Sí, Dios dirige mi vida

Sentado ante el sagrario, en el silencio de una capilla, con el corazón y la esperanza abiertas, comprendes como Dios dirige mi vida y la hace de una manera sencilla, natural, imperceptible y se podría decir, incluso, que misteriosa. Es la fuerza de la gracia que me acompaña desde el día mismo de mi bautismo. Pero lo hace también con la fuerza purificadora de su Palabra, que puedo acoger en mi corazón en la lectura de la Biblia, en la escucha durante la Eucaristía… Y, también, lógicamente con las múltiples inspiraciones que el Espíritu Santo me envía para acogerlas en mi interior.
Esa manera de dirigir mi vida es imperceptible pero transita en mi a través de mi propia historia personal porque ningún acontecimiento, por pequeño sea, escapa a su Providencia divina. Todo lo que me sucede, incluso aquellas cosas negativas y el propio pecado —«¡Señor, ten piedad de mí que soy un pecador»— ha estado, está y estará previsto por Él. Dios no desea el mal para mí —aunque a veces sea difícil comprender las cosas duras que me suceden— pero Él no puede impedir que me equivoque, que tome caminos erróneos, que actúe de manera equívoca como tampoco impidió jamás a lo largo de la historia que nadie abusara de su libertad, el don más preciado que tiene el ser humano junto a la dignidad.
Sin embargo hoy, en el silencio de la oración, le puedo dar gracias porque es a través de su gracia como Él me ayuda, inspirado por el Espíritu Santo, a vencer el pecado. Miras tus propios actos y observas como tantas veces ha sido la fuerza del paráclito el que te ha iluminado de manera clarividente para comprender lo que has de cambiar después de esa caída; como te ha levantado de la fosa con una infinita misericordia cuando has caído en la inmundicia del pecado; como te ha puesto las mejores galas cuando, arrepentido de las faltas cometidas, te has convertido en el sacramento de la Reconciliación en el invitado principal de la fiesta donde Él te ha recibido con las manos abiertas.
Hoy, como tantos días, es hermoso darle gracias al Señor porque tiene la paciencia de esperarme con los brazos abiertos y el corazón lleno de gozo cuando mi soberbia o mi egoísmo le ha dado un portazo en las narices, cuando mi trato a los demás deja que desear, cuando me he llevado la herencia y la he malgastado en cosas inútiles, cuando mis acciones están faltas de caridad y de amor, cuando mi trabajo no está santificado… Tantas cosas alejadas de Él y que me impiden recordar que Cristo murió de manera ignominiosa por mí en una cruz para redimirme del pecado.
Dios por mí no puede hacer nada más. Él me pone los medios porque en el Calvario lo dejó todo ofrecido. Absolutamente todo. Desde el momento de la muerte de Jesús el cielo quedó abierto para todos. Y la fuerza del Espíritu se derramó para la santificación y actua de manera intensa con su gracia en mi corazón y en el corazón de todos los hombres. Es un honor inmenso, fruto de su amor.
Hoy, en esta oración silenciosa, ante su presencia, no puedo más que dar gracias y alabar al Señor de la vida y repetir la invitación que Cristo hizo a sus discípulos:: «convertíos y creed». Sí, Señor, con la ayuda del Espíritu Santo no puedo más que intentar mi conversión cotidiana y creer con firmeza con todo mi corazón y con toda mi alma.

Sí, Dios dirige mi vida

¡Señor, quiero alabarte hoy y darte gracias! ¡Quiero celebrar tu gloria con gran alegría! ¡Quiero, Señor, alabar tu grandeza porque tu eres mi Dios, mi Señor, mi escudo y fortaleza! ¡Quiero celebrar que Tu reinas en mi corazón y eres mi soberano, que por tu gracia, que viene del Espíritu Santo, me guía cada uno de los días de mi vida! ¡Tres veces santo eres Tú, Señor! ¡Dios de las batallas de la vida! ¡Te alabo, Señor, mi corazón y mis labios te adoran con fervor y tan gracias por tantos dones recibidos! ¡Tu mano paternal, Señor, me guía! ¡Cada uno de mis pasos, Señor, son velados por Ti! ¡Son innumerables, Señor, los bienes que por Tú compasión recibo sin cesar cada día! ¡Inefable, Señor, es tu gracia divina es la que está siempre predispuesta a rescatar a los pecadores como yo! ¡Gracias, porque perdonando todos mis pecados Cristo me limpió en la cruz de mi maldad! ¡Gracias porque con su sangre me ha limpiado, su poder me ha salvado! ¡Y a ti, Espíritu Santo, te pido la inspiración para pensar siempre santamente, obrar santamente, amar santamente, actuar santamente, ayudar santamente, perdonar santamente, defender la verdad santamente! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a no perder el camino de santidad que es el que me lleva cada día más cerca de Dios!

Espíritu de Dios, llena mi vida le cantamos hoy al Señor:

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