«No te olvides nunca de decir gracias y de pedir perdón»

Visito a una monja de clausura. Carmelita. Una hora de conversación entre risas y confidencias separado por unas rejas de hierro forjado. Hace muchos años que conozco a ella y a su familia. Hay mucha confianza entre nuestras familias y sentimos que sus oraciones nos alcanzan. Esta monja es un testimonio de vocación religiosa, entre lo sabroso de sus pucheros, la serenidad de su oración, la bondad de su corazón y la afabilidad de su carácter. Ora et labora.
Le comento a un conocido mi visita. Le cuesta comprender que haya alguien que pueda pasar más de treinta años encerrada libremente entre rejas. Es una decisión libre, producto del amor. No he conocido a nadie que transmita tanta cordialidad, alegría y amabilidad como las monjas de clausura. Conozco una monja con gran sensibilidad por el arte en Valladolid, también de clausura, con una sonrisa siempre en el rostro. Siempre con una palabra de afecto. Y unas en una comunidad en Daroca. Y en Tiana. Y en Lerma. Y en otros muchos lugares. De todas ellas, en esa vida entregada a Dios, sólo he escuchado palabras amables, frases cordiales, comentarios generosos, oraciones profundas, miradas bondadosas, gestos sencillos.
Cuando salgo del convento de visitar a esta amiga mi corazón está alegre. En plenitud. Con la fragancia del amor impregnado en mi alma. Con la sana envidia de quien ha decidido entregar por completo su vida a Dios. Con una libertad total sin necesidad de someterse a las esclavitudes mundanas.
Antes de despedirme, esta monja bondadosa me ha recordado lo de siempre: «No te olvides nunca de decir gracias y de pedir perdón y que cada una de tus acciones estén pensadas para satisfacer a Dios». Amén.

¡Hoy, Señor, mi oración se eleva a Ti para pedirte por todos aquellos hombres y mujeres que han decidido consagrar plenamente su vida a Ti! ¡Señor, estos hijos e hijas tuyos han dado respuesta a tu amor y se han entregado totalmente a alabarte, bendecirte y darte gracias! ¡Renuévalos espiritualmente cada día, Señor, y ayúdales a vivir su vocación con alegría, con pasión y con entrega amorosa! ¡Hazlos, Señor, dóciles a la obediencia, firmes en la fe, amantes de la pobreza, fuentes de vida en la soledad de sus celdas, generosos en la fraternidad cotidiana, reflejos de tu amor en su vida! ¡Que Tu Santo Espíritu sea siempre su luz y su guía! ¡Ayúdales, Señor, a buscar siempre tu rostro en el Espíritu! ¡Renueva, Espíritu de Dios, cada día su fidelidad a la vida consagrada! ¡Permite, Espíritu divino, que sepan vivir la primacía del Padre en cada una de sus circunstancias! ¡Envía nuevas vocaciones que sean valientes testimonios de la fe, modelos de inspiración para tantas gentes que vivimos en la mundanidad de la sociedad, animadores de misericordia, ejemplo de santidad perfecta! ¡Enriquece, Señor, a tu Iglesia con más vocaciones a la vida consagrada! ¡Y a Tí María, te pido que seas su intercesora ante el Padre porque Tu misma fuiste ejemplo de vocación a la vida consagrada!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Mi dulce amor, cantamos hoy al Señor:

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