Pasión por la vida

Me decía el otro día una persona saliendo de la oración que ya no tenía pasión por la vida. Que a medida que pasaban los días las fuerzas le van mermando. Que el ánimo decae a cada minuto. «Y esta hora ante el Sagrario, ¿no te dan fuerzas para seguir luchando?». Su silencio es un no sabe, no contesta. Pienso de regreso a casa, a la luz de las farolas recién encendidas, que no podemos pasear nuestra existencia por esta vida como si de cualquier cosa se tratara. Hay que tener pasión por la vida. No podemos dejarnos llevar por las cosas del día a día. Es necesario poner todo nuestro empeño, toda nuestra fuerza, toda nuestra constancia, toda nuestra perseverancia. Y si no la tenemos, pedírsela al Espíritu Santo. Pero no solo eso. Poner un poco más de esfuerzo para ser impulsados por su fortaleza. Saber sonreír en el momento oportuno… y llorar también en el momento adecuado. Las sonrisas y las lágrimas también son del agrado de Dios. Entregarse, servir, amar… en los momentos positivos y en las circunstancias menos favorables. Tratar de construir con cimientos sólidos. Y como no siempre sale, al menos tratar de lograrlo. Buscar cada día ese momento para ofrecer porque cada pequeño detalle puesto en manos de la Providencia nos acerca más a los demás y nos permite avanzar interiormente. Poner los fracasos en la lista negra. Al fracaso no hay que tenerle nunca miedo. Darse siempre, aunque cueste. Aprender a escuchar, aunque haya cosas más importantes que hacer. Ser generoso con lo más preciado, aunque duela. Dar gracias siempre. En estas pequeñas cosas se resume la pasión por la vida. Yo la tengo, sin duda, pero releída mi propia lista creo que es a pequeña escala. Pero le ofrezco al Señor esta vida mía apasionada para que Él la tome de su mano y la santifique cada día.

Pasion por la vida

¡Te entrego mi vida, Señor! ¡Cada uno de los momentos de mi vida, quiero vivirlos con optimismo, con bondad y con generosidad para llevar a todas partes mi pobre corazón lleno siempre de amor, alegría, comprensión y misericordia! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para afrontar con fortaleza los riesgos y las dificultades, la debilidad y los apegos, para tener la audacia de cumplir la misión que me tienes encomendada! ¡Señor, todas aquellas cosas que no puedo cambiar te las presento; te doy también el control de mi vida, todos mis anhelos y mis preocupaciones para que me otorgues la fortaleza y la sabiduría de aceptarlas siempre con alegría! ¡Haz, Señor, fecunda mi vida! ¡Te entrego, Señor, la llave maestra de mi corazón para que me enseñes a amar y hacer cada día tu voluntad! ¡Yo quiero ser un vaso nuevo en tus manos de alfarero!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Mi conciencia, mi sagrario

Uno de los principales problemas de nuestra vida es el conformismo; el vivir instalados en aquellas realidades que nos resultan agradables aunque, lamentablemente, no nos acaben de llenar la vida. Es sentirse satisfechos con un bienestar acomodado a nuestra conciencia en lugar de aspirar a la plenitud. Es como vivir rodeado de burbujas que, aunque resultan muy confortables, son volátiles y acaban desinflándose.
En lo más íntimo de nuestra conciencia descubrimos los seres humanos que hay una ley que Dios escribe en nuestro corazón; está enraizada en lo más profundo de nuestro ser. Podemos hacer como que no la conocemos, podemos tratar de acallarla, silenciarla, ignorarla o desoírla. Pero siempre estará en nuestro interior reclamando ser oída. Es la autenticidad. He leído alguna vez que la conciencia es el sagrario del hombre; en ese sagrario el ser humano se encuentra a solas con su Dios Creador que hace resonar su voz en el recinto íntimo de su alma. Una conciencia limpia es la libertad de espíritu que viene al que se encuentra bien con Dios y los demás.
Esto me enseña que debo seguir siempre lo que la voz de mi conciencia dicte —mientras no haya una intención dañina o dudosa— para poder escuchar del Señor que soy su siervo de quien está orgulloso. Prestar atención a mi interior para oír e interrogar mi conciencia para que en todo lo que haga comprobar si soy testigo de Dios. Formar y educar mi conciencia de acuerdo con la ley de Dios y con la razón para decidir siempre según la razón. Examinarla a los pies de la cruz. Darle una forma recta y veraz. Asimilarla en la oración a la luz del Espíritu Santo y ponerla en práctica en nuestras acciones, palabras y gestos. Orientarla de la mano de la dirección espiritual. Protegerla de las influencias negativas y las tentaciones del maligno que siempre tratará de torcerla. Perfeccionar la conciencia es tarea de toda una vida. ¡Cuánto camino me queda todavía por recorrer!

mi conciencia, mi sagrario

¡Señor mío y Dios mío! ¡Examíname en cada paso que yo dé, en cada palabra que pronuncie, en cada pensamiento que tenga, en cada gesto que realice, en cada acción que cometa! ¡Pruébame, Señor, escudriña mi mente y mi corazón porque tu misericordia infinita está delante de mis ojos! ¡Tú eres el médico de mi vida y hoy te clamo para que diagnostiques lo que hay en mi corazón! ¡Prueba mi mente, mi alma, mi corazón, mis sentimientos y mi voluntad y elimina de su interior todo aquello que no te agrada y límpialo de toda maldad! ¡Toma, Padre, con la fuerza de tu Santo Espíritu, el control de mi corazón y de mi alma, examíname siempre y guíame para que pueda caminar en el poder de tu Espíritu para convertirme siempre en una persona íntegra, digna de Ti! ¡Líbrame, Padre, de las acechanzas del demonio cuando me enfrente a decisiones difíciles y actitudes morales! ¡Ayúdame, Padre, a la luz del Espíritu Santo a buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir siempre Tu voluntad! ¡No permitas, Padre, que haga el mal para obtener un bien, que siempre mis acciones con los demás estén presididas por la verdad, que actúe siempre en caridad, con respeto al prójimo y sin herir su conciencia y su persona porque eso es pecar contra Ti! ¡Envía Tu Espíritu Señor, para que me ayude a tener siempre una conciencia recta y veraz! ¡Ilumíname siempre, Señor, con Tu Palabra para que sea luz que guíe mis pasos! ¡Ayúdame, Señor, a asimilarla siempre a la luz de la fe y de la oración! ¡Señor, Tú conoces hasta el más recóndito rincón de mi corazón! ¡Ayúdame a ser cada día mejor!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Quiero llenar tu trono de alabanza, cantamos hoy al Señor:

Creer como María

Tercer fin de semana de junio, mes del Sagrado Corazón, con María en nuestro corazón. Hoy el Señor me invita a profundizar en la fe de María, una fe que le fue revelada especialmente el día de la Anunciación y que tuvo sus momentos álgidos en el día de la Encarnación y de la Redención por esa íntima relación que la Virgen tuvo con el Verbo Encarnado. La fe de María fue una fe profunda, una fe viva, una fe marcada por la fuerza del Espíritu Santo, una fe impregnada en lo más profundo de su alma.
La Virgen creyó desde el momento mismo de la Anunciación. Lo hizo desde el instante que le fue revelada la Verdad divina.
Creyó en el momento que, abrazada a Santa Isabel, escuchó esas hermosas palabras del Magnificat: «Bienaventurada Tú entre las mujeres porque has creído».
Creyó ese día gélido de Navidad cuando dio a luz al Niño Dios en un pobre establo de Belén y supo desde ese momento que había dado vida humana al Creador del universo.
Creyó cuando tomó en sus brazos a aquel niño pequeño, frágil, y supo que desde sus primeros balbuceos en el interior de Dios estaba la misma sabiduría.
Creyó cuando san José la subió a un asno y la Sagrada Familia tuvo que huir de Egipto huyendo del despótico rey Herodes y supo que el único monarca, el único rey de reyes, era su Hijo, el Hijo de Dios.
Creyó aquel día en que, desesperada, fue en busca de su Hijo a Jerusalén y se lo encontró perdido en el Templo porque supo que desde ese mismo momento se hacía real el impresionante misterio de la Redención.
Creyó el día de las bodas de Caná cuando les dijo a los sirvientes que hicieran lo que Jesús les ordenara porque sabía que en su Hijo todos los milagros dan luz que superan a la oscuridad.
Creyó porque María era consciente en su corazón de la verdad de los misterios divinos que ensalzan las bienaventuranzas.
Creyó al pie de la Cruz y todos, incluso los propios apóstoles, habían abonando al Señor. Creyó allí, en el Calvario, que su Hijo era verdaderamente el Hijo de Dios que quita los pecados del mundo que vence a la muerte, al mal y al pecado.
Creyó el día de la Resurrección, el día que Dios vence a la vida. Creyó en los momentos de mayor oscuridad dejándonos claro que su fe era más consistente, más firme, más difícil pero en el corazón de María había el convencimiento de que Cristo, muerto en la Cruz, había dado vida a la victoria. Pero la fe de María es tan firme porque está iluminada por los dones del Espíritu Santo. Es la grandeza de la fe de María la que nos hace entender que a través de la inteligencia con la que nos dota el Espíritu Santo es posible introducirse en los misterios de revelados desde la intimidad del corazón, misterios en los que Ella había participado de manera directo. El Espíritu Santo también inspiró a María la sabiduría para juzgar las cosas de Dios con esa humildad y sencillez de la que lo guardaba todo en el corazón.
María gustaba de las cosas de Dios por su caridad, porque no hacía más que crecer en su vida en humildad y pureza. En María se hacía patente la gratuidad de Dios y la gracia divina y Ella es el ejemplo claro de quienes son bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán siempre a Dios.
Y finalmente, el Espíritu Santo dotó a la Virgen de don de la ciudad para ver las cosas creadas como símbolo de la fuerza de Dios en nuestra vida.
Este ejemplo tan grande me hace meditar hoy cuál es el grado de mi fe para vaciarme de mi yo y poner todo en manos de la Virgen y ser capaz de mejorar en mi vida personal para llegar a un auténtico encuentro con el Señor.

Virgen María amorosa

¡Ayúdame, María, a tener una fe viva como la tuya! ¡Ayúdame a creer, Señora! ¡Bendice mis pensamientos, mis palabras, mis acciones, mis actitudes, Señora! ¡Imprégname con tu amor, María! ¡Protégeme, Señora, de todas las cosas que me separan de Tu Hijo! ¡Llévame siempre de tus manos amorosas, María! ¡Dame un poco de tus virtudes, Señora, esas virtudes que están impregnadas de la fuerza de Dios! ¡Ayúdame a creer, María, para tener siempre confianza en la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a creer, Señora, para dar siempre un sí confiado como el tuyo! ¡Ayúdame a creer como Tú, María! ¡Te entrego, María, lo poco que tengo pero esa pequeña posesión te pido la entregues Tú al Señor! ¡Te doy mi voluntad para que sea siempre la voluntad del Padre!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío! ¡Corazón Inmaculado de María, ruega por nosotros!

En este sábado, cantamos a María:

Cuidar el alma

Hoy me viene a la oración la idea de cuidar el alma, el sujeto espiritual de cada hombre, con sus propiedades y su forma que se llena de impurezas a consecuencia de nuestro pecado y nuestras faltas, alejándonos de Dios. El hombre, amado por Dios y creado por su amor, tiene como fin conocer y amar a Dios por toda la eternidad.
Cuidar el alma para no caer en tentación; para convertirla en un lugar donde pueda entrar Dios, su creador; para hacerle partícipe de nuestros sentimientos y nuestros anhelos; para experimentar una profunda inquietud divina.
A Dios hay que encontrarle en todos los rincones de nuestra vida. En el beso de los buenos días, en el abrazo de tu hijo, en la música de Bach que suena de fondo, en la conversación con el amigo, en el detalle de amor, en la preparación de la cena, en el paseo por el campo, en la contemplación de la naturaleza, planchando camisas o sacando el polvo, en la cerveza con los compañeros de trabajo…
Dios no es un cuadro abstracto en nuestra vida. Es el más luminoso de los grabados que impregnan nuestra alma. Intimidad, amistad, cariño, confianza, ternura, apego, amor… Todo esto es lo que anhela el alma que busca la intimidad de Dios. El deseo de Dios aparece inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios.
Pero el alma también transita por caminos de desesperanza, de tristeza, de desazón o de sufrimiento. La incertidumbre por la falta de confianza, la angustia por la ausencia de perspectivas, la zozobra por la ansiedad que supone el futuro incierto. Y entonces el alma se reseca porque caminar por el desierto nunca es fácil. Y esa intimidad con Dios queda lacerada, rasgada por la infelicidad y la desventura.
Olvidamos que la fe es el alimento del alma y la satisfacción del Espíritu. Al alma se le abona en el silencio de la oración, en la contemplación del rostro de Cristo, en la escucha de la Palabra, en la confesión de nuestras faltas, en la comunión diaria, en hacer el bien a los demás.
Por eso siento que debo cuidar mi alma. Un alma transparente que acoja en mi intimidad el rostro de Dios, ese Dios que me da confianza, sana y libera, que no se aparta de los que le buscan, que no juzga ni condena la debilidad del ser humano.
Necesito tener siempre el alma limpia. Pedírselo a Jesús, la imagen de Dios en la humanidad creada por Él. En Cristo contemplamos alegres lo que un día llegaremos a ser: el icono del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios y que vive en la intimidad con Él.

Cuidar el alma

¡Padre bueno, Padre de Amor y de Misericordia, te alabo y te doy gracias por todo lo que haces por mí cada día, por habernos enviado a tu Hijo Jesucristo, por los dones que me regalas sin merecerlos! ¡Gracias, Padre, porque mi alma siente que eres la verdad, la luz, el amor y la vida! ¡Gracias, Padre, porque quieres que disfrutemos de todo esto en abundancia! ¡Padre, Tú conoces el interior de mi alma; Tú sabes lo que anida en lo más profundo de mi corazón; Tú me conoces y me sondeas; Tú conoces mi nombre antes incluso de que me lo pusieran mis padres; Tú me tienes sujeto en la palma de la mano; Tu fijas la mirada en mi pobre persona; Tú sabes de mis alegrías y de mis esfuerzos cotidianos; Tú tienes presentes todas y cada una de las heridas de mi vida; Tú eres consciente de mis fracasos, de las cosas que traté hacer y no han salido, de las cosas que hice pero que acabaron mal o me produjeron heridas, de las cosas que hice bien y me produjeron satisfacciones; tú conoces mis muchas limitaciones, mis faltas y caídas reincidentes y también todas mis máscaras! ¡Envía tu Espíritu Santo, Padre, para que sane mi alma pecadora! ¡Envía tu Espíritu, Padre, para que entre en lo más profundo de mí, en mi corazón, en mi mente, en mi memoria, en mis pensamientos, en mi alma, en todo mi interior igual que hizo tu Hijo Jesucristo cuando se encontraba con las gentes que conoció! ¡Envía tu Espíritu, Padre, para que me llene de paz, para que me dote de capacidad para amar, para que transforme mi corazón egoísta en un corazón amable, para que me haga más bondadoso y caritativo, para que su sola presencia haga brotar en mi alma frutos abundantes de gracia! ¡Envía sobre mí, Padre, tu Espíritu de amor, tu espíritu de misericordia, tu espíritu de las bienaventuranzas para ser capaz de buscarte cada día y saborear la dulzura de tu aliento! ¡Gracias por sanar mi vida, Padre Dios! ¡Gracias por lo que hoy vas a obrar en mi vida y en la de los míos! ¡Gracias, Padre de Bondad, gracias te doy con el corazón abierto porque hoy vas a romper las cadenas que me impiden acercarme a Ti y me vas a convertir en un auténtico templo de tu Santo Espíritu! ¡Bendito y alabado seas, Padre, por tanto amor y tanta misericordia!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Si yo no tengo a Dios no soy nada:

Vivir con Cristo y para Cristo

Me encontraba ayer sentado en el primer banco de la iglesia. Ante el Santísimo. En el grupo de oración. Postrado ante el Señor me siento pequeño, muy pequeño, con cruces pesadas que en ocasiones cuestan de arrastrar y repleto de imperfecciones. Pero infinitamente amado. Lo impresionante es que antes de decirle que le amo y saber que Él me ama, ese Cristo protegido en la Custodia tiene por mí un amor ilimitado aun sabiendo que son muchas las veces que le vuelvo la espalda.
Las circunstancias de nuestra vida no son siempre fáciles. Hay muchos frentes abiertos. La inquietud brota por muchos lugares. Dominar el corazón no siempre es fácil. Lo mismo ocurre con los sentimientos. Y con las emociones. Y con la inquietud del alma. En la flaqueza del ser es donde el demonio se siente más cómodo. Aprovecha cualquier pequeña ranura para introducirse en nuestra alma. Así juega sus cartas el príncipe del mal, tratando de abusar de las flaquezas de los hombres.
Sin embargo, ante el Santísimo siento que el Señor está muy presente. Vivo. A mi lado. Que nunca me deja solo. Pide únicamente que mire en mi interior, en mi corazón. En los últimos instantes, antes de guardar la Custodia, siento que el Señor me dice: «¡Amigo! ¡Hermano! ¡Levántate, toma tu camilla y vete!» ¡Qué bello es sentirse arropado por Cristo! ¡Qué hermoso es vivir con y para el Señor! Y salgo renovado. Lleno de alegría. Cambiado interiormente.
Una hora ante el Santísimo y he tomado fuerzas. Me he fortalecido por dentro. Ha sido contemplar a Cristo y ese amor desbordante que destila su presencia me renueva por dentro. ¡Claro, Señor! ¡La tomo con alegría! ¿Por qué olvido con tanta frecuencia que es tu luz la que me guía, que son tus Palabras las que me orientan, que es tu Eucaristía la que me alimenta, es tu presencia viva la que me lleva, es tu dirección la que dirige mi vida?
Vivir con Cristo y para Cristo abandonados a la voluntad divina. Basta con dejarse amar por el Amor de los amores. y la fuerza interior, y la paz interior, y la esperanza, y todo lo demás llega por añadidura.

Santisimo Sacramento

¡Señor, te doy gracias por los momentos de oración que puedo pasar contigo! ¡Me lleno de tu amor y de tu misericordia! ¡Ayúdame, Señor, a vivir consciente del amor infinito que me tienes! ¡Señor, gracias porque me perdonas siempre, me cuidas siempre y caminas a mi lado! ¡Señor, qué hermoso es sentirse arropado por Ti! ¡Deseo, Señor, confiar más en Tí, crecer espiritualmente junto a ti, disponer mi corazón para amar como tu amas y servir como tu sirves! ¡Señor, Tu curas mis heridas con el bálsamo de tu amor misericordioso! ¡Señor, mírame en los momentos de dificultad y ten compasión de mí! ¡Acudo a Ti, Señor, con toda la confianza pues eres el Dios de la bondad y del amor! ¡Acudo a Ti, Señor, porque sin tu misericordia infinita no hay nada que pueda conseguir! ¡Acepto, Señor, tus designios insondables aunque tantas veces me cueste aceptarlos! ¡Señor, como Tú abrazaste el misterio del dolor en tu vida yo me abrazo también a mis problemas y mis heridas para que sirvan para santificarme y experimentar la omnipotencia de tu amor salvífico! ¡Que se haga siempre tu voluntad, Señor, en mi vida!

Hoy cantamos al Señor:

Gestos sencillos, profunda fe

Estaba sentado ayer en un banco a mitad del templo, en Misa de las siete de la tarde. Como es entre semana, hay poca gente en la iglesia. Tres bancos delante mío, una mujer muy anciana acompañada de una chica joven que aparenta ser su nieta. La joven la trata con mucho cariño y un afecto que emociona. La anciana no se levanta en toda la ceremonia, excepto en el momento de la consagración, que es ayudada con exquisito cuidado por la joven que la sostiene para que la abuela, en pie, rinda tributo al Cristo presente en la Eucaristía.
Al comenzar la Santa Misa, durante la proclamación del Evangelio, en el momento de darse la paz y al terminar la Eucaristía con la bendición final, la joven toma con delicadeza la mano de la mujer anciana y le ayuda a hacer, con suavidad, la señal de la cruz y a persignarse. Me vienen a la mente aquellos tiempos, cuando era pequeño, en que mis padres me ayudaban también a santiguarme y a dar sentido a este gesto sencillo pero profundo que supone la confesión de nuestra fe.
En el momento de la comunión, cogidas del brazo y a paso cansino, se dirigen hacia el altar para recibir al Señor. La joven acerca a la anciana de pelo cano al sacerdote para que comulgue. Y, cuando regresan al banco, ambas se toman de la mano y rezan. Oran unidas, en una plegaria en íntima comunión espiritual. Es una imagen sencilla pero llena de amor. Han recibido el Amor y testimonian el amor. Son dos almas que se quieren, que transmiten cercanía espiritual y humana. ¿Qué le dirán al Señor? ¿Dará gracias la anciana por tener una nieta tan amorosa y sensible?. Y, la joven, ¿por tener la oportunidad de vivir experiencias de vida junto a su abuela? ¿Alabarán al Señor? ¿Pedirán por los otros miembros de la familia? Sea lo que sea lo que surja del corazón de estas dos personas, Cristo que está presente en el misterio de la Eucaristía y en ese momento en lo más íntimo de su corazón, estará lleno de gozo. Como la Virgen, siempre presente en la celebración eucarística. Y como los ángeles del cielo. Y como los santos de la Iglesia que se unen a toda Misa que se celebra en el mundo.
No es posible escucharlo pero uno siente que en la iglesia resuena un musical «¡Aleluya!» lleno de fuerza, o un «¡Paz en la tierra, paz en las alturas, que el gozo eterno reine en nuestro corazón» o tal vez «Vienen con alegría, Señor, cantando; vienen con alegría, Señor, los que caminan por la vida, Señor, sembrando tu paz y amor».
Terminada la Misa, permanezco unos minutos rezando y las dos se dirigen lentamente hacia la salida. Van cogidas del brazo, mientras la abuela se acompaña también de su bastón. Su rostros denotan felicidad y alegría. Están llenas del Señor y llenas del Espíritu Santo que Dios ha derramado en forma de amor en estos dos corazones sencillos.
Esta escena me lleva a dar gracias al Señor por la fe sencilla, por la fe amorosa, por la fe esperanzada de estas dos mujeres que son cuerpo de la Iglesia y, con su ejemplo, me ayudan también a crecer en mí la cercanía a Dios, a enraizarme más en la fe, a salir predispuesto a ayudar más en el hogar y en el ámbito profesional y, sobre todo, a mirar con una mirada distinta a ese Dios que me ha dado la vida y ha puesto en mi camino a tantas gentes que me han permitido crecer en la fe. Y me vienen al recuerdo mis abuelas que tanto han hecho por transmitirme la fe, porque si esta joven acompaña a su abuela a la Eucaristía y se entrega con amor a ella es porque, sencillamente, está devolviendo con la misma moneda lo que antes ha recibido con amor y con fe.

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¡Te bendigo, Padre bueno, y te doy gracias! ¡En este día quiero decirte que te quiero y que lo que siento por ti es un amor auténtico y profundo! ¡Pero te amo, Señor, porque siento íntimamente que este amor viene sólo de ti y que a través tuyo se manifiesta en tantas gentes que se entregan a los demás, que se ponen en servicio, que manifiestan una amistad auténtica, que viven la fe con alegría cristiana! ¡Te doy gracias, Señor, por tantas personas que andan por la vida que testimonian que Tú estás presente en nosotros porque son un reflejo tuyo! ¡Gracias, Padre, por tu empeño en buscarnos siempre! ¡Ayúdame, a través de tu Santo Espíritu, a ser también yo un reflejo tuvo en este mundo y sea capaz de pronunciar con autenticidad la oración que tú nos has enseñado! ¡Señor, eres Amor! ¡Gracias por este amor! ¡Gracias porque este amor es la sabia del mundo, la raíz de todo! ¡Gracias porque al servicio de este Amor nos has dado a tu Hijo Jesucristo que amó de manera tan generosa que fue capaz de dar su vida por amor! ¡Gracias por el mensaje que nos legó de «amaros los unos a los otros como yo os he amado» y que a mí me cuesta tanto cumplir! ¡Señor, sólo quiero contemplar tu amor, sólo quiero dejarme llenar de ti, solo quiero entrar en comunión contigo! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que el fuego de mi amor no se apague nunca en mi interior! ¡Pongo Señor sobre la mesa de tu altar a todos los abuelos del mundo, especialmente a los míos, a los ancianos, a los mayores! ¡Míralos siempre con amor, Señor, ellos que enriquecen cada día a las familias, que son tesoros vivos de la fe, de la sabiduría y del valor! ¡Señor, no permitas que sean nunca excluidos u olvidados, que reciban siempre amor y respeto y ayúdales a vivir con serenidad su vejez!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Fluye en mì, cantamos pidiendo a Dios la fuerza de su Espíritu:

¿Cómo me definiría a mi mismo?

¡Caramba, qué pregunta! Pero me surge en la oración y tengo que dar una respuesta. Y la tengo: «un pobre caminante en peregrinación que busca la Verdad». Un caminante cansado al que le han sucedido muchas cosas —algunas muy hermosas, otras tristes y dolorosas—, que peregrina hacia la casa del Padre y que trata de encontrar la verdad que es Jesucristo. Un caminante imperfecto, lleno de defectos, que peregrina porque quiere consolidar en su vida un proyecto vital donde, desde la fe, esté enraizado firmemente el amor, la sencillez, el servicio, la generosidad, la misericordia.
El anhelo del ser humano es profundizar en su yo para, desde la profundidad de su corazón, darle sentido a su vida. Y, siendo consciente de mi pequeñez, de mis múltiples imperfecciones, de mis incoherencias, estoy en búsqueda constante. Trato de acercarme a ese Dios que me ha creado y que también me busca a mí cada día. Busco porque mi corazón está hambriento y sediento y, aunque no sea ni siquiera merecedor de las sobras, quiero llenarme de ese Dios de bondad, de amor y de misericordia que sale siempre a mi encuentro y, desde ese encuentro, darme enteramente a los demás.

Jesus

¡Señor, quiero llenarme de Ti! ¡Quiero seguir tu camino! ¡Que mi camino sea el tuyo! ¡Que mis pasos vacilantes, tantas veces indecisos, con dudas de qué senda tomar, sigan sólo tus huellas! ¡Quiero, Señor, seguir tu mismo camino! ¡Que mi horizonte esté impregnado de Ti, que mi meta sea llegar a tu Reino! ¡Que camine junto a Ti escuchando tu Palabra, imitando tus obras, siguiendo la verdad de tus preceptos, dando sentido a tus enseñanzas, cantando con alegría los anuncios del Evangelio! ¡Quiero, Señor, seguir tu camino! ¡Que nada me detenga para alcanzar mi meta, ni los caminos abruptos en forma de problemas y dificultades, ni las tormentas que rompen la serenidad de mi corazón y de mi alma, ni los senderos enrevesados que llegan en forma de sufrimientos, ni tan siquiera los caminos cortados que me impiden avanzar por mis malas acciones! ¡Que mi camino, Señor, sea el tuyo caminando tras tus huellas siempre claras! ¡Quiero seguir tu camino, Señor, aunque en ocasiones la oscuridad se cierna sobre mi y me pregunte donde te encuentras! ¡Cuando mirando a mi alrededor no soy capaz de vislumbrar tu presencia, Señor! ¡Cuando voy caminando pero las fuerzas se agotan y mi siento más vulnerable y cansado que de costumbre! ¡Quiero seguir tu camino, Señor, a la luz de tu rostro! ¡Quiero encontrarte, Señor, en tantos rostros que se cruzan conmigo por el camino! ¡Envía tu Espíritu, Señor, sobre mí para que no desfallezca nunca, para que no pierda la inquietud por seguir caminando a tu lado, para que no me acomode y que quede a mitad de camino, para ni la rutina ni el cansancio hagan mella en mi vida! ¡Espíritu Santo, te pido la luz para que mi vida esté siempre iluminada por Dios y pueda recorrerla cada día con su mirada misericordiosa! ¡Te pido la humildad y la confianza para tener esta sabiduría, para estar atento a su voluntad, para conocer a fondo sus caminos y vivir siempre con la mirada puesta en Dios con la alegría de ser un pobre peregrino que busca la Verdad y quiere ser su testigo!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Más allá de mis miedos, cantamos hoy al Señor:

«¡Respóndeme!»

Habitualmente clamamos al Señor como en el Salmo con un «Señor, escucha mi oración, atiende mi plegaria; ¡Respóndeme!, por tu fidelidad y tu justicia» para que escuche nuestras súplicas. Sin embargo, una de las palabras más hermosas que escucho del Señor en mi oración es cuando me interpela con un «¡Respóndeme!».
Este «¡Respóndeme!» es una clara invitación a que le abra mi corazón y le permita entrar con el fin de dejarme llenar por su Palabra, por su presencia, por su amor, por su misericordia y, así, en estrecha relación con Él, aprender a tomar las mejores decisiones que afecten a mi vivir cotidiano. Decisiones claras, auténticas, sinceras, valientes.
Este «¡Respóndeme!» es una clara invitación a discernir cuál es mi actitud ante los acontecimientos de mi vida y para que me plantee cómo hago las cosas.
Este «¡Respóndeme!» tiene también una honda carga de profundidad interior porque no exige de mí simples respuestas sino algo de mucho más calado. Es un «¡Respóndeme!» que me invita a la pequeñez, a la pobreza interior, a la sencillez extrema porque es imposible dar una respuesta coherente al Señor sino es desde la humildad de la escucha.
Este «¡Respóndeme!» es una invitación directa a profundizar y comprender mi mundo interior, a poner mi pobreza mis heridas, mis contradicciones, mis caídas, mi falta de fidelidad, mis circunstancias no siempre favorables… en sus manos.
Es un «¡Respóndeme!» a esas preguntas amorosas que el Señor hace en toda oración y que ponen en evidencia si estoy dispuesto a dar los pasos necesarios para ser mejor cada día, para fiarme de Él, entregarme a Él, elegir el cielo en lugar de la tierra, a distinguir su voluntad en cada acontecimiento que me sucede, a abrirle siempre el corazón, a tomar la decisión de seguirle hasta las últimas consecuencias, a entrar en esa relación de amistad sincera que me permita hacerme semejante a Él, a renunciar a mis yoes y mis convicciones firmes, a mis presunciones y autosuficiencias, a mis rancias formas de sentir, a mis viejas formas de pensar y de actuar, a dejarme sanar las heridas y los rencores de mi corazón…
Es, en definitiva, un «¡Respóndeme!» a la pregunta esencial que me hace el Señor: «¿Quieres se mi amigo?». Y aunque no soy ejemplo de nada mi respuesta es «¡Sí, Señor, aunque no soy nada… soy todo tuyo!».

¡Señor, soy todo tuyo a pesar de mi miseria y mi pequeñez! ¡Quiero responder siempre a tu llamada! ¡Tú me escuchas siempre, Señor, y contestas a mis plegarias! ¡Ayúdame, Señor, a tener más fe, más esperanza, más confianza en Ti y por eso clamo por tu misericordia, por tu fidelidad y por tu amor para ayudarme a dar respuesta a tus preguntas! ¡Protégeme, Señor, y guíame en cada paso que yo dé! ¡Tú conoces todo de mi, Señor; Tú tienes presentes todas mis circunstancias! ¡Ayúdame a ser sincero siempre, a tener un corazón limpio, un corazón santo, un corazón semejante al tuyo! ¡Señor, te necesito, por eso te abro las puertas de mi corazón y de mi vida para recibirte, para que tomes el control de mi vida, para que transformes todo mi ser y me conviertas en la persona que Tú deseas que sea! ¡Creo Señor! ¡Creo en Ti! ¡Y te doy gracias por el don de la fe que me permite responder libremente a tu llamada! ¡Envíame Tu Espíritu, Señor, para transformar mi corazón y dirigirlo hacia Ti! ¡Envíame Tu Espíritu, para que me abra los ojos del alma para aceptar tu voluntad! ¡Dame, Señor, un corazón atento para apreciar tu amor y tu misericordia en cada encuentro con la gente que me rodea, en cada experiencia conmovedora de mi vida, en cada problema, en cada casualidad aparente, en cada sufrimiento vivido, en cada Palabra de la Biblia, en cada mensaje recibido! ¡Señor, quiero aceptar sin reservas lo que Tú tienes preparado para mí! ¡Señor, quiero ser tu amigo; y aunque soy poca cosa soy todo tuyo!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

El Rey de mi vida, cantamos hoy al Señor:

¿Soy capaz de vaciar mi corazón?

Humildad. La palabra humildad proviene de la palabra latina humus, que hace referencia a la tierra que preparan los agricultores para que la semilla dé frutos. Es lo más sencillo, lo primario, lo trabajoso. Ser humildes es ser como de la tierra, lo más sencillo, lo básico, ser aquello que puede acoger a los demás. ¡Qué difícil es ser humilde!
Los seres humanos tenemos desde pequeños la tendencia a querer reafirmarnos a nosotros mismos, ocupar siempre un lugar de privilegio, que se nos reconozcan nuestros méritos y nuestras virtudes, que los demás observen en nosotros todas nuestras capacidades.
Casi toda la vida jugamos contra los demás. Jesús, en cambio, nos enseña que ser cristianos es cambiar la perspectiva del mundo y hacerlo de manera radical. Es vivir una paradoja. Para ser grandes hay que hacerse pequeños. Para ser poderosos hay que hacerse pequeños. Para ser reconocidos hay que servir a los demás. Por eso admiro tanto a esas personas que dejan la comodidad de su vida para servir a los demás de manera anónima. Servir amando, entregarse sirviendo. Allí está la humildad verdadera. No necesitan el aplauso de nadie, porque el aplauso viene de la mirada de agradecimiento del que han servido con amor. Es la humildad del testimonio. Es en realidad el reclamo que nos demanda el Evangelio. ¿Por qué nos cuesta tanto ser capaces de transformar la perspectiva de nuestra vida y comprender que en el servicio, realmente, es cómo encontramos nuestra gloria? ¿Por qué no somos capaces ante aquellos que nos rodean a no exigir o pedir reconocimiento y en cambio ponernos a su servicio y pedir perdón? Nos cuesta mucho porque los seres humanos tenemos en nuestro corazón enraizado el egoísmo. Miramos primero y, casi siempre, por nosotros mismos y luego un poco, solo un poco, por los demás.
Pero en la medida que nos consideramos cristianos deberíamos hacer lo contrario. Ser capaces de vaciar nuestro corazón de nuestro yo y llenarlo más de amor. Por eso también el Santo Padre nos ha convocado a vivir el Año de la Misericordia. Misericordia es literalmente misere cordis, enviar el corazón, ser capaces de vaciar el nuestro para que no pese mucho y poder llevarlo a los demás. Es un ejercicio muy difícil. Y hacerlo exige de cada uno de nosotros mucha humildad. Llegar a ser como la tierra, ser como el humus, dispuestos a recoger con sencillez las semillas del labrador y que crezcan en nosotros. Por lo que tenemos que despojarnos del orgullo, la soberbia, la ira, el rencor, el ansia de venganza… tantas cosas que dominan nuestra vida y nuestro corazón. Pero si queremos ser cristianos no podemos hacerlo de otra manera que no sea contemplando la Cruz; aclamamos un Dios crucificado que con todo el poder del Universo se deja colgar de un madero. Y en esta paradoja radica nuestra fe. En los sacrificios que nos pide la vida, en los esfuerzos que tenemos que hacer por comprender a los demás, por perdonar, por acompañar a aquellos que nos rodean y que tanto nos cuesta… el Señor nos recuerda una y otra vez que sólo en este sacrificio encontramos a Dios. Como Jesús nos mostró a Dios en el sacrificio de la Cruz. Y no lo hacemos por buscar ningún dolor. No. Para servir al mundo, para entregarnos a los demás, para comprender lo que nos revela el Señor en el Evangelio: que lo más grande está en lo más pequeño. Que la grandeza del ser humano está en darse a los demás. Ese es el misterio de ser cristiano. ¡Es tan impresionante que sólo pensarlo se me rompe el corazón!

Humildad Meditar con el corazón abierto

¡Señor Jesús, manso y humilde de corazón, tu sabes que el mío es soberbio, y vanidoso y altanero! ¡Un corazón que le cuesta amar! ¡Te pido, Señor, la gracia de la humildad para aprender a perdonar, para aceptar las críticas, para soportar los fracasos, para atenuar las dificultades, para evitar imponer mi voluntad en todo y a todos, para sentirme pequeño, para no molestarme cuando me corrijan, para tener un espíritu autocrítico! ¡Señor, ten piedad de mí y dame la gracia de la humildad! ¡Dame la gracia para que mi corazón se serene cuando me desprecian, o se olvidan de mí o la gente se me muestra indiferente, cuando no se toman en cuenta mis opiniones o no se hace lo que yo pienso! ¡Dame, Señor, la gracia de la humildad , paraque mi corazón se abra a la bondad y al servicio, a la entrega y a la generosidad! ¡Dame, Señor, la gracia de tu amor y envía tu Espíritu sobre mí para adquirir un corazón humilde, paciente, bueno y manso!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

De Johann Sebastian Bach disfrutamos la cantata Ich habe meine Zuversicht BWV 188 (He depositado mi confianza).

Miradas

Segundo sábado de junio, mes del Sagrado Corazón de Jesús, con María en nuestro corazón. ¿Cómo iría María al encuentro de Su Hijo, allí donde fuera? Tal vez el más dramático es aquel en el que Jesús, el Corazón sagrado, camino del Calvario, encuentra a Su Madre y sus miradas se cruzan. Miradas de complicidad y de amor. María sabe cuál es el destino de Cristo, su misión, su sufrimiento por los hombres de ayer, de hoy y de mañana. Pero ahora que Cristo ha resucitado no quiero meditar el dolor sino la alegría.
Alegra cuando te encuentras con alguien con el que hace tiempo no coincides. Lo mismo ocurre cuando mantienes una relación de amistad profunda con una persona, no importa que pase el tiempo, el apego y el afecto perduran y ese encuentro, cada vez que se produce, se convierte en una vivencia. En lo genuino no cabe la superficialidad, no se puede reducir a un encuentro sin consecuencias.
Los encuentros pueden ser casuales, fruto de la providencia o deliberados pero siempre hay alguien que va en busca del otro.
Sin embargo, hay quienes se cierran a toda posibilidad de encuentro. Rehuyen la mirada, son esquivos con sus actitudes, cortan con sus palabras, se alejan con los gestos. Es el signo claro que no desean un encuentro, que la presencia del otro les causa malestar y prefieren la distancia.
Y cuando el Señor se hace el encontradizo conmigo y quiere conquistar mi corazón, ¿cómo reacciono yo? ¿Me dejo alcanzar por Él, como ocurrió con esos dos discípulos de Emaús que caminaban abatidos y Jesús fue a su encuentro? ¿Le abro la puerta de mi intimidad y le dejo entrar o huyo de ese encuentro? ¿Cuál es mi predisposición? ¿Es una disposición positiva para obtener frutos de esa experiencia de amor?
¡Qué pena pensar las veces que he sido poco consciente de que la búsqueda siempre es una gracia porque, en definitiva, es el Señor quien origina el deseo de buscarle! ¡Si realmente comprendiera que también el encuentro mismo es gracia de Dios! ¡Que tengo la oportunidad de percibirlo en los acontecimientos que martillean mi corazón, en los signos de sus huellas, en los rostros que entrecruzan su mirada conmigo, con esos a través de los cuales el Señor también me habla o con esos gesto de misericordia que he recibido de manera sorpresiva y, por supuesto, en la Eucaristía diaria! ¡Aquí sí que está el encuentro definitivo!
Es increíble pensar cómo el Señor siempre está predispuesto a un encuentro diario y en cambio yo lo rehuyo porque no tengo tiempo, estoy cansado, me falta confianza agobiado por los sinsabores cotidianos, mil excusas que vanaglorian mi autosuficiencia.
Sin embargo, hoy María me enseña que debo servir a Su Hijo eligiendo que lo único absoluto de mi vida es el encuentro con Cristo porque todo lo demás es superlativo; que permanecer a la espera para saber qué desea el Señor de mi; que debo vivir el encuentro del perdón para gustar que soy un pecador que ha sido perdonado, envuelto en gratuidad no por mis méritos sino por la misericordia divina; y que debo vivir cada minuto de mi vida desde la llamada de ese Cristo Resucitado que se hace el encontradizo conmigo desde lo más sencillo y cotidiano de la vida.

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¡Señor, gracias, por este nuevo día que me regalas en el que me puedo encontrar de nuevo contigo, caminando a Tu lado! ¡Señor, Tu sabes lo feliz que estoy cuando te siento cerca! ¡Gracias, Señor, porque aunque me haga el despistado, el indiferente, el huidizo, Tu sigues haciéndote el encontradizo conmigo! ¡Gracias por Tu Palabra, Señor, que me llena de alegría, de esperanza, de confianza, de amor, de misericordia, de ánimo, de gozo y de gracia! ¡Gracias, Señor! ¡Te pido, Espíritu Santo, que me hagas dócil a la llamada del Padre, valiente para decir que sí como hizo María! ¡Gracias, Señor, porque tu encuentro diario más maravilloso es el regalo de la Eucaristía en el que te haces tan pequeño en ese pan del cielo! ¡María, Madre del amor hermoso, que aprenda de Ti la alegría del encuentro! ¡María, Mujer eucarística, ayúdame a amar todavía más la Eucaristía! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

En este segundo sábado de junio escuchamos la música del maestro neerlandés Jacob Obrecht dedicada a la Virgen. Se trata de una bellísima Salve Regina, a 4 voces.