Todos, en cierta manera, robamos y matamos

Aunque no lo parezca todos robamos con bastante frecuencia. Y, en menor medida, tambien matamos. Cada dÍa. Puede parecer una exageración pero no lo es. Pienso, ¿Cuánto tiempo robo a los demás para que me hagan caso, para que me atiendan, para que me solucionen un problema, para que me hagan un favor y, además lo más rápido posible? Y yo, en contrapartida, ¿cuánto de mi tiempo entrego generosamente a los demás? ¿Actúo de la misma manera? ¿Es suficiente a tenor de lo que los otros me dedican a mi y me ayudan? ¿Y cuando me han ayudado, rezo por ellos y doy gracias a Dios por esa ayuda o la considero casi una obligación? ¿Y cuantas veces mato al prójimo despreciándolo, olvidándome de él, haciendo caso omiso a sus necesidades?
En esta sociedad de consumo en la que lo material prima por encima de todo en realidad la gente solo quiere que le dediques tu tiempo. Que les des lo mejor de ti mismo. Como cristiano no puedo ser un bonsai que sólo sirve para decorar un salón y embellecer el ambiente, dándole forma y mimándolo para que la hojas crezcan de manera armoniosa y mimosa, a mi gusto. Tengo que ser un árbol frutal que de frutos abundantes. Si en mi paso por este mundo no soy útil a alguien, ¿como seré capaz de engrandecer el Reino de Dios? Lo piensas bien y te das cuenta de las múltiples ocasiones que robas a los demás y llegas, incluso, a matarles.
Tal vez hoy sea un buen momento para recapacitar de cómo empleo mi tiempo y cuando invierto solo en «mi yo, mi me, mi conmigo» en lugar del darlo para satisfacer las necesidades de los demás y cuanto me dono con generosa predisposición a los que me rodean y más lo necesitan.

Todos, en cierta manera, robamos y matamos

¡Señor que mi queja habitual no sea el «no tengo tiempo»! ¡Señor, siempre pongo excusas porque no tengo tiempo para orar, o para dedicarle tiempo a Dios, o al amigo que lo necesita, o para hablar de Ti a los demás, o para visitar al enfermo, o para anunciar la Buena Nueva que Tu nos dejaste, o para conversar con mi cónyuge, o para jugar con mis hijos, o para escuchar al que está herido, o para ser útil a los demás! ¡Señor, sin embargo, siempre tengo tiempo para ver la televisión, para no hacer nada, para perder el tiempo con nimiedades, para descansar…! ¡Señor, soy un egoísta porque me sobra el tiempo pero no quiero invertirlo en aquello que exige esfuerzo, entrega y amor, mucho amor porque tengo un corazón duro incapaz de darse a los demás! ¡Señor, es verdad que el tiempo me ahoga, que el trabajo y mis obligaciones me desbordan pero quiero aprender de Ti y seguir tu ejemplo! ¡Tú, Señor, permitiste que los niños se acercaran a ti, te presentaste ante los enfermos, los necesitados, los recaudadores de impuestos, los samaritanos… aunque estuvieras cansado y hubieses pasado horas sin haberte sentado ni comido! ¡Señor, tu conversaste con la samaritana, con miles de personas necesitadas de afecto y misericordia, levantaste el ánimo de tantos hombres y mujeres alicaídos y llenos de heridas! ¡Quiero aprender de Ti, Señor, para que algo de mí, entregando mi tiempo, surja en ellos un efecto que transforme su vida! ¡Señor, que mi poco tiempo sea para dar generosidad, servicio, misericordia, paz, serenidad, bondad y amor, mucho amor! ¡Que sea como Tú, Señor, entregado a los demás dejando de lado las excusas del poco tiempo! ¡No permitas, Señor, que mi egoísmo me lleve a robar el tiempo a los demás y no recompensarlo luego con mi agradecimiento, mi oración y mi tiempo!

Aquí estoy yo, cantamos hoy con Jesús Adrián Romero:

Una sonrisa en el sufrimiento

Hace unas semanas falleció en Argentina la hermana Cecilia María, del Monasterio de las Carmelitas Descalzas. Su fotografía con una sonrisa los días previos a su muerte ha revolucionado las redes sociales. Lo más bello de su vida no es si falleció o no con una sonrisa, sino que la sonrisa estuvo presente en su rostro entre dolores intensos y largo padecimiento. Su sonrisa no alivió su cruz, alivió la cruz de los que le rodeaban. Supo dar ejemplo en el sufrimiento. Su misión consistió en mostrar como el cristiano puede amar el sufrimiento, unido a Cristo, con Cristo y por Cristo.
Siguiendo su ejemplo, y el ejemplo de tantos como ella, es la oportunidad para dar a Dios gracias por la vida que me ha regalado. El don precioso de vivir, con alegría y pesares, con tristezas y gozos. Besar la vida tal y como se me presenta. Es la única manera de peregrinar en esta vida. Peregrinar con mi propia pequeñez porque cuando trato de hacerme grande y poderoso la confusión me invade y me hace perder el norte. El desgaste agota mis fuerzas buscando aplausos y reconocimientos. Es en lo pequeño, en lo que no se ve, donde Dios se siente más a gusto.
Me encantaría ser auténticamente sencillo. Entregar mi vida con generosidad desprendida. Darla por entero. Darla sin condiciones. Y, sobre todo, no arrebatársela a nadie con mis egoísmos y mis actitudes.
Anhelo tener la misma actitud ante la vida en la salud y en la enfermedad. Vivir con la confianza intacta en las circunstancias personales que me toque vivir; en la entrega generosa, en hacer bien las cosas sencillas, en la manera de mirar y hablar a los demás, en la manera de amar, en la interiorización de mi oración… No quedarme la vida para mí, dársela a los demás con sencillez y humildad sin esperar nada a cambio.
Confortar como confortaba Jesús. Escuchar como escuchaba Jesús. Ayudar como ayudaba Jesús. Consolar como consolaba Jesús. Entregarse como se entregaba Jesús. Amar como amaba Jesús. En la sencillez del amor. Consagrado siempre a Dios.
¿Un ideal, cierto? Pero posible. Se trata de vivir ofreciendo siempre esperanza y razones para luchar hasta el final sonriendo siempre. En la vida, lo importante es la actitud. Y todo camino personal hacia la santidad exige luchar hasta el final, no darse nunca por vencido, levantarse desde la pobreza, aceptar que nos es posible ganar siempre, sonreír cuando no existan motivos que inviten a la felicidad y la alegría. Caminar como un cirineo mirando el horizonte auténtico, sin perder jamás la sonrisa. Sonreír porque Dios sonríe. Y porque la alegría del Señor es mi fuerza; esa alegría que empuja a Dios a contemplar a cada uno de sus hijos para darles serenidad y esperanza. En definitiva, la sonrisa es el signo que reconoce a un cristiano. Y, nunca, por difíciles que sean mis circunstancias debería desaparecer de mi rostro. Y ahí es dónde debo mejorar cada día.

una sonrisa en el sufrimiento

¡Señor, que la sonrisa no abandone nunca mi rostro! ¡Hazme saber, Señor, que siempre estás a mi lado! ¡Qué nade me aleje de Ti, Señor, que permanentemente me hablas en lo cotidiano! ¡Abre, Señor, toda mi vida a tu Presencia para descubrirte en mi vida con una mirada profunda y no superficial a una profunda! ¡Ayúdame, Señor, a contemplar la historia con los mismos ojos con que Tu la miras y a descubrir tu Presencia que se manifiesta en todos los acontecimientos de mi vida! ¡Señor, enséñame a mirar la vida con ojos nuevos por tantos dones y tantas gracias recibidas! ¡Ayúdame, Señor, a sorprenderme ante la realidad de la salvación que nos regalas! ¡Ayúdame a mirar a Dios Padre cómo Dios habita en cada una de las personas que me rodean! ¡Ayúdame, con la ayuda del Espíritu, a ver cómo trabaja en nuestros corazones para obtener lo mejor de cada uno! ¡Ayúdame, Señor, a ser capaz de descubrir el trabajo que Dios va realizando en mi vida y en la de los míos! ¡Enséñame, Señor, a ser consciente de que todas las pequeñas cosas que suceden cada día me muestran a Dios y tengo que verlas con alegría! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a mirar la vida con ojos nuevos y con alegría en el rostro porque es la única manera de dar testimonio de mi condición de cristiano! ¡Señor, que mi forma de vivir no condicione el encuentro con Dios, que mi experiencia espiritual se va haga creíble en lo cotidiano! ¡Te pido, Señor, también hoy por todos los que sufren enfermedades y testimonian tu amor por Ti porque nos enseñan la fuerza del amor, del sacrificio, de la misericordia y de la entrega! ¡Y por todos aquellos que en la enfermedad están ahogados por el sufrimiento, reconfórtalos Señor con tu amor y que la Virgen, Nuestra Madre, impongan sobre ellos sus santas manos para darles el consuelo de Madre!

Hoy nos deleitamos con esta delicada cantata de Christian Ritter: O amantissime sponse Jesu.

Te pido, Señor, por mi alma

Cuando mi vida espiritual está mortecina, falta la alegría o la ilusión, no vibro en la Eucaristía, no espero nada de la oración, no me lanzo esperanzado a nuevas conquistas espirituales por muy pequeñas que estas sean… todo acaba por convertirse en un auténtico suplicio. El martirio en la vida cristiana tiene otro significado.
Sin sacrificio y sin esfuerzo no se consigue nada en esta vida. Sin ilusión por avanzar, sin tratar de mejorar cada día, sin poner todos los medios a nuestro alcance para superarse diariamente, sin ese prurito de alegría para dar un paso adelante es irremediable caer en la mediocridad. Toda alma está llamada a alcanzar grandes metas. No puedo permitirme quedarme en lo pequeño e irrelevante, en lo rutinario. En lo espiritual uno de los principales males es la mediocridad. Cumplir por cumplir. Hacer por hacer. Rezar por repetición sin sentir desde el corazón. Dejarse vencer por la rutina. Llevar a cabo mis proyectos por miedo a Dios, para evitar su castigo.
Siento muchas veces tristeza cuando me doy cuenta que actúo así, que mi alma ha perdido la alegría porque en ese momento no me comporto como un cristiano lleno de frescura sino como un autómata que impide al Espíritu Santo inundar mi vida. La vida espiritual no va por ahí, sino que exige compromiso, ilusión, esperanza, nuevos horizontes. Mi alma debería ser una fiesta permanente del Espíritu Santo que permita una íntima unión con Dios. Una llama de amor viva. Por eso hoy le pido al Señor por mi alma, para que no muera en la mediocridad de la vida, ni en la tristeza del pecado, ni en las malas costumbres, ni en las heridas del dolor y del egoísmo. Se lo pido a Él y al Espíritu Santo. Solo pidiéndolo ya me siento más sanado.

¡Señor, te pido que cuides de mi alma! ¡Tu me la has puesto, Padre, por tu sabiduría y bondad para acercarme a la felicidad y me das los medios para satisfacerla! ¡Cuídala, Señor, para que no se ennegrezca por las consecuencias de mi pecado! ¡Señor, Tú sabes que por ello muchas veces mi soberbia y egoísmo me vencen, me muestro irascible e inquieto! ¡Señor, purifica mi alma para apartar de ella las malas costumbres! ¡Purifica, Señor, mi alma para que no se vea mediatizada por las experiencias que he vivido! ¡Llénala, Padre, con tu luz para que no se vea envuelta por las tinieblas del pecado! ¡Estate muy presente en ella, Padre bueno, para que sea tocado por Tu gracia! ¡Cúrala, Señor, del miedo, de las incertidumbres, de los pesares, de la desconfianza, de la falta de esperanza! ¡Purifícala, Dios mío, para que sus heridas no me escuezan! ¡Renuévala con Tu Santo Espíritu, con Tu Palabra, con el testimonio vivo de Tu Hijo Jesucristo! ¡Haz que mi alma sea auténtica, virtuosa, amable, pura, generosa, entregada, noble y justa! ¡Alivia, Señor, mi alma de todas las cargas y pesares de mi tibieza espiritual! ¡Conviértete, Jesús, en el único Señor de mi alma!

Escuchamos hoy la canción Mi alma alaba:

¡Señor, ten piedad de mí!

Me fijo en la Misa dominical las veces que exclamamos el «Señor, ten piedad de nosotros». En el Kyrie, en las invocaciones de desagravio; en el Gloria; en el rito de comunión… Y nos quedamos como si nada ocurriera. Es realmente conmovedor, por otra parte, contemplar que los milagros que brotan en las páginas del Evangelio surgen de esta petición tan sencilla y humilde: «¡Señor, ten piedad de mí!».
Hoy la repito varias veces en la oración. Lo hago con el corazón abierto, con el corazón pequeño, con una carga de fe y de humildad, de sencillez y de entrega, porque este «¡Señor, ten piedad de mí!» es la oración de un mendigo como yo que necesita imperiosamente la misericordia de Dios. Se lo pido todo con una confianza ciega para ver, como el ciego del Evangelio, como Dios obra el milagro en mí vida. Hoy y siempre.

Señor ten piedad de mi

¡Señor, aquí me tienes! ¡Soy pequeño, pobre, como un mendigo ciego que busca tu Amor y tu Misericordia! ¡Ten piedad de mí, Señor! ¡Pongo ante ti mis heridas, mis miserias, mi pecado, mis incoherencias, mis abandonos pero tu Señor eres el médico que sana, que tiene el remedio para curar lo que daña mi corazón, el que me llena de esperanza y de amor! ¡Gracias, Señor! ¡Gracias, Señor, y ten compasión de mi para ser capaz de experimentar en mi vida el profundo amor que sientes por mí! ¡Que tu Palabra, tu sabiduría, tus enseñanzas y tus gestos, Señor, penetren en lo más profundo de mi corazón y de mi mente para vivir como tu quieres! ¡Ten piedad de mí, Señor, y ayúdame a perseverar en mi vida de fe, en mi oración, en mi vida de sacramentos y, sobre todo, en mi fidelidad a Ti! ¡Ten piedad y compasión de mí! ¡Tú estás siempre a mi lado, me acompañas y me proteges! ¡Ayúdame a verlo siempre así y para adorarte siempre, para glorificarte siempre, para bendecirte siempre, para no dejarme arrastrar por mis problemas, mis miedos, mis tristezas y mis sufrimientos! ¡Señor, ten piedad de mi! ¡Cógeme de la mano y aumenta mi fe para seguir peregrinando con alegría! ¡Señor, te pido piedad para que tu amor traiga a mi vida perdón, liberación y plenitud, para que sanes la enfermedad de la que no me puedo despojar solo, para librarme de las deudas que solo no te puedo pagar, para seguir adelante contigo porque no puedo con mis propios esfuerzos, para que tengas siempre piedad de mi! ¡Señor, sin ti no soy nada y mis pecados me hace aún indigno de ponerme ante tu presencia, pero por los méritos de Tu Pasión y de las penas del Inmaculado Corazón de Tu Madre, ten piedad de mí! ¡Tu, Señor, me has dado signos extraordinarios a lo largo de mi vida de tu poder y aún así muchas veces no te he escuchado, ten paciencia, compasión y misericordia de mi!

Escuchamos hoy la Cantata BWV 113 Herr Jesu Christ, du höchstes Gut (Señor Jesucristo, Bien Supremo) de J. S Bach que en su coral repite con voz compungida ¡Señor, ten piedad de mí!

El Señor mira desde el cielo

Regreso de un viaje profesional por Asia Central. Debo hacer varias escalas en diferentes aeropuertos. Aprovecho para rezar escalonadamente entre tantas horas de vuelo unos salmos. De casualidad elijo el salmo 33 y me regocijo en esta estrofa: «El Señor observa desde el cielo y contempla a todos los hombres; Él mira desde su trono a todos los habitantes de la tierra; modela el corazón de cada uno y conoce a fondo todas sus acciones», que tantas veces rezamos en el oficio de laudes. Estoy a gran altura, tan cerca de Dios. El vuelo está lleno de gentes de numerosas nacionalidades. Con la mayoría no podría cruzar palabra, se expresan en idiomas incompresibles, pero todos somos hijos de Dios. No es necesario conocer todas las lenguas pues muchas veces no comprendemos ni a los que hablan nuestro mismo idioma. ¡Cuántas veces pronunciamos o escuchamos aquello de «no comprendo lo que dices, pero lo respeto»!
En esta sociedad donde todo sucede tan rápido, que vamos de un lado a otro sin fijarnos en las necesidades de los que pasan a nuestro lado la empatía brilla por su ausencia. Estamos convencidos de que siempre —siempre— actuamos mejor que el prójimo, y el juicio ajeno es más habitual que el servicio desinteresado a los demás. Pero mirando a gentes de tantas nacionalidades distintas —muchos de ellos no creyentes—, de otras religiones, sientes que Dios no nos creó para juzgarnos sino para amarnos. Él se hace cargo de nuestros abandonos, de nuestras caídas, de nuestras faltas, de nuestras necesidades o de nuestros errores.
Cuando uno camina solo por la vida, sorbiendo del vaso de la angustia y el sufrimiento, lo normal es que el alma se desplome. La confianza se debilita por tener que hacer frente a tantos flancos abiertos. Pero Dios envía siempre una cuerda a la que sujetarse. A veces es, incluso, un fino hilo en apariencia insignificante pero basta con agarrarse con confianza a él para darse cuenta de que es Su amor y su misericordia el que lo sujeta todo. Y sabes, entonces, que no caminas solo. Entonces miras desde la ventana del avión y no puedes más que alabar a ese Dios Padre bondadoso porque «El Señor mira desde el cielo, se fija en todos los hombres; desde su morada observa a todos los habitantes de la tierra; Él modeló cada corazón, y comprende todas sus acciones». Y repitiendo este salmo mi corazón exulta de gozo por saberme tan amado y comprendido, tan protegido y tan entendido. ¡Gracias, Señor, por tu compañía!

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¡Señor, gracias, por tu compañía! ¡Quiero, desde mi pobre y sincero corazón alabarte y glorificarte! ¡Quiero, Señor Padre mío, elevar hacia Ti este cántico de acción de gracias para proclamar lo maravilloso, bueno y grande que eres! ¡Quiero proclamar desde las alturas que tu eres mi Dios cercano! ¡Mi corazón se llena de gozo por sentir tu cercanía! ¡Tus obras, Señor, son amorosas y misericordiosas, Tu Palabra es sincera y tus acciones llenas de generosidad! ¡Tú eres la Verdad, Señor! ¡Tú, Señor, has creado los cielos y la tierra, y un soplo tuyo da aliento a todo lo que existe! ¡Señor, que todos alaben tu nombre! ¡Tu plan salvífico, Señor, penetra el mundo entero! ¡Tu proyecto, Señor, permite los acontecimientos de la Historia aunque nuestra ceguera humana y nuestro pobre corazón sea imposible descubrirlo! ¡Señor, me siento feliz de pertenecer a tu Pueblo! ¡Me siento feliz, Señor, porque me has elegido como heredad tuya! ¡Siento, Padre bueno, como contemplas desde el cielo nuestro suelo, como tu corazón de Padre me ama, como amas a todos los hombres de la tierra; desde tu morada te alegras de las cosas buenas y te entristeces por las cosas malas! ¡Señor, Tú has modelado mi corazón con la fragilidad de la arcilla y contemplas cada una de mis acciones! ¡Hazme pequeño, Señor, porque ante Ti los poderosos no triunfan por sus propias fuerzas porque todo depende de Ti! ¡Tú eres el único Señor del hombre y de la Historia! ¡Tu eres Dios, mi Dios, Señor, que nunca lo olvide! ¡Señor, que mi soberbia no me aleje de Ti! ¡Que tus ojos amorosos y tiernos cuiden de la Obra de tus manos! ¡Sé Tú, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Dios de misericordia, socorro y escudo, baluarte de mi vida y la de los míos! ¡Señor, en ti confío, en ti creo, en ti pongo mi esperanza!

De Johann Sebastian Bach nos deleitamos hoy con su Gloria Patri et Filio et Spiritui sancto, duetto, BWV 191:

Insignificante en la inmensidad del horizonte

Tras varias horas de vuelo y un sueño plácido mi mirada se dirige hacia la inmensidad del cielo. El sol comienza a despuntar. Es impresionante rezar con las primeras horas de luz viendo como los rayos de sol iluminan con toda su intensidad los límites del horizonte. Las  tinieblas de la noche se han diluido y dan paso a la luz del día.
He experimentado algo muy especial al fijar la mirada desde la ventana del avión y ver la raya del horizonte en el que está Dios y no he podido más que darle gracias por haber creado un mundo tan perfecto, tan hermoso, tan maravilloso y tan medido porque nada de lo que viene de Dios es producto de la casualidad. Y al mismo tiempo que contemplaba la luminosidad del cielo he sentido el gran amor del Padre Creador. Y me he sentido muy cerca de El, cuidado como una posesión valiosa creada por sus manos. Y no he podido más que darle gracias, alabarle y glorificarle por ese Amor que me ha regalado. Y he sido consciente de la insignificancia de mi vida, de mi pequeñez y de mi nada si la comparo con la grandeza de la Creación y la fuerza de la eternidad. Gratuidad de Dios que me ha dado la vida sin merecerla. Todo estaba ya antes de mi llegada a la vida y todo permanecerá hasta la finitud de los tiempos. Ese es el gran regalo de Dios que tantas veces soy incapaz de admirar con toda su trascendencia.

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¡Padre bueno, Creador del Universo, te doy infinitas gracias porque has creado la luz el sol, el cielo, la luna y las estrellas. Gracias, por haber creado los mares y los ríos. Gracias porque has creado las plantas y los árboles. Gracias por los peces, por los pájaros y por todos los animales! ¡Gracias, Padre, por habernos creado a los hombres semejantes a ti y por haberme dado la vida. Todo lo tuyo es bello y hermoso, todo es maravilloso. Una simple mirada al cielo, Padre, basta para gritar con agradecimiento, alegría y amor! ¡Bendito y alabado seas, Señor, por tu Creación, por hacerte presente entre nosotros, por tu llamada que llega directamente a nuestros corazones! ¡Señor, todo evoca de manera maravillosa Tu presencia y por eso te doy gloria y alabanza. Tu creas para nosotros,  por eso es imposible no creer en tu existencia. Que toda la creacion te alabe, mi Señor! ¡Gracias, Señor, por la sabiduría con la que nos regalas la naturaleza y por la bondad con la que nos muestras como cuidar de ella! ¡Gracias, también, Señor,  porque tu presencia es real y no nos dejas solos sino que nos cuidas, nos instruyes, nos guías y nos proteges cada día! ¡Gracias por el milagro de la vida y por tantas cosas bellas que me rodean y que tantas veces no soy capaz de valorar! ¡Bendito seas por la majestad de la Creación! ¡Señor, que cada día sea capaz de apreciar la luz y no la sombra de las cosas, que sea capaz de ver en todo lo bueno y borre con gratitud todos mis lamentos! ¡Gracias por mi familia, por mis amigos y por tantas personas que aman, sirven y siembran esperanza! ¡Te doy gracias, Señor,  porque contigo soy capaz de vencer las tristezas y el desaliento!

Un pasaje de la Creacion de Hadyn, el bello oratorio del compositor austriaco

Amar es sufrir

«Amar es sufrir. Para evitar el sufrimiento, uno no debe amar». He leído esta frase de Woody Allen en una revista. ¡Qué planteamiento tan egoísta! Amar es sufrir pero porque uno se pone en el corazón del otro, se preocupa del otro, se entrega al otro, se da por entero al otro. Amar es sufrir, sí, pero sufrir por aquellos que Dios ha puesto a nuestra vera. Cuando uno piensa que es el centro de todo y que todo gira a su alrededor se ama más a uno mismo que a Dios y que a los demás.
El amor siempre viene de Dios. Y cuando uno se siente profundamente amado por Dios su corazón se transforma y vuelca todos su atención en los demás. Es la respuesta generosa al amor de Dios porque todo el que tiene amor conoce a Dios… porque Dios es amor.
Hoy siento que el Señor sólo me pide que sea capaz de amar, que abra mi corazón para dejarme amar por Él, y amándole a Él ser capaz de amar a los que me rodean. Y, siguiendo la llamada del Señor, entenderé que el amor restaura, el amor transforma, el amor arrastra, el amor santifica, el amor alegra, el amor todo lo disculpa, el amor no busca su propio interés, el amor todo lo disculpa, el amor todo lo soporta y todo lo espera… Yo me siento profundamente amado por Dios y aún así estoy a años luz de amar como Él me ama. Pero alguien que se siente amado por Dios es capaz de alcanzar grandes metas. La que tengo planteada hoy es amar a los míos como Dios me ama.

amar es sufrir

¡Señor, ven a mi corazón egoísta y soberbio! ¡Ven, Señor, a mi corazón y dame el amor que tu desea yo tenga con las personas a las que quiero y con las que me cruzo en mi caminar! ¡Envía, Señor, tu Espíritu para que me llene con tu amor! ¡Transforma mi corazón, Señor, para que sepa amor, para que todas las actitudes negativas que reposan en mi interior se conviertan en actos de amor! ¡Señor, ayúdame a que todos aquellos que me han lastimado o yo he lastimado reciban mi amor! ¡Señor, ayúdame a amar como tú me amas! ¡Señor, enséñame a amar como tú me amas! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que mi yo no sea el centro de mi vida; purifica mi mente; purifica mi corazón para que mis relaciones con los demás estén basadas en el amor, el respeto, el servicio y la caridad! ¡Quiero en este día, Padre, volver constantemente a Ti que eres la fuente del amor y a Jesús, Tu Hijo, el más claro ejemplo del amor y así entenderé que el amor verdadero y encontraré la fuerza para amar a los demás como Tú me amas!

Take thou my hand, esta bella música para acompañar la meditación de hoy:

La canción que Dios ha compuesto para mí

Adoro la música. Sin embargo, soy incapaz de entonar una nota. Desafino tanto que, cuando entono una canción, la lluvia se hace presente de inmediato.
Dios tiene escrita una canción para mí. Es la canción de mi vida. Me la conozco de memoria. No quiero que otros la canten por mí. Ni que lleven a cabo nuevos arreglos en su partitura. No quiero que la canten por mí para evitar que cambien el ritmo o la entonación. Si hay algún desajuste, prefiero que el que desafine sea yo. Lo que deseo es que esa canción, escrita con la mano de Dios pensando en mí, la pueda entonar de la mejor manera posible. En mi interior soy capaz de escuchar la precisión de sus acordes, la belleza de su armonía, la variedad de sus melodías que no siempre suenan igual… Siento que cuando la canto con el corazón roto y herido, agobiado por los problemas, la melodía suena triste y apagada, con la letra sin aparente sentido y sones muy dispares. ¡Ah, pero que hermosa me resulta esa canción cuando estoy lleno de gracia y el sonido suena alegre, festivo, lleno de hermosura! Sin embargo, la canción es la misma. La misma melodía, la misma letra, la misma armonía. El Compositor es el mismo. El mayor Músico de la historia: el Maestro entre Maestros.
Así que antes de entonar tan preciosa canción tengo que aprender a cantarla con la cadencia adecuada y al son preciso siendo fiel a su esencia no solo para mantener un equilibrio sino para que, quienes la escuchen, sientan que esa melodía puede ser un regalo para ellos. Quiero cantar esa canción con sencillez, con amor, con humildad, con generosidad, con paciencia, con entrega, con magnanimidad, con mucha caridad. Quiero cantar esa canción modelando mi voz para que, quienes la escuchen, deseen cantar conmigo. Quiero que entonen conmigo todas las estrofas. Para ello, debo evitar desafinar porque cada vez que desentono mi canto se convierte en algo hostil, mi voz se torna desagradable y la letra pierde su sentido y la belleza de las palabras que atesora se interpretan como egoísmo, vanidad, soberbia, altivez, orgullo, arrogancia… Y eso, no es lo que ha escrito Dios en mi canción.
Por eso hoy le pido al Señor algo sencillo: que me enseñe a cantar la canción de mi vida. Que me permita que fluya mi voz con las más hermosas cadencias y que el sonido de mi canto sea grato a los demás para que oyéndome a mí puedan escuchar también a Dios. Quiero que todos los que me rodean sepan quien es el compositor de nuestras melodías interiores, el autor de la canción más hermosas jamás escrita —la vida—. No quiero añadir nada a lo que Dios ha escrito en mi canción. Lo único que quiero es después de cantarla pueda rendirle alabanza porque he sido fiel a lo que ha escrito pensando en mi. ¡Gloria a Ti, mi Señor, mi Creador, mi Todo! ¡Gloria siempre a Ti autor de las melodías de la vida!

¡Señor, tu compones las melodías de mi vida! ¡Ayúdame a entonarlas de la mejor manera posible! ¡Ayúdame, Señor, a interpretar cada una de las notas que has escrito para mí, sin desviarme del pentagrama de la vida! ¡Señor, quiero escucharte! ¡Quiero dejarme dirigir por Ti! ¡Quiero sentirme ungido por tu Espíritu Divino! ¡Quiero que inflames mi corazón el fuego de tu amor! ¡Quiero, Señor, que inundes mi ser con tu santa presencia, con tu presencia majestuosa, con tu presencia inefable! ¡Quiero, Señor, escuchar tus melodías que son notas de amor, misericordia y perdón! ¡Señor, perdona tantas ofensas cometidas contra ti y contra mis hermanos! ¡Perdona y purifícame, Señor! ¡Cúrame, Señor, de tantos resentimientos y caídas! ¡Perdona, Señor, por las veces que te he desdeñado y no se escuchado la melodía que has compuesto para mí! ¡Señor, tú música llena mi corazón y mi alma y me cura todas las heridas que yo mismo me he causado por falta de perdón y de comprensión de mis hermanos! ¡Escucho tu música, Señor, y me siento sanado!¡Escucho la canción que has compuesto para mí y me lleno con Tu paz! ¡Tu canción, Señor, es fuente de agua viva que me enseña a amarte más a Ti y a los demás!¡Señor, envía tu Espíritu para que me transforme por completo para encender mi corazón! ¡Lléname, Señor, con Tu Luz, con Tu Amor, con Tu Perdón, con Tu Paz y con Tu Misericordia!

Cristo Jesús, oh fuego que abrasa, cantamos hoy con la música de Taize:

La verdad escondida en mi interior

En el interior de cada uno de nosotros habita la verdad aunque esté escondida. Pero en estos tiempos que corren muchas veces agazapamos lo que somos para dar a conocer la faceta que más nos conviene. Nos cuesta conocernos bien. Nos cuesta adentrarnos en nuestra verdad. Pero cuando uno realísticamente se conoce bien puede orientar y dirigir mejor su vida. No es, ciertamente, una tarea sencilla. ¡Cuánto cuesta reconocer los defectos propios, aceptar las incapacidades, examinar aquello que nos domina, no aceptar ni reconocer los dones con los que Dios nos obsequia!
Cuando uno profundiza en su interior, se conoce y se acepta logra vencer la resignación, el conformismo y la indiferencia. Hay que pedírselo al Espíritu Santo. Pedirlo con ahínco. Es él quien nos da una visión completa de nuestra verdad y nos permite comprender lo que nos debilita. Él es el intercesor. Él es quien evita que nuestro espíritu se empequeñezca. Él es el que imprime carácter a nuestra vida. Él es el que derrama sobre nosotros la sabiduría de Dios.
Pedirle al Espíritu santo conocimiento, aceptación y superación. Con estas tres máximas nuestra vida podrá ser más cristiana, más auténtica, más llena de la sabiduría divina. Evitaremos así las vagas excusas que jalonan nuestra vida y de la que nos acabamos convirtiendo en expertos. Somos los reyes de las excusas para evitar aceptar nuestros fracasos, nuestras desdichas, nuestras caídas. La excusa es la gran adicción del ser humano para no reconocer los propios fallos.
El conocerse a uno mismo nos permite enfrentarnos a nuestros defectos, a nuestras fortalezas, a nuestras debilidades, a nuestras virtudes, a nuestra soberbia, a nuestros egoísmos, a nuestro endiosamiento, a nuestra capacidad de amar, a nuestra entrega en el servicio. Y, sobre todo, a hacer una balanza equilibrada de nuestra verdad. ¿Por qué, entonces, cuesta tanto abrir el corazón? Lo dice la Biblia: como una persona piensa por dentro, así es. Somos lo que pensamos y sentimos. Pero sólo el que se conoce a si mismo puede cumplir con la Ley de Dios.

Espiritu santo

¡Ven Espíritu Santo, fuego de amor divino, a mi vida! ¡Te pido, Espíritu de Dios, que abraces mi mente y mi corazón con tu Presencia sanadora! ¡Ven Espíritu Santo, aliento divino, lléname de tu luz, penetra en cada una de las células de mi ser y enciende en ellas la inmensidad de tu luz para disipar la oscuridad de mi alma! ¡Sáneme, Espíritu divino, de mis egoísmos, de mi tibieza, de mis rencores, de mis pecados, de mi ceguera espiritual, de mi soberbia, de mi falta de caridad, de mi falta de amor, de tantas y tantas cosas que me apartan de Dios! ¡Abre, Espíritu de amor, mis ojos para que con tu luz pueda ver mi camino y ver como Tú ves! ¡Tú, Espíritu Santo, eres la Palabra vivificadora, te pido que me llenes con el fuego de tu palabra! ¡Haz, Espíritu Santo, que en mi corazón arda el fuego de tu sabiduría y de tu conocimiento para aprender a ser mejor! ¡Unge, Espíritu divino, mis labios para que de mi boca salgan siempre palabras santas, llenas de amor y de caridad, que no juzguen con malicia y que no dañen a nadie, que siempre estén vivificados por la verdad para que mis palabras penetren en los corazones de los que me escuchan! ¡Háblame, siempre, Espíritu de Dios, y muévete a través de mi para que me pueda convertir en un instrumento útil al servicio de Dios! ¡Respira, Espíritu divino, en mi para que pueda ser uno contigo! ¡Destruye para siempre la aridez de mi alma, Espíritu Santo, para que la gracia me llene y fluya siempre para la vida eterna! ¡Espíritu Consolador, ayúdame a conocer y a hacer tu divina voluntad! ¡Te pido que actúes en mi, piensen en mi, te manifiesten en mi! ¡Llévame por el camino del bien y ya que soy templo tuyo no me dejes nunca solo!

Música instrumental dedicada al Espíritu Santo para orar acompañando esta meditación:

¿Me amas?

Esta sea tal vez la pregunta más importante que Jesús me puede hacer: «¿Me amas?». A la luz de esta interpelación mi respuesta puede ser como la de Pedro, una confesión de fidelidad: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo». Con perspectiva histórica puedo rematar: «a pesar de mi miseria y de mi pequeñez y de las veces que te niego cada día».
En la oración el Señor me reformula esta pregunta: «¿Me amas?». Podría preguntarme: «¿Estás seguro de que no me negarás nunca más?» o «¿Estás convencido de que me vas a obedecer en todo?» o «¿Me prometes que…?». Pero no las hace. No es su estilo. La única pregunta —la decisiva—, que me dirige es un simple pero a la vez profundo: «¿Me amas?». Porque según mi respuesta —que implica un todo— nada de lo que haga o diga tendrá sentido si ese amor no se corresponde con el ejemplo y la entrega de mi vida.
Tengo el espejo de san Pedro donde mirarme. Es de Él donde aprendo la gran lección del testimonio cristiano. Sabedor de que Cristo conoce hasta lo más recóndito del corazón del hombre, responde con una de las frases más sencillas y humildes jamás pronunciadas: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo».
Y yo, aquí y ahora, en mi contexto familiar, social y profesional; en el mundo que me ha tocado vivir; en mis circunstancias personales; con mi personalidad y el escenario de mi vida, ¿puedo contestar de la misma manera? ¿Me siento conmovido de verdad por el misericordioso amor de Cristo hasta el punto de considerar que Él es lo más importante que me ha sucedido? ¿Soy verdaderamente consciente de que sentirme a su lado, estar con Él, experimentarlo en mi vida, conocerlo en la intimidad de la oración y recibirlo en la Eucaristía, servirlo en la entrega a los demás es lo que merece mis mejores ideales, mis más grandes proyectos, poner toda mi energía?
«¿Me amas?». Esta pregunta interpela de verdad mi corazón. «Sí, Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo». Y espero que Jesús, el Maestro del Amor, me honre también como a san Pedro con ese encargo sagrado del «Apacienta mis ovejas» que no es más que una invitación a ir con Él por el camino de la fe, y en su santo nombre, a salir al encuentro de los necesitados, de los perdidos, de los desesperados, de los tristes, de los que todavía no conocen la riqueza del amor divino, de los atribulados, de los que están solos, de los que han perdido la fe… rodearlos con mis brazos y llevarlos con alegría al redil de la seguridad de Su amor y de Su misericordia.
«¿Me amas?». Interpelo al corazón: ¿Qué te voy a contestar hoy, Señor?

Me amas?

¡Señor, te amo aunque muchas veces me cuesta demostrártelo! ¡Te amo con todo mi corazón, con toda mi alma, con todo mi ser aunque a veces parece que me muestre indiferente! ¡Te amo, Señor! ¡Te amo aunque tantas veces me comporte de manera egoísta! ¡Te amo, Señor, aunque sean muchas las ocasiones que me olvido de Ti y sólo a acudo a que me socorras en la dificultad o para solventar un problema! ¡Te amo, Señor, y se que por amor me ayudas en las pruebas de la vida! ¡Te pido, Señor, me ilumines y me des las fuerzas para entenderlas y comprenderlas! ¡Señor, te amo con toda mi alma y deseo poner en práctica la tolerancia, la paciencia, la misericordia, la humildad, la comprensión para hacer míos los pilares del amor tal y como Tú me los has enseñado! ¡Señor, te amo y por eso acepto que se haga Tu voluntad y no la mía! ¡Te amo, Señor, porque eres mi Salvador, mi Rey, mi Todo! ¡Deseo tenerte siempre cerca! ¡Deseo, Señor, que tu Palabra se convierta en mi esperanza! ¡Deseo vivir para Ti y desde Ti hacia los demás! ¡Deseo sólo pensar en Ti y desde Ti en los demás! ¡Deseo romper aquellas cadenas que me separan de Ti y volar con las alas de la fe! ¡Te amo, mi Señor, a pesar de mi miseria y de mi pequeñez!

La bondad y el amor del Señor duran por siempre: