Laicos que edifican

La palabra laico es difícil encontrarla en el Nuevo Testamento. Sencillamente porque no aparece. Tampoco se encuentra en los escritos de los primeros tiempos de la Iglesia. Surge algunos siglos más tarde para referirse a aquellos que no eran sacerdotes. Desde el siglo XIX el término laico se emplea para referirse a todo lo que no es religioso: una persona laica, una prensa laica, un estado laico, una escuela laica…
Pero los cristianos si definimos a los laicos de una manera especial: somos fieles cristianos que incorporados a Cristo por el bautismo integramos el pueblo de Dios. Nuestra misión es ejercer en el mundo y en la iglesia la labor que nos corresponde. Y la Iglesia nos reconoce una enorme dignidad: hijos de Dios, hermanos de Cristo, templos del Espíritu Santo, hombres y mujeres llamados a la santidad. Un laico es un cristiano de los pies a la cabeza, cuya misión es santificar la vida y cumplir la misión que Dios le ha encomendado en el mundo desarrollando cada día de la mejor manera posible las pequeñas cosas ordinarias de su vida.
Somos gente que trabajamos, estudiamos, mantenemos relaciones de amistad, profesionales, sociales, culturales… y que no tenemos miedo a desarrollar nuestra vocación cristiana para intentar transmitir al mundo la presencia de Cristo en nuestra vida.
Estamos en este mundo para santificarnos en la vida profesional, la vida familiar y la vida ordinaria y en todas las actividades de nuestra vida tenemos la ocasión para unirnos a Dios y servir a los hombres.
Es un compromiso y una responsabilidad enorme. La Iglesia ha reconocido la santidad de muchos hombres. Pero yo conozco a muchos santos anónimos que caminan a mi lado porque viven la vida diaria desde la santidad, intentando unirse cada día a Cristo, siguiendo a Cristo, siendo conducidos por el Espíritu; hombres y mujeres corrientes llamados por Dios a dejar de lado la mediocridad para intentar buscar la perfección de su vida aunque sea con pequeños gestos y detalles.
Por eso el cristiano debe ser el más responsable de los hombres; debe poner delante la conciencia y la propia vida.
Hoy me hago esta pregunta: ¿soy un laico modelo? ¿Soy consciente de que formo parte del único pueblo reunido en la Unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y que estoy llamado a ejercer una misión, como Iglesia, de servicio al mundo, a ser testigo del Reino, a comprometerme con el Reino en el mundo en mi situación, a humanizar y cristianizar con mi testimonio y con mi obrar, trabajando por la promoción humana en las distintas esferas de mi vida familiar, laboral, social, política…? ¿Qué hago yo desde el punto de vista cristiano por la sociedad?

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¡Señor, quiero tener contigo un encuentro auténtico, profundo, íntimo, porque tú me invitas a la conversión, a dejar atrás el hombre viejo para convertirme en un hombre nuevo! ¡Señor, quiero seguirte aún a sabiendas de mi fragilidad, de mis caídas, de mis debilidades y hacer frente a todas estas caídas buscándote a ti en la palabra, en los sacramentos, en la oración y en cada una de las acciones de mi vida! ¡Seguirte a ti es un proceso que dura toda la vida, dame la fuerza de tu espíritu para no desfallecer nunca, para ser fermento y signo del cristiano! ¡Señor, te pido por todas las familias del mundo para que nos convirtamos en pequeñas iglesias domésticas, a ejemplo de la Sagrada Familia, que crezcamos en un ambiente propicio donde reine el amor, la generosidad, una espiritualidad firme, donde la fe esté arraigada Y donde todos nos sirvamos unos a otros sin esperar nada cambio! ¡Señor, danos la fortaleza para crecer cristianamente, para que los padres de familia estemos empeñados en trasmitir a nuestros hijos los valores cristianos! ¡Que tu Espíritu, Señor, nos ayude a vivir está espiritualidad frente al mundo, por eso te pedimos también formadores de laicos que sean capaces de transmitir la palabra y tus enseñanzas para alimentarnos y vivir nuestra vida cotidiana en unión contigo! ¡Señor, danos también sacerdotes santos que caminen junto a los laicos para crecer en la vida de comunidad! ¡El hecho constitutivo del laico es haber recibido el Sacramento del Bautismo por el cual nos convertimos en hijos de Dios, miembros de la Iglesia, herederos de la vida eterna, ayúdanos a consagrar nuestra vida al servicio tuyo y de la iglesia y que en este seguimiento radical estemos siempre acompañados con la fuerza del Espíritu Santo! ¡Virgen María, se Tú nuestro modelo; que Tu «sí» en la Encarnación y al pie de la cruz sea nuestro ejemplo! ¡San José, padre y esposo fiel, fidelísimo al Señor, conviértete tú en nuestro modelo ejemplar!

De Johann Sebastian Bach (1685-1750) escuchamos hoy su cantata Zerreißet, zersprenget, zertrümmert die Gruft, BWV 20 (Romped, destruid, reducid a escombros la tumba):

Tiempo para rezar

«¡No tengo tiempo para rezar!». Lo escucho de otros y me lo oigo a mi mismo. Son vanas excusas para no ir a lo profundo de uno mismo.
Mi experiencia es que cuanto más rezo, interiorizo y medito más crezco pero, sobre todo, más me enseña el Señor. En estos momentos de oración y de interiorización se hace posible percibir la belleza de las enseñanzas de Jesús que acaban por convertirse en los principios sustanciales que marcan nuestro camino y rigen nuestras vidas.
El crecimiento espiritual es proporcional a la vida de oración de cada persona. Yo lo siento como una gran riqueza. Una gran riqueza que proviene de la fuerza del Espíritu Santo que actúa en lo más íntimo de nuestro ser.
Si como cristiano verdadero comprendo que la oración y la meditación es el camino más valioso y seguro para el crecimiento personal, y que la oración es comunicación directa, íntima y entrañable con el Señor, trataré de encontrar ese instante, aunque breve, para ponerme frente al Señor, para comunicarme con Él, para conocernos mutuamente, para pedir y para entregarme.
La oración no es más que ponerse en contacto directo con el Señor, y dejar que sea Él el que se ponga en contacto conmigo llamando a la puerta de mi corazón. Él espera que le abra, que le deje entrar, tal vez no lo haré nunca, porque me cuesta dejar entrar en mi corazón al que van a poner en tela de juicio mi vida. Pero en algún momento esa cerrazón por no dejarle entrar hará mi vida más difícil. La práctica de la presencia de Dios en la vida del hombre es necesaria. Es necesaria para que durante todo el día el Espíritu del Señor anide en mi corazón. Para que mi vida sea en todo momento una vida de plegaria. Es verdad que supone un esfuerzo inconmensurable, pero cada gesto sencillo, cada jaculatoria pronunciada, cada oración lanzada el vuelo, cada acto de compasión, cada gesto de amor, acabará convirtiéndose también en una oración y me permitirá hacer más cercana la presencia del Señor a mi lado durante todo el día.
Está al abasto de cada uno llevar una vida interior vivificante. Cuando mi vida interior está llena de Dios el trabajo me resulta más fácil, la realizaciones personales son más satisfactorias, los problemas son más relativos, la mirada a la gente es más amorosa… porque lo que surge del interior es la bondad de ese Dios que anida en mi corazón.

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¡Quiero vivir, Señor, cerca de ti; quiero que te hagas presente en mi corazón; quiero sentirte siempre en la gente que me rodea; hacer de la verdad el camino de mi vida! ¡Quiero, Señor, que el amor puro y el servicio desinteresado sea la norma que conduce mi vida! ¡Quiero, Señor, que la reconciliación y el perdón sean caminos de paz en mi corazón! ¡Quiero, Señor, convertir la esperanza y la confianza en ti en los motores que me lleven hacia adelante! ¡Quiero, Señor, hacer de la oración un lugar de verdadero encuentro contigo! ¡Quiero, Señor, ser humilde y sencillo y que estas virtudes sean la base de mi ser cristiano! ¡Señor, estoy a tu disposición para hacer el bien y aceptar tus mandatos! ¡Señor, estoy a tu disposición para luchar contra el pecado y vivir el bien! ¡Señor, estoy a tu disposición con ganas e ilusión de ser auténtico! ¡Señor, que mi vida esté impregnada de oración! ¡Señor, ayúdame a ser perseverante en la oración y en mi vida cristiana! ¡Señor, que tu ejemplo sea el modelo a seguir!

 

Hoy celebramos la fiesta de los tres arcángeles: san Miguel, san Gabriel y san Rafael. Los tres mencionados en la Sagrada Escritura y a los tres imploramos su protección. Que la celebración de la fiesta de estos tres santos arcángeles sea una ocasión para renovar nuestro propósito de contribuir a la extensión del Reino de Dios y batallar con firmeza contra las fuerzas del mal en nuestra sociedad.

Acompañamos esta meditación con una música instrumental que ayuda a ponerse en oración:

Una lámpara con la luz de Cristo

Debido a una avería en el tendido, los edificios de mi barrio quedaron durante un buen rato completamente a oscuras. Fue necesario encender unas velas para iluminar las estancias de mi hogar. Y para moverse por la casa utilizar una linterna que diera luz. No se podía encender el horno, ni el ordenador, ni cargar el teléfono móvil ni, por supuesto, encender una lámpara.
Me recuerda esta situación de oscuridad cómo Jesús nos habla de la necesidad de ser luz y de encender la lámpara. Los hombres no alumbramos con nuestra propia luz, lo hacemos con la luz que proviene de Él. Si no lo hacemos así podemos confundir nuestras propias ideas, gustos y opciones con las de Cristo, y actuar, proponer y vivir de forma que nada tenga relación con Él. De ahí que esta imagen repentina de oscuridad me invita a pensar que cada día debo encender mi propia lámpara con la luz de Cristo. Es la luz de Jesús lo que ilumina la sociedad, no mi propia luz por mucho éxito personal que pueda pensar que atesoro. Yo seré capaz de iluminar si soy capaz de ser reflejo de la luz del Señor.
Pero esta luz no es únicamente doctrinal sino esencialmente testimonial: vida que transforma la vida. Luz que me lleva a cambiar interiormente, que cambia mi corazón, mi relación con los demás, mis actitudes, la manera de valorar las cosas y afrontar la realidad de mi vida. Solo puedo ser luz auténtica en el momento en que hago verdad las enseñanzas de Cristo según sus criterios y no los míos y eso exige mucha renuncia, humildad, generosidad, sencillez y grandes dosis de pobreza de espíritu.
Cuando Jesús me invita a ser luz y a convertirme en lámpara lo que realmente me pide es que actúe como Él, que sienta como Él, que hable como Él, que sirva como Él, que piense como Él, que obre como Él… que sea todo en Él. Es decir, iluminar mi vida con la fuerza de su luz y no con la tenue y apagada de mi propio yo.
Sin encender la luz de Cristo en mi corazón solo adoctrinaré a los que están a mi alrededor pero nunca los evangelizaré porque no verán en mi luz sino un foco de contradicción.

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¡Señor, pongo junto al icono con tu imagen una vela encendida y con las manos abiertas, como quien espera tu amor y misericordia te digo que quiero ser luz! ¡Señor Jesús, Tú me invitas a ser luz del mundo, Tú me comprometes en tu misión, Tú me invitas a ser tu testigo, ayúdame a vivir mi adhesión a ti con autenticidad y contagiar a otros todo lo que Tú haces en cada uno! ¡Obséquiame, Señor, con la gracia de mostrar con mi vida lo que creo y lo que Tú haces por mi! ¡Dame la gracia de dar testimonio de ti, de anunciarte con mi vida, de comunicarte con mi manera de ser, de anunciarte con mi presencia, para que otros encuentren en ti la vida y la plenitud que Tú me ofreces!. ¡Que mi luz siembre ternura en las rostros tristes y atribulados por los avatares familiares o la difícil situación económica, personal o profesional! ¡Que mi luz transmita bondad para consolar y alentar a los que se encuentran decaídos por lo que les toca vivir! ¡Que sea luz, faro de luz en medio de las tormentas de este mundo empeñado cada día en negarte! ¡Vive en mí, Señor, para asemejarme a Ti en todo!

El fenómeno Kleenex en mi vida

Buscar con ahínco el reconocimiento ajeno o que los demás nos valoren es algo intrínseco al ser humano. Nos ofrece seguridad. Y, con relativa frecuencia, consideramos que es un derecho que nos asiste. Nos molesta que nos pidan favores y no sacar provecho de ellos. Nos incomoda hacer trabajos para los demás y que no nos los reconozcan y aplaudan. Nos disgusta realizar encargos para terceros para que luego se olviden de nosotros. Son situaciones habituales en el día a día de una persona que llenan nuestro corazón de amargura, resentimiento y animosidad. Es el fenómeno Kleenex; usar y tirar.
Sin embargo, se obtiene más libertad interior, más seguridad en uno mismo, más felicidad, más paz en el corazón si en lugar de buscar en lo efímero del aplauso y de lo compensatorio lo ponemos todo en manos de la Providencia sin someterse a la dictadura de la opinión y los juicios ajenos.
Cristo no vivía pendiente de la opinión ajena ni de los juicios de los demás. Y esta debe ser mi escuela de aprendizaje. Lo importante es actuar guiados por el servicio, por el amor, por la rectitud de intención… Con ello me acerco más al Señor y, a través de Él, a todos los que me rodean.
Pero contemplas en silencio a Jesús. Miras su figura pendida de un madero sencillo, entregado a la voluntad del Padre, ajeno a los ojos del mundo, y comprendes enseguida cual es el camino a seguir. Es a ese peldaño de autenticidad es al que me gustaría llegar pero antes me tengo que desprender de mis muchas capas de orgullo, soberbia, resentimiento e inseguridad porque en la Cruz solo había pureza, desprendimiento del yo y mucho amor.

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¡Señor, deseo ser feliz, pero deseo ser feliz a tu lado, conforme a tus pensamientos, tu vida, tus enseñanzas, tu palabra! ¡Sueño con la felicidad de día y de noche, a todas horas la busco pero quiero ponerla en Ti y no en los placeres de la vida! ¡Señor, tú me dices que me guarde de toda avaricia porque aunque tenga mucho la felicidad no está en esta vida si no la vida eterna! ¡Señor tú sabes que mi corazón siente ansias de felicidad infinita pero que a veces no se sacia con las cosas de este mundo por eso le pido al Espíritu que no arraigue en mi corazón el «más, más y más» —más dinero, más conocimiento, más comer, más tener, el más perfeccionar, más dignidades, más de conocimiento, más aplausos, más pasiones, más sabiduría…— sino solamente más de ti que eres la felicidad absoluta! ¡Ayúdame Espíritu Santo a no vivir engañado, a no poner mi dicha en las cosas de este mundo, sino gozar con la felicidad del Espíritu para que todo sea más amar a Dios y servirle siempre! ¡Que el centro de mi felicidad no recaiga en las riquezas, los honores y los placeres de esta vida si no en Dios porque es en Él donde está la verdad que busca mi corazón!

Contemplar el misterio de Jesús en silencio. Frente a ese Jesús meditamos también con esta música:

«Dominus vobiscum»: el señor esté contigo

Me invitan ayer a una casa a comer. En el recibidor de la entrada, en una inscripción esculpida en madera vieja, se puede leer: «Dominus vobiscum»: El señor esté contigo. Es una invitación preciosa a la persona que entra en ese hogar. El señor esté contigo. Es así. Está en tu vida, en tus sueños, en tu corazón, en tus pensamientos, en tus gestos, en tu mirada, en tus pasos, en tus sentimientos… allí donde quiera que uno vuelve la mirada no ve más que a ese Cristo, no sientes más que a ese Dios que se ha hecho hombre, no gozas más que de ese Jesús que ha muerto por cada uno de nosotros para redimirnos del pecado.
Nunca se habla de los treinta años de vida oculta en la que Jesús va gestando su personalidad sagrada y experimenta los sentimientos humanos. Su nacimiento vino precedido de un «Alégrate, María, el Señor está contigo». Y cuando comienza su vida pública Cristo se vuelca sobre los corazones humanos para dejar claro que «está» cerca de cada uno de sus hermanos.
El señor esté contigo. Es decir, en todas mis fuerzas, en toda mi actividad, en todos mis anhelos, en todos mis esfuerzos cotidianos. El señor está contigo porque no nos deja ni nos abandona nunca, jamás se aparta de nosotros y nos invita a agarrarnos con fuerza de su mano para llevar la cruz con alegría.
Dios nos ama, nos eligió con un propósito y por eso nunca nos deja. Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo, están vivos y son reales, viven dentro de cada uno. Y si es en el interior de nuestro corazón donde viven y se forma en función de nuestras gratitudes nuestro corazón se ha de convertir en un auténtico sagrario que custodie ese Dios engendrado de la Virgen María para corresponder con autenticidad a ese «El Señor está contigo».

¡Tú estás conmigo, Señor, para llenar mi corazón de amor y de felicidad! ¡Tú llenas mi vida, Señor, de alegría! ¡Tú estás conmigo, Señor, cuando mi corazón sufre y está lleno de heridas! ¡Tú estás conmigo, Señor, cuando me embargan las dudas y me fe se tambalea! ¡Tú estás conmigo, Señor, cuando las tentaciones me hacen caer en la misma piedra! ¡Tú estás conmigo, Señor, en cada acontecimiento de mi vida! ¡Tú estás conmigo, Señor, en mis triunfos y mis fracasos! ¡Tú estás conmigo, Señor, en la luz y en la oscuridad! ¡Tú estás conmigo, Señor, en el abrazo y la mano del amigo, en la ayuda y la escucha del compañero, en el beso de mi cónyuge, en la sonrisa de mi hijo, en la bendición del sacerdote, en la palabra de aliento del colega! ¡Tú estás conmigo, Señor! ¡Tú estás conmigo, Señor, para llenar mi vida! ¡Tú estás conmigo, Señor, para bendecir mi hogar, mi trabajo, mis tareas cotidianas, mis esfuerzos, mis sueños y mis esperanzas! ¡Tú estás conmigo, Señor, para sanar mi corazón y mi cuerpo! ¡Tú estás conmigo, Señor, cuando llegan y se van los problemas, algunos sencillos otros imposibles de resolver, en las desavenencias con las personas que quiero! ¡Tú estás conmigo, Señor, Tú estás ahí, siempre ahí, siempre conmigo, gracias Señor! ¡Tú estás conmigo, Señor, en tus gracias y bendiciones! ¡Qué seguro me siento sabiendo que estás conmigo!


Dios está aquí, tan cierto como el aire que respiro
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Inmolarse uno mismo en el altar

¡Qué bonita es la liturgia de la Eucaristía! En el momento de la presentación de los dones y la preparación del altar es un momento mágico, un momento de pausa interior, entre la plegaria eucarística y la palabra; es ese momento en el que podemos tener unos instantes para contemplar serenamente el rito que va a tener lugar inmediatamente y meditar de manera sincera la Palabra que hemos escuchado en las lecturas y en la homilía del sacerdote. Es el momento mágico y hermoso para prepararse con la propia ofrenda personal y dirigir toda nuestra mirada, nuestros sentidos, y nuestro amor hacia la oración eucarística.
Me maravilla cuando puedes fijar tus ojos hacia el altar que se convierte en el signo viviente de la presencia de Jesucristo entre nosotros y que está representado por ese sacerdote que preside la Eucaristía.
Es bonito pensar en la propia ofrenda, qué es lo que le vamos a ofrecer a Dios en el momento de la consagración. Por eso es un instante donde tienes que perdonar con caridad, sinceridad y amor, comprometerte a servir a los demás, atender sus necesidades, actualizar la palabra, vivir comprometido con el amor, la justicia, el bien, la responsabilidad, el servicio, la caridad, la generosidad, la superación de los egoísmos y la soberbia… signos que son expresión de lo que anida en lo más interior de nuestro corazón.
Pero la mejor ofrenda, esa que mayor agrada Dios, es el ofrecer a la persona que amamos o aquella que nos ha hecho daño. Personas, todas ellas hijas de Dios, que necesitan de nuestro amor. Porque si detrás de cualquier ofrenda hay amor, expresión máxima de Dios, habremos logrado autentificar nuestra ofrenda y habremos ofrecido a Dios el mayor don de nuestra vida.
Ponerse ante Dios, en el momento de la Eucaristía, con toda la sencillez y toda la humildad de lo que somos, de lo que poseemos, de lo que hacemos, con nuestros fracasos y nuestras alegrías, con nuestros anhelos y nuestras esperanzas, con nuestros deseos y nuestras necesidades, con nuestros éxitos y nuestros fracasos, con nuestras luchas y nuestras operaciones… es colocar ante Dios el sacrificio espiritual de nuestra propia vida.
¡Qué hermoso es en el sacrificio eucarístico inmolarnos a nosotros mismos y poner nuestro corazón contrito delante de Dios!

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Hoy, en lugar de mi oración personal, propongo cuatro oraciones preciosas para la Misa:

Oración de San Ambrosio para antes de comenzar la Celebración Eucarística
Señor mío Jesucristo, yo pecador indigno, confiando en tu misericordia y bondad, vengo a tomar parte en este Banquete Santísimo del Altar.
Reconozco que tanto mi corazón como mi mente están manchados con muchos pecados; y, que mi cuerpo y mi lengua no han sido guardados cuidadosamente.
Por lo cual, Dios adorable, yo miserable pecador, en medio de tantas angustias y peligros, recurro a Ti que eres fuente de misericordia, ya que me es imposible excusarme ante tu mirada de Juez irritado. Deseo vivamente obtener tu perdón, ya que eres mi Redentor y Salvador.
A Ti Señor presento mis debilidades y pecados para que me perdones.
Reconozco que Te he ofendido frecuentemente. Por eso me humillo y me arrepiento y espero en tu misericordia infinita.
Olvida mis culpas y no me castigues como merecen mis pecados. Perdóname, Tú que eres la misma bondad. Amén.


Comunión Espiritual

Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los Santos. Amén.

Alma de Cristo
Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del Costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
Oh buen Jesús, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparta de Tí.
Del enemigo malo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Tí.
Para que con tus Santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

Miradme, ¡oh mi amado y buen Jesús!,
postrado en tu prescencia; te ruego con
el mayor fervor imprimas en mi corazón
vivos sentimientos de fe, esperanza y
caridad, verdadero dolor de mis pecados
y propósito de jamás ofenderte, mientras
que yo, con el mayor afecto y compasión
de que soy capaz, voy considerando tus cinco
llagas, teniendo presente lo que de Tí dijo
el Santo Profeta David: «Han taladrado mis
manos y mis pies y se pueden contar todos
mis huesos.»

Acto de entrega de sí
Toma mi Señor, y recibe mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer. Tú me lo diste, a Tí, Señor, lo torno; todo es tuyo; dispón de ello conforme a tu voluntad. Dame tu amor y gracia, que esto me basta. Amén.

Alma de Cristo:

En compañía de san José

Último fin de semana de septiembre con la Sagrada Familia en nuestro corazón. Cada vez que medito la figura de San José, al que tengo gran estima y devoción, me sorprende su actitud en el amor, una actitud de negación total, un amor repleto de renuncias pero repleto de los valores supremos del amor humano. Porque a San José le sobrepasaba el destino dispuesto por Dios a la Virgen. Sin embargo, él fue el compañero generoso, fiel, comprensivo, fuerte, amoroso, honrado, entregado, sacrificado, profundamente amante, valedor de la gloria de Dios… A José todo le vino por la Virgen María y en María encontró a la mujer perfecta, el camino para llevarle a Dios en la plenitud de la pureza. Dios puso en manos de San José la custodia de Jesús y de María, a la Iglesia misma, del que convirtió en patrono supremo. A San José se le exigió humildad, sumisión a la voluntad de Dios, una fe ciega difícil de aceptar, una entrega absoluta y total. Tuvo la recompensa de que Cristo —al que formó humanamente— le llamó «papá» y María «esposo mío» y los tres juntos recorrieron con amor y armonía los caminos de su vida.
José, esposo de María, padre adoptivo de Jesús, te doy también a ti el corazón y el alma mía.

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Acompaño a esta meditación la oración que cada día rezo a san José: Concédenos tu protección paternal, te lo suplicamos por el Sagrado Corazón de Jesús y el Corazón Inmaculado de María.
Oh, tú, cuyo poder se extiende a todas nuestras necesidades y sabes hacer posibles las cosas más imposibles, abre tus ojos de padre sobre las necesidades de tus hijos.
En la angustia y la pena que nos oprimen,recurrimos a ti confianza.
Dígnate tomar bajo tu caritativa dirección este importante y difícil asunto, causa de nuestra inquietud (mencionar la necesidad).
Haz que su feliz desenlace redunde en la gloria de Dios y para el bien de sus devotos servidores.
Oh tú, que nunca has sido invocado en vano, amable San José, tú que eres tan influyente ante Dios que de ti se ha podido decir: “En el Cielo, san José más que implorar, manda”, tierno padre, ruega a Jesús por nosotros, ora a María por nosotros.
Sé nuestro abogado ante ese divino Hijo de quien has sido el padre adoptivo aquí en la Tierra, tan atento, tan amante y su fiel protector.
Sé nuestro abogado ante María, de quien has sido esposo tan amante y tan tiernamente amado.
Agrega a todas tus glorias la de ganar la difícil causa que te confiamos.
Nosotros creemos sí, nosotros creemos que puedes cumplir nuestros deseos, liberándonos de las penas que nos agobian y de las amarguras que impregnan nuestra alma.
Tenemos, además, la firme certeza de que no escatimarás nada a favor de los afligidos que te imploran.
Humildemente postrados a tus pies, buen San José, te conjuramos, ten piedad de nuestros gemidos y de nuestras lágrimas.
Cúbrenos con el manto de tus misericordias y bendícenos. Amén.

Y como no podía ser menos acompañamos hoy esta oración con un hermoso cántico a san José:

La caridad de la comprensión

El amor es la raíz fundamental y más profunda de la amabilidad. En definitiva, es lo que nos enseñó Cristo y lo que nos han enseñado los santos a lo largo de la historia. Por eso, como cristiano tengo que ser siempre comprensivo con mi prójimo.
Comprensión es juzgar a mi semejante colocándome en su lugar, en sus circunstancias, en su ambiente, con su mentalidad… Preguntarse qué haría yo en su lugar. Probablemente con su entendimiento sencillo, con su formación escasa, con sus pasiones desordenadas, con sus sufrimientos, con sus necesidades humanas, con su falta de experiencia… yo sería mucho peor, incluso, hubiera actuado mucho peor que él.
Como cristiano debo transigir siempre, disculpar siempre, ser indulgente siempre, caritativo siempre, considerado siempre, generoso siempre, amable siempre…
El ser humano no está creado en serie, cada uno tiene un molde que lo identifica como algo único y cada uno piensa en función de sus necesidades y como hijo de un mismo Padre no puedo juzgarlo para no ser yo juzgado… porque fácilmente me equivocaré.
La raíz sobre la que sustenta la caridad es la comprensión y ésta, al igual que hizo Jesucristo, pasa por ir por el mundo sembrando el bien, perdonando con amor, eliminando los rencores que anidan en el corazón y anhelando siempre beneficiar a las personas que me rodean. Es una manera de poner en práctica ese mandamiento del Señor: «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente y amarás al prójimo como a ti mismo».
¡Un ideal perfecto que deseo poner en práctica!

La caridad de la comprensión

¡Señor Jesús, por la virtud de la humildad y del Amor Santo, ayúdame a no juzgar a los que me rodean! ¡Recuérdame siempre, Señor, que no debo presuponer los motivos de las acciones de los demás! ¡Elimina de mi corazón cualquier tipo de juicio y crítica y, a través del Amor Santo, lléname de una actitud amorosa e indulgente, compasiva y amable! ¡No permitas que sea el complacido, sino que sea yo el siervo de todos, el que busque complacer al prójimo! ¡Ayúdame a ser comprensivo con las necesidades de los demás, asumir su propio dolor, su sufrimiento, sus necesidades, y entregarme siempre con amor y generosidad! ¡Ayúdame a ser un auténtico samaritano! ¡Espíritu Santo, dame el don de ser virtuoso, generoso, sencillo, indulgente, entregado, misericordioso, magnánimo, servicial, amable, caritativo, considerado…ser en definitiva como era Jesús!

De Benjamin Britten escucharmos su cantata Ad majorem Dei Gloriam:

«Ser» para los demás

Ayer en la Eucaristía —culmen y la fuente de la vida cristiana— sentí una experiencia transformadora. La Eucaristía es un banquete y es un sacrificio. Se podría decir que es un banquete sacrificial. Viendo y sintiendo espiritualmente como el sacerdote elevaba la Hostia consagrada y repetía amorosamente las mismas palabras de Cristo en la Última Cena sentí con una gran fuerza como celebraba el sacrificio de Cristo, el de la iglesia y el de mi propia existencia cristiana. Tocó profundamente mi corazón. No me pude quedar indiferente ante este hecho tan extraordinario. Sentí que si de verdad estoy viviendo y celebrando el sacrificio de la Eucaristía no puedo más que estar dispuesto a ser sacrificio en la vida. Y lo soy en la medida en que me entrego a los demás. No sólo cuando vivo, o lucho, o trabajo, o me esfuerzo, o sufro, o me alegro, o sirvo, o amo, o consuelo… lo soy en tanto me doy a los demás. Si sólo «estoy» o acompaño al prójimo, me solidarizo con él en su vida, con sus problemas, en su trabajo, en sus preocupaciones… pero no me entrego con mi propia vida, me quedo única y exclusivamente en la periferia de su corazón pero no penetro en él. Y la celebración eucarística, este banquete extraordinario que no es un ágape cualquiera, sino un sacrificio que me une a Cristo y a la iglesia, me tiene que hacer «ser» él, estar más dispuesto a volcarme en los que me rodean, a dar más que recibir, a amar con el corazón y como amo Cristo y, sobre todo, «ser» sacrificio para los demás.

Se para los demás

¡Señor, ayúdame a «ser» para los demás como lo eres Tú con nosotros! ¡Ayúdame, Señor, para que mis ojos se abran a la misericordia y la entrega a los demás y me permita descubrir su belleza interior! ¡Ayúdame a centrarme en las necesidades de los que me rodean y no permitas que me muestre indiferente ante sus sufrimientos, angustias y dolores! ¡Ayúdame, Señor, a «ser» consuelo y amor, caridad y perdón, alegría y entrega! ¡Llena, Señor, mi pobre corazón con tu infinita misericordia y hazlo sensible a los sufrimientos de los que me rodean para que nadie experimente un rechazo de mi corazón! ¡Quiero sentir, Señor, como tú y valorar las cosas como las valoras tú porque tú eres el centro, el principio y el fin de todo! ¡Quiero infundir en mi entorno más cercano los valores evangélicos que tu me enseñas! ¡Quiero amar como amas Tú porque nos has dado la vida y te haces presente en la Eucaristía con Amor para que mi vida se convierta en respeto hacia el “misterio” de cada persona y de cada acontecimiento humano! ¡Quiero «ser», Señor, sacrificio para los demás!

No es como yo, cantamos hoy con Jesús Adrián Romero:

Jesús es lo que es

Cada día la televisión ocupa menos espacio en mi vida. Tan poco espacio que hay semanas que se convierte en un elemento decorativo más de mi salón. No soporto el culto al famoseo de vodevil, gentes sin hondura interior que se han convertido en los nuevos ídolos de la sociedad, dioses en miniatura, dioses falsos que manipulan nuestras conciencias y tratan de hacernos perder el sentido de lo religioso y de lo trascendente. Personajes famosos por sus amoríos, por sus escándalos, por su dinero, por sus infidelidades, por sus excesos… por su inconsistencia, sus miserias más o menos ocultas que el mundo admira porque quieren parecerse a ellos. Pero la verdad desnuda siempre al hombre, esos ídolos de barro caen y son sustituidos por otros igual de efímeros y insustanciales.
Me apena contemplar como Jesús no se convierte en un referente para la gente. Te fijas en Él y lo que te llama la atención de su persona no es la vacuidad de sus palabras, ni la magnificencia de sus gestos «artificialmente» programados, ni el «áurea» que le rodea, ni la elegancia en su vestir, ni el porte de gentleman elegante… Jesús llama la atención por sí mismo porque no necesita revestimientos para llegar al corazón del hombre. Porque es la transparencia de su mirada y la claridad de su corazón y la verdad de sus palabras lo que te seduce. Jesús no tiene que aparentar nada. Jesús es lo que es. Y en ese «es» radica su grandeza.
Me impresiona la frase de Cristo a Zaqueo: «Hoy la salvación ha entrado en tu casa». Es una llamada a la trasparencia del corazón, a abajarse del orgullo, de la prepotencia, del aparentar, del servir en lugar de ser servido. A reconocernos en muestra nada. En la sinceridad de nuestra vida sencilla. Es una llamada a aparcar en la vida lo superficial, lo baladí, los ídolos de barro que jalonan nuestra vida, lo vacuo de esta sociedad vacua que impide a Dios hospedarse en este mundo demasiado lanzado por el querer tener y carecer de felicidad auténtica. El fin es claro, pero ¡cuánto cuesta a veces aplicárselo!

¡Señor, eres grande y bueno! ¡Entra en mi cada para que, como Zaqueo, obtenga la salvación de mi alma! ¡Tú nos dices “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré”! ¡Aquí estoy, Señor, para que serenes mi corazón y pueda descansar en ti, confiar en ti, esperar en ti! ¡Ayúdame, Señor, a no sostenerme en ídolos de barro sino en Ti que nunca me dejarás abandonado! ¡Te pido, Jesús, que me enseñes a descubrir la justa medida de las cosas, de los problemas, de las necesidades que paso, de las dificultades, de las infidelidades, de los sufrimientos…! ¡Quiero que te conviertas en mi referente! ¡Envíame tu Espíritu para que llene mi corazón con sus siete sagrados dones de sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios! ¡Con la ayuda y la fuerza de tu Espíritu, Señor, ayúdame a desprenderme del orgullo, de la soberbia, de la vanidad, del egoísmo, de la prepotencia, de lo superficial, del aparentar, del servir en lugar de ser servido! ¡A reconocerme en mi nada! ¡Por eso, Señor, como Zaqueo quiero conocerte mejor aunque tantas cosas a mi alrededor me lo impiden y me distraen! ¡Mírame Jesús, con el amor con que miraste a Zaqueo, y yo te prometo que no te abandonaré jamás! ¡Yo sé, Señor, que quien te deja entrar en su vida no pierde sino que su vida se transforma! ¡Ayúdame Jesús a tener la experiencia de Zaqueo y no tener miedo de abrirte de par en par las puertas de mi corazón!

Con la música de Taizé acompañamos hoy esta meditación: