«¡Permaneced en mi Amor!»

«¡Permaneced en mi Amor!» Esta es una de las invitaciones más hermosas pronunciadas por Jesús. Directa al corazón. Es una invitación para pedirle al Espíritu Santo, huésped de mi alma, que venga a mi corazón, para que me transforme interiormente en una progresiva configuración de mis sentimientos, mis actitudes y mis pensamientos para decir como san Pablo «no soy yo, es Cristo quien vive en mí». El Amor de Dios es infinito. El Amor de Cristo es infinito, pero mi pecado expulsa de mi corazón el Amor y me incapacita para amar como Dios desea.
Es el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo consolador, quien derramando su amor divino en mi corazón como sabia viva, el que me permite amar con su mismo Amor. Por eso le pido al Espíritu Santo que me lave, me purifique, me transforme y me vivifique para perseverar en mi vida espiritual, para que crezca en mi la caridad y el amor.
El Espíritu Santo no dará por mí ni un abrazo de consuelo, ni una palabra de afecto, ni un mirada de complicidad… si yo no me abro a su gracia. Me corresponde a mi poner todo el empeño para permanecer en Su Amor.
Hoy le pido al Espíritu Santo que me inunde con su Presencia, que me llene de su gracia, que me inunde de su Amor y me vivifique con sus dones para hacer fecundo el apostolado cotidiano de mi vida, para que cada uno de mis gestos, de mis acciones, de mis pensamientos y de mis palabras se conviertan en un irradiación auténtica de Cristo.
Y la pregunta que me planteo sacude mi interior: ¿Me esfuerzo realmente cada día por transformar mi corazón? ¿Soy consciente de que si permanezco en el Señor seré capaz de dar frutos más abundantes?

Permaneced en mi amor

¡Espíritu Santo, Espíritu del Dios vivo, eres el alma de mi alma! ¡Te adoro, Espíritu Santo, desde mi pequeñez y mi nada! ¡Te pido hoy con humildad que me guíes, me consueles, me fortifiques, me ilumines, mi vivifiques, me purifiques! ¡Revélame, Espíritu de Dios, tus deseos para que yo los cumpla con alegría! ¡Hazme saber siempre lo que debo hacer, cómo hacerlo, lo que debo sufrir, lo que debo conocer, lo que debo cargar, cómo debo acogerlo en mi corazón y en mi vida! ¡Hazme saber, Espíritu divino, tu voluntad y la voluntad de Dios pues mi vida no puede ser más que un «sí» a los deseos del Padre Eterno! ¡Aquí me tienes, Espíritu Santo, me diste tus dones en el bautismo, me llamas en la oración y en cada instante de mi vida, me acercas al que sufre, al que no te ve, al que no cree en Ti! ¡Ayúdame a conocer mejor a Jesús para servirlo siempre, para gloria de la Trinidad! ¡Tú que eres el Amor más grande, llena mi corazón! ¡Tú que eres Santo, ayúdame a santificar mi vida! ¡Tú que eres la Entrega más grande, utiliza mi pequeña persona para tus fines! ¡Tú que eres la Plenitud, lléname con tu gracia! ¡Hazme Tú, Espíritu de Dios, que mi corazón lo anhela!

Ven, Espíritu Santo, enciende nuestro corazón, cantamos hoy al Señor:

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