Ahogado en la ansiedad

Por razones profesionales converso con personas de muy diferentes ámbitos, algunos muy alejados de la Iglesia. Ayer, alguien al que respeto, me abrió de par en par su corazón. Le dolía profundamente el alma, llena de magulladuras que le han provocado un llaga que le genera mucho sufrimiento. Se ahoga de tristeza. Aparcamos lo profesional y nos centramos en lo humano. Es como si escuchara la voz doliente de Cristo en la noche de Getsemaní. Llorando al Padre. Suplicando al Padre. «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Un grito implacable que, en apariencia, se ahoga en el silencio de Dios. Allí está el Señor, solo, sin nadie que le acompañe en la oscuridad de la noche. Y así se siente este hombre al que le consume la ansiedad vital. Pero yo quiero que vuelva a la vida. Es buena gente y no se merece soportar ese dolor tan grande. Quiero llamarle como hizo Cristo con Lázaro, el amigo muerto, con voz poderosa: «¡Lázaro, ven fuera!». Y le pido, abiertamente, si puedo rezar por él para darle esperanza.
Los años me han enseñado la fuerza que tiene la oración. El contarle con el corazón abierto a Jesús mis sufrimientos, mis dolores, mis problemas, mis angustias, mis muchos fracasos, mis caídas, mis faltas, mis tentaciones. Yo no me contento con mi ceguera porque no quiero oscuridad en mi vida. Quiero que Dios me la cure como hizo con los dos ciegos de Cafarnaúm; con el ciego Bartimeo, de Jericó, que suplicó la misericordia de Jesús; con el ciego de Betsaida; o con el de nacimiento que se lavó, después de ser enviado, en la piscina de Siloé. Necesito que sane de mi interior la ceguera tan grande que tengo porque sólo me interesa ver la luz que se irradia desde Jesús.
«¡Ten fe y mucha confianza!». Fe y confianza. Las dos claves para hacer que lo que uno pone en oración Dios lo haga posible. Sólo en Cristo lo que parece una quimera puede hacerse realidad. Con Cristo es posible saltar incluso el muro más alto rodeado de alambradas. Con Cristo se obtiene la luz donde la oscuridad todo lo cubre, ayuda a vivir con coherencia la vida, a adentrarse sin miedo en los muchos desiertos estériles que la vida presenta.
Si los cinco ciegos del Nuevo Testamento recobraron la vista y pudieron contemplar con sus propios ojos la luz del camino es porque tuvieron fe y confianza. De lo contrario, los dos ciegos de Cafarnaún todavía estarían sentados a la puerta de su casa sin ver nada, el ciego Bartimeo seguiría mendigando a la vera del camino, el de Betsaida no hubiera podido experimentar la bondad de Dios y el del estanque de Siloé no habría podido ir por ahí proclamando el milagro que Jesús había operado en él. Dios es amor y Cristo es la representación del amor. Dios es amor y Cristo carga con la Cruz por amor. Y ese amor representado en Cristo hace que, descargando sobre Él todas nuestras preocupaciones, las cargas pesadas de nuestra vida sean más livianas y ligeras. Solo falta creérselo. Fe, confianza y oración.

jesus y el ciego

¡Señor mío y Dios mío, haz que crea! ¡Haz que crea con una fe ciega y una confianza infinita! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que sane mi ceguera espiritual para que sea capaz de vislumbrar las maravillas que haces cada día en mi vida! ¡Aquí me tienes, Señor, en mi pequeñez y en mi pobreza siempre esclavo de las cosas y las situaciones, siempre pensando que mi vida está llena pero no lo está porque estoy muchas veces vacío de ti! ¡Aquí estoy, Señor, sin verte porque la ceguera de mi orgullo y mi egoísmo, de mi comodidad y mi tibieza, de mi propensión al yo y mi olvido de las necesidades ajenas me impiden verte! ¡Pero cuando presiento que estás cerca, Señor, algo cambia en mi interior a pesar de mis ataduras mundanas! ¡Señor que vea, que vea siempre para no olvidar nunca al que pasa por mi lado y necesita mi ayuda y abrazo! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que su luz me ilumine y me haga creer de verdad, sin miedo a perder lo que pienso que es importante, para serte siempre fiel, para tener una conversión auténtica! ¡Ábreme los ojos, Señor mío, tú que puedes quitarme la ceguera de mi egocentrismo y despeja aquellos miedos que me embargan! ¡Permíteme, Señor, darte un sí confiado, un sí que acepte siempre tu voluntad! ¡Elimina, Señor, de mi corazón tantas preocupaciones, tristezas, miedos y tentaciones que me impiden ofrecerte un pequeño espacio para que descanses en mí! ¡Dame un espíritu, Señor, lleno de generosidad para escuchar también a los demás!

El brevísimo Amén de la Cantata 61 de Bach nos recuerda que Dios nos ilumina siempre y guía nuestros pasos. Es tan bella esta pieza que transforma el corazón:

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