Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna

Avanzan los días y con ellos se impregna en nosotros el espíritu del Año de la Misericordia que implica vivir los valores centrales del Evangelio y testimoniar a Jesús y sentir el amor con que Dios nos ama.
Este Año Jubilar no sólo es experimentar la profunda misericordia de Dios en nuestra vida o vivir la reconciliación a través del sacramento de la confesión. Eso es quedarse para sí los frutos de este regalo que debemos al Santo Padre. Lo importante es manifestar una preocupación real por el bienestar de quienes vamos encontrándonos en nuestro camino. Al igual que hizo Jesús que se preocupaba por la suerte de los que con Él estaban.
Viví hace unos días una experiencia que me hizo comprender esta verdad. Visitaba enfermos en un hospital, simplemente para darles compañía y rezar por ellos. No siempre esta iniciativa surge el efecto deseado. Hay quien se niega a la oración. En una habitación se encuentra una mujer de mediana edad. No tenía compañía. Lleva ingresada varias semanas. Su familia la visita de cortesía, unos minutos un par de días a última hora. Me explica su experiencia. Su sufrimiento. Me abre su corazón. La tomo de la mano como un gesto de cercanía, de apoyo, de asumir su dolor y su tristeza. Cuando tomas de la mano a alguien se rompen las barreras. La solidaridad fluye a borbotones. En el momento de dar la mano a un ser sufriente le bendices y se lo entregas a Cristo. Y en ese gesto es Cristo que pasa. Le trasmites el amor de Jesús, el cariño de Jesús, la misericordia de Jesús, el afecto de Jesús, la amistad de Jesús, la compasión de Jesús…. Pero ocurre algo también mágico. Esa mujer le transmite su dolor a Jesús, su sufrimiento a Jesús, su aflicción a Jesús, su pena a Jesús, sus soledades a Jesús, sus heridas a Jesús… No te lo hace a ti porque cuando Cristo toca a alguien, aunque sea levemente, es Dios quien lo hace. Y Dios lo puede todo. Es el mismo Dios que se deja tocar por el dolor que cada uno siente. Es ahí donde se manifiesta su misericordia y se hace real su compañía de Padre porque es Él, a través de Cristo, quien toma nuestras dolencias y carga con nuestras enfermedades. Esa mujer se abre a la misericordia de Dios y juntos rezamos por su sanación y para mitigar su tristeza.
No hace falta ir a un hospital para convertirse en testigo de la misericordia de Dios y traspasarla a alguien. Basta con dar la mano al cónyuge, al hijo, al amigo, al compañero de trabajo, al que sufre, al desahuciado, al que te ha hecho daño. El dar la mano es un símil, puede ser también en forma de escucha sincera y atenta, de diálogo amable y cariñoso, de gesto afectuoso o amoroso, de cercanía auténtica, de perdón sincero, de abrazo tierno, de palabra animosa y motivadora… con ello uno asume el sufrimiento, la preocupación, el desánimo, la alegría, el anhelo, la necesidad de explicar del otro. Desprenderse de uno mismo para llenarse del otro es como mejor testimoniamos el amor y la misericordia de Dios en la vida. ¡Que reto tan grande y tan hermoso!

Transmitir la misericordia de Dios

¡Señor, conoces la pequeñez y la fragilidad de mi corazón! ¡Quiero ser testimonio de tu amor y de tu misericordia a pesar de tantas miserias que acompañan mi vida! ¡Quiero, Señor, ser testigo de las obras maravillosas que obras cada día en mí! ¡Necesito, Señor, ser testimonio de tu inquebrantable delicadeza ante mis problemas y sufrimientos! ¡Que no me centre nunca en lo que me pasa, de eso te ocupas tú, sino de estar atento a las necesidades de los demás! ¡Te pido, Señor, que siendo tan pequeño, tan poca cosa, me llenes de Ti y me des un corazón grande que únicamente acierte a expresar con mis latidos lo mucho que te amo, darte un sí sin condiciones, entregarme a Ti y a los demás sin esperar nada a cambio, identificarme totalmente con tu voluntad y aceptarla con alegría! ¡Dame, Señor, un corazón como el de tu Madre, humilde y generoso, sencillo y servicial, que sea capaz de guardar tu Palabra para meditarla y ponerla en práctica cada día! ¡Te pido, Señor, un corazón abierto a la escucha, que arda de alegría cuando caminas a mi lado como sucedió con los discípulos de Emáus, que cante cantos de alabanza como hizo el salmista! ¡Dame, Señor, un corazón manso y humilde como el tuyo que sea testimonio de la misericordia y el amor! ¡Dame un corazón que haga del Amén cotidiano un signo de mi identidad cristiana! ¡No deseo nada más, Señor! ¡Pero te pido que bendigas con tu amor, con tu misericordia y con fidelidad a todos aquellos que sufren, que están enfermos, que están desesperados, que están desconcertados, que no tienen esperanza, que están en una situación terminal, que no tienen fe, que están solos! ¡Son tus preferidos, Señor, y necesitan saber que les amas! ¡Llénalos, Señor, de tu paz! ¡Hazme, Señor, testigo de tu amor para transmitirles tu Amor! ¡Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

¡Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna! le cantamos hoy al Señor:

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