El Señor mira desde el cielo

Regreso de un viaje profesional por Asia Central. Debo hacer varias escalas en diferentes aeropuertos. Aprovecho para rezar escalonadamente entre tantas horas de vuelo unos salmos. De casualidad elijo el salmo 33 y me regocijo en esta estrofa: «El Señor observa desde el cielo y contempla a todos los hombres; Él mira desde su trono a todos los habitantes de la tierra; modela el corazón de cada uno y conoce a fondo todas sus acciones», que tantas veces rezamos en el oficio de laudes. Estoy a gran altura, tan cerca de Dios. El vuelo está lleno de gentes de numerosas nacionalidades. Con la mayoría no podría cruzar palabra, se expresan en idiomas incompresibles, pero todos somos hijos de Dios. No es necesario conocer todas las lenguas pues muchas veces no comprendemos ni a los que hablan nuestro mismo idioma. ¡Cuántas veces pronunciamos o escuchamos aquello de «no comprendo lo que dices, pero lo respeto»!
En esta sociedad donde todo sucede tan rápido, que vamos de un lado a otro sin fijarnos en las necesidades de los que pasan a nuestro lado la empatía brilla por su ausencia. Estamos convencidos de que siempre —siempre— actuamos mejor que el prójimo, y el juicio ajeno es más habitual que el servicio desinteresado a los demás. Pero mirando a gentes de tantas nacionalidades distintas —muchos de ellos no creyentes—, de otras religiones, sientes que Dios no nos creó para juzgarnos sino para amarnos. Él se hace cargo de nuestros abandonos, de nuestras caídas, de nuestras faltas, de nuestras necesidades o de nuestros errores.
Cuando uno camina solo por la vida, sorbiendo del vaso de la angustia y el sufrimiento, lo normal es que el alma se desplome. La confianza se debilita por tener que hacer frente a tantos flancos abiertos. Pero Dios envía siempre una cuerda a la que sujetarse. A veces es, incluso, un fino hilo en apariencia insignificante pero basta con agarrarse con confianza a él para darse cuenta de que es Su amor y su misericordia el que lo sujeta todo. Y sabes, entonces, que no caminas solo. Entonces miras desde la ventana del avión y no puedes más que alabar a ese Dios Padre bondadoso porque «El Señor mira desde el cielo, se fija en todos los hombres; desde su morada observa a todos los habitantes de la tierra; Él modeló cada corazón, y comprende todas sus acciones». Y repitiendo este salmo mi corazón exulta de gozo por saberme tan amado y comprendido, tan protegido y tan entendido. ¡Gracias, Señor, por tu compañía!

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¡Señor, gracias, por tu compañía! ¡Quiero, desde mi pobre y sincero corazón alabarte y glorificarte! ¡Quiero, Señor Padre mío, elevar hacia Ti este cántico de acción de gracias para proclamar lo maravilloso, bueno y grande que eres! ¡Quiero proclamar desde las alturas que tu eres mi Dios cercano! ¡Mi corazón se llena de gozo por sentir tu cercanía! ¡Tus obras, Señor, son amorosas y misericordiosas, Tu Palabra es sincera y tus acciones llenas de generosidad! ¡Tú eres la Verdad, Señor! ¡Tú, Señor, has creado los cielos y la tierra, y un soplo tuyo da aliento a todo lo que existe! ¡Señor, que todos alaben tu nombre! ¡Tu plan salvífico, Señor, penetra el mundo entero! ¡Tu proyecto, Señor, permite los acontecimientos de la Historia aunque nuestra ceguera humana y nuestro pobre corazón sea imposible descubrirlo! ¡Señor, me siento feliz de pertenecer a tu Pueblo! ¡Me siento feliz, Señor, porque me has elegido como heredad tuya! ¡Siento, Padre bueno, como contemplas desde el cielo nuestro suelo, como tu corazón de Padre me ama, como amas a todos los hombres de la tierra; desde tu morada te alegras de las cosas buenas y te entristeces por las cosas malas! ¡Señor, Tú has modelado mi corazón con la fragilidad de la arcilla y contemplas cada una de mis acciones! ¡Hazme pequeño, Señor, porque ante Ti los poderosos no triunfan por sus propias fuerzas porque todo depende de Ti! ¡Tú eres el único Señor del hombre y de la Historia! ¡Tu eres Dios, mi Dios, Señor, que nunca lo olvide! ¡Señor, que mi soberbia no me aleje de Ti! ¡Que tus ojos amorosos y tiernos cuiden de la Obra de tus manos! ¡Sé Tú, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Dios de misericordia, socorro y escudo, baluarte de mi vida y la de los míos! ¡Señor, en ti confío, en ti creo, en ti pongo mi esperanza!

De Johann Sebastian Bach nos deleitamos hoy con su Gloria Patri et Filio et Spiritui sancto, duetto, BWV 191:

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