Comulgar para llenarme de Dios

Vivimos en una sociedad en que la capacidad de admiración y asombro se está perdiendo a pasos agigantados. Lo mismo sucede con el agradecimiento. A los hombres nos cuesta una enormidad ser agradecidos. Si nos cuesta dar gracias a los que nos rodean, todavía más nos resulta difícil dar gracias a Dios que nos lo ha dado todo de manera inmerecida y gratuