¿Soy envidioso?

Escucho a una persona hablar de otra con humor negro, llena de resentimiento. En un momento lanza una frase que lo delata: «¡Qué envidia me da! ¡No se merece lo que tiene, lo ha ganado sin esfuerzo!».
Pocas veces meditamos sobre el décimo mandamiento. Habla de codicia. De no caer en deseos impuros. Pero también de envidia. A diferencia de los demás, que hacen referencia a nuestro comportamiento, este mandamiento habla de lo que sucede en mi interior: mis deseos, mis inclinaciones, mis pensamientos. Me llama a buscar la pureza del alma. El pecado tiene su raíz en los pensamientos negativos y si me mantengo en este pensamiento saldrá de mi corazón el deseo pecaminoso a que a la vez me llevará a actuar de manera incorrecta. Pienso en esta persona, llena de amargura y resentimiento.
La envidia es demoledora. Es un cáncer para el corazón y un veneno letal para el alma. Es la envidia uno de los pecados preferidos del demonio, por él entró la muerte en el mundo. El envidioso, que no acepta la felicidad ajena, atormenta su alma con el querer la felicidad ajena y esa infelicidad le hace vivir en la insatisfacción permanente. Por eso el envidioso hace daño a los demás, pero sobre todo se hace daño a sí mismo.
La envidia impide ser feliz porque destruye el corazón del hombre. Llena de vacíos el alma porque la consecución de lo perecedero provoca desasosiego y sufrimientos. Crea un desbordamiento de insatisfacción porque el envidioso busca siempre el fracaso ajeno, trata de siempre de destruir al prójimo, a lanzar mentiras injuriosas, a buscar sus defectos, a relativizar sus cualidades, a ridiculizar sus virtudes, a buscar la venganza, a murmurar con despecho, a rivalizar con denuedo, a difamar con intención torticera, a mantener actitudes de desdén permanente, a criticar por cualquier cosa. El envidioso cierra la vista a la verdad porque sufre por no tener perspectivas hermosas, por dar más importancia a lo externo que a lo profundo del corazón.
La envidia aleja de Dios. Pone un muro con su amor. El deseo del mal ajeno es el mejor instrumento del demonio para dar rienda suelta a la codicia, a la soberbia, a la ambición desmedida, al rencor y a pecados de mayor enjundia.
¿Cuál es o debería ser el objetivo de mi vida? Amar; y amar consiste en tener un corazón puro, en el que repose Dios que es el desprendimiento absoluto. En un corazón puro que esté el Señor no cabe la envidia.
La envidia destruye la convivencia y la paz entre las personas y es motivo para que la amistad, la fraternidad y el amor entre tantos hermanos, amigos, compañeros de trabajo, feligreses de una parroquia… se resquebraje convirtiéndose en añicos.
¿Por qué cuesta tanto gozar sinceramente con los éxitos ajenos? ¿No será que nuestra vida interior es pobre, que nuestra caridad es insignificante, que nuestro amor es interesado, que nuestra alegría es banal, que nuestras frustraciones son muchas o que nuestros complejos de inferioridad son punzantes? ¿Por qué no caemos en la cuenta de que Jesús fue entregado a la muerte por envidia? Solo meditando esto, habría que pedirle cada día a Dios que nos ofrezca la gracia de amar al prójimo para no entregarlo a la muerte por nuestra envidia.

¿Soy envidioso?

¡Señor, la caridad no es envidiosa! ¡Ayúdame a no tener envidias, ni celos, ni injuriar a nadie, ni difamar, ni a murmurar, ni a codiciar los bienes ajenos, ni maldecir, ni a alegrarme por el mal de los demás, ni añorar lo que otros tienen! ¡Ayúdame a no matar al prójimo con mi envidia! ¡Muéstrame siempre la fealdad y oscuridad de la envidia! ¡Sana mi corazón de la envidia cuando ésta penetre en mi vida! ¡No soy perfecto, Señor, y en mi vida puedo cambiar muchas cosas, ayúdame con la gracia de Tu Espíritu a pulirlas y mejorarlas! ¡Hazme siempre caritativo y amable! ¡Ayúdame, Señor, siempre a descubrir esos defectos de orgullo, de desprecio a los demás, de indiferencia, de comodidad, de soberbia, de egoísmo! ¡Ayúdame, Señor, a ver todo lo que no gusta a los demás de mí para que pueda cambiar! ¡Derrama sobre mí tu santa gracia, Señor, y embellece mi corazón y mi alma con virtudes y dones que a los demás les resulten siempre agradables para que te vean a Ti en mis actitudes, palabras y acciones! ¡Ayúdame, Señor, a convertirme en un instrumento tuyo para bendecir al prójimo! ¡Que no me duelan las críticas ajenas, Señor, que pueda caminar siempre con la dignidad de ser Hijo tuyo! ¡Pongo en tus manos mis obras, mis cosas, mi vida, las personas a las que quiero! ¡Te confío, Dios, mío la pequeñez de mi corazón para que haciendo bien lo pequeño pueda santificar cada día mi vida!

Tu me has seducido, Señor, cantamos hoy con la Hermana Glenda:

Un comentario en “¿Soy envidioso?

  1. Maravillosa reflexión, justo el mensaje que esperaba recibir para aprender a sanar mi alma y a luchar contra esos sentimientos de envidia que en algún momento han martirizado mi alma. La envidia “MATA” palabra fuerte pero tan llena de verdad, porque una vida llena de envida esta condenada a la muerte espiritual porque aunque estemos vivos somos vivos sin espíritu, sin amor…

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s