Una sonrisa en el sufrimiento

Hace unas semanas falleció en Argentina la hermana Cecilia María, del Monasterio de las Carmelitas Descalzas. Su fotografía con una sonrisa los días previos a su muerte ha revolucionado las redes sociales. Lo más bello de su vida no es si falleció o no con una sonrisa, sino que la sonrisa estuvo presente en su rostro entre dolores intensos y largo padecimiento. Su sonrisa no alivió su cruz, alivió la cruz de los que le rodeaban. Supo dar ejemplo en el sufrimiento. Su misión consistió en mostrar como el cristiano puede amar el sufrimiento, unido a Cristo, con Cristo y por Cristo.
Siguiendo su ejemplo, y el ejemplo de tantos como ella, es la oportunidad para dar a Dios gracias por la vida que me ha regalado. El don precioso de vivir, con alegría y pesares, con tristezas y gozos. Besar la vida tal y como se me presenta. Es la única manera de peregrinar en esta vida. Peregrinar con mi propia pequeñez porque cuando trato de hacerme grande y poderoso la confusión me invade y me hace perder el norte. El desgaste agota mis fuerzas buscando aplausos y reconocimientos. Es en lo pequeño, en lo que no se ve, donde Dios se siente más a gusto.
Me encantaría ser auténticamente sencillo. Entregar mi vida con generosidad desprendida. Darla por entero. Darla sin condiciones. Y, sobre todo, no arrebatársela a nadie con mis egoísmos y mis actitudes.
Anhelo tener la misma actitud ante la vida en la salud y en la enfermedad. Vivir con la confianza intacta en las circunstancias personales que me toque vivir; en la entrega generosa, en hacer bien las cosas sencillas, en la manera de mirar y hablar a los demás, en la manera de amar, en la interiorización de mi oración… No quedarme la vida para mí, dársela a los demás con sencillez y humildad sin esperar nada a cambio.
Confortar como confortaba Jesús. Escuchar como escuchaba Jesús. Ayudar como ayudaba Jesús. Consolar como consolaba Jesús. Entregarse como se entregaba Jesús. Amar como amaba Jesús. En la sencillez del amor. Consagrado siempre a Dios.
¿Un ideal, cierto? Pero posible. Se trata de vivir ofreciendo siempre esperanza y razones para luchar hasta el final sonriendo siempre. En la vida, lo importante es la actitud. Y todo camino personal hacia la santidad exige luchar hasta el final, no darse nunca por vencido, levantarse desde la pobreza, aceptar que nos es posible ganar siempre, sonreír cuando no existan motivos que inviten a la felicidad y la alegría. Caminar como un cirineo mirando el horizonte auténtico, sin perder jamás la sonrisa. Sonreír porque Dios sonríe. Y porque la alegría del Señor es mi fuerza; esa alegría que empuja a Dios a contemplar a cada uno de sus hijos para darles serenidad y esperanza. En definitiva, la sonrisa es el signo que reconoce a un cristiano. Y, nunca, por difíciles que sean mis circunstancias debería desaparecer de mi rostro. Y ahí es dónde debo mejorar cada día.

una sonrisa en el sufrimiento

¡Señor, que la sonrisa no abandone nunca mi rostro! ¡Hazme saber, Señor, que siempre estás a mi lado! ¡Qué nade me aleje de Ti, Señor, que permanentemente me hablas en lo cotidiano! ¡Abre, Señor, toda mi vida a tu Presencia para descubrirte en mi vida con una mirada profunda y no superficial a una profunda! ¡Ayúdame, Señor, a contemplar la historia con los mismos ojos con que Tu la miras y a descubrir tu Presencia que se manifiesta en todos los acontecimientos de mi vida! ¡Señor, enséñame a mirar la vida con ojos nuevos por tantos dones y tantas gracias recibidas! ¡Ayúdame, Señor, a sorprenderme ante la realidad de la salvación que nos regalas! ¡Ayúdame a mirar a Dios Padre cómo Dios habita en cada una de las personas que me rodean! ¡Ayúdame, con la ayuda del Espíritu, a ver cómo trabaja en nuestros corazones para obtener lo mejor de cada uno! ¡Ayúdame, Señor, a ser capaz de descubrir el trabajo que Dios va realizando en mi vida y en la de los míos! ¡Enséñame, Señor, a ser consciente de que todas las pequeñas cosas que suceden cada día me muestran a Dios y tengo que verlas con alegría! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a mirar la vida con ojos nuevos y con alegría en el rostro porque es la única manera de dar testimonio de mi condición de cristiano! ¡Señor, que mi forma de vivir no condicione el encuentro con Dios, que mi experiencia espiritual se va haga creíble en lo cotidiano! ¡Te pido, Señor, también hoy por todos los que sufren enfermedades y testimonian tu amor por Ti porque nos enseñan la fuerza del amor, del sacrificio, de la misericordia y de la entrega! ¡Y por todos aquellos que en la enfermedad están ahogados por el sufrimiento, reconfórtalos Señor con tu amor y que la Virgen, Nuestra Madre, impongan sobre ellos sus santas manos para darles el consuelo de Madre!

Hoy nos deleitamos con esta delicada cantata de Christian Ritter: O amantissime sponse Jesu.

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