¡Qué sepa acoger en mi corazón la virtud de la magnanimidad!

Ayer, alguien al que respeto y aprecio, me expresa su preocupación por un tema que a ambos nos concierne. Las enseñanzas de la gente de oración son siempre una escuela de sabiduría. Un buen consejo facilita dar el siguiente paso en la vida con seguridad: para frenar el dolor, crecer en la caridad, el amor, la generosidad. Me habla de una actitud, la magnanimidad, bella en la pronunciación, preciosa en su aplicación. Medito sobre esta cuestión que comporta grandeza de corazón, misericordia en la victoria, sencillez en el desquite, humildad en el servicio, ánimo grande en las empresas pequeñas… No me habla de heroísmo sino de sencillez, nobleza, generosidad, caballerosidad y desinterés. Que las acciones estén acordes con la pureza de corazón.
Me vino enseguida a la mente la figura del Papa Francisco cuando, al inicio de su pontificado, el Santo Padre recibió en audiencia a la presidenta argentina. Fue la primera autoridad mundial que entraba en el palacio apostólico para felicitar al Santo Padre. El Papa la acogió con afecto a pesar de que, cuando era cardenal de Buenos Aires, Cristina Fernández le había negado al entonces cardenal audiencia en catorce ocasiones y lo había intentado desprestigiar ante la opinión pública argentina. Magnánimo es el que tiene grandeza de alma. Quien tiene grandeza de espíritu sabe olvidar las afrentas y perdona con sinceridad. El saber de la magnanimidad es la humildad. El poder de la humildad es la magnanimidad.

tranquility_tranquilidad

¡Señor, que sepa acoger en mi corazón la virtud de la magnanimidad! ¡Dame un corazón grande de ánimo capaz de hacer el bien, repartir lo propio, devolver más de lo que recibo, ser prudente en mis acciones, manifestar siempre la verdad, no quejarme nunca, perdonar de corazón, amar sin contrapartidas, preocuparme más de la verdad que de los chismes y de la opinión parcial, no gloriarme por el triunfo o por la alabanza de los demás, estimar poco el poder, desapegarme de lo material! ¡Gracias, Señor, porque pones a mi lado amigos de corazón que saben con palabras sencillas y gestos amorosos corregir mi corazón tantas veces soberbio y egoísta!

No me mueve mi Dios para quererte, versionado por la hermana Glenda:

¡Selah!

Último fin de semana de julio con María, la Madre que supo esperar siempre en silencio la palabra de Dios, en nuestro corazón.
Conocí ayer a un niña uzbeka. Sus padres son cristianos en un país —Uzbekistán— de mayoría musulmana. Son creyentes fieles al Señor y bautizaron a su hija con el nombre de Selah, «¡Siempre!» o «¡Silencio!». ¡Qué bello nombre obtenido de la Biblia!
El padre me comenta que esta palabra aparece infinidad de ocasiones en los Salmos y en la oración de Habacuc, en su traducción hebrea. Cuando se tradujo al latín esta palabra fue omitida en la Biblia aunque en alguna versiones se encuentra en los mismos lugares que utiliza el texto hebreo.
Selah, «¡Siempre!». Para escuchar «¡siempre!» en «silencio» la melodía amorosa de Dios. Pronunciada en uzbeko «Selah» suena armoniosa y alegre. Para saber detenerse en la escucha de la palabra de Dios que hablará a nuestro corazón en el momento más inesperado. Ese «silencio» aparente que no tiene que provocar en nosotros ni desazón ni desesperan porque los silencios de Dios son la manifestación de una gran lírica de amor. Así lo entendió María que «¡guardaba todas las cosas meditándolas en su corazón». El talante de la Virgen era un Selah silencioso. En ese silencio de la oración y la contemplación alcanzaba la claridad necesaria para contemplar los acontecimientos de su vida con una trascendencia de profunda espiritualidad. Ser Madre de Cristo no debió ser sencillo ni en los primeros años y durante la vida pública del Señor. Pero María aquello que no podía entender con palabras lo entendía con el corazón.
Selah, «¡Siempre!». Para hacer «¡Siempre!» en «silencio» una pausa en nuestra vida para dedicársela a Dios, escuchar el susurro de su voz y en la callada melodía de la oración alabarlo, darle gracias, pedir, implorar, pedir perdón, agradecer y glorificar. En ese aparente silencio se producirá en el momento más inesperado una respuesta divina porque Dios habla en el estruendo de nuestra vida pero también el delicado roce de nuestras pequeñas cosas. Él permanece «siempre» a nuestro lado dirigiendo sus palabras y hablándonos al corazón aunque a veces nos sea difícil comprenderlo. El «silencio» «siempre» ofrece al hombre esa claridad necesaria para comprender las cosas de forma diferente. Selah, «¡siempre!». Así lo entendió María y así debería entenderlo yo. ¿No me irían mejor todo si fuera capaz de guardar todas las cosas —don gratuito de Dios— en mi corazón?

¡Bendita seas, María, quiero hacerme alumno de tu Escuela de oración y de vida, aprender de Ti, replegarme de mi mismo y ponerme en camino para mi verdadera conversión! ¡Quiero aprender de Ti, María, de tu obediencia para cumplir la voluntad del Padre, de tu sencillez para no hacer complicadas las cosas, de tu silencio para escuchar la Palabra de Dios en tu vida, de tu bondad para que Dios se fijará en Ti que te entregas siempre por los demás! ¡Quiero aprender de tu escuela, María, en la que antes está el dar que el recibir, el silencio antes que la palabra, la humildad antes que la apariencia, la docilidad antes que la dureza de corazón, la entrega antes que la amistad interesada! ¡Quiero aprender de Ti, María, que eres siempre alegría y aportar esperanza al mundo, que iluminas el camino de nuestra fe, que sales siempre a nuestro encuentro para mostrarnos el rostro de tu Hijo Jesús, que nos haces partícipes de tu fe, que nos recuerdas la exigencia de nuestra fe, que nos invitas a estar siempre vigilantes y predispuestos al acoger con un corazón sencillo y misericordioso! ¡Te pido, María, que iluminado por el Espíritu Santo, me concedas buscar siempre lo que es importante, hacer siempre la voluntad de Dios, capacidad para amar de corazón a los demás, iluminar mi conciencia para hacer siempre el bien, que todas mis acciones estén inspiradas en el Evangelio y que mi estilo de vida sea una imitación de tu Hijo Jesús! ¡Gracias, María, por tu amor de Madre! ¡Bendita seas, María, quiero convertirme en un alumno aventajado de tu escuela de amor, de gracia, de misericordia y de perdón!

Un bello Ave María para honrar a la Virgen en este último sábado del mes de julio:

Una sola cosa es necesaria

Ayer, durante un viaje, fui hospitalitariamente acogido en la casa de unos socios comerciales en un país de Asia Central. Todo fueron agasajos, incluso me ofrecieron un perfume para lavarme las manos. Me recordó el pasaje del Evangelio. El trato gentil y amable al invitado que llega, al peregrino que se acerca buscando cobijo. Antes de la comida los anfitriones, musulmanes, rezan una oración. Yo también abro las manos y ofrezco mi plegaria para que Dios les bendiga a ellos y los alimentos que vamos a recibir. Una de las hijas del matrimonio se queja al padre de que la otra no atiende sus obligaciones.
A Jesús le gustaba hospedarse en casa de sus amigos de Betania, Lázaro, María y Marta. Esta se esmeraba en atenderle con servicial afecto y cariño. Siempre atenta y acogedora. En el momento decisivo, su oración desde el corazón ablandó el corazón de Cristo para moverle a la resurrección de su hermano Lázaro. La oración desde la confianza todo lo puede.
Pero Jesús, siendo su amiga, también la reprende. Sabe que es una mujer servicial pero a veces su trabajo no es perfecto. ¡Cómo me siento identificado con ella! ¡Tantas veces mi servicio es imperfecto, mediocre, hecho de manera rápida, incluso con buena intención pero necesitado de ser reconocido! ¡Cuántas veces necesito que sentir que lo he hecho bien! ¡Cuántas veces ese afán por el aplauso aplaca mi voluntad de ser humilde y sencillo! ¡Cuántas veces pensando que yo lo hago todo y el otro no pega ni golpe! Soy como Marta, amada por el Señor, pero corregido como ella.
Hoy la palabras de Jesús a Marta son un estímulo para mí: «Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas. Sin embargo, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada». Y esa única cosa es sencilla: poner en todo mi corazón en amar a Dios, en servir a Cristo, en entregarme con todo para darme de verdad. Levantarme de mi miseria para hacerme grande en lo pequeño que a la vez es lo más grande: amar.
Y una enseñanza más: mi vida activa no puede tener sentido si no va acompañada de una vida contemplativa para evitar distracciones, que mi corazón y mi mente se dispersen, para perder el sentido de todo, para concentrarme sólo en Dios y con Él y en Él llegar a los demás, servirles de corazón. Una sola cosa es necesaria. ¡Lo tengo claro, Señor: es mi salvación la que debo trabajar!

Una sola cosa es necesaria

¡Señor, Tú sabes que me inquieto y me agito por muchas cosas que son intrascendentes pero que ocupan mi corazón! ¡Ayúdame a ponerlas todas en oración y entregártelas cada día para que se haga siempre tu voluntad! ¡Ayúdame a ser un cristiano coherente, ponértelo todo en oración para que seas Tú quien lo lleve todo, lo consigas todo, lo logres todo! ¡En el silencio de tu Presencia, Señor, quiero entregarme por entero a ti! ¡Que mis afanes cotidianos, Señor, no me alejen de lo importante! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que escuche siempre tus susurros, para hacerme dócil a tu Palabra, para que me ayude a tener siempre una actitud contemplativa, para que mi alma esté siempre atenta a los designios de Dios! ¡Ayúdame, Señor, a orar antes de trabajar, a poner todo mi trabajo en tu presencia para que sea siempre honrado, justo, bien hecho, servicial! ¡Ayúdame a marcar prioridades, a saber dejar lo intrascendente, a no buscar excusas para anteponer mis quehaceres a la oración! ¡Señor, sin Ti nada bien puedo hacer! ¡Y a ti, Santa Marta, te pido por tantos Lázaros que hay en nuestras familias y en nuestro entorno social y laboral, para que intercedas ante el Señor y los resucite del pecado y los libre de la muerte eterna con un conversión sincera y vean algún día en su vida al Cristo resucitado!

Lo que agrada Dios, cantamos hoy:

La voluntad de Dios en mi vida

Cada día rezo el Credo al comenzar la Coronilla de la Divina Misericordia: «Creo en Dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra». Pensaba ayer en la dolorosa escena final de Cristo en la Cruz cuando exclama: «¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!». Esta enorme frase es, sin embargo, la enseñanza que Cristo me traslada para encomendarme al cuidado amoroso del Padre y creer realmente en su acción sobre mi vida dejando que sea el mismo Dios el que la modele.
«Creo en Dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra». Esta primera frase del Credo es todo un desafío para el ser humano. ¿Lo creo de verdad? ¿Creo realmente que Dios es tan poderoso que controla todas las cosas visibles e invisibles, que controla incluso cada milésima de segundo de mi propia vida? ¿Y si lo creo, por qué tantas veces dudo, me desespero, me intranquilizo por mi situación, me aferro a mi voluntariedad, a mis cosas…? ¿Creo realmente que Dios es mi Padre y que nunca me abandona?
Es Dios, Padre Todopoderoso, Creador, el que revela mi vida, mi identidad, mi dignidad, mi esperanza. ¿Por qué temer entonces? Con el amor del Padre, ¿por qué tantas inseguridades, tantos miedos, tanta desesperanza?
Ese «¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!» está muy unido al Credo porque esta frase de Jesús me muestra la estrecha y profunda relación con Dios. Me enseña que en Dios Padre se asienta el amor más perfecto; el amor del Padre que crea, que sana, que purifica, que dignifica, que levanta, que da esperanza.
Es verdad que la voluntad de Dios es un auténtico misterio. Que muchas veces no comprendes por qué permite ciertas cosas en tu vida. Pero Dios quiere que sea capaz de descubrir cuál es en mi vida Su voluntad que me revela a través de la gracia. Y espera que crea en Él, en ese plan único pensado para mí aunque tenga que hacer frente a la multitud de obstáculos e interferencias que yo le pongo: mis tentaciones, mis faltas frecuentes, la mundanidad de mi pensamiento, mi voluntad intransigente y pertinaz, la terquedad de mi tibieza, la hinchazón de mi orgullo y mi soberbia, las dudas cuando no se cumple lo que espero, mi predisposición a seguir mi camino aunque no sea el que Él ha trazado para mí…
Pero cuando contemplas el gran amor de Dios hacia Jesús, que permite incluso el sacrificio de la cruz, no puedo poner a prueba el amor que Dios siente por mí. Hacerlo es no creer en él, no amarle de verdad porque no hay nada que Dios no controle. Todo, incluso lo aparentemente más absurdo de mi vida, está en el plan de Dios y tiene un significado.
«Creo en Dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra». Si lo creo de verdad, no puedo más que ponerme en sus manos, confiar en que estoy grabado en su corazón y eternamente vivo en su santa voluntad. ¡Creo en Ti, Señor, que nada ni nada me separe de tu amor!

¡Padre de Bondad y de Misericordia, pongo en tus manos mi vida para que hagas de ella lo que mejor sea para mí! ¡Lo que me toque vivir, Señor, lo acepto con amor para que tu voluntad se cumpla en mi vida! ¡Me pongo tus manos, Padre, que me has creado por amor y lo hago con toda mi confianza! ¡Padre creo en Ti y en tus manos encomiendo mi vida, mi corazón, mi espíritu y mi alma, la vida de mi familia y de mis hijos, de mis amigos y la de mis compañeros de trabajo! ¡Dame, Jesús, la gracia de seguirte siempre con disponibilidad a donde quieras llevarme, incluso si el camino es el de la Cruz y al total desprendimiento de mi mismo! ¡Espíritu Santo, ayúdame a que mi vida sea como la de Jesús, coherente con el cumplimiento de la voluntad de Dios! ¡Que mi búsqueda de esa voluntad sea mi principal ocupación! ¡Y creo en Ti, Padre, porque no hay más que un solo Dios! ¡Y te amo con todo mi corazón, con toda mi alma, con todo mi espíritu y con toda mi fuerza porque siempre estás a mi lado para salvarme, para amarme! ¡Porque me haces sentir mi pequeñez y tu grandeza! ¡Porque eres rico en misericordia y clemencia, porque escuchas mis plegarias, por perdonas mis infidelidades, porque manifiestas siempre fidelidad a pesar de mis pecados! ¡Porque tu palabra es Verdad, porque tus promesas se cumplen siempre, porque tus palabras no engañan, porque me puedo confiar con toda confianza a Ti y a la fidelidad de tu palabra! ¡Porque tu sabiduría rige el orden de la creación ya que eres el Creador del cielo y la tierra! ¡Porque eres el Amor eterno y tu amor es tan grande que nos has dado a Jesús, tu Hijo! ¡Quiero reconocer tu grandeza y tu majestad! ¡Señor mío y Dios mío, quítame todo lo que me aleja de ti! ¡Señor mío y Dios mío, dame todo lo que me acerca a ti! ¡Señor mío y Dios mío, despójame de mí mismo para darme todo a ti!

