Jesús te muestra que Dios te ama

A medida que profundizas en la lectura del Nuevo Testamento te das cuenta de lo poco que le interesaban a Cristo las disquisiciones doctrinales. Jesús imparte doctrina, es evidente, pero lo que verdaderamente le interesa es llegar al corazón de la gente. Cristo no pide certificados de calidad humana, no pone ningún tipo de condiciones, no obliga asistir a ningún curso de formación espiritual, a ninguna catequesis, no exige tener un Master en bondad ni, siquiera, comportarse de la mejor manera posible. Jesús lo único que hace es mirar profundamente al hombre y ver el sufrimiento que hay en su interior. Cuanto mayor es el sufrimiento —sea espiritual físico, humano, de corazón…— más atención le presta Jesús.
Leyendo los relatos del Evangelio muchas veces uno tiene la sensación de que la gente que se acercaba a Él lo hacía por un interés meramente humano. No había nada más. Sabían que aquel hombre curaba enfermedades, expulsaba demonios, resucitaba a los muertos, daba de comer a los hambrientos, hacía verdaderos milagros. Era una aproximación interesada pero no había un interés real en cambiar de vida. De hecho muchos ni siquiera se plantearon dejarlo todo como había ocurrido con los discípulos. Se puede llegar a pensar, incluso, que las palabras de Jesús no eran trascendentes para ellos, que el mensaje que Cristo trasmitía les era indiferente. Tal vez fuera así pero esperaban recibir sanación.
Cuando padecemos cualquier tipo de dolor sea físico, emocional o espiritual y la soledad, el sufrimiento y la desesperación hace mella en su vida acudimos a Jesús para que nos sane la herida que supura en el corazón. Tal vez sea una actitud egoísta, pero es la actitud habitual en los hombres de antes y de ahora.
Sin embargo, cuando observamos a Cristo vemos como por amor y misericordia se compadece de todos aquellos que se acercan a Él. Es su dolor, su tristeza, su desesperación, su sufrimiento, su soledad, su amargura, lo que lleva a Jesús a acercarse a la gente. Jesús no rechaza nunca, acoge siempre. A veces hay tanta gente a su alrededor que Jesús se ve obligado a darles de comer, a alimentar a miles de personas que están allí esperando ese milagro que transforme el problema inmediato que atenaza su vida. Entonces entiendes que Jesús no pretende solucionarte los problemas que te agobian sino que espera que comprendas que es con Él y junto a Él como uno puede cambiar de vida. Que no importa lo que hayas hecho, como te hayas comportado, cuáles son las oscuridades que ennegrecen el corazón, tus sufrimientos, tus caídas, tus pecados… Jesús te muestra que Dios te ama. Te ama tan profundamente que lo hace sin ningún tipo de condiciones. Que Dios en su amor de Padre y en su infinita misericordia se siente tocado por nuestras necesidades y por nuestros dolores y que nuestros sufrimientos y nuestras heridas Él las hace suyas como algo propio.
Una gran enseñanza para mi día a día. Jesús me hace ver que cada vez que alguien se cruce en mi camino y en su mirada, en sus palabras y en sus gestos denote que hay sufrimiento ponga mis manos y mi corazón para socorrerle. Sin condiciones previas como haría Cristo. Hacerlo, simplemente, porque es hijo de Dios. Es decir, mi hermano. Es la mejor manera de demostrar que soy cristiano, hijo de ese Padre lleno de amor y de misericordia.

¡Señor, soy consciente de lo fácil que es creer cuando todas las cosas en la vida me sonríe pero también sabes perfectamente que en los momentos de prueba es fácil que todo se tambalee a mi alrededor! ¡Pongo hoy en tus manos, mi Señor, todas mis necesidades y las de todas las personas que me rodean porque eres el único que tiene el poder de cambiar las cosas! ¡Señor, hoy te pido especialmente por la iglesia y por todos los que la formamos para que seamos capaces con nuestra entrega y nuestro servicio demostrar a los demás cuál es el verdadero amor amando a los demás como tu amaste! ¡Señor, no puedo estar cerca de ti si antes no amo de verdad, de manera auténtica, si no perdono con el corazón, si no sirvo a los demás con generosidad y amor, si no me arrodilló delante de los otros para servirles como serviste Tú! ¡Señor, ayúdanos a acercar tu figura A la gente que nos rodea en estos tiempos que tantos te esperan y no te conocen! ¡Ayúdanos acercar tu Iglesia al mundo de hoy! ¡Señor, tú que has llevado en tu corazón las vicisitudes de tus contemporáneos ayúdanos a nosotros abrazar las necesidades de las personas que nos rodean, sus sufrimientos, sus negaciones, sus tensiones, sus inquietudes, sus colores, sus dudas, sus complejos, sus problemas…! ¡Señor, ayúdanos a traducir todo esto a un lenguaje franco y sencillo, lleno de misericordia para que seas tú para ellos el camino, la verdad y la vida!

Las sonrisas de la Virgen María

Tercer fin de semana de agosto con María en nuestro corazón. A lo largo de su vida la Virgen tuvo todo tipo de privaciones: honores, riqueza, bienestar económico, comodidades mundanas, placer corporal… Todas estas carencias no redujeron su alegría porque la auténtica riqueza de María estaba en su interior. Su ejemplo nos invita a llamarla «Causa de nuestra alegría». La proclamamos así en las Letanías porque en Ella se asienta la felicidad misma.
¡Cómo debió ser la alegría de la Virgen! ¡Cómo debió ser su sonrisa! Amable, generosa, delicada, sencilla, pura. Con el prójimo más cercano y con el desconocido. Con los amables y los desagradables. Con los cordiales y con los antipáticos. Sonrisa a sus vecinos, a san José, a su prima Santa Isabel, al posadero que le niega una estancia para alumbrar a Jesús, a los pastores en el establo de Belén, a los Reyes de Oriente al postrarse de rodillas ante el Hijo de Dios, a los doctores del Templo, al conocer a los primeros apóstoles, a los novios de Caná, a los escribas de la Sinagoga cada sábado de oración…
Sonrisas de amabilidad y comprensión, de entrega y misericordia, de admiración por la obra de Dios en su vida y de agradecimiento por disfrutar de la presencia del Hijo de Dios.
Sonrisas indulgentes ante las trastadas de su hijo; cómplice para animar a san José; magnánima con los necesitados de Nazaret; generosa con los que necesitaban consuelo; gozosa en los días de fiesta con los aniversarios de su esposo y de su hijo, con el nacimiento del Bautista, con la camadería de sus amigas en las fiestas del pueblo, en los reencuentros con Jesús, acogedora con las demás mujeres que acompañaban a su Hijo y llena de dicha en el día de la Resurrección.
Sonrisa sufriente en los días de dificultad y de dolor con las críticas a Jesús durante su vida pública, en la soledad de su hogar, durante la terrible Pasión…
La sonrisa de María fue una sonrisa de eternidad porque en su corazón estaba la alegría de Jesús, a la que Ella había concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. La alegría de María radicaba en Jesús, en quien tenía puesta toda la confianza. Este es exclusivamente el manantial de su alegría. María se sentía feliz porque estaba íntimamente unida a Jesús y Jesús ocupaba por completo toda su vida.
«Dios te salve, María, llena eres de gracia». La gracia de la alegría, de estar llena del amor de Dios, felicidad auténtica. En su sonrisa, María exteriorizaba lo que anidaba en su interior.
¿Es así mi vida? La Virgen pasó mayores sufrimientos, calvarios y amarguras que las mías. Persecución, descrédito, pobreza, exilio, muerte ignominiosa de un hijo… En ninguno de estos momentos aminoró la fuente de su dicha. Sus calvarios no le hicieron perder la alegría interior porque tenía el mayor consuelo con el que cuenta el hombre: Dios. La Virgen es la principal escuela del sufrimiento con alegría. Contemplo a la Virgen y me avergüenzo por lo difícil que me resulta sonreír en los momentos de dificultad. Me abochorno cuando no soy capaz de aceptar con alegría las cruces cotidianas. Me sonrojo cuando no acepto los sufrimientos que Dios, por amor, permite en mi vida o cuando las privaciones se hacen presente en mi caminar cotidiano. Y, entonces, comprendes que tal vez no soy capaz de sonreír y estar alegre interiormente porque me falta lo esencial: tener a Dios en mi corazón porque mi verdadera felicidad pasa por disfrutar de lo efímero de las cosas, de esos bienes y esas experiencias efímeras que nada tienen que ver con lo esencial. Arrinconar a Dios en el alma solo comporta infelicidad.
Miras fijamente el rostro de María y observas a la Virgen como responde a mi mirada con una sonrisa de amor. Y, entonces, escucho como me susurra al oído: «Hijo mío, sé feliz en Dios y con Dios y sigue siempre su voluntad». ¡Quiero hacerlo, María, como lo hiciste tú!

¡Virgen María, Madre de Cristo y Madre mía, te pido despiertes en mi corazón la alegría de vivir, de compartir, de servir, de entregarme a ti! ¡Gracias, porque es un regalo de Dios que Tú me ayudas a llevar adelante! ¡María, Tu vida estuvo lleno de privaciones y contrariedades pero todas las supiste llevar con alegría y entereza y con gozo interior, por eso eres mi ejemplo más claro! ¡Madre, tu vida es un ejemplo para mi, Tú has sembrado en nuestros corazones la alegría, el consuelo, la esperanza y la fe! ¡Ayúdame, Madre, a proyectar en los que me rodean esta forma sencilla de vivir, las ganas de luchar, el testimonio que ofrece tu vida interior y que compartes con Jesús, Tu Hijo! ¡Madre de Cristo y Señora mía, quiero seguir tus palabras y obedecer como los sirvientes en las bodas de Caná cuando dijiste: «¡Haz lo que Él os diga!»! ¡Quiero imitarte en todo, María! ¡Quiero imitar tus gestos, tus palabras, tus sentimientos, tus acciones! ¡Por eso pongo en mis manos tu vida, lo poco que tengo y lo pequeño que soy! ¡Te entrego mi persona y mi vida, y la vida de las personas a las que quiero! ¡Te consagro, Madre mía, todos los pasos de mi vida y todo mi ser para que Tu encamines hacia Tu Hijo! ¡Pongo en tus santas manos mis propósitos y mis ilusiones, mis esperanzas y mis temores, mis afectos y mis deseos, mis alegrías y mis sufrimientos! ¡Hazme ver, Señora, todas las cosas como las ves tú y comprender siempre que Dios es amor! ¡Quiero, María, ser de tu Hijo Jesucristo! ¡Llévame a Él con tus santas manos para unirme al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo!

Quiero decir que si, como tu María, le dedicamos a la Virgen esta canción:

Y mañana, ¿me seguirás queriendo?

Antes de acostarme, de rezar mis oraciones y hacer un breve examen de conciencia, la última pregunta que me hace Dios es: «Y mañana, ¿me seguirás queriendo?». «Claro, Señor, hoy y siempre». Hoy y siempre. Así, que al día siguiente la pregunta sigue estando vigente pero en tiempo presente. Me la hace porque sabe que muchas veces decaigo en la confianza. Que en los momentos duros mi mano se desprende de la cruz, que dejo aparcada a un lado del camino. Soy un cirineo débil e inconstante. Que en los momentos de tentación muchas veces miro al otro lado. Pero la pregunta sigue estando vigente: «Y ahora, ¿me sigues queriendo?». «Claro, Señor, hoy y siempre pese a tantas caídas y tantos fallos».
Esta pregunta llega hoy especialmente a mi corazón. Le amo porque tengo una fe que crece como una semilla, creo en Él, el Cristo, mi Maestro y amigo. Mi fe es una fe sencilla y abierta, que va creciendo cada día, dejándose guiar por el Señor, que es el único que conoce mi camino. Pero ese amor que le manifiesto no impide que no me deje vencer por los peligros de mi debilidad como persona. La escuela de la fe no es un paseo militar que todo lo arrasa. Es un camino tortuoso, lleno de curvas y obstáculos, repleto de mucho sufrimiento y también de un amor infinito, que se tiene que recorrer cada día. Por eso, el Señor indaga cada día: «¿Me sigues queriendo?» «Claro, Señor, hoy y siempre te quiero pero ayúdame a no fallarte nunca».

Y mañana, ¿me seguirás queriendo?

¡Señor, te amo pero mi debilidad muchas veces impide demostrártelo! ¡Quisiera no fallarte nunca, Señor, pero ya me conoces! ¡Me gustaría siempre dar la talla, sonreír al que lo necesita, dar la mano al que la extiende, cumplir siempre tus mandamientos con humildad y sencillez, ser verdaderamente desprendido en todo lo que hago, orar con el corazón abierto, poner amor en todo lo que hago, en lo grande y en lo pequeño, no actuar de manera interesada, que mi corazón no se llene de orgullo y de soberbia… En definitiva, Señor, quisiera ser un auténtico discípulo y estar siempre a tu servicio! ¡Quisiera, Señor, serte siempre fiel y amarte como te mereces! ¡Señor, con la boca pequeña exclamo que «¡Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo»! ¡Y lo digo con la boca pequeña, Señor, porque son muchas las veces que te fallo por mi debilidad y mi inconstancia! ¡Señor, creo en Ti pero ayuda mi incredulidad! ¡Señor, hago todo lo que está en mis manos para caminar, pero confío en Ti y espero Tu victoria! ¡Haz de mí, Señor, un testimonio para el mundo, un testigo de tu amor y tu fidelidad! ¡Te entrego mi vida, Señor, y la de los míos especialmente la de aquellos que están más alejados de Ti! ¡Bendícenos a todos, Señor!

Hoy nos deleitamos con una bella pieza de trompeta de Paganini. Es la fanfarria que anuncia el amor a Dios:

Para servir… servir

El lema central de la vida cristiana se puede resumir en esta frase de un santo sacerdote: para servir, servir. Y desde el servicio, el llegar al amor de Dios. Porque, en primer lugar, para realizar las cosas, hay que saber terminarlas y tener como fin hacer el bien. No basta querer hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo. Y, si realmente queremos, ese deseo se traducirá en el empeño por poner los medios adecuados para dejar las cosas acabadas, con humana perfección.
Se acerca la Navidad y la figura de San José, modelo de servicio, nos queda en ocasiones relegada al olvido. El trabajo de San José, callado y silencioso, debería ser el modelo fundamental en todo cristiano, de todo hombre: el espíritu de servicio, el deseo de trabajar para contribuir al bien de los demás hombres. El trabajo de José no fue una labor que mirase hacia la autoafirmación, aunque la dedicación a una vida operativa haya forjado en él una personalidad madura, bien dibujada. San José trabajaba con la conciencia de cumplir la voluntad de Dios, pensando en el bien de los suyos, Jesús y María, y teniendo presente el bien de todos los habitantes de la pequeña Nazaret.

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¡Gracias, Señor, por los dones recibidos! ¡Gracias, Señor, porque me has permitido recibir la gracia de tu amor! ¡Gracias, Padre, por tu misericordia y bondad! ¡Gracias, Señor, porque sé que siempre estás a mi lado y puedo verte en todo! ¡Gracias, Señor, porque he podido comprobar que tu amor es incondicional! ¡Gracias, Señor, porque he podido ver en tu rostro inmaculado la alegría y la paz, el amor y el perdón, la reconciliación y la generosidad! ¡Y no permitas, Señor, que olvide jamás que el camino de Cruz lo tengo que hacer con alegría de corazón! ¡Y a ti Madre, lléname de bondad, de tu humildad y de tu amor porque sin Ti María en nada puedo avanzar en mi vida espiritual!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Y, hoy, no podemos más que alabar con este preciso canto de adoración:

Dios entra en los corazones que no le ponen resistencia

Me explicaba un amigo del Cottolengo, una casa de beneficencia que acoge a personas sin recursos, antes de la cena por qué en este centro donde reside desde hace varios años siente el calor de hogar. “¿Por qué?”, le pregunto mientras contemplamos la ciudad iluminada desde los grandes ventanales del comedor presidido por una bella imagen de la Virgen: “Aquí tenemos las puertas abiertas a Dios. Él es el centro de nuestra vida”.
Es un canto de fe y de amor. De esperanza y verdad. De humildad y sencillez. Cuando Dios pensó en el hogar de José y María su idea era crear una familia donde creciera el amor para que Él pudiera atravesar el umbral de aquel hogar y ponerse en medio, sembrando la semilla de la luz esperada durante siglos.
Le digo a mi amigo que lo que más me gusta de Él es su corazón tan grande. Y su fe.
¿Dónde entra Dios? En los corazones que no le ponen resistencia. En los hogares que tienen sus puertas siempre abiertas de par en par. En las familias donde sus miembros le bendicen, le glorifican, le alaban, le dan gracias y se entregan a Él con un corazón sencillo.
¿No era así el hogar de María y José, un semillero de fe y de amor a Dios? ¿Es así mi familia? Y si no lo es ¿qué grado de responsabilidad tengo como cabeza de familia?

¡Señor, tu eres mi Dios en quien yo confío! ¡Tu Palabra, Padre, que nos has trasmitido a través de tu Hijo Jesucristo me hace saber que Tú eres el “único y sabio Dios”! ¡Necesito tener, Señor, un corazón sencillo y pobre como el de mi amigo para amarte más, para confiar más en ti, para abrir mi corazón de par en par a tu amor y misericordia! ¡Quiero, Señor, que llenes mi vida de tu presencia para poder irradiarte a los demás! ¡Envía, Padre, tu Espíritu de sabiduría y revélame siempre lo que es mejor, para no poner resistencia a lo que me pides y aceptar siempre tu voluntad! ¡Envía, Padre, tu Espíritu de revelación para que me ayude a comprender aquello que no entiendo, porque más que Tú puede puede hacerme entender las situaciones de mi vida! ¡No permitas, Señor, que te ponga resistencia, ayúdame a obedecerte siempre con fidelidad muéstrame todo lo que debo hacer y a recordar que a veces la sabiduría de este mundo es locura delante de tus ojos! ¡Permíteme, Señor, que sepa diferenciar siempre el consejo humano del consejo divino y, de este modo, saber a escoger el camino correcto! ¡Ayúdame, Señor, a convertirme en un instrumento de alegría en mi hogar, en mi lugar de trabajo, entre mis amigos, en la comunidad parroquial y allí donde haga acto de presencia! ¡Ayúdame, Señor, a ser un semillero de amor y de fe! ¡Ayúdame a caminar, siempre, con mucha confianza porque tú estás a mi lado y no transigir en mis principios cristianos y a amar a los que no me entienden!

Amor de Dios, inmenso Amor
, cantamos hoy acompañando esta meditación:

Conocer la Palabra para ser más sabio

En una cena veraniega los anfitriones invitan a personas muy diferentes a disfrutar de una velada a la luz de las estrellas. Una de ellas, es alguien muy inteligente. Dos doctorados por sendas reputadas universidades. Domina varios idiomas. Prestigio reconocido a nivel mundial. Inteligencia demostrada. Autor de reconocidos tratados de Economía. Me explica una anécdota: es incapaz de hacerse una simple tortilla. Le digo, con respeto pero con ironía: «Te das cuenta, eres alguien muy docto pero sólo cuentas con una parte de la sabiduría». Sonríe. La sabiduría está también en las pequeñas cosas de la vida.
Se declara agnóstico. Sin embargo, una de las cosas que más le llenan es ir de procesión con su cofradía en Semana Santa. «¿Por qué lo haces?», le pregunto. «Es una tradición familiar, que me llena», responde. El hombre carga ídolos a sus espaldas sin ir a la fuente de la sabiduría. «Toda la vida formándote, investigando, buscando la excelencia académica, esforzándote por ser el mejor en tu campo. En esa figura que durante un día al año llevas sobre tus hombros, está la sabiduría auténtica. En esa sabiduría radica toda la verdad del hombre».
Algún día este economista de prestigio tendrá que rendir cuentas a Dios. Como lo tendré que hacer yo. Y cualquiera que en este momento esté leyendo este texto. No valdrán ni los títulos académicos, ni las lenguas muertas que conozcamos, ni los premios recibidos, ni los puestos que ocupemos en los consejos de administración, ni las cifras de seis ceros de nuestra cuenta bancaria. Ni siquiera los logros conseguidos para el beneficio personal. La única justificación estará en la fe en Cristo.
Le recomiendo, a un hombre tan sabio como él, la lectura de la Biblia. En la palabra de Dios se encuentra la fuente inagotable de la sabiduría. Es el complemento ideal a la sabiduría del hombre, don de Dios. La Biblia es inspiración del Espíritu Santo y Dios nos la regaló para que toda criatura humana adquiriera sabiduría a través de su Palabra. Y para adquirirla basta algo tan sencillo como leerla atentamente, acogerla con el corazón, asumir humildemente sus enseñanzas y pedirle al Espíritu Santo la gracia de acoger su contenido. Conocer la palabra de Dios nos hace más sabios. Y es en la cercanía a Dios donde nuestra grandeza como hombres, creados a su imagen y semejanza.

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¡Dios mío y señor mío, tú eres el creador de todas las cosas, es gracias a tu sabiduría que nos has creado para que dominemos todas las cosas creadas por ti, para que gobernemos el mundo con rectitud, honradez y santidad ylas administremos no sólo con justicia sino con un corazón lleno de rectitud! ¡Te pido hoy, Señor, que me des la sabiduría para gestionar bien las cosas de este mundo que tú me has dado, para gestionar bien mi propia vida, para gestionar bien mis relaciones con los demás! ¡Envía, Padre bueno, al Espíritu Santo a mi corazón para que me llene con el don de la sabiduría, el más excelso de todos los dones, para saborearte y experimentarte siempre, mi Dios, y para que sea capaz de ver con tus propios ojos, sentir con tus oídos, amar con tu corazón, juzgar las cosas según tu juicio! ¡Que la sabiduría que viene de ti me acompañe siempre en mi trabajo, en mis obras, en mi forma de amar, de entregarme a los demás, y me enseñe siempre lo que a ti te agrada! ¡Que tu sabiduría mi guíe siempre con prudencia en todas mis acciones y mis comportamientos! ¡Concédeme, Señor, la sabiduría para buscar siempre tu voluntad, desear aquello que tú apruebas, buscar todas las cosas con prudencia, cumplir con perfección cada uno de mis pasos! ¡Te suplico, también, la sabiduría para poner orden a cada una de las cosas de mi vida, a cumplir siempre tu voluntad y no la mía, caminar siempre por el camino más recto, el que me lleve hacia la santidad y no el que me lleve hacia mi voluntad siempre oportunista y tendenciosa! ¡Dame, la sabiduría para conocer la verdad de mi vida, para no dejarme obnubilar por lo bonito de la prosperidad ni caer en el desaliento ante las adversidades sino que todo lo acepte como un regalo tuyo, como un don tuyo, y que cuando las cosas no lleguen tenga la paciencia de aceptarlas con amor y generosidad! ¡Dame la sabiduría para entender que es en la sencillez de la vida donde el hombre es realmente feliz! ¡Otórgame la sabiduría para mantener siempre el equilibrio y que nada me alegre o me entristezca si es mundano y que todo lo ponga en un plano de eternidad! ¡Dame la sabiduría para agradarte siempre! ¡Dame la sabiduría, Señor, para buscarte siempre, confiar siempre, esperar siempre! ¡Dame Señor una inteligencia que te conozca y te complazca!

Nos confiamos al Consolador para que nos ofrezca sabiduría:

Pensar en el cielo

Hoy celebramos unos de los grandes y hermosos misterios de la Virgen María: su Asunción a los cielos. ¿Qué hizo María para ser merecedora de un privilegio tan grande? ¿Cuál es su mérito para que el Señor le permitiera no ser cubierta por el polvo en la tierra? Algo tan simple como cumplir la voluntad de Dios con humilde entrega.
La Virgen asciende al cielo al son de las fanfarrias celestiales con cánticos similares a los que escucharan todos aquellos que habiendo servido a Dios con amor, prontitud, generosidad, alegría, humildad y sencillez lleguen al cielo.
María es la Señora del Sí y de la mano de Dios fue fiel hasta el último de sus días en su compromiso con el Padre. Encarnó a Cristo y acompañó a Jesús hasta el momento de su muerte en una disposición absoluta para que siempre triunfara el bien sobre la maldad. A María nunca le importó lo que pensaran o dijeran de ella, no le interesaron ni el reconocimiento ni los aplausos, no buscó nunca el beneplácito de la gente, lo único que le intereso a María es cumplir la voluntad de Dios y hacerlo siempre de manera obediente, predispuesta, con amor, con sencillez, con dulzura, con humildad, con esperanza… Soportó con entereza el sufrimiento, el dolor, la soledad, el desprecio, pero ella sabía en lo más profundo de su corazón que con Dios a su lado todo tenía un sentido y que servirle a Él era lo mejor que podía sucederle.
Por eso, su Asunción es su gran triunfo. Es el gran regalo, además de ser Madre de Jesús, que Dios le hizo. Es la fiesta que la engrandece en ese reencuentro con su Hijo amado, acompañada de la mirada de Dios y la gracia del Espíritu Santo.
Y desde el Cielo María, la gran intercesora —abogada, defensora, consuelo de afligidos, auxilio de cristianos, salud de los enfermos…— nos deja una hermosa enseñanza directa a nuestro corazón. Es su camino, su Sí, el seguir la voluntad de Dios el ejemplo que nosotros sus hijos hemos de seguir para alcanzar la gloria eterna. Entrar en el cielo es subirse al podio de la eternidad.
En este día pienso en el cielo, la meta de mi vida cristiana, cúlmen de mi peregrinaje espiritual y humano por la tierra donde podré contemplar en plenitud y paz a Dios. Le pido a la Virgen que me ayude a obtener lo mejor de mí cada día para que mi corazón aspire siempre a agradar a Dios, ser para Él un vaso puro y limpio, y que en el instante de presentarme ante Dios pueda responderle al Padre que siempre intenté hacer su voluntad.

Ascensión de María

En este día la Iglesia nos propone la lectura del Magníficat, el hermoso himno de la Santísima Virgen cuando salió al encuentro de su prima Santa Isabel. Y hoy lo proclamo con el corazón abierto:

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abrahám y su descendencia por siempre.

Magníficat ánima mea Dóminum:
Et exsultávit spíritus meus in Deo, salutári meo.
Quia respéxit humilitátem ancíllae suae:
ecce enim ex hoc beátam me dicent omnes generatiónes.
Quia fecit mihi magna qui potens est:
et sanctum nomen ejus.
Et misericórdia ejus a progénie
in progénies timéntibus eum.
Fecit poténtiam in bráchio suo:
dispérsit supérbos mente cordis sui.
Depósuit poténtes de sede,
et exaltávit húmiles.
Esuriéntes implévit bonis:
et dívites dimísit inánes.
Suscépit Israël, púerum suum,
recordátus misericórdiae suae.
Sicut locútus est ad patres nostros,
Abraham, et sémini ejus in saécula.

Y como no podía ser de otra manera cantamos el Magnificat:

Cuando el Señor te mira con amor eterno…

Sentado ante el Santísimo siento en mi corazón reconfortado, lleno de paz y de amor. A ese Cristo presente en el Santísimo no le puedes ocultar lo que tu corazón siente. Puedes permanecer en silencio, con la mente perdida, con el corazón silente, con el alma rota… No importa. El conoce mis agobios, mis alegrías, mis penas, mis caídas, mis torpezas… Todo. Yo puedo tener una gran habilidad para evitar mostrar mis sentimientos a los demás pero con Él todo es diferente. ¿Cuántas veces te postras delante del Señor y le dices con el corazón abierto «Señor, ¿que te puedo decir que no conozcas?». Me gusta mirar fijamente a los ojos de la gente. En la mirada del hombre está el reflejo de su alma y muchas veces me cuestiono que ocultará esa mirada. En la oración es el Señor quien me mira, el que logra traspasar el iris de mis ojos para auscultar lo que siente mi corazón. A él no puedo engañarle.
Es en estos momentos cuando puedes exclamar: «¡Señor, ven y mírame! ¡ven y mírame, Señor, para que no me desvíes del camino, para que no me aleje de ti, para que sienta el poder de tu gracia, para ser consciente de cuales son mis pecados!».
Hay algo muy hermoso en la oración ante el Santísimo: el Señor te mira con amor eterno y por su gran misericordia te perdona sin necesidad de descubrir a nadie le inmundicia de tu pecado. Es en la confesión, ante el Santísimo y en la Eucaristía donde el Señor sana muchos corazones.

santisimo

¡Señor, me produce una enorme emoción postrarme ante ti en el Santísimo Sacramento, donde hay tanto amor esperando, tanta entrega generosa, tanta necesidad de acogimiento! ¡Señor, yo creo que estás aquí, que me ves, que me oyes y te adoro profundamente desde la pequeñez de mi vida! ¡Y te doy gracias por todo lo que me regalas! ¡Y sobre todo, Señor, me siento amado! ¡Quiero en este momento darte gracias por tan precioso regalo, por poder compartir contigo un tiempo de mi vida con mis alegrías y mis penas! ¡También para descargarte de tantas ofensas que recibes porque yo también te he ofendido muchas veces! ¡Tu gracia me llena de paz y me invita a creer en ti y mejorar como persona! ¡Me consagro a ti y a tu Santísima Madre porque con vuestras manos santísimas mis deseos, mis afectos, mis ocupaciones, todo lo que tengo están a buen recaudo! ¡Eres mi Dios, Señor, y por eso te pido que no ceje de amarte y de quererte!

Pange Lingua, cantamos hoy al Señor en esta bella versión:

Ahogado en el océano de lo inmediato

Segundo fin de semana de agosto, con María, Señora de la fe firme, en nuestro corazón. A ejemplo de la Virgen la fe me permite comprender que el sentido de la vida no aparece encerrada en los muros de la historia; va más allá. Proviene de Dios. Es un don del Espíritu Santo. La experiencia de la vida —con todas sus alegrías y sufrimientos— me permite comprender que he sido creado por amor. Y que Dios, por ese amor, desea lo mejor para mí. Por eso cada una de mis experiencias cotidianas debo vivirlas y edificarlas desde una relación íntima, personal y amorosa con Dios. Como hizo la Virgen. La fe me permite comprender también que no camino solo y que Dios —que jamás me suplantará en las cargas cotidianas— tiene la divina predisposición de ayudarme a alcanzar mis fines y objetivos.
Esta fe, sin embargo, la tengo que traducir en actitudes concretas que vayan más allá de lo material, del utilitarismo y de la inmediatez de la vida. Es ir más allá de lo que siento y experimento. Es ser consciente de lo trascendente para comprender las razones de cada experiencia vital y alcanzar así paz interior y esperanza en el corazón. Sin capacidad de trascendencia me hundo siempre en el cenegal de la tristeza y la desesperación, del miedo y de la preocupación, aguantando mis problemas cotidianos de una manera frágil. La trascendencia me permite sentir la fuerza de Dios en mi vida.
¿Cuántas veces me ahogo en las aguas movedizas de lo inmediato? ¿Cuántas veces me he apartado del camino de la fe? ¿Cuántas veces he dejado de cobijarme de la tormenta en un lugar seguro? ¡Tantas, Señor, que hasta me da vergüenza reconocerlo! Y ha sido así porque me he asido con ahínco a mis propias fuerzas, a la seguridad efímera de lo material, a lo que veía más valioso y útil para mí en cada momento. Pero miro la pirámide de los valores de mi vida y observando desde la base hasta lo alto comprendo lo que tiene verdadero valor. Y ese debe ser el eje sobre el que basculen los esfuerzos de mi vida. Si en la cúspide está Dios, nada tendré que temer. Pero si reposan el ansia de figurar, el poder, la ambición, lo material, el reconocimiento social… nunca llegaré a ser feliz.
Quiero aprender a vivir mi fe en el instante mismo que estoy viviendo, con independencia de mis alegrías y mis tristezas, porque en ambas situaciones debo dejar constancia de mi verdadera fe. Reconocer el poder de Dios en mi vida. Reconocer que Él es la luz que todo lo ilumina. Y que es el Espíritu Santo el que guía mis pasos. Y que solo en las manos providentes de Dios mi vida tiene sentido.

Ahogado en el océano de lo inmediato

¡Señor, no quiero ahogarme en el océano de lo inmediato! ¡Quiero sentir en mi corazón paz y serenidad, necesito sentir en lo más profundo de mi ser lo que Jesús me dice: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” para descubrir que a su lado todo es posible! ¡Señor, quiero descansar en ti, poner toda mi confianza en ti, esperar siempre en ti! ¡Necesito, Señor, que me envíes tu Espíritu para que con Él sea capaz de comprender que tu fidelidad dura por siempre, que mi seguridad mundana no ayuda a avanzar, que sólo en Dios es posible todo, que tú estás para apoyarme y darme fortaleza! ¡Te pido, Señor, que me hagas descubrir la justa medida de las cosas, poner en su justa medida todos los problemas y todo lo que me preocupa y a no estar siempre lamentándome por mis muchas dificultades sino que a tu lado todo es relativo! ¡Dame, Señor, la serenidad y la sabiduría para resolver los problemas! ¡Dame la fe para tener confianza y esperanza y envía Tu Santo Espíritu para que me dé sus sietes dones! ¡Envía tu Espíritu Santo sobre mí y sobre todas las personas que quiero y me rodean para que seamos capaces de entender con el corazón abierto que sólo tú eres quien nos ofrece la serenidad que tanto anhelamos y no alcanzamos por nuestros propios méritos! ¡Virgen María, me pongo a tu regazo para tener tu serenidad y saber disfrutar de los momentos hermosos que se me presentan en la vida! ¡Santa María, dame tu amparo en todas las situaciones de la vida!

Fuego de Dios, cantamos hoy con Hillsong:

Un ramo de flores en el corazón

Mi hija pequeña, después de una discusión con su madre, ha tenido un bello detalle con ella. Al regresar a casa por la tarde ha llegado con un hermoso ramo de flores. «Perdona». Asisto una palabra mágica, una palabra que ha diluido todo aquello que podía romper la armonía entre ellas. Esto me hace pensar que los hombres vivimos de pequeños milagros cotidianos que se desnudan ante nosotros en cada instante de nuestra vida. Que tantas veces las discusiones entre unos y otros nacen de la absurdidad de nuestra cabezonería —¡de esto tengo mucho que aprender!—. Que es posible ser feliz con lo que se tiene. Que no hemos de culpar a los demás de nuestras frustraciones, nuestras tristezas o desolaciones. Que cada día es único. Que lo que sucedió ayer hay que mirarlo en la distancia para encarar el futuro con optimismo. Que hay que intentar encontrar en las personas lo bueno que tienen silenciando el mal carácter, el egoísmo, la envidia, el rencor, el reproche, la queja insana, los caprichos, el «yoísmo», la falta de caridad… Intentar que de la comisura de nuestros labios sólo se emitan sonidos que hablen de cosas bellas, de agradecimiento, sinceros consejos, elogios auténticos, palabras sabias en un diálogo presidido por el amor y la paciencia, la generosidad y la esperanza.
Los pequeños detalles cotidianos en nuestra vida jalonados de amor nos hacen semejantes a Dios, que es el amor mismo. Por eso es triste ver como transcurren las horas y nos quejamos, discutimos o nos lamentamos por todo y por todos cuando nuestro tiempo sería mucho más fructífero y agradable con una sonrisa de agradecimiento, de cariño o de complicidad. Poniendo en nuestra vida un ramo de flores lograremos que la estancia de nuestro corazón luzca más bella.
Nuestra actitud es el sello de nuestra vida y en función de ella es como nos verán los demás. Si uno predica con sus acciones positivas se convierte en alguien más auténtico y más cercano a Dios. La renuncia del yo —con el perdón, la generosidad, el cariño, la entrega, la escucha, el consuelo…— marca el grado de nuestro amor y nuestra misericordia. ¡Qué fácil es escribirlo y meditarlo y qué difícil resulta a veces ponerlo en práctica!

flores

¡Dios mío, quiero darte gracias siempre por los pequeños regalos que me ofreces siempre a través de las personas que se cruzan en mi camino y en los acontecimientos de la vida! ¡Tú, Señor, eres mi ayuda y mi consuelo, el que bendice mi vida y bendices a los que me rodean! ¡Te doy gracias por todo lo que haces por mí, por las cosas grandes y pequeñas, y porque jamás te alejas de mi vera! ¡Gracias, Señor, por el amor que sientes por mí, por perdonarme constantemente, por restaurarme con la fuerza de tu Espíritu, porque a tu lado venzo tormentas y contratiempos por amarme, me fortalezco en tu fuerza y me mantengo en la firmeza cuando las situaciones invitan a flaquear! ¡Ilumina, Señor, las pequeñas cosas de mi vida que hacen grande mi camino como cristiano! ¡Señor, los signos aparecen de numerosas y variadas formas y se hacen presente en lo que sentimos, en lo que hablamos o leemos, a través de las bocas de otros, de las enfermedades, de la salud, de los éxitos y los fracasos, del antagonismo con el prójimo, de la amistad… son muchas cosas Señor, tú lo sabes! ¡Pero sobre todo hazme humilde para entender todo lo que sucede, para ser detallista con los que me rodean, saber hacerles felices y estar atento a sus preocupaciones y sus anhelos! ¡Quiero, Señor, ser un apóstol de la alegría y transmitir a los que me rodean gestos sencillos llenos de amor y paz para hacer la convivencia siempre agradable y alegre! ¡Ayúdame a conseguirlo con la ayuda del Espíritu Santo!

El verano, con Antonio Vivaldi: