericordia, amor… Y su gracia es infinita en sintonía permanente con nuestra vida, creación suya.
Dios conoce todas mis preocupaciones. Dios sabe cuando en mi corazón no hay paz. Dios es consciente de mis dudas. Dios es sabedor de mis temores y de mis miedos. ¿Entonces? Solo me pide confiar en Él en la adversidad y en las dificultades que se me presentan. En el amor el miedo y el desasosiego no deberían tener nunca cabida. Cualquier tipo de turbación socava la confianza. Y eso un cristiano que tenga confianza plena en Dios no debe permitírselo nunca.

Sentir la protección de Dios

¡Señor, sabes cuáles son mis preocupaciones y mis problemas! ¡Sabes los que son importantes, los que son pequeños y los que yo doy importancia sin tenerla! ¡Señor, te los entrego todos para que descansen en ti y mi corazón sienta paz y consuelo! ¡Haz con ellos, Señor, lo que mejor me convenga! ¡No quiero hacer mi voluntad sino la tuya! ¡Señor, no permitas que mi mente y mi corazón hagan cálculos, eso solo me lleva a la inquietud y al desánimo! ¡Ayúdame a ponerlo todo en tu presencia! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que sepa ponerlo todo en oración y en el silencio escuchar tus consejos y tus indicaciones! ¡Señor, las cosas se me escapan a veces de las manos porque sólo quiero hacer mi voluntad y cuando me fajo de un problema surge otro inmediatamente! ¡Que sean tus manos las que lo dirijan todo, Señor mío! ¡Dame la fuerza, la alegría, el tesón y la confianza para aceptar todo lo que tu me envías! ¡Lo que no puede ser, Señor, aquí lo tienes! ¡Lo que me duele, aquí lo tienes! ¡Lo que me entristece, aquí lo tienes! ¡Lo que me cuesta, aquí lo tienes! ¡Lo que me insatisface, aquí lo tienes! ¡Lo que me desconcierta, aquí lo tienes! ¡Aquí tienes mi corazón, llénalo de ti para con tu gracia levantarme cada día! ¡Gracias, Señor, por tu amor infinito y por tu misericordia!

En este último día de mes, Señor, con más fuerza te digo: ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

¡Señor, tu me conoces y me sondeas!

Imitar a los príncipes de los apóstoles

Celebramos hoy el martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo. La roca «frágil» y apasionada de la Iglesia, elegida por Cristo y aceptada con humildad hasta el martirio. Y el apóstol de los gentiles, modelo de evangelizador, entregado a la predicación de la Palabra. Dos pilares de la Iglesia. Dos hombres recios y de carácter que dejaron que Dios los convirtiera en sus instrumentos. Se jugaron la vida por el ideal de Cristo, para transmitir sus enseñanzas y su sabiduría.
Creyeron con sus tibubeos iniciales al Dios que les invitó a ser pescadores de hombres convirtiéndose en sus enviados.
Pedro y Pablo. Pablo y Pedro. Espejos en los que mirarse. Ejemplos de cómo vivir la fe cristiana. Ninguno de los dos fueron héroes de película. Fueron simples y auténticos hombres de Dios, tan humanos como cualquiera de nosotros.
Ni uno ni otro esperaron grandes cosas. Sólo reclamaban que se escuchara su palabra. No esperaban ser reconocidos por nadie, sino que su nombre fuese grabado en el libro de la eternidad.
Su origen social y económico, su forma de entender la vida me hace comprender que la llamada del Señor no es exclusivista porque ante Dios todos los hombres somos iguales. Lo único que nos distingue es nuestra vida de santidad o de pecado. En lo demás, no es del agrado de Dios hacer ningún tipo de distingos. Pero en una fiesta como esta, el Señor nos permite comprender que hay grandes santos a los que imitar para llegar al cielo. ¿Y qué aprendo hoy de estos dos pilares de la Iglesia? Que mi propia historia es como la de Pedro y Pablo. Con tantos compromisos, con tantos ideales, con tantos propósitos para vivir la fe con firmeza, con mis negaciones, con mis fracasos, con mis huidas. Pero cuando el Señor llega a mi vida es capaz de transformarla. Puedo seguir faenando con mis redes o subirme de nuevo al caballo pero si acepto la llamada, si estoy dispuesto a seguir al Señor, Él hará de mi un hombre nuevo, un ser nuevo, alguien más espiritual, más comprometido, con más amor, caridad y misericordia. Y me seguirá mirando con la misma mirada de cariño. Lloraré también con amargura pero podré exclamar como estos príncipes de los apóstoles con firme convicción: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”.
Hoy es un día adecuado para transformar de nuevo mi vida, mi corazón, mi mente y mi alma llenas todas de luces y de sombras. Acercarme más a Dios desde el corazón, desde mi debilidad y mi pequeñez. Y hacerlo con el corazón abierto. Tratar de encontrar la santidad en mi vida cotidiana, en todos y cada uno de mis actos, en los más grandes y los más pequeños, de manera humilde y sencilla.

san pedro y san pablo

¡Señor, hoy quiero mirarme en el espejo de Pedro y de Pablo! ¡Me identifico, Señor, con sus fracasos personales y con su fidelidad a Ti, por su compromiso cristiano y por cómo acercaron a tantas gentes a la Iglesia! ¡Hoy de la mano de los dos, Señor, me siento más Iglesia, la que ellos edificaron con su sangre santa! ¡Quiero, Señor, como Pedro seguirte siempre, rechazar la fuerza de mi carácter para hacerme dócil a Ti, disculparme siempre, seguir tus huellas, y aunque te niegue tantas veces amarte siempre! ¡Señor, quiero crecer en el amor hacia Ti y hacia los que me rodean! ¡Quiero, Señor, como Pablo, romper la dureza de mi corazón y la intransigencia de mi carácter, abrir los ojos ante la ceguera de tu gracia, romper con las cosas que me separan de Ti, dedicar mi vida a anunciar tu Palabra! ¡Señor, como Pedro y como Pablo tengo yo también mis grietas pero quiero aprender de ellos su fe, su fidelidad, su amor, su forma de vivir tan coherente y tan cerca de Ti! ¡Quiero pedirte por la Iglesia que ellos edificaron y que tu fundaste a la que tanto amo para que permita a los hombres tener un encuentro contigo y hacer realidad el Reino que nos has prometido! ¡Hazla santa, Señor, que es muy necesaria para el mundo a pesar de los hombres que la formamos!

Especialmente hoy tenemos un recuerdo especial para el Papa Emérito Benedicto XVI en su 65 aniversario de ordenación sacerdotal, testimonio luminoso de sabiduría y de amor a la Iglesia y a Dios. ¡Que la mano misericordiosa de Dios sostenga siempre a nuestro querido sucesor de los apóstoles!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Tu est Petrus, cantamos hoy en la festividad de los dos apóstoles:

Granos de arena insignificantes

Hay días que me siento muy pequeño. En realidad, somos pequeños como granos de arena en la inmensidad del mundo. Pero millones de granos de arena forman un arenal. Y esa es la Iglesia. Se nos ha encomendado una gran misión —anunciar la Buena Nueva— y todos estamos llamados a cumplirla, aunque nuestra contribución pueda parecer insignificante a los ojos de los demás. Ningún testimonio, como ocurre con un mero grano de arena, pasa desapercibido.
Jesús convirtió a Pedro en la piedra angular de su Iglesia para que sobre ella se edificaran los cristianos ungidos como piedras vivas para convertirse en casa espiritual o templo para Dios. San Pablo nos dice que los miembros de la comunidad cristiana nos edificamos sobre el fundamento de los apóstoles y profetas y que Jesucristo es nuestra piedra angular, en unión con el que ha unido armoniosamente el edificio entero, un lugar donde pueda habitar el espíritu. Pero nadie podrá convertirse en piedra angular si previamente no acepta ser un intrascendente granito de arena.
La grandeza de un granito de arena es su aportación a lo cotidiano desde la sencillez, el anonimato, la insignificancia, la poca apreciación a los ojos de los demás. Desde el desprecio, incluso. O la burla, el descrédito o la ofensa.
Pero el granito de arena tiene una misión que cumplir. Como el hombre tiene la misión de aceptar el envío del anuncio de la Buena Nueva. Y en la misión, que uno debe aceptar como un honor de la confianza de Dios, uno puede sentirse incapaz o poca cosa, pero el envío distingue a la persona. Uno puede sentirse granito de arena, pero ese grano lo toma Dios en sus manos y lo convierte en un tesoro preciado para convertirlo en algo sumamente extraordinario, tan asombroso como es el Amor del Padre.
Dios siempre mira al granito de arena con un amor eterno y observa —y le otorga, incluso— una capacidad infinita. Así es el amor y la mirada de Dios y, en el envío al que nos invita, nos rescata de nuestra insignificancia y nos eleva con una dignidad sobrenatural como herederos de su amor para ser sus enviados. Dios nos confía su propia misión. Quiere que seamos pequeños granos de arena para hacer grande el océano de su Misericordia. Y nos hace mirar el fiat de María al ángel enviado por Él y al niño envuelto en pañales en el mísero portal de Belén para comprender que esos pequeños granos de arena cambiaron por completo el destino del mundo y de la humanidad.
Somos granos de arena con luz propia y nuestra misión es continuar procurando intensificar esta luz y aunque el mal y las sombras se hagan presentes en nuestra vida, confiemos en la luz de Dios que iluminará la insignificancia de nuestra vida para hacer fructífero el grano de arena que conforma el tesoro de Dios.

granos de arena

¡Quiero darte gracias, Dios Padre Misericordioso, por tus bendiciones diarias! ¡Te doy gracias porque me has elegido junto a la comunidad cristiana para que dé testimonio de Ti en medio del mundo; Tú me pides que proclame la Buena Nueva a la sociedad y necesito de la fuerza de tu Espíritu para hacerlo! ¡Quiero, Señor, ser testigo auténtico de la Verdad, quiero predicar la Buena Noticia del Amor y de la Misericordia, quiero hacerlo con alegría! ¡Ayúdame, Padre, y envíame tu Santo Espíritu para que no me canse nunca de predicar la alegría y la verdad del Evangelio, de hablar de Jesús a todos los que se crucen en mi canmino para que todos puedan alabarte, glorificarte, amarte, bendecirte, darte gracias! ¡Envíame, Padre de bondad, a tu Espíritu Santo, para que me otorgue la fortaleza que me falta, la confianza que tantas veces decae, la fe tibia con la que me muevo, la esperanza tantas veces rota! ¡Envíame, Señor, Tu Espíritu para que en los momentos de flaqueza, de tentación, de desánimo o de cansancio, sea Él que me impulse a trabajar con alegría, a predicar con autenticidad y a evangelizar con alegría! ¡Gracias, Padre Bueno, porque siempre estás a mi lado, te siento presente en mi vida cotidiana y con el ejemplo de Jesús, Tu Hijo, y con la presencia del Espíritu Santo me muestras el camino del amor y del perdón! ¡Conviérteme de verdad, Señor, a Tu Amor y a Tu Misericordia infinitas para que, consciente de mi pequeñez y mi nada, sea capaz de transmitir a los demás tus grandezas y tus gracias! ¡Gracias, Padre, por iluminar mi vida!

¡Sagrado corazón de Jesús, en vos confío!

Del compositor inglés Thomas Morley escuchamos hoy su bellísimo y breve Haec dies, a 3 voces:

Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna

Avanzan los días y con ellos se impregna en nosotros el espíritu del Año de la Misericordia que implica vivir los valores centrales del Evangelio y testimoniar a Jesús y sentir el amor con que Dios nos ama.
Este Año Jubilar no sólo es experimentar la profunda misericordia de Dios en nuestra vida o vivir la reconciliación a través del sacramento de la confesión. Eso es quedarse para sí los frutos de este regalo que debemos al Santo Padre. Lo importante es manifestar una preocupación real por el bienestar de quienes vamos encontrándonos en nuestro camino. Al igual que hizo Jesús que se preocupaba por la suerte de los que con Él estaban.
Viví hace unos días una experiencia que me hizo comprender esta verdad. Visitaba enfermos en un hospital, simplemente para darles compañía y rezar por ellos. No siempre esta iniciativa surge el efecto deseado. Hay quien se niega a la oración. En una habitación se encuentra una mujer de mediana edad. No tenía compañía. Lleva ingresada varias semanas. Su familia la visita de cortesía, unos minutos un par de días a última hora. Me explica su experiencia. Su sufrimiento. Me abre su corazón. La tomo de la mano como un gesto de cercanía, de apoyo, de asumir su dolor y su tristeza. Cuando tomas de la mano a alguien se rompen las barreras. La solidaridad fluye a borbotones. En el momento de dar la mano a un ser sufriente le bendices y se lo entregas a Cristo. Y en ese gesto es Cristo que pasa. Le trasmites el amor de Jesús, el cariño de Jesús, la misericordia de Jesús, el afecto de Jesús, la amistad de Jesús, la compasión de Jesús…. Pero ocurre algo también mágico. Esa mujer le transmite su dolor a Jesús, su sufrimiento a Jesús, su aflicción a Jesús, su pena a Jesús, sus soledades a Jesús, sus heridas a Jesús… No te lo hace a ti porque cuando Cristo toca a alguien, aunque sea levemente, es Dios quien lo hace. Y Dios lo puede todo. Es el mismo Dios que se deja tocar por el dolor que cada uno siente. Es ahí donde se manifiesta su misericordia y se hace real su compañía de Padre porque es Él, a través de Cristo, quien toma nuestras dolencias y carga con nuestras enfermedades. Esa mujer se abre a la misericordia de Dios y juntos rezamos por su sanación y para mitigar su tristeza.
No hace falta ir a un hospital para convertirse en testigo de la misericordia de Dios y traspasarla a alguien. Basta con dar la mano al cónyuge, al hijo, al amigo, al compañero de trabajo, al que sufre, al desahuciado, al que te ha hecho daño. El dar la mano es un símil, puede ser también en forma de escucha sincera y atenta, de diálogo amable y cariñoso, de gesto afectuoso o amoroso, de cercanía auténtica, de perdón sincero, de abrazo tierno, de palabra animosa y motivadora… con ello uno asume el sufrimiento, la preocupación, el desánimo, la alegría, el anhelo, la necesidad de explicar del otro. Desprenderse de uno mismo para llenarse del otro es como mejor testimoniamos el amor y la misericordia de Dios en la vida. ¡Que reto tan grande y tan hermoso!

Transmitir la misericordia de Dios

¡Señor, conoces la pequeñez y la fragilidad de mi corazón! ¡Quiero ser testimonio de tu amor y de tu misericordia a pesar de tantas miserias que acompañan mi vida! ¡Quiero, Señor, ser testigo de las obras maravillosas que obras cada día en mí! ¡Necesito, Señor, ser testimonio de tu inquebrantable delicadeza ante mis problemas y sufrimientos! ¡Que no me centre nunca en lo que me pasa, de eso te ocupas tú, sino de estar atento a las necesidades de los demás! ¡Te pido, Señor, que siendo tan pequeño, tan poca cosa, me llenes de Ti y me des un corazón grande que únicamente acierte a expresar con mis latidos lo mucho que te amo, darte un sí sin condiciones, entregarme a Ti y a los demás sin esperar nada a cambio, identificarme totalmente con tu voluntad y aceptarla con alegría! ¡Dame, Señor, un corazón como el de tu Madre, humilde y generoso, sencillo y servicial, que sea capaz de guardar tu Palabra para meditarla y ponerla en práctica cada día! ¡Te pido, Señor, un corazón abierto a la escucha, que arda de alegría cuando caminas a mi lado como sucedió con los discípulos de Emáus, que cante cantos de alabanza como hizo el salmista! ¡Dame, Señor, un corazón manso y humilde como el tuyo que sea testimonio de la misericordia y el amor! ¡Dame un corazón que haga del Amén cotidiano un signo de mi identidad cristiana! ¡No deseo nada más, Señor! ¡Pero te pido que bendigas con tu amor, con tu misericordia y con fidelidad a todos aquellos que sufren, que están enfermos, que están desesperados, que están desconcertados, que no tienen esperanza, que están en una situación terminal, que no tienen fe, que están solos! ¡Son tus preferidos, Señor, y necesitan saber que les amas! ¡Llénalos, Señor, de tu paz! ¡Hazme, Señor, testigo de tu amor para transmitirles tu Amor! ¡Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

¡Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna! le cantamos hoy al Señor:

«No te olvides nunca de decir gracias y de pedir perdón»

Visito a una monja de clausura. Carmelita. Una hora de conversación entre risas y confidencias separado por unas rejas de hierro forjado. Hace muchos años que conozco a ella y a su familia. Hay mucha confianza entre nuestras familias y sentimos que sus oraciones nos alcanzan. Esta monja es un testimonio de vocación religiosa, entre lo sabroso de sus pucheros, la serenidad de su oración, la bondad de su corazón y la afabilidad de su carácter. Ora et labora.
Le comento a un conocido mi visita. Le cuesta comprender que haya alguien que pueda pasar más de treinta años encerrada libremente entre rejas. Es una decisión libre, producto del amor. No he conocido a nadie que transmita tanta cordialidad, alegría y amabilidad como las monjas de clausura. Conozco una monja con gran sensibilidad por el arte en Valladolid, también de clausura, con una sonrisa siempre en el rostro. Siempre con una palabra de afecto. Y unas en una comunidad en Daroca. Y en Tiana. Y en Lerma. Y en otros muchos lugares. De todas ellas, en esa vida entregada a Dios, sólo he escuchado palabras amables, frases cordiales, comentarios generosos, oraciones profundas, miradas bondadosas, gestos sencillos.
Cuando salgo del convento de visitar a esta amiga mi corazón está alegre. En plenitud. Con la fragancia del amor impregnado en mi alma. Con la sana envidia de quien ha decidido entregar por completo su vida a Dios. Con una libertad total sin necesidad de someterse a las esclavitudes mundanas.
Antes de despedirme, esta monja bondadosa me ha recordado lo de siempre: «No te olvides nunca de decir gracias y de pedir perdón y que cada una de tus acciones estén pensadas para satisfacer a Dios». Amén.

¡Hoy, Señor, mi oración se eleva a Ti para pedirte por todos aquellos hombres y mujeres que han decidido consagrar plenamente su vida a Ti! ¡Señor, estos hijos e hijas tuyos han dado respuesta a tu amor y se han entregado totalmente a alabarte, bendecirte y darte gracias! ¡Renuévalos espiritualmente cada día, Señor, y ayúdales a vivir su vocación con alegría, con pasión y con entrega amorosa! ¡Hazlos, Señor, dóciles a la obediencia, firmes en la fe, amantes de la pobreza, fuentes de vida en la soledad de sus celdas, generosos en la fraternidad cotidiana, reflejos de tu amor en su vida! ¡Que Tu Santo Espíritu sea siempre su luz y su guía! ¡Ayúdales, Señor, a buscar siempre tu rostro en el Espíritu! ¡Renueva, Espíritu de Dios, cada día su fidelidad a la vida consagrada! ¡Permite, Espíritu divino, que sepan vivir la primacía del Padre en cada una de sus circunstancias! ¡Envía nuevas vocaciones que sean valientes testimonios de la fe, modelos de inspiración para tantas gentes que vivimos en la mundanidad de la sociedad, animadores de misericordia, ejemplo de santidad perfecta! ¡Enriquece, Señor, a tu Iglesia con más vocaciones a la vida consagrada! ¡Y a Tí María, te pido que seas su intercesora ante el Padre porque Tu misma fuiste ejemplo de vocación a la vida consagrada!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Mi dulce amor, cantamos hoy al Señor:

Entrega, docilidad y servicio

Ayer celebrábamos la festividad de san Juan Bautista y hoy, en este cuarto y último sábado de junio, mi oración me lleva a la casa de su madre, Santa Isabel. Allí está María, utilizada por Dios para santificar a san Juan. Y el Espíritu Santo ha inspirado a la Virgen a viajar hasta la región montañosa de Judá pero no para probar la veracidad de las palabras del ángel sino para glorificar a Dios al comprobar la gran obra que había obrado en santa Isabel.
Y María, como siempre, responde a la llamada de Dios con sencillez, con humildad, con paciencia, servicial, con una prontitud que enternece; sin tener en cuenta su dignidad de Madre de Dios, da el primer paso; se pone en camino dispuesta al servicio; se dirige al encuentro de su prima para darle todo su amor y felicitarla por los parabienes que Dios ha tenido con ella; no duda en afrontar un camino difícil, duro, largo y arisco; entregarse a algo a lo que no estaba acostumbrada pero María abandona su hogar, el recogimiento de su vida, para ir al encuentro del semejante y seguir la voluntad de Dios.
Y María viaja con su mirada pendiente en el vientre que protege al Salvador del Mundo; seguramente en oración permanente, en diálogo intenso. Así es la vida de la Virgen. Recogimiento, entrega, servicio, oración y agradecimiento. ¡Bastaría con imitar un poco a María para que toda mi vida cambiara!

visitacion de maria a santa isabel

¡María, Madre de piedad y de misericordia, Señora del Encuentro, quisiera imitar hoy y cada día tus virtudes para que mi alma pueda ser digna estancia para Jesús, Tu Hijo! ¡Quiero aprender de Ti, María, a ser sencillo y humilde, servicial y generoso, entregado y dócil a la voluntad de Dios! ¡Mi corazón, Señora, es soberbio, me cuesta servir, perdonar, darme a los demás; me duelen las críticas, los fracasos erosionan mi vida; ardo en deseos de imponer mi voluntad; de sentirme más que los demás! ¡Pero miro tu rostro, María, y me hago eco de tus gestos, Señora, y lo entiendo todo! ¡Entiendo que he de aprender de Ti a ponerme cada día en manos de la voluntad de Dios, a aceptar sus designios, a vivir de Su gracia, a recogerme en la oración para conocerme mejor y mejorar cada día, a aceptar lo que Él tenga pensado para mí! ¡A darle un sí como el tuyo, en el que no hay cabida a mi yo sino que abriendo mi corazón lo dejo llenar por tu Hijo! ¡Te pido, María, que intercedas ante el Padre para que tenga paciencia conmigo, mucha misericordia y más comprensión! ¡Jesús, dame la gracia para ir adquiriendo las virtudes de Tu Madre e ir, cada día, cada hora, cada minuto, un corazón humilde, bueno, manso y generoso!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Hoy cantamos a la Virgen con alegría:

A la luz de la figura de san Juan

La hermosa fiesta que hoy celebramos, la del nacimiento de San Juan Bautista, es la del único santo de quien conmemoramos su nacimiento terrenal. Del resto de los santos lo hacemos el día que nacieron para el cielo.
San Juan es el precursor del Señor, el enviado que fue preparándole el camino. Le llamamos «Profeta del Altísimo» porque está por encima del resto de los profetas, el último de ellos; desde el seno maternal de santa Isabel saluda la presencia de la Virgen y la llegada de Cristo con el que mantuvo no sólo una estrecha amistad, fiel y alegre, sino creciendo muy cerca de Dios, anunció su venida, predicó el arrepentimiento y la conversión y fue su «presentador en sociedad» llamando al Señor «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». San Juan dio fiel testimonio de Cristo con su comportamiento, con su oración, con su entrega, con sus renuncias, con su predicación, con su bautismo de conversión y con su martirio final.
San Juan, cuyo nacimiento fue motivo de alegría profunda en casa de Zacarías e Isabel, estuvo desde su concepción lleno del Espíritu Santo y toda su vida estuvo profundamente determinada por su ministerio desde su alejamiento del mundo en el desierto hasta el último día de su vida, dando testimonio de la fidelidad a Cristo. Dios lo había elegido para dar testimonio de la verdad. En realidad, igual que a mí y que ti desde el día que recibimos el bautismo, pórtico de la vida en el Espíritu, y por el cual nacemos a la vida espiritual.
Hoy es un buen día, a la luz de la figura de san Juan, para preguntarme con el corazón abierto si mi comportamiento y mis acciones son motivo de alegría para los que me conocen, los que conviven conmigo y los que me quieren; si viéndome actuar doy verdadero ejemplo cristiano; si gracias a mi actitud, mis gestos y mis acciones los que se crucen conmigo se pueden sentir más cerca de Dios; de si ante la forma cómo trato de solventar las cosas o de gestionar los problemas, experimentan la alegría del cristiano; si el saber llevar mi Cruz cotidiana es motivo para acercar más a la gente a Cristo… Podría hacerme muchas más preguntas, pero sólo con estas tengo bastante trabajo para mejorar cada día.

icono san juan bautista

¡Señor, quiero a imagen de san Juan Bautista serte fiel cada día! ¡Quiero como él, Señor, vivir mi fe desde la sencillez y desde la pobreza! ¡Quiero, Señor, vivir más allá de mis apariencias! ¡Quiero, Señor, a imagen de san Juan Bautista, difundir el amor, proclamar que Tú eres el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo; quiero apartar la tibieza de mi vida para vivir con coherencia y alegría cristiana! ¡Señor, soy un cristiano torpe y pequeño, ya lo sabes, pero ayúdame a desatar tus correas, a llevar tu Cruz, a sujetarte la túnica, a vocear en el desierto tu Palabra aunque nadie en apariencia me escuche! ¡Señor, quiero darme a los demás como hizo san Juan pero para reflejarte a Ti y no a mí! ¡Quiero ser un verdadero don tuyo, Señor, un pensamiento de tu amor para transmitir amor! ¡Transparéntate a través mío, Señor, para convertirme en tu voz, en tu pensamiento, en tu Palabra, en tu caridad, en tu servicio, en tu amor, en tus gestos! ¡Ayúdame a convertirme en un verdadero servidor tuyo como fueron san Juan y tu Santísima Madre! ¡Envía Tu Espíritu, Señor, para que me ilumine siempre y me ayude como a San Juan a amar la Belleza de Cristo, ser verdadero discípulo de la caridad, de la mortificación, de la conversión, del arrepentimiento! ¡Ayúdame, como hizo san Juan, a no traicionar nunca la verdad, ni disfrazar mis sentimientos, ni mostrar cobardía por defender a Jesús, ni mostrar complacencia por mi vida, ni callar ante la mentira y los ataques contra la Iglesia y la fe! ¡Ven Espíritu Santo a mi vida para fortalecerla cada instante como hiciste con san Juan!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Para esta festividad escuchamos hoy la cantata de J. S. Bach Christ unser Herr zum Jordan kam, BWV 7 (Cristo, Nuestro Señor, vino al Jordán) compuesta para la fiesta de san Juan Bautista (Johannistag en Alemania) según un himno bautismal de Martin Lutero:

Obedecer amando

Vivimos en una sociedad con una profunda crisis de valores y de principios. En nuestra vida la coherencia entre la teoría y la práctica está en entredicho; hay incoherencias entre lo que somos y lo que hacemos, entre lo que recibimos y lo que damos.
Siento que ser cristiano es una gran responsabilidad. Y cuanto más comprometido estás con tu fe, mayor es la responsabilidad. En este orden: frente a Dios, frente a uno mismo, frente a la familia y frente a la sociedad.
La grandeza de una familia, de una Iglesia, de un matrimonio, de una persona, de una comunidad, no es lo que hace, ni siquiera lo que posee; su grandeza se sustenta en la relación que mantenga con Dios a través de la obediencia. Por eso, si aprendiéramos a obedecer a Dios y sus mandatos tal vez el mundo no viviría una crisis tan profunda como la actual.
Obedecer los mandamientos divinos, obedecer las leyes, obedecer sus prescripciones es poner en valor la esencia misma de los valores espirituales del hombre porque en ellos está la esencia del corazón de Dios.
Pero obedecer no por miedo ni por temor sino, simplemente, por amor; para alcanzar la santidad personal, por afecto, por respeto, por adoración a Dios. Obedecer por honestidad. Obedecer porque en toda relación entre padre e hijo el respeto, la honra y la obediencia son principios básicos de convivencia y de afecto.
Jesús nos sintetizó los mandamientos de la ley de Dios en uno solo: amar. Amar a Dios con todo nuestro corazón, nuestra alma y nuestra mente. Este es el primero y más grande de los mandamientos. Y el segundo es semejante: Amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. De estos dos mandamientos depende toda la ley. Cuando se es capaz de amar de manera auténtica y se respeta a alguien sin poner trabas ni condicionantes se es a la vez capaz de obedecerlo con y sin exigir nada y sin poner ningún tipo de resistencia.
¿Es posible, entonces, obedecer sin amor? Esta es la gran cuestión de la crisis actual. Del mundo y del hombre. No sabemos obedecer a Dios y a su Palabra porque al Padre se le obedece porque se le ama y se le obedece por la fe.
Hoy mi pregunta me lleva a una profunda reflexión: ¿Amo yo tanto a Dios como a las personas que tengo a mi lado o me amo más a mismo que Dios y a los demás?

obedecer

¡Señor, Tú conoces mi incapacidad para amar, las veces que me miro sólo a mi mismo sin ser capaz de verte a Ti y a los demás! ¡Transforma mi corazón en un corazón amoroso, obediente, generoso, entregado! ¡Señor Tú todo lo puedes, todo lo ves y todo lo haces! ¡Te pido que me perdones por mis frecuentes desobediencias! ¡Perdóname, Dios mío, porque mi soberbia y mi orgullo me hacen no seguir tu voluntad y tus mandamientos! ¡Dame, Señor, la fuerza para obedecerte siempre! ¡Envíame tu Espíritu para hacerme dócil a tus mandatos porque la carne, Señor, es débil y la lucha es siempre difícil! ¡Y conforme a tu santa misericordia, Señor, te pido por todas mis necesidades! ¡Te suplico, Señor, que aplaques mi orgullo y me fortalezcas en la obediencia porque obedecerte y amarte conlleva recibir Tu bendición! ¡Bendice, Señor, también a todas las personas que quiero, especialmente a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros, a mis hermanos en la fe, que tu mano se extienda sobre sus vidas para derramar todas las bendiciones y que te obedezcan siempre! ¡Y en el poder que me otorga tu Santo Nombre reprendo a todo espíritu de desobediencia y rebeldía que haya en mí y que quiere gobernar mi vida! ¡Señor, te doy gracias porque sé que vas a fortalecerme y ayudarme a caminar como a ti te gusta! ¡Gracias, Señor, por tanto amor y misericordia!

Quiero hacer tu voluntad, le cantamos hoy al Señor:

¿Cómo son mis acciones cuando nadie me ve?

¿Cuándo nadie me ve, en lo secreto de mi vida, cómo son mis acciones? ¿Qué hay detrás de mi servicio, de la caridad, de la entrega? La vida del hombre es frágil, como un jarrón de porcelana china, y provoca tristeza que en muchas ocasiones servimos o practicamos la caridad por motivaciones muy alejadas de las enseñanzas del Evangelio.
¡Cuántas veces servimos a nuestros padres, o a nuestros superiores en la empresa, o a un compañero en el puesto de trabajo, por poner sólo unos ejemplos, únicamente por razón de nuestro interés, tratando de obtener ventaja a esa acción en apariencia desinteresada pero, en realidad, repleta de ventajismo egoísta! Es el utilitarismo de la caridad… ¡tan alejado de las enseñanzas de Jesús! ¡Pero si la caridad auténtica es la que cambia el mundo! Por eso todas las acciones de mi vida —y, por supuesto, no sólo las espirituales— debe estar impregnadas de un único fin: el amor a Dios y a los demás.
Cuando este principio se convierte en una verdad el servicio, la caridad, la entrega… debo practicarlo siempre con la máxima mesura y discreción. No importa que los demás la vean; no es relevante dejar constancia de ella. Lo verdaderamente importante es que sea una ayuda auténtica a los demás. Caridad y servicio por amor. Así, la caridad debe ser el principio básico de mi vida moral como cristiano. Caridad en la doble vertiente de amor a Dios y a los demás. El sello de mi comportamiento como creyente.
Le pido hoy al Señor que mi caridad y mi servicio sean siempre por amor, sólo a la vista de sus ojos, para que la recompensa —si es que la merezco— venga de Él y no de los que me rodean para no ensalzar mi vanagloria y alimentar la vacuidad de mi ego.

cuando nadie me ve

¡Señor te pido que me ayudes a ser generoso de corazón, recto en intenciones, bondadoso en todos mis actos! ¡Enséñame a servirte a ti y a los demás como te mereces y se merecen, sin medir las ventajas ni calcular los costos! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que me llene de amor y poder compartir ese amor a los demás por medio de mis acciones, mis comportamientos y mis actitudes! ¡Apacigua, Señor, esos egoísmos interesados que pueda haber en mi vida, el querer sobresalir y ser aplaudido, el ser reconocido! ¡Ayúdame hoy y siempre a pensar en el bien del prójimo, atendiendo sus necesidades, ofreciendo mis servicios, llenando sus carencias humanas y espirituales con mi entrega generosa! ¡Quiero, Señor, tener en este día y cada día un encuentro verdadero contigo! ¡Ayúdame a servir como serviste Tú, con amor y misericordia! ¡Aviva en mi corazón la llama de la fe y del amor para ser siempre alguien servicial, testimonio cristiano! ¡Que todas mis acciones, Señor, estén iluminadas por la luz del Espíritu Santo, que queden ocultas a los ojos de los hombres y sean contemplados a la luz de tu mirada!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Es por tu gracia, cantamos hoy al Señor:

Sembrando espinas no se pueden recolectar rosas perfumadas

¡Son tan frecuentes las ocasiones en que tenemos el convencimiento de que el pecado que hemos cometido no tendrá consecuencia alguna! Sin embargo, cualquier pecado —por pequeño que sea— tiene consecuencias en el momento en que se comete y pueden llegar a tener, desgraciadamente, secuelas en el futuro.
Al sembrar espinas no puede esperar cosechar rosas perfumadas. El pecado, en definitiva, sigue esa ley universal divina que establece que se cosecha lo que se siembra. Se trata de sembrar en el interior, con el Espíritu, frutos abundantes en la vida para disfrutar de la recolección en la eternidad.
Cuando me adentro diariamente en la casa de Dios adquiero el criterio que el Espíritu Santo desea impregnar en mi conciencia. Se trata de dar semilla a lo que necesito para dar fruto abundante.
Si deseo transitar por el camino de la santidad es necesario, antes de pecar, recordar aquello tan vigente para mi examen de conciencia como son las palabras de san Pablo: «No os engañéis: de Dios nadie se burla». Esta frase tan contundente deja patente que todas mis faltas permanecen ante su mirada y que cualquier pecado, especialmente aquel al que no doy importancia, en algún momento acabará por destruir mi vida.
Cuando dejo que mis pasiones y mis egoísmos me venzan acabo por ser dominado por el mal. De ahí, que no puedo dejarme engañar, manipular ni dirigir por el demonio que lo único que quiere es alejarme del bien. Cuando un pensamiento, una palabra o una acción me aparta de Dios debo alejarlo inmediatamente de mi alma como si fuese un veneno mortal para que no infecte ningún miembro de mi cuerpo. El Señor ya nos advierte que es preferible entrar manco en el Reino de los Cielos que con dos manos para ser arrojado al castigo.

Sembrando espinas no se pueden recolectar rosas perfumadas

¡Señor mío y Dios mío, te pido de todo corazón que envíes tu Espíritu Santo para que siembre en mi interior una semilla espiritual firme y duradera, esa que lleva a la vida eterna y que, por medio de la gracia, pueda ir arrancando de mi interior las malas hierbas que se quedan impregnadas en mi corazón y en mi alma y que me apartan de Ti! ¡Ayúdame, Señor, a buscar con sencillez y humildad las raíces malas que provocan cosas negativas en mi vida! ¡Ayúdame, Señor, a cambiarlas por acciones espirituales buenas para que den frutos y me permitan tener una vida más comprometida, más alegre, más servicial y más auténtica! ¡Ven Espíritu Santo para que muera en mí el hombre viejo con mis malas acciones y mis malos frutos y renacer de nuevo cada día para vivir con frutos buenos y abundantes! ¡Ven Espíritu Creador para inundar con tu gracia este corazón creado por Ti! ¡Ven Espíritu Santo, Tú que conoces los secretos más profundos de mi corazón y mis deseos más íntimos, para impregnarlos del don de la sabiduría! ¡Ilumíname, Espíritu de Dios, para hacerme conocer siempre lo bueno, obrar con rectitud y detestar lo malo y negativo! ¡Dame, Espíritu de Dios, el don del entendimiento, para intensificar mi vida interior! ¡Dame, Espíritu Santo, el don de fortaleza para luchar denodadamente contra mis pasiones y mis pecados! ¡Dame, Espíritu divino, el don de consejo para clarificar mis dudas y vacilaciones! ¡Dame, Espíritu Consolador, el don del temor de Dios para andar con cautela por los caminos de la vida! ¡Dame, Espíritu del Dios vivo, el don de ciencia para envolver mi vida con la luz sobrenatural! ¡Y dame, Espíritu del Señor, el don de piedad para ponerlo siempre todo en oración y en la presencia del Padre!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Hoy llamamos al Espíritu Santo con música de fanfarria barroca: