Granos de arena insignificantes

Hay días que me siento muy pequeño. En realidad, somos pequeños como granos de arena en la inmensidad del mundo. Pero millones de granos de arena forman un arenal. Y esa es la Iglesia. Se nos ha encomendado una gran misión —anunciar la Buena Nueva— y todos estamos llamados a cumplirla, aunque nuestra contribución pueda parecer insignificante a los ojos de los demás. Ningún testimonio, como ocurre con un mero grano de arena, pasa desapercibido.
Jesús convirtió a Pedro en la piedra angular de su Iglesia para que sobre ella se edificaran los cristianos ungidos como piedras vivas para convertirse en casa espiritual o templo para Dios. San Pablo nos dice que los miembros de la comunidad cristiana nos edificamos sobre el fundamento de los apóstoles y profetas y que Jesucristo es nuestra piedra angular, en unión con el que ha unido armoniosamente el edificio entero, un lugar donde pueda habitar el espíritu. Pero nadie podrá convertirse en piedra angular si previamente no acepta ser un intrascendente granito de arena.
La grandeza de un granito de arena es su aportación a lo cotidiano desde la sencillez, el anonimato, la insignificancia, la poca apreciación a los ojos de los demás. Desde el desprecio, incluso. O la burla, el descrédito o la ofensa.
Pero el granito de arena tiene una misión que cumplir. Como el hombre tiene la misión de aceptar el envío del anuncio de la Buena Nueva. Y en la misión, que uno debe aceptar como un honor de la confianza de Dios, uno puede sentirse incapaz o poca cosa, pero el envío distingue a la persona. Uno puede sentirse granito de arena, pero ese grano lo toma Dios en sus manos y lo convierte en un tesoro preciado para convertirlo en algo sumamente extraordinario, tan asombroso como es el Amor del Padre.
Dios siempre mira al granito de arena con un amor eterno y observa —y le otorga, incluso— una capacidad infinita. Así es el amor y la mirada de Dios y, en el envío al que nos invita, nos rescata de nuestra insignificancia y nos eleva con una dignidad sobrenatural como herederos de su amor para ser sus enviados. Dios nos confía su propia misión. Quiere que seamos pequeños granos de arena para hacer grande el océano de su Misericordia. Y nos hace mirar el fiat de María al ángel enviado por Él y al niño envuelto en pañales en el mísero portal de Belén para comprender que esos pequeños granos de arena cambiaron por completo el destino del mundo y de la humanidad.
Somos granos de arena con luz propia y nuestra misión es continuar procurando intensificar esta luz y aunque el mal y las sombras se hagan presentes en nuestra vida, confiemos en la luz de Dios que iluminará la insignificancia de nuestra vida para hacer fructífero el grano de arena que conforma el tesoro de Dios.

granos de arena

¡Quiero darte gracias, Dios Padre Misericordioso, por tus bendiciones diarias! ¡Te doy gracias porque me has elegido junto a la comunidad cristiana para que dé testimonio de Ti en medio del mundo; Tú me pides que proclame la Buena Nueva a la sociedad y necesito de la fuerza de tu Espíritu para hacerlo! ¡Quiero, Señor, ser testigo auténtico de la Verdad, quiero predicar la Buena Noticia del Amor y de la Misericordia, quiero hacerlo con alegría! ¡Ayúdame, Padre, y envíame tu Santo Espíritu para que no me canse nunca de predicar la alegría y la verdad del Evangelio, de hablar de Jesús a todos los que se crucen en mi canmino para que todos puedan alabarte, glorificarte, amarte, bendecirte, darte gracias! ¡Envíame, Padre de bondad, a tu Espíritu Santo, para que me otorgue la fortaleza que me falta, la confianza que tantas veces decae, la fe tibia con la que me muevo, la esperanza tantas veces rota! ¡Envíame, Señor, Tu Espíritu para que en los momentos de flaqueza, de tentación, de desánimo o de cansancio, sea Él que me impulse a trabajar con alegría, a predicar con autenticidad y a evangelizar con alegría! ¡Gracias, Padre Bueno, porque siempre estás a mi lado, te siento presente en mi vida cotidiana y con el ejemplo de Jesús, Tu Hijo, y con la presencia del Espíritu Santo me muestras el camino del amor y del perdón! ¡Conviérteme de verdad, Señor, a Tu Amor y a Tu Misericordia infinitas para que, consciente de mi pequeñez y mi nada, sea capaz de transmitir a los demás tus grandezas y tus gracias! ¡Gracias, Padre, por iluminar mi vida!

¡Sagrado corazón de Jesús, en vos confío!

Del compositor inglés Thomas Morley escuchamos hoy su bellísimo y breve Haec dies, a 3 voces:

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