Alabamos a Dios con esta la cantata BWV 16 de Juan Sebastian Bach, Herr Gott, dich loben wir (Señor Dios, te alabamos):

Pensar en la otra vida

Viajo con un hombre de negocios al que apenas conozco. Ambos tenemos por delante un largo viaje. Acomodados en nuestros asientos del avión, le pregunto: «¿Te has fijo la belleza del paisaje desde las alturas? ¡Qué hermosura el cielo, las costas, las montañas!». La conversación llega a niveles de mayor trascendencia. En un momento determinado me dice: «A mí todo esto del cielo y el infierno me parece ridículo. Una invención de la Iglesia para generar miedo. A mí el Cielo no me atrae para nada. Y el infierno no me asusta porque no existe».
Es triste, pero los hombres somos tan terrenales que nos aferramos a la mundanidad de la vida, obviando la trascendencia. Nos asimos a lo que experimentamos y conocemos. Nada más. La razón nos faculta para identificar ideas y conceptos, para cuestionarlos, para tratar encontrar coherencia o contradicciones entre ellos. Nos permite discernir lo bueno de lo malo. Lo hermoso de lo feo. Los agradable de lo que no lo es. Y tratamos de lograr para nosotros lo mejor de la vida. El afán del ser humano es acomodarse lo mejor posible al ambiente en el que vive. No extraña nada. La vida nos regala cosas muy hermosas. Nos permite amar y ser amados. Admirar bellos monumentos, hermosos paisajes, magníficas obras de arte, excelentes películas, leer libros llenos de poesía, contemplar como nuestro trabajo ofrece los frutos deseados, satisfacer nuestras apetencias, viajar a lugares increíbles, disfrutar de una gastronomía rica y variada…
Relativizar todo esto no es una tarea sencilla. La gente con la que convivimos, nuestra familia, nuestra pareja, nuestros hijos, lo que hemos obtenido como fruto de nuestro esfuerzo… Todo exige esfuerzo para conseguirlo y para mantenerlo.
La consecuencia de todo ello: no es fácil pensar en la otra vida. No es sencillo tener presente ni el cielo ni el infierno. Y como a este compañero de viaje, ni nos atrae el cielo, ni damos importancia al infierno. ¿Y por qué ocurre esto? Porque nos creemos dioses en minúsculas. Actuamos como seres inmortales. Y consideramos una ridiculez que el cielo y el infierno existan. ¡Pero a uno de estos dos lugares estamos predestinados!
Por eso hoy pongo en oración que mi destino y el de los míos es alcanzar el cielo prometido. Mi destino es la eternidad, mi auténtico hogar. La única opción de mi vida. Y esa debería ser mi ambición personal. No quiero convencerme de que la felicidad se asienta en la tierra porque la felicidad perfecta y total está en la vida eterna. ¡Que no olvide nunca, Señor, que me has creado para llegar un día junto a Ti en el cielo!

vida eterna

¡Sí, Señor, que no olvide nunca que Dios me ha creado para alcanzar la vida eterna! ¡Padre Bueno, creo en Cristo, tu Hijo! ¡Creo, Padre, firmemente en la verdad de su testimonio, que solo Él tiene palabras de vida! ¡Creo, Padre, que solo en Jesús y con Jesús puedo ser feliz, porque solo en Él soy amar auténticamente! ¡Dame, Señor, tu gracia para que a través de la oración acreciente mi fe y pueda hacerla vida con el amor a los que más cerca tengo! ¡Señor, soy pequeño y pecador! ¡Algunas veces he dudado de tus preceptos y he buscado la felicidad sin Ti! ¡Sácame, Señor, de mis comodidades y aburguesamientos y pídeme lo que sea más conveniente para mí para llegar al cielo! ¡Reconozco, Señor, que la pena de mi pecado es separarme ti! ¡Acepto, Señor, el alto precio que pagaste por mis pecados cuando moriste en la Cruz! ¡Ven, Jesús, a mi corazón y perdóname todos mis pecados! ¡Te entrego, Señor, el control de mi vida y recibo tu Espíritu Santo como señal de ser adoptado en tu familia! ¡Ayúdame, Señor, a soñar con metas altas, con cumbres elevadas, con estrellas que iluminen mis caminos! ¡Tú estás, Señor, en todo! ¡No quiero, Señor, huir de ti nunca! ¡Ayúdame a avanzar, Jesús, desde mi pobreza y mi pequeñez! ¡Siento, Señor, la desproporción entre mi vida pobre y tu grandeza, entre la vida eterna como promesa y mi vida acomodada! ¡Te amo, Señor!

Vida eterna, cantamos hoy con Ricardo Montaner:

Al encuentro de Jesús en Cracovia

Hoy comienza en Cracovia la JMJ 2016. Durante muchos días miles de jóvenes de todo el mundo testimoniarán su fe acompañando al Santo Padre. Lo harán en la tierra de san Juan Pablo II y en la de la santa de la Misericordia, Faustina Kowalska. Serán días de oración para ellos pero también para los que, en nuestros entornos, viviremos esa jornada desde la distancia pero con el corazón abierto a la escucha y la contemplación, rezando por los enormes frutos que el Espíritu Santo derramará en Polonia.
Tal vez los que estamos lejos de Cracovia podamos vivir esta jornada desde una perspectiva más contemplativa, integrando la oración de una manera más intensa en nuestra vida cotidiana. Cuidando de manera serena e íntima el lugar que Dios ocupa en nuestra vida. Cuidar el fondo de nuestro corazón para dejar que allí repose cómodamente Dios. Eso no sólo nos ayudará a mantener la conciencia clara de que Dios vive en mí y yo en él, sino que nos hará entregarnos a los demás como una mirada nueva. No hay nada más agradable que sentir vivamente en lo profundo de uno mismo la presencia de Dios.
Orar para ir al encuentro del Señor como harán tantos jóvenes en Cracovia. Orar para que sea Él el que se convierta en el auténtico y único protagonista de nuestra vida. Orar para no caer en la tentación, para hacerse fuerte en los momentos de debilidad, de sufrimiento y de aflicción. Orar para alabar y agradecer a Dios por tantas gracias recibidas. Orar para ver cómo Dios se hace presente cada día en nuestra vida, para adivinar su presencia en los acontecimientos cotidianos que nos toca vivir.
Caminar unido a los demás para sentirse Iglesia como harán los jóvenes que se llegarán a la tierra de Nuestra Señora de Czestokowa, buscando siempre la voluntad de Dios, acompañando a mis hermanos en la fe, para sostenernos en la debilidad y para iluminar con la luz de la fe. Para hablar a aquellos que no conocen a Dios de Dios, para dar esperanza a los que la han perdido, interpelar a los que dudan y dar apoyo a los que lo necesitan.
Manifestar la misericordia en este encuentro bajo el signo de la Misericordia. Para ser misericordiosos como el Padre. Para sentir esa mirada de Dios en nuestro interior a pesar de nuestros pecados, limitaciones y fracasos. Para traspasar nuestra mirada a los demás para hacerles sentir la fuerza extraordinaria de la cruz. Para dejarse traspasar por la misericordia divina. Para no tener nunca miedo porque el amor y la misericordia de Dios son infinitas. Para poder exclamar con alegría cristiana: «¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!»
Y, encomendarse a María, que desde la montaña de Jasna Gora, nos acompañará a todos en este camino de conversión interior y vivencia espiritual. Son sólo cinco días que, desde la distancia, podemos convertir en una extraordinaria experiencia de fe.

logo jmjok

Oración oficial de la JMJ Cracovia 2016:

Dios, Padre misericordioso,
que has revelado tu amor en tu Hijo Jesucristo,
y lo has derramado sobre nosotros en el Espíritu Santo consolador,
te encomendamos hoy el destino del mundo y de todo hombre”.
Te encomendamos en modo particular
los jóvenes de toda lengua, pueblo y nación.
Guíales y protégeles en los complejos caminos de hoy
y dales la gracia de poder cosechar abundantes frutos
de la experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia.
Padre celestial,
haznos testigos de tu misericordia.
Enséñanos a llevar la fe a los que dudan,
la esperanza a los desanimados,
el amor a los indiferentes,
el perdón a quien ha obrado el mal y la alegría a los infelices.
Haz que la chispa del amor misericordioso,
que has encendido dentro de nosotros
se convierta en un fuego que transforma los corazones
y renueva la faz de la tierra.
María, Madre de Misericordia, ruega por nosotros.
San Juan Pablo II, ruega por nosotros.
Santa Sor Faustina, ruega por nosotros.

Himno oficial de la JMJ:

Peregrinando con Santiago apóstol

Hoy celebramos la fiesta de Santiago apóstol, el primero que sufrió martirio y dio su vida por el Señor. Una festividad que me invita, desde lo más íntimo del corazón, a meditar y orar por la renovación de mi fe, mi esperanza y mi compromiso cristiano. Una celebración que me recuerda que lo importante es el servicio en esta sociedad abierta a diferentes culturas y sensibilidades. Santiago también abandonó en su tiempo las fronteras de su mundo y buscó nuevos horizontes para llevar la Palabra de Jesús a otros lugares.
Cuando uno lee en el Nuevo Testamento reconoce en él a un hombre temperamental, ambicioso, deseoso de ocupar los primeros lugares. Sin embargo, la fidelidad a Jesús, el haber compartido su experiencia extraordinaria de Su Transfiguración y el momento trágico de la agonía en Getsemaní debieron provocar en él una fuerte maduración en su fe. Santiago conoció los momentos de gloria de Jesús, sus milagros, sus curaciones, sus palabras. Pero también la contraposición a ese esplendor con la humillación en la muerte en la Cruz.
Santiago comprendió que seguir a Jesús no es sencillo, que uno puede verse rodeado de la gloria de la bendición pero también del sufrimiento, del dolor y de la debilidad. Todo este le permitió recibir al Espíritu Santo el día de Pentecostés con una gran preparación interior. Y desde ese momento su peregrinación consistió en dar testimonio de Jesús, de abandonar la necesidad de figurar para darse a los demás, la generosidad de acoger en el corazón la llamada de Jesús, la valentía de abandonarse a las manos del Padre sin asumir las propias seguridades personales, la disponibilidad con los que caminan junto a nosotros, el sacrificio de dar la vida por Cristo —en nuestro caso tal vez no con nuestra muerte física, pero el cristiano también muere en este mundo de otras maneras también dolorosas— y, fundamentalmente, su adhesión valiente, entregada, amorosa y desprendida a Jesús.
En este día tomo también mi bordón de peregrino para caminar por el camino de la vida al encuentro de Jesús, animado por el ejemplo de Santiago y con la alegría de sentir que camino hacia la tierra prometida por una ruta de penitencia, esperanza, confianza y conversión.

Peregrinando con Santiago

Cada año rezo en este día la oración que el Papa san Juan Pablo II pronunció el 19 de agosto de 1989 ante la tumba del Apóstol en la Jornada Mundial de la Juventud que tuvo lugar en Santiago de Compostela. Así que hoy, la oración que acompaña habitualmente la meditación es de nuestro venerable pontífice al que llevamos todos en nuestro corazón:

¡Señor Santiago!
Heme aquí, de nuevo, junto a tu sepulcro
al que me acerco hoy, peregrino de todos los caminos del mundo,
para honrar tu memoria e implorar tu protección.
Vengo de la Roma luminosa y perenne,
hasta ti que te hiciste romero tras las huellas de Cristo
y trajiste su nombre y su voz hasta este confín del universo.
Vengo de la cercanía de Pedro, y, como Sucesor suyo,
te traigo, a ti que eres con él columna de la Iglesia,
el abrazo fraterno que viene de los siglos
y el canto que resuena firme y apostólico en la catolicidad.
Viene conmigo, Señor Santiago, una inmensa riada juvenil
nacida en las fuentes de todos los países de la tierra.
Aquí la tienes, unida y remansada ahora en tu presencia,
ansiosa de refrescar su fe en el ejemplo vibrante de tu vida.
Venimos hasta estos benditos umbrales en animosa peregrinación.
Venimos inmersos en este copioso tropel que desde la entraña de los siglos
ha venido trayendo a las gentes hasta esta Compostela
donde tú eres peregrino y hospedero, apóstol y patrón.
Y venimos hoy a tu vera porque vamos juntos de camino.
Caminamos hacia el final de un milenio que queremos sellar con el sello de Cristo.
Caminamos, más allá, hacia el arranque de un milenio nuevo
que queremos abrir en el nombre de Dios. Señor Santiago,
necesitamos para nuestra peregrinación de tu ardor y de tu intrepidez.
Por eso, venimos a pedírtelos hasta este «finisterrae>> de tus andanzas apostólicas.
Enséñanos, Apóstol y amigo del Señor,
el CAMINO que conduce hacia El.
Ábrenos, predicador de las Espadas,
a la VERDAD que aprendiste de los labios del Maestro.
Danos, testigo del Evangelio, la fuerza de amar siempre la VIDA.
Ponte tú, Patrón de los peregrinos,
al frente de nuestra peregrinación cristiana y juvenil.
Y que así como los pueblos caminaron antaño hasta ti,
peregrines tú con nosotros al encuentro de todos los pueblos.
Contigo, Santiago Apóstol y Peregrino,
queremos enseñar a las gentes de Europa y del mundo
que Cristo es-hoy y siempre- el Camino, la Verdad y la Vida.

Felicidades a todos los Jaimes y Santiagos.

Escuchamos hoy el Himno al Apóstol Santiago:

Sentado junto al arroyo

Como muchos otros días le pido al Señor que me ofrezca para iniciar la oración una palabra. Y abro aleatoriamente la Biblia. Mi mirada se fija en esta frase del Libro de los Reyes: «Vete de aquí; encamínate hacia el Oriente y escóndete junto al torrente Querit, que está al este del Jordán». Me quedo desconcertado. Pero le pido al Espíritu Santo iluminación y comprendo que el Señor prueba mi fidelidad y desafía mi lealtad. Me pide que me mantenga en la humildad, en la obediencia, en la escucha de su Palabra. Me pide que permanezca en silencio junto a Él para vivir en Él, confiar en Él, dejar que sea Él el que lleve el control de mi vida. El Señor quiere que viva seguro bajo su protección; es un desafío a no tener miedo, a vivir confiando en su cuidado.
Le digo al Señor que no deseo ocupar un lugar privilegiado entre los que se encontraban en la montaña de las Bienaventuranzas viendo el milagro de la multiplicación de panes y peces. Ni quiero permanecer a sus pies perfumándole con la esencia de nardo; ni estar invitado en las bodas de Caná para contemplar su primer milagro público; ni en la piscina de Siloé para ver sanar a aquel enfermo; ni subido en la barca cuando las aguas se agitaron en el lago de Genesaret; ni agitando las palmas en su entrada en Jerusalén; ni caminando por los polvorosos caminos de Galilea o en las orillas del lago de Tiberiades; ni siquiera en el momento glorioso de la institución de la Eucaristía o de la ignominiosa crucifixión en el monte Calvario…
Simplemente quiero permanecer sentado, agazapado, junto al arroyo de Querit para, en silencio, esconderme y aguardar el susurro de su voz. Anhelo estar allí, para sentir su compañía escuchando como corre el agua del arroyo. En este lugar se pone de manifiesto la sencillez de la vida que se resume en aceptar la voluntad de Dios. En este entorno, en el silencio de la oración, siento viva la presencia del Señor. Aquí fluye con sencilla armonía la grandeza de las pequeñas cosas de la vida. Puedes seguir el curso del agua que te muestra el camino de la vida. Es un susurro callado, apacible, alejado del ruido del mundo. En ese silencio, fluye en el corazón la presencia callada de Dios que te llama. «Ven a mí para que no se seque el agua del arroyo de tu corazón».

Sentado junto al arroyo

¡Señor, no permitas que se seque el agua viva de mi corazón! ¡Haz que cumpla siempre tu voluntad! ¡No dejes que se sequen los arroyos de mi vida! ¡Llévame al arroyo de Querit, Señor, para no separarme nunca de Ti, para que puedas probar mi fidelidad, para llenar mi corazón del agua abundante de tu Espíritu! ¡Llévame, Señor, al arroyo de Querit para que muera mi yo soberbio y egoísta, falto de amor y servicio, ambicioso y tibio, para vivir siempre en tu Espíritu! ¡Señor, quiero mantenerme siempre fiel a Ti para que, suceda lo que suceda en mi vida, sepa esperar tu tiempo, para que la primera gota de agua empape mi corazón y me llene de tu gracia! ¡Señor, gracias porque te ocupas de mí y me das la seguridad de acompañarte dónde tu me lleves! ¡Sé, Señor, que incluso sabré disfrutar sin amargura ni queja de esta sequía que Tú me traes porque Tú proveerás lo que yo necesito! ¡Señor, gracias porque no me abandonas nunca! ¡Mi alma tiene sed de Ti! ¡Señor, Tú sabes que mis lágrimas también me han alimentado de día y de noche por eso de doy gracias! ¡Gracias, porque cada situación difícil por la que he pasado me ha permitido crecer en mi relación contigo y me ha permitido conocerte mejor y comprender que eres un Dios fiel! ¡Gracias, Señor, mi Dios!

Mi dulce Señor, cantamos hoy para acompañar esta meditación:

Vivir con el horizonte de Dios

Cuarto fin de semana de julio con María, la mujer de las cosas sencillas, en nuestro corazón. María me enseña hoy, contemplando su vida, que cuando reservo mi vida de relación con Dios exclusivamente a los tiempos que dedico a orar, a meditar, a la lectura espiritual, a asistir a la Eucaristía diría me hago pequeño, tan diminuto que el Señor acaba colocándose al margen de mi vida y acabo convirtiéndome en un cristiano que conozco muy bien a Dios y puedo hablar maravillas de Él, pero mi vida está a años luz de mostrarlo a los demás.
Jesús me recuerda constantemente en las páginas del Evangelio cómo era su vida; cómo era su relación con el Padre; cómo trataba a los demás; cómo escogió a sus discípulos entre los más humildes y sencillos de Galilea para dejar constancia que seguirle a Él no es tarea de los que han logrado una vida santa sino de los más pequeños. Y que gracias a su convivencia con ellos pudieron alcanzar la santidad a la que hoy y cada día me invita.
Esto fue, sin duda, lo que la Virgen comprendió: sólo se puede vivir con el horizonte de Dios en cada una de las situaciones y circunstancias de la vida. En esta manera de actuar de María, que nos los muestra con su propia vida, está el ejemplo a seguir. Ella no aparece con grandes oropeles por las páginas del Evangelio. Su presencia es a cuentagotas, mostrándonos una vida escondida en Dios y para Dios, entregándose al Señor en cada una de sus quehaceres cotidianos. Ese es el camino que Jesús marca para alcanzar la santidad. Cada acción, cada palabra, cada pensamiento, cada deseo, cada actuación… incluso en lo más recóndito de nuestro ser tiene que estar revestido por la revelación divina. Es un error convencerse de que en mis grandes actos o en mis momentos de oración el Señor se hace más presente. Dios desea irradiarse desde la más ínfima de nuestras actividades y desde esa pequeñez, que le llevemos a Él a todos los corazones. Dios anhela la salvación desde mi propia vida. Y eso me enseña la Virgen, que Dios se hace presente en mi vida a través de la sencillez de mis cosas diarias impregnándolas de su amor, de su misericordia e, incluso, de su propia santidad. Si soy capaz de ser pequeño en lo diario lograré irradiarle a Él a todos los que me rodean.

virgen maria

¡María, Madre de Gracia, de Amor y de Misericordia, quiero imitarte en todo! ¡Acepta, María, mi persona y todas aquellas cosas buenas que hago por la gracia que derrama sobre mí el Espíritu Santo! ¡Ayúdame a seguir tu ejemplo siempre para conservarlo todo en mi corazón como hiciste Tu y ser siempre constante! ¡Ayúdame a perseverar en mi vida de oración y mantenerme firme en mis actitudes cotidianas! ¡Dame la fuerza para seguir siempre adelante en los momentos de debilidad! ¡Ayúdame a hacer siempre las cosas bien hechas por amor a Dios y a los demás! ¡Gracias, Jesús, por habernos dado a tu Madre como nuestra Madre fiel, compañera de mi peregrinar por este mundo, por ser la linterna que ilumina mis pasos, por ser el ejemplo de que debo hacer la voluntad de tu Padre en todo momento! ¡Quiero serte fiel, Señor, como lo fue tu Madre, e imitarla siempre en todas sus virtudes, en su amor hacia ti, en su contemplación de tu vida, en ser un trabajador más para tu reino, en estar siempre a tu lado incluso en los momentos difíciles, en acudir a ella para que me consuele como te consoló a ti, para que me ayude a alcanzar una imitación auténtica de tu vida, de tu amor, de tu misericordia, de tu generosidad y de tu compasión! ¡María, gracias, por amarme como me amas! ¡Enséñame a vivir dócil a la Palabra de Dios, a dejarme guiar por ella, a ser siempre un servidor fiel!

En este sábado que dedicamos nuestra meditación a la Virgen, ofrecemos esta bella canción: The Seven Rejoices of Mary

¿Soy envidioso?

Escucho a una persona hablar de otra con humor negro, llena de resentimiento. En un momento lanza una frase que lo delata: «¡Qué envidia me da! ¡No se merece lo que tiene, lo ha ganado sin esfuerzo!».
Pocas veces meditamos sobre el décimo mandamiento. Habla de codicia. De no caer en deseos impuros. Pero también de envidia. A diferencia de los demás, que hacen referencia a nuestro comportamiento, este mandamiento habla de lo que sucede en mi interior: mis deseos, mis inclinaciones, mis pensamientos. Me llama a buscar la pureza del alma. El pecado tiene su raíz en los pensamientos negativos y si me mantengo en este pensamiento saldrá de mi corazón el deseo pecaminoso a que a la vez me llevará a actuar de manera incorrecta. Pienso en esta persona, llena de amargura y resentimiento.
La envidia es demoledora. Es un cáncer para el corazón y un veneno letal para el alma. Es la envidia uno de los pecados preferidos del demonio, por él entró la muerte en el mundo. El envidioso, que no acepta la felicidad ajena, atormenta su alma con el querer la felicidad ajena y esa infelicidad le hace vivir en la insatisfacción permanente. Por eso el envidioso hace daño a los demás, pero sobre todo se hace daño a sí mismo.
La envidia impide ser feliz porque destruye el corazón del hombre. Llena de vacíos el alma porque la consecución de lo perecedero provoca desasosiego y sufrimientos. Crea un desbordamiento de insatisfacción porque el envidioso busca siempre el fracaso ajeno, trata de siempre de destruir al prójimo, a lanzar mentiras injuriosas, a buscar sus defectos, a relativizar sus cualidades, a ridiculizar sus virtudes, a buscar la venganza, a murmurar con despecho, a rivalizar con denuedo, a difamar con intención torticera, a mantener actitudes de desdén permanente, a criticar por cualquier cosa. El envidioso cierra la vista a la verdad porque sufre por no tener perspectivas hermosas, por dar más importancia a lo externo que a lo profundo del corazón.
La envidia aleja de Dios. Pone un muro con su amor. El deseo del mal ajeno es el mejor instrumento del demonio para dar rienda suelta a la codicia, a la soberbia, a la ambición desmedida, al rencor y a pecados de mayor enjundia.
¿Cuál es o debería ser el objetivo de mi vida? Amar; y amar consiste en tener un corazón puro, en el que repose Dios que es el desprendimiento absoluto. En un corazón puro que esté el Señor no cabe la envidia.
La envidia destruye la convivencia y la paz entre las personas y es motivo para que la amistad, la fraternidad y el amor entre tantos hermanos, amigos, compañeros de trabajo, feligreses de una parroquia… se resquebraje convirtiéndose en añicos.
¿Por qué cuesta tanto gozar sinceramente con los éxitos ajenos? ¿No será que nuestra vida interior es pobre, que nuestra caridad es insignificante, que nuestro amor es interesado, que nuestra alegría es banal, que nuestras frustraciones son muchas o que nuestros complejos de inferioridad son punzantes? ¿Por qué no caemos en la cuenta de que Jesús fue entregado a la muerte por envidia? Solo meditando esto, habría que pedirle cada día a Dios que nos ofrezca la gracia de amar al prójimo para no entregarlo a la muerte por nuestra envidia.

¿Soy envidioso?

¡Señor, la caridad no es envidiosa! ¡Ayúdame a no tener envidias, ni celos, ni injuriar a nadie, ni difamar, ni a murmurar, ni a codiciar los bienes ajenos, ni maldecir, ni a alegrarme por el mal de los demás, ni añorar lo que otros tienen! ¡Ayúdame a no matar al prójimo con mi envidia! ¡Muéstrame siempre la fealdad y oscuridad de la envidia! ¡Sana mi corazón de la envidia cuando ésta penetre en mi vida! ¡No soy perfecto, Señor, y en mi vida puedo cambiar muchas cosas, ayúdame con la gracia de Tu Espíritu a pulirlas y mejorarlas! ¡Hazme siempre caritativo y amable! ¡Ayúdame, Señor, siempre a descubrir esos defectos de orgullo, de desprecio a los demás, de indiferencia, de comodidad, de soberbia, de egoísmo! ¡Ayúdame, Señor, a ver todo lo que no gusta a los demás de mí para que pueda cambiar! ¡Derrama sobre mí tu santa gracia, Señor, y embellece mi corazón y mi alma con virtudes y dones que a los demás les resulten siempre agradables para que te vean a Ti en mis actitudes, palabras y acciones! ¡Ayúdame, Señor, a convertirme en un instrumento tuyo para bendecir al prójimo! ¡Que no me duelan las críticas ajenas, Señor, que pueda caminar siempre con la dignidad de ser Hijo tuyo! ¡Pongo en tus manos mis obras, mis cosas, mi vida, las personas a las que quiero! ¡Te confío, Dios, mío la pequeñez de mi corazón para que haciendo bien lo pequeño pueda santificar cada día mi vida!

Tu me has seducido, Señor, cantamos hoy con la Hermana Glenda: