¿No somos todos un poco como Judas?

Me presentan a un joven comercial que se llama Judas, por san Judas Tadeo. Se hace llamar «Yudy». «Comprenderás los motivos», me dice. Debe haber visto mi cara de sorpresa. Inconscientemente he pensado: «¡Menuda elección de los padres!». He reprobado injustamente. Pero creo que a todos nos ocurriría algo semejante.
Pero a mi me ha venido a la memoria Judas Iscariote que fue «uno de los doce», «uno de los nuestros», «uno de los de Jesús», según San Pedro. Tenía la condición absoluta de apóstol de Cristo. Pero fue el traidor. Y así ha pasado a la historia. El que le vendió por treinta monedas de plata entregando sangre inocente. A continuación se suicidó. No podemos juzgar a Judas, sobre todo si nos ponemos en la mirada misericordiosa, amorosa y siempre justa de Dios que vio en él el remordimiento que le embargaba.
¿Como eligió y confío Jesús en alguien como Judas? La pregunta podría ser otra: ¿no somos todos un poco como Judas? ¡Sí, todos somos Judas! No entro en el misterio de su traición, que desembocó en la Pasión de Jesús. Pero a Judas, Dios le dio la libertad de elegir y el maligno ganó la partida de la tentación. Judas, al que Cristo honraba con su amistad, que le instruyó, le confió el economato del grupo de apóstoles, que le enseñó el Padre Nuestro y le adoctrinó sobre el camino de las Bienaventuranzas no pudo controlar la soberbia de su corazón y su voluntad fue derrotada por la tentación de Satanás. Su corazón egoísta, su individualismo, su tratar de imponer su voluntad le impidió estar íntimamente unido al Señor. Judas no confío en Él. Judas no descansó en la misericordia de Cristo. Judas se dejó vencer por la desesperación. Judas no supo hacer buen uso de la libertad que Jesús nos da. Judas no estaba dispuesto a una auténtica conversión. ¡Todos somos un poco como Judas! Todos somos, aunque no lo queramos ver, cristianos pecadores que entregamos al Señor con nuestras faltas, que merodeamos el mal, que nos cuesta testimoniar muchas veces la verdad del Evangelio, mercadeamos con la libertad que nos concede Dios, que somos capaces de negar al Señor en nuestro entorno familiar, social o profesional por miedo al qué dirán.
La traición de Judas la tomó Dios como elemento esencial para la entrega de Jesús por la redención de nuestros pecados.
Yo puedo entregar al Señor cada día pero a diferencia de Judas tengo la posibilidad de ver los acontecimientos pasados y rectificar para vivir con coherencia mi vida cristiana. ¡Qué gran peso saber que puedo cambiar y no dejarme vencer por las tentaciones del príncipe del mal!

Judas Orar con el corazón abierto

¡Señor, te doy infinitas gracias porque estás cada día conmigo y por mantenerme firme! ¡Te pido, Señor, que me libres de caer en la tentación y no permitas que me deje vencer por las invitaciones fraudulentas del demonio! ¡Señor, ayúdame a no vacilar en el momento de tomar decisiones para evitar los peligros que me acechan y con los que me encuentro cada día! ¡Te pido, Señor, la fortaleza para vencer la debilidad cuando me tenga que enfrentar a situaciones complicadas y momentos difíciles! ¡Es tu poder el que me sostiene, es tu poder el que me ayuda a vencer todas mis debilidades por eso en el día de hoy me enorgullezco de exclamar con fuerza que en ti todo lo puedo! ¡Te pido, con humildad, que me perdones cuando mi debilidad me hace caer! ¡Ayúdame a levantarme cada vez que me caigo, y sostenme siempre porque yo quiero vivir una vida cristiana plena! ¡Señor, te pido que me ayudes cada día a mantenerme con buen ánimo, a ver siempre las cosas positivas, que la negatividad de los demás no haga mella en mí, a rechazar la soberbia, el orgullo, la ira, el rencor, la falta de caridad… Y que sea tu paz, tu amor y me fe la que me hagan permanecer a tu lado en cada uno de los momentos de mi jornada! ¡Aunque sé que tengo muchas cosas que cambiar te doy gracias, Señor, porque tú me amas como soy! ¡Señor, tu deseas mi salvación, porque eres el único Salvador y el demonio quiere mi condena y aunque Dios la permite para someterme prueba quiero darte diempre mi «sí» a Ti; envía tu Espíritu para reconocer siempre la tentación cuando ésta se presenta y alejarme inmediatamente de ella!

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