Enderezad el camino, allanad las sendas

De nuevo pido una palabra para iniciar mi oración. Abro la Biblia y surgen estas palabras de Isaías: “Enderezad el camino, allanad las sendas”. Una forma hermosa de recordarme que mi conversión tiene que ser diaria, que tengo que enderezar las sendas de mi vida; que en mi corazón hay demasiados recovecos, demasiadas cosas que no son lo suficientemente rectas sino que están llenas de curvas sinuosas. Que es imprescindible cambiar todo aquello que debe ser rectificado, convertir lo torcido en algo recto.
Pero este “Enderezad el camino, allanad las sendas” tiene mucho que ver también con esas acciones que, en principio, pueden parecer desinteresadas pero que mi corazón sabe que tiene mucho de egoísmo e interés. Son las dobles intenciones tantas veces torticeras que acompañan las acciones del hombre. En la oración misma, por ejemplo, mercadeando con el Señor pero hay muchas actitudes en la vida que podríamos cambiar: cuando haces mal uso del tiempo, o lo pierdes en cosas absolutamente innecesarias, en asuntos que no merecen la pena; cuando buscas tus propios intereses dando preponderancia más al egoísmo que a la entrega personal; cuando te muestras amable o afectuoso con alguien pero en realidad lo que pretendes es obtener algo de él; cuando la amistad se convierte en una maraña de intereses donde no hay amor ni generosidad sino intentar sacar partido de ella; cuando las metas de la persona no están presididas por la voluntad de Dios sino por lo mundano de este mundo; cuando uno se encierra en la autocomplacencia centrándose en su yo y en su propio mundo; cuando el servicio a los demás, la entrega, la caridad no tienen como fundamento el amor si no solamente el reconocimiento y el aplauso; cuando la propia vida no es más que un narcisismo puro, un «yoísmo» elevado al cuadrado… son ejemplos que demuestran que es necesario enderezar en nuestra vida todo aquello que está torcido.
Si el camino de mi vida es muy sinuoso, y no soy capaz de ponerlo recto, es difícil que el Señor llegue a mi corazón porque no transito por la ruta adecuada. Pero a la vez debo tratar de cubrir los socavones del camino para que éste se convierta en una senda llana. Esos socavones son el fracaso, el sufrimiento, las caídas, la tristeza, el decaimiento, la falta de confianza, la desesperanza… Y, al mismo tiempo, reducir aquellas cosas demasiado elevadas que impiden que el camino transcurra según los designios de Dios: el orgullo que nos eleva a la cima de nuestro yo; la vanidad que se infla cada vez que nos sentimos los mejores del universo; la soberbia que nos convierte en dioses en minúsculas, en realidad en dioses de barro. Son barreras que nuestro corazón pone al Señor para que penetre en nuestro interior.
El “enderezad el camino, allanad las sendas” tiene una gran profundidad porque hace también referencia a cómo es mi relación con Dios y a la honestidad conmigo mismo. Me hace ver que no debo poner obstáculos a la acción liberadora de ese Dios que me ama; es el reconocimiento que Dios debe entrar en mi corazón y allí, en su interior, debe sentirse a gusto. Es contemplar mi propio interior y reconocer que debo cambiar, que es imprescindible ser más humilde, más sencillo, más maduro espiritualmente y llevar siempre la iniciativa en mi predisposición al cambio para no dejarse vencer por la tentación que lo único que logra es alejarme de Dios.

Enderezad el camino y allanad

¡Señor mío y Dios mío, te pido en el día de hoy que me des una fe firme para avanzar y seguir adelante! ¡Te pido de todo corazón que me des grandeza de espíritu para acercarme a la gente y saber perdonarles! ¡Señor, también te pido que me envíes tu Espíritu para recibir el don de la paciencia para comprender y aprender a esperar! ¡Y cuando caiga por el desánimo, por la tentación, por el sufrimiento… dame la fuerza para levantarme y caminar a tu lado sabiendo llevar la cruz de cada día! ¡Padre, tú eres amor, te doy gracias por el amor que me tienes, dame un poco de ese amor para que sea capaz de darlo yo también a los demás y pueda demostrar verdaderamente que soy un hijo tuyo! ¡Padre, que tu espíritu penetre en mi corazón para que tenga una voluntad fuerte para no caer nunca en tentación! ¡Ayúdame a aceptar todo lo que me envías, y dame sólo aquello que necesito y no lo que mi corazón anhela y quiere! ¡Te pido que me ayudes a ser una buena persona, un buen cristiano, un buen ejemplo para las personas que me rodean, especialmente mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo y las personas de mi círculo parroquial! ¡Dios de bondad y de misericordia, hazme un instrumento útil de tu voluntad! ¡Que sepa seguirla siempre sin quejas y con alegría! ¡Te pido la fortaleza para sobrellevar las dificultades y los golpes que la vida me va dando, y te pido también que mi corazón sea receptivo siempre a lo que tú deseas para mi! ¡Hazme un instrumento de tu paz para que yo sea capaz de compartirla con aquellos que no la tienen en su corazón!

Le pedimos cantando a Dios que extienda su mano para que nos ayude a enderezar el camino:

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¿No somos todos un poco como Judas?

Me presentan a un joven comercial que se llama Judas, por san Judas Tadeo. Se hace llamar «Yudy». «Comprenderás los motivos», me dice. Debe haber visto mi cara de sorpresa. Inconscientemente he pensado: «¡Menuda elección de los padres!». He reprobado injustamente. Pero creo que a todos nos ocurriría algo semejante.
Pero a mi me ha venido a la memoria Judas Iscariote que fue «uno de los doce», «uno de los nuestros», «uno de los de Jesús», según San Pedro. Tenía la condición absoluta de apóstol de Cristo. Pero fue el traidor. Y así ha pasado a la historia. El que le vendió por treinta monedas de plata entregando sangre inocente. A continuación se suicidó. No podemos juzgar a Judas, sobre todo si nos ponemos en la mirada misericordiosa, amorosa y siempre justa de Dios que vio en él el remordimiento que le embargaba.
¿Como eligió y confío Jesús en alguien como Judas? La pregunta podría ser otra: ¿no somos todos un poco como Judas? ¡Sí, todos somos Judas! No entro en el misterio de su traición, que desembocó en la Pasión de Jesús. Pero a Judas, Dios le dio la libertad de elegir y el maligno ganó la partida de la tentación. Judas, al que Cristo honraba con su amistad, que le instruyó, le confió el economato del grupo de apóstoles, que le enseñó el Padre Nuestro y le adoctrinó sobre el camino de las Bienaventuranzas no pudo controlar la soberbia de su corazón y su voluntad fue derrotada por la tentación de Satanás. Su corazón egoísta, su individualismo, su tratar de imponer su voluntad le impidió estar íntimamente unido al Señor. Judas no confío en Él. Judas no descansó en la misericordia de Cristo. Judas se dejó vencer por la desesperación. Judas no supo hacer buen uso de la libertad que Jesús nos da. Judas no estaba dispuesto a una auténtica conversión. ¡Todos somos un poco como Judas! Todos somos, aunque no lo queramos ver, cristianos pecadores que entregamos al Señor con nuestras faltas, que merodeamos el mal, que nos cuesta testimoniar muchas veces la verdad del Evangelio, mercadeamos con la libertad que nos concede Dios, que somos capaces de negar al Señor en nuestro entorno familiar, social o profesional por miedo al qué dirán.
La traición de Judas la tomó Dios como elemento esencial para la entrega de Jesús por la redención de nuestros pecados.
Yo puedo entregar al Señor cada día pero a diferencia de Judas tengo la posibilidad de ver los acontecimientos pasados y rectificar para vivir con coherencia mi vida cristiana. ¡Qué gran peso saber que puedo cambiar y no dejarme vencer por las tentaciones del príncipe del mal!

Judas Orar con el corazón abierto

¡Señor, te doy infinitas gracias porque estás cada día conmigo y por mantenerme firme! ¡Te pido, Señor, que me libres de caer en la tentación y no permitas que me deje vencer por las invitaciones fraudulentas del demonio! ¡Señor, ayúdame a no vacilar en el momento de tomar decisiones para evitar los peligros que me acechan y con los que me encuentro cada día! ¡Te pido, Señor, la fortaleza para vencer la debilidad cuando me tenga que enfrentar a situaciones complicadas y momentos difíciles! ¡Es tu poder el que me sostiene, es tu poder el que me ayuda a vencer todas mis debilidades por eso en el día de hoy me enorgullezco de exclamar con fuerza que en ti todo lo puedo! ¡Te pido, con humildad, que me perdones cuando mi debilidad me hace caer! ¡Ayúdame a levantarme cada vez que me caigo, y sostenme siempre porque yo quiero vivir una vida cristiana plena! ¡Señor, te pido que me ayudes cada día a mantenerme con buen ánimo, a ver siempre las cosas positivas, que la negatividad de los demás no haga mella en mí, a rechazar la soberbia, el orgullo, la ira, el rencor, la falta de caridad… Y que sea tu paz, tu amor y me fe la que me hagan permanecer a tu lado en cada uno de los momentos de mi jornada! ¡Aunque sé que tengo muchas cosas que cambiar te doy gracias, Señor, porque tú me amas como soy! ¡Señor, tu deseas mi salvación, porque eres el único Salvador y el demonio quiere mi condena y aunque Dios la permite para someterme prueba quiero darte diempre mi «sí» a Ti; envía tu Espíritu para reconocer siempre la tentación cuando ésta se presenta y alejarme inmediatamente de ella!

Si Dios es feliz… yo también

La felicidad es una gracia inmensa. Para ser feliz son imprescindibles dos principios: saber qué es la felicidad y saber alcanzarla. Todos queremos ser felices. Todos necesitamos que nuestro corazón exulte de alegría. Un corazón alegre tiene paz, serenidad interior, esperanza… pero, en muchas ocasiones, la medimos mal porque no la alcanzamos por no saber qué es lo que más nos conviene. ¡Hay mundanidad que me aleja de la alegría!
Pienso en Dios. Lo inmensamente feliz que es. ¿Es feliz porque es el Rey del Universo? ¿por que conoce todo lo bueno? ¿por que tiene en sus manos la capacidad de lograrlo todo? Por todo esto y por algo más: porque Él es el Amor y todo lo ha creado por amor. Y nos ha dado a su Hijo por amor, el desprendimiento más grande en la historia de la humanidad.
Antes de crearlo todo, Dios ya era feliz. No creó la naturaleza, ni a los animales ni a los hombres para que le hiciésemos feliz si no para que pudiéramos ser partícipes de su felicidad.
Por eso la felicidad sólo la puedo encontrar en Dios. Y en Jesús. Dios me ha creado a su imagen y semejanza. Me ha creado para ser feliz. Me ha creado para compartir su alegría, su sabiduría y su felicidad. Si sólo Jesús me ofrece la felicidad, ¿para qué pierdo el tiempo buscándola fuera de Él!

 Si Dios es feliz, yo también

¡Quiero ser feliz, Señor! ¡Pero quiero ser feliz a tu manera pero no como entendemos los hombres la felicidad! ¡Quiero ser feliz basándome en el amor, en el amor sin límites, en la entrega, en el desprendimiento de mi yo, en el servicio generoso, en la caridad bien entendida, en la paciencia de dadivosa! ¡Señor, quiero participar de tu felicidad encontrándome cada día contigo y desde ti con los demás! ¡Señor, me has creado para compartir tu alegría! ¡Envía tu Espíritu para que me haga llegar el don de la alegría y transmitirla al mundo! ¡No permitas, Espíritu Santo, distracciones innecesarias en mi vida que me alejan de la libertad y la felicidad de auténticas! ¡Señor, ayúdame a que encuentre felicidad en dar felicidad a los que me rodean, que abra mis manos para dar siempre, que abra mis labios para compartir tu verdad, y que abra mi corazón para amar profundamente! ¡Señor, sé que me amas y que deseas que yo sea feliz; acompáñame Señor siempre porque eres el autor de mi felicidad y la razón de mi existir!

Descansar en ti, cantamos hoy al Señor:

¡Que gran regalo el tuyo, Señor!

Acudo a la confesión como tantas otras veces en mi vida. Pero ayer, de manera especial, veo este sacramento de la reconciliación como un gran regalo porque cuando rezo de rodillas la penitencia que me impone el sacerdote me reencuentro con Ese que me ama con un Amor infinito y al que me duele profundamente haber tratado de manera tan injusta, a quien me duele haber hecho daño con mis faltas y mis pecados. Siento en mi vida, arrodillado ante el Sagrario, el don de la misericordia de Dios que entregó a su Hijo para reconciliarme con su amor y sus proyectos.
Lo más impresionante es que es el Señor es el que toma la iniciativa del perdón para que yo también aprenda a perdonar. Eso me lleva a reflexionar también que si para mí la confesión es algo costoso como no será también para Dios que hizo que su Hijo sudara sangre de dolor y de angustia. Pero Dios carece de memoria del pecado de la persona que se acerca a un confesionario y se arrepiente profundamente y suplica su perdón porque no hay alma más pura que aquella que vive en el perdón porque en el perdón está reflejada la mirada de Dios. Ayer precisamente sentí esa hermosura del amor divino que te perdona y que hace caer todos los prejuicios de tu vida y que sella en tu corazón una impronta de paz.
Sentí como Jesús me daba de nuevo otra oportunidad. Sentí que verdaderamente el cristianismo está basado en el amor. Y muchas veces estructuramos nuestra vida intentando no pecar, pero el cristianismo no es intentar no morir sino que es vivir, crecer, amar. Y arrodillado, pidiendo perdón, le digo al Señor que en cada una de mis faltas es Él el que me dice que no le di de comer, que no le di de beber, que estuvo enfermo y no le visité, que necesitaba el perdón y no lo vi, que le critiqué, le calumnié, le insulté, no fui caritativo con Él, no tuve paciencia, provoqué divisiones en la familia, entre los amigos, le humillé, le desprecie, le juzgué con dureza, preferí tener una vida cómoda antes de entregarme a los demás. En definitiva, que cometí la insensatez de buscar la felicidad por mí mismo, queriendo ser un pequeño dios, y eso me impidió hacer feliz a los demás por qué no he amado como ama Jesús.
La confesión de ayer me animó a seguir adelante, consciente de que volveré a pecar y a sentirme vacío, sucio e impresentable interiormente, pero que puedo volver a levantarme y mirar con mirada limpia a ese Dios que me ha creado, que me ama, con un sentimiento nuevo de amor y que al volver a confesarme sentiré como es el mismo Cristo, mi amigo fiel, el que impondrá sus manos sobre mi frente y exclamará: «Levántate y anda y no peques más».

confesión

¡Hoy exclamo como el salmo: «Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava todo mi delito, limpia mi pecado pues yo reconozco mi culpa y tengo siempre mis faltas presentes; contra ti, contra ti sólo peque, cometí la maldad que aborreces»! ¡Abre siempre mis ojos, para que sea capaz de ver los daños y el mal que cometido y el bien que dejado de hacer, y toca suavemente mi corazón para que sea capaz de convertirme de una manera sincera a ti! ¡Envía tu Espíritu Señor para que fortalezca mi debilidad, y renueve cada día el profundo amor que siento por ti y para que todas mis obras estén impregnadas por tu gracia y yo pueda convertirme en un auténtico testigo tuyo! ¡Gracias por haber instituido el sacramento de la reconciliación porque me hace más humilde para reconocer mis pecados y necesitado de tu gracia, Señor¡ ¡Gracias también porque me hace consciente de mi miserable naturaleza y me ayuda a crecer humana y espiritualmente! ¡Te te pido vivir siempre el sacramento de la confesión para recuperar en mi vida el sentido de estar cerca de ti, Dios mío, para llenar mi vida con esa experiencia maravillosa que es encontrarme contigo y descubrir el verdadero significado del perdón y de la misericordia! ¡Señor, no permitas que te rechace nunca, ni que construya mi felicidad en función de mi voluntad apartándote de mi vida! ¡Gracias por las gracias que recibí ayer que me he levantado, me fortalece, me animan, me restaurar, me salvan, y Y transforman por completo mi vida!

Renuévame, Señor Jesús:

Libre como María

Todos sabemos que la libertad es la libre disposición de uno mismo. Te fijas en la figura de María y comprendes que era la mujer libre por excelencia. Su gran libertad consistió en decidir su maternidad en el momento de la Anunciación. El suyo es un «Sí» absoluto a Dios, sin consejos de sus padres o parientes y sin consultar a José, con quien se había desposado. María recibe el ofrecimiento de Dios y, libremente, decide colaborar voluntariamente en ese plan divino entregando su persona, su maternidad y todo su ser para convertirse en corredentora de la salvación del hombre.
Toma la libertad de viajar a las montañas de Judea para visitar a Isabel. Decide libremente quedarse allí, aún estando preñada, para servir a su prima. En aquel lugar, que debió estar envuelto de una gracia incontestable del Espíritu Santo, proclama libremente el Magnificat, anunciando de una manera preciosa la nueva humanidad.
Libremente también asume con respeto todas las decisiones de San José: el viaje a Belén embarazada como estaba de Jesús, el viaje a Egipto, la vida en Nazaret… La Virgen vivió junto a San José una vida esponsal santa donde la libertad iba al unísono con su esposo, apoyándose humana y materialmente, espiritual y santamente, para que Jesús no apareciera ante los ojos de la sociedad de aquella época como hijo de una mujer sin marido. Esto, de por sí, muestra como María era una mujer libre.
Contemplas la libertad de María y te planteas si eres realmente una persona libre, libre desde el punto de vista humano y social, si la maraña de tus relaciones humanas, familiares, de amistad, profesionales te conceden esa libertad… Si eres capaz de vivir de manera plena el amor, la generosidad, la caridad, la obediencia, una vida cristiana en santa libertad como fue la vida de María predispuesta siempre a hacer y aceptar la voluntad de «Dios» y si eres capaz de entender la libertad desde Cristo, en Cristo y por Cristo a imitación de María, la Virgen.

Libre como María

¡Señor, que a imitación de tu Madre sepa utilizar la libertad para mi bien! ¡Señor, te pido un corazón libre para evitar esas ataduras que me unen al mundo y no a ti! ¡Dame, Señor, un corazón libre que no se vea sometido a las esclavitudes de este mundo, a las comodidades, a los vicios, a la buena vida, a la mundanidad, a las falsas libertades, al «yoismo»! ¡Dame Espíritu Santo la libertad de amar, de creer, de esperar, de servir en caridad, de cuidar a los que sufren y lo pasan mal, de confortar a los enfermos, de alimentar a los hambrientos, de refugiar a los desamparados, de proclamar el Evangelio, de caminar con autenticidad, de rechazar el pecado, la falsedad, las tentaciones del mal y la injusticia¡ ¡Ayúdame, María, a ser auténticamente libre, a seguir tu ejemplo, a dar siempre mi sí! ¡Gracias, Madre, porque tú me enseñas que el obrar de Dios en el mundo va íntimamente unido a mi libertad porque es en la fe, en la palabra divina, donde hay una auténtica transformación y mi vida apostólica y cristiana será eficaz en la medida que aprenda de Ti a dejarme plasmar por la obra de Dios en mi corazón!

Te saludo, María, cantamos hoy a la Virgen:

«Nos atrevemos a decir»

En la Eucaristía de ayer, antes del Padre Nuestro, el sacerdote pronuncia estas palabras del ritual de la Misa: «nos atrevemos a decir». Siento que ese «nos atrevemos a decir» es una llamada a romper la rutina de la oración para evitar repetir las palabras de corrillo y profundizar en ellas. No es posible invocar al Padre (Abba) sin que en el interior del corazón se produzca un vuelco transformador.
No es posible exclamar que su Nombre sea santificado, que venga a nosotros su reino, que se haga su voluntad, que nos dé el pan nuestro de cada día… sin elevar con rectitud de intención nuestra mirada al cielo. No es posible exclamar que perdone nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, que no nos deje caer en la tentación y que nos libre de todo mal si no somos capaces de alzar nuestros ojos hacia la inmensidad celestial para unirnos a Él, que es creador de todo.
La fuerza del Padre Nuestro es que Jesús nos enseña por medio de esta oración que los hombres unimos el cielo y la tierra, que la esencia del Reino se condensa en esta plegaria que salió del mismo corazón de Cristo.
Ese «nos atrevemos a decir» nos abre las puertas para dirigirnos a Dios en el tono más amigable y respetuoso posible. De orar al Padre con esperanza para alcanzar ese Reino prometido rebosante de amor, justicia, paz y fraternidad.
Ese «nos atrevemos a decir» nos hace comprender que es necesario saber repartir el pan cada día pero no únicamente en la Eucaristía diaria o dominical sino también ese pan material del que tantos están necesitados —no sólo a nivel económico, sino de tiempo, de afecto, de entrega, de oración…—, pedir perdón de corazón, trabajar por dignificar la vida y crecer espiritualmente. Es entonces cuando el contenido de esta plegaria, las palabras que pronunciamos que nos sabemos de memoria y hemos repetido miles de veces adquieren su auténtico sentido.
Ese «nos atrevemos a decir» nos lleva a comprender al repetir pausadamente la oración que Dios es el Padre de todos, hombres y mujeres necesitados de su amor y de su misericordia. Que Él es el centro, lo importante, lo esencial.
Ese «nos atrevemos a decir» nos recuerda que esta oración nos lleva a un encuentro íntimo, personal y profundo con ese Dios al que puedes abandonarte con serena confianza.
Ese «nos atrevemos a decir», en definitiva, nos lleva a acudir a ese Padre Nuestro que está en el cielo al que le pides ayuda y al mismo tiempo te comprometes a vivir cristianamente orando con sencillez y humildad de corazón, reconociendo tu auténtica necesidad de Dios y admitiendo tus propias debilidades aceptando que es Él y sólo Él quien sabe que es lo mejor para cada uno.
Hoy «me atrevo a decir» con devoción: Padre Nuestro…

Pater_noster

¡Padre Nuestro que estás en el cielo, que eres tres veces santo, te quiero dar gracias, alabarte y adorarte; quiero pedir tus bendiciones para que mi vida esté siempre muy cerca de ti! ¡Padre, me reconozco hijo tuyo, tú que estás en el cielo, y también en los corazones de los que confían y creen en tí! ¡Entra en mi corazón Padre de bondad! ¡Padre, santificado sea tu nombre, alabado sea tu nombre, estoy agradecido por este amor que me tienes y por eso quiero comprometerme a honrarte con todos mis actos, con mis palabras, con mis actitudes, con mis sentimientos…! ¡Padre, venga a nosotros tu reino, quiero hacerlo efectivo en cada uno de los momentos de mi vida, tenerte cerca, a mi lado para darte a los demás y así hacer crecer en este mundo el Reino que nos tienes prometido! ¡Padre, que se haga siempre tu voluntad en la tierra como en el cielo, para alcanzar esa salvación prometida, para algún día estar junto a ti y junto a tu Hijo en el cielo! ¡Quiero unir esta voluntad mía a la tuya para poniéndome en tus manos imitar siempre a tu Hijo y también a la Virgen María que hicieron siempre tu santísima voluntad! ¡Padre, dame hoy el pan de cada día, te lo pido con toda la confianza y con toda la humildad para satisfacer mis necesidades materiales pero también mis necesidades espirituales! ¡Padre, perdona también mis ofensas como yo también trato de perdonar a los que me ofenden! ¡Señor, tú sabes que soy un miserable pecador y que me alejo de ti constantemente, por eso quiero pedirte perdón cuando te ofendo! ¡Necesito recibir tu amor y por eso para tenerlo es imprescindible contar con un corazón puro y limpio, un corazón sensible, un corazón que sea capaz de abrirse siempre a los demás y sea capaz de perdonar de corazón! ¡Padre, no me dejes caer en tentación, no permitas que consienta nunca que el demonio venza en cada una de mis acciones, no permitas que tome el camino equivocado hacia el mal, envía tu Espíritu Santo para que sea capaz de vencer todas las tentaciones del maligno! ¡Y líbrame todo mal, para que el demonio no me venza con sus astucias y estar siempre en paz y en gracia contigo!

Cantamos y oramos con el Padre Nuestro:

Escuchar a Dios por la vista

Por motivos laborales viajo con frecuencia a países islámicos. En algunas ciudades es imposible encontrar una iglesia católica por lo que mi Eucaristía diaria la sigo a través de Internet. Una de las páginas que utilizo es Nazaret.tv que celebra la Misa dominical con un sacerdote que utiliza el lenguaje de signos para sordomudos. Mientras predica o celebra, el sacerdote se comunica por medio de gestos. La Palabra de Dios también se puede revelar sin hablar para llegar por medio de la vista.
Es impresionante cómo Dios llega al corazón de la gente acomodándose a los diferentes formas de nuestro lenguaje porque en realidad lo que agrada a Dios es que quien escuche su Palabra la acoja en su interior con amor. Esa escucha —condición primera para amar a Dios— se convierte en la fuente de felicidad y de vida. Felicidad y vida para el alma y el corazón.
La escucha de Dios —el gran Oyente— a nuestras peticiones se basa en el silencio. Es en el silencio donde Dios acoge la súplica de los hombres tantas veces deslavazadas, desordenadas y dispersas para ir colocándolas en su lugar y dándoles el valor que merecen. Y nos pide que para escucharle a Él hagamos también silencio. En el silencio se aprende a comprender lo que no se ha dicho pero que viene de Dios.
Piensas en el sacerdote que transmite la Palabra de Dios por signos. El oyente no escucha pero siente, visualiza y acoge. Dios nos habla pero es necesario acoger interiormente su palabra. Y desde el acogimiento surge la fe que transforma el corazón de la persona. La fe surge, la mayoría de las veces, a consecuencia de la escucha pero también por la confianza en quien te habla, por la esperanza y por el amor. Así ocurrió con la mayoría de los personajes de la Biblia. Así le ocurrió a Abraham, a Moisés y, sobre todo, a María, Nuestra Madre.
Cuando uno se siente de Dios es capaz de escucharles. La escucha de la voz de Dios, aunque en apariencia no se oiga, es apertura de corazón porque quien escucha al Señor siempre halla vida en su alma para a continuación ponerla en práctica.
Sí, Dios mío, me hablas ahora y siempre, cada minuto y cada hora, cada día de mi vida. Quieres dialogar conmigo pero me hago el sordo y, sin embargo, hay muchos signos que me muestran que persigues mi amistad y mi cariño. Pues aunque tenga los oídos cerrados a la escucha, al menos tengo ojos para ver que me llamas.

Escuchar a Dios

¡Señor Jesús, Tu me conoces y sabes que te amo, en el día de hoy te quiero pedir que entres en mi corazón, que lo renueves y hagas cosas grandes con él! ¡Que arranques de su interior lo que no sirva, lo que no sea tuyo, lo que me aleja de Ti! ¡Limpia mi corazón, Señor, para que pueda verte con nitidez y ver también a los demás con miradas de amor! ¡Señor, sabes que te busco cada día! ¡Hazte, Señor, el encontradizo conmigo como hiciste con los discípulos de Emaús! ¡Señor, Tú me escuchas siempre, tienes en cuenta mis peticiones y en cambio a mí se me hace difícil escucharte por el mucho ruido que hay a mi alrededor! ¡No estoy sordo pero lo parezco por eso quiero permanecer en silencio, paciente, abierto a la escucha para despertar mis oídos y abrirlos a la escucha de tus Palabras y tus consejos llenos de sabiduría, amor y misericordia! ¡Tú me hablas siempre aunque no te escuche o no te sienta porque mi pobre humanidad pecadora se resiste a la escucha! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que abra mi corazón y sea dócil a recibir los susurros de tu voz y aprovechar en mi vida tus enseñanzas! ¡Hoy especialmente te pido por todos los que padecen sordera Tú, que oyes sus voces, aunque no hablen, pues comprendes el movimiento de sus manos que trazan el lenguaje de sus corazones! ¡Ayúdales, Señor, a entender tu Palabra y, en el silencio callado de sus vidas, ayúdales a dar testimonio de su Fe y que en la otra vida puedan oír y exclamar canciones de alabanza por toda la eternidad!

Rezar por los que me hacen daño

Fui el sábado a última hora de la tarde, cuando el calor arreciaba, al parque a jugar con mi hijo pequeño. Había varias parejas con hijos. En uno de los bancos un vagabundo tumbado. De aspecto muy desaliñado y con un carrito lleno de cartones y cientos de escombros. Escucho esta frase de un padre que tiene a sus hijos correteando a sus pies: «Ese pobre de m… podría ponerse en otro lugar». He sentido una desazón profunda por él y porque mi hijo ha escuchado esta frase despectiva e hiriente.
Cuando regresamos a casa me pregunta por lo que ha escuchado. Trato de hacerle entender que no todos somos capaces de amar al que tenemos al lado, especialmente cuando nos creemos mejores a los demás. Le pregunto: «¿Crees que este pobre vagabundo tiene la misma dignidad que papá?». «Tu eres mejor», me contesta orgulloso. La respuesta es amor de hijo pero me permite explicarle que todo ser humano por el hecho de ser persona, por haber sido creada por Dios, merece un respeto a su dignidad. Por muy pobre que sea. Y que seguramente Dios se sentirá más cerca de ese pobre que de la persona que le ha insultado.
Y trato de explicarle algo que me ha ayudado mucho en los últimos años. Hace un tiempo me costaba mucho querer y, sobre todo, rezar por aquellos que no me quieren, con los que no tenía simpatía alguna, que de alguna manera me habían perjudicado. Pero la oración obra milagros. Y siendo consciente del daño que he podido hacer a muchas personas a lo largo de mi vida, me ha permitido cada día rezar por aquellos con los que he chocado o me hacen daño. Eso ha sanado muchas heridas de mi corazón y lo ha purificado. Todos los días le pido al Señor que me dé un corazón limpio, manso y bondadoso que sea capaz de amar a los demás, sobre todo, en aquellos que están más alejados de mí por las circunstancias que he vivido. No siempre es fácil, pero es un camino que me ayuda a crecer como cristiano. Hay algo que tengo claro: cada ser humano es imagen de Dios y como tal no podemos nunca despreciar a nadie.

Rezar por los que me hacen daño

¡Señor de la misericordia y el amor, te doy gracias por tu bondad y tu paciencia! ¡Gracias por como manifiestas tu misericordia conmigo! ¡Te pido humildemente tu perdón cuando cometa actos contra ti, cuando te ofenda, cuando actúe contra los demás con mis palabras, con mis hechos e, incluso, con mis pensamientos! ¡Padre de bondad, envía tu Espíritu para que aprenda a perdonar a todas las personas que me han dañado u ofendido y dame la fuerza para vivir siempre rodeado del perdón y la misericordia para conmigo y para con los demás! ¡Te doy gracias, Señor, porque siento en mi corazón perdón y con ese perdón puedo perdonar también a los demás! ¡Señor, no soy perfecto y también yo hecho daño a los demás y he sido merecedor de tu perdón y tu misericordia! ¡Hazme abierto al amor! ¡Padre de bondad, gracias porque cada día siento tu presencia y porque me muestras el camino de la reconciliación, de la misericordia y el amor! ¡Te amo, Dios mío, porque eres un Padre que ama y perdona, que acoge y abraza! ¡Quiero ser como tú, Señor! ¡En este día te pido por los marginados, por los despreciados, por los parias de la sociedad, por los que son ninguneados y negados… tú te haces presente en todos ellos! ¡Señor, bendícelos y no permitas que esta sociedad inmisericorde menosprecie la dignidad de nadie!

De J. S. Bach (1685-1750) disfrutamos hoy de la cantata Mein Herze schwimmt im Blut, BWV 199 (“Mi corazón flota en sangre“):

Un hueco al Espíritu Santo en la oración

Ayer invité a un amigo a hacer un rato de oración en una capilla en la que está expuesto el Santísimo en una comunidad de hermanas adoratrices. Era última hora de la tarde. Poco antes de cerrar el templo. Es una persona descreída. Su vida es un torbellino de problemas y de conflictos personales. Está roto por dentro y los resuellos de sus heridas se reflejan en la amargura de su rostro.
Antes de comenzar, invocamos en voz baja al Espíritu Santo. Después de una breve oración enciendo en el móvil una canción que invoca al Espíritu Santo. Pongo uno de los auriculares en su oreja y el otro en la mía y, así, juntos, invocamos la presencia del Espíritu para que nos renueve, nos purifique y nos restaure. A los dos, porque yo también lo necesito cada día.
Invocar al Espíritu Santo antes de la oración abre en canal el corazón del hombre. Sin la presencia del Espíritu Santo es muy difícil conocer la verdad que anida en el corazón. Es el Espíritu Santo, con la fuerza de su gracia, el que nos permite escuchar la voz de Cristo en nuestro interior.
Termina la canción. Mi amigo me pide volver a escucharla.«Ven Espíritu, ven y lléname Señor con tu preciosa unción. Purifícame, lávame, renuévame, restáurame Señor con tu poder». Esta canción no dice nada más pero la repetición de esta estrofa dice mucho. Es una oración que purifica nuestro interior para que dejemos entrar al Espíritu Santo. Y, una vez dentro, nos permita el mejor discernimiento de cómo debemos obrar, de lo que tenemos que hacer para gloria de Dios, bien de las almas y nuestra propia santificación, de lo que debemos pensar y lo que debemos decir y cómo decirlo, de lo que tenemos que callar. Pero también la agudeza para retener. No siempre el Señor nos pide lo mismo. No siempre nuestra vida tiene las mismas necesidades. No siempre el mensaje es semejante. Y para conocer la voluntad de Dios es necesario orar, orar y orar con humildad y sencillez. Y será el Señor, por medio de la luz que transmite el Espíritu Santo, el que nos hará ver lo que debemos hacer. A la luz del Espíritu es más sencillo no equivocarse.
Al terminar los quince minutos de oración en la que, en voz muy baja, hemos rezado por sus necesidades e intenciones, me pide escuchar de nuevo esta purificadora canción: «Ven Espíritu, ven y lléname Señor con tu preciosa unción. Purifícame, lávame, renuévame, restáurame Señor con tu poder».
Al salir del templo me da un fuerte abrazo y un «gracias» emocionado. Lo que mi amigo no sabe es que es el Espíritu Santo —nuestro consolador, fuente viva de caridad y amor— el que le ha hecho sentirse tan bien porque le ha encendido con su Luz sus sentidos doloridos, con su Amor su corazón herido y con su Auxilio sanador la debilidad de su vida.
El Señor, invita por medio del Espíritu Santo, a que los hombres le sigamos. Nos invita a dejar las redes junto a la orilla, a dejar los aperos en el campo, el dinero en la mesa de recaudación, la camilla junto a la piscina, los mejores trajes en el ropero, la soberbia en el diván… y pronuncia estas palabras de invitación: «Ven, amigo, y sígueme». Solos, en nuestro mundo, es difícil pero…¡Qué fácil es hacerlo con la gracia del Espíritu!

Espíritu Santo

¡Ven Espíritu Santo, fuego de amor divino, abraza mi mente y mi corazón con tu Presencia ardiente! ¡Ven Espíritu Santo, aliento divino! ¡Ponme en tu presencia de Luz. Penetra en cada célula de mi ser y enciende tu intensa luz. Disipa la oscuridad de mi alma! ¡Divino Esplendor, sáname de mi ceguera espiritual. Abre mis ojos para que yo pueda ver con la luz de tu visión. Brilla tu luz en mi camino, déjame ver como Tu ves! ¡Espíritu Santo, Palabra Viva, lléname del fuego de tu palabra. Haz que arda mi corazón con tu Sabiduría y tu Conocimiento. Muéstrame como Tu me ves y también muéstrame como Tu eres. Enséñame todas las cosas! ¡Fuego divino, unge mis labios y purifícalos, para que yo siempre hable de cosas santas y que lo que diga penetre los corazones de los que me escuchen. Unge mi mente y mi cuerpo para que te glorifique con pensamientos, palabras y acciones santas! ¡Espíritu divino háblame. Habla a través de mi. Muévete a través de mi. Hazme tu instrumento! ¡Llama divina, abraza todo mi ser con tu fuego ardiente. Derrite el hielo de mi frialdad e indiferencia! ¡Aliento Celestial, respira tu presencia en todo mi ser; satúrame completamente. Entra en mi. Permíteme entrar en Ti y ser uno contigo! ¡Espíritu Santificador, destruye toda mi maldad, borra toda mi iniquidad. Limpia mi alma con el agua viviente de tu gracia. Destruye la aridez de mi alma; transfórmame en una fuente de agua viva que fluya para la vida eterna! ¡Espíritu de la Santidad; pasa por cada célula de mi cuerpo, mente y alma. Purifícame y santifícame! ¡Espíritu de Dios Padre y Dios Hijo; destruye el hombre viejo en mí. Hazme un hombre nuevo en tu imagen, para empezar una nueva vida en Ti; en la paz, el amor y el gozo de tu Presencia! ¡Divino Ayudante, Espíritu Consolador, ayúdame a conocer y a hacer tu divina voluntad. Actúa en mi, piensa en mi, y manifiéstate en mi! ¡Espíritu Santo de Dios, poséeme. Llévame a tu santidad y a tu Gloria. Yo soy tu templo, habita en mi y no me dejes solo!

La Reina nos mira desde el Cielo

Bellísimo día el que hoy celebramos. Siete días después de celebrar la fiesta de su Asunción a los cielos hoy honramos a María como Reina. Es lógico, la Santísima Virgen es Reina porque es Madre de Jesucristo, Rey del Universo. La Virgen porta hoy con más hermosura esa diadema de estrellas que reluce en el universo entero. Seguro que María sonríe con humilde alegría sentada junto a su Hijo ante el trono de Dios. Y hoy todos los cristianos cantamos a María su realeza.
Si rezamos en esta jornada el Santo Rosario, resonará en nuestros corazones con más emoción aquello que proclamamos de:
Reina de los Ángeles,
Reina de los Patriarcas,
Reina de los Profetas,
Reina de los Apóstoles,
Reina de los Mártires,
Reina de los Confesores,
Reina de las Vírgenes,
Reina de todos los Santos,
Reina concebida sin pecado original,
Reina asunta a los Cielos,
Reina del Santísimo Rosario,
Reina de la familia,
Reina de la paz.

Y desde el cielo, María escuchará nuestros cánticos y los homenajes que todos sus hijos vamos a hacerle en este día. Que hermoso es creer que María es Reina, Soberana, Señora y Madre verdadera de Dios, que fue elevada a los cielos en cuerpo y alma para que reciba los homenajes de todos los seres creados.
Eligió Dios a María para ser su Madre. Y la Virgen no dudó ni un solo instante en aceptar este honorable regalo con la humildad de su esclava. Es por este motivo, que la gloria de María es tan inmensa. No hay nadie en el universo que se pueda comparar a la Virgen ni en méritos, ni en virtudes, ni en belleza, ni en bondad… Ella es, sin duda, la única y digna merecedora de llevar la corona del Cielo y de la Tierra.
Es allí en las alturas donde María, coronada por toda la eternidad, se sienta junto a su Hijo en el trono de la gloria. A sus pies los santos, los ángeles, los patriarcas, los profetas, los apóstoles, los mártires, los confesores y todas las personas que en el cielo moran observan a la virgen como intercede por cada uno de nosotros cuando le invocamos y pedimos por nuestras necesidades y la de nuestros familiares y amigos, cuando acudimos a Ella en la adversidad, cuando buscamos su consuelo en el dolor y el sufrimiento, cuando pedimos que nos libere de la esclavitud del pecado, cuando buscamos su misericordia, cuando esperamos recibir su gracia, cuando tratamos de imitar sus virtudes de entrega, generosidad, humildad, sencillez, amabilidad… Sólo pensar en esta imagen mi corazón se llena de alegría.
Pero hay algo todavía más hermoso por el cual podemos llamar Reina a la Virgen María. Ella es íntima operadora de nuestra salvación. A la Virgen la proclamamos corredentora del género humano, y es así porque Dios expresamente lo quiso. Al igual que Cristo es Rey y el valor precioso de su dignidad real es la Cruz y el precio de su reinado es su sangre derramada, el valor de su reinado de María es haber permanecido junto al trono de la Cruz en dolorosa oración. Un Reino eterno y universal de verdad y de vida, de santidad, de justicia, de gracia, de amor y de paz.
Me pongo hoy en manos de esta Reina hermosa con confianza, alegría y amor sabedor que Ella tiene en sus manos, en parte, la suerte de este mundo, que nos ama y nos ayuda en todas y cada una de nuestras dificultades y extiende sus manos para acogerlas y elevarlas al Padre. Que Ella es una Reina al servicio a Dios y de la humanidad, que es reina del amor que vive el don de sí a Dios para cooperar en la salvación del hombre. ¡Totus tuus, María!

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¡María, que alegría saber que estás sentada en el Cielo, coronada por toda la eternidad, en un trono junto a tu Hijo! ¡Eres, María, Reina del Cielo y de la Tierra, gloriosa y digna Reina del Universo, y por voluntad de Dios te podemos invocar día y noche con el nombre de Madre y también con el de Reina, como seguro te saludan con alegría y amor todos los ángeles, los santos y los que allí moran! ¡Madre, Reina, Señora, quiero hacer como tú que te consagraste a Dios por entero, y no preguntaste con desconfianza ni pediste pruebas antes de aceptar la petición divina de ser Madre de Cristo! ¡Quiero hacer como Tú, María, Reina, que sólo preguntaste para conocer cómo quería Dios que llevases a término ese plan que el Padre te propuso! «He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra» ¡Estas fueron tus palabras, Reina y Señora! ¡Madre, una vez está clarificado el camino, la respuesta es definitiva, el compromiso es ineludible, la entrega es absoluta: aquí estoy, para lo que haga falta como hiciste Tú, Reina del Universo! ¡Qué ejemplo el tuyo María, para mi pobre vida, para entregarme de manera íntima y personal a los planes que Dios tiene pensados para mí! ¡Madre, enséñame a ser siempre generoso con Dios como Él lo es conmigo! ¡Que cuando tenga claro el camino y definidas las metas no trate de encontrar arreglos intermedios, sendas fáciles, soluciones sencillas, voluntades egoístas! ¡Muéstrame, Reina del Cielo y la Tierra, cuál es el auténtico señorío, la verdadera libertad, que se logra con la obediencia fiel a la voluntad de Dios y con el servicio desinteresado a los que nos rodean! ¡Ayúdame a imitarte siempre, Reina y Madre de Misericordia, y así seré siempre una persona feliz que irradie la luz de la alegría cristiana!

Cantamos hoy a la Reina del Cielo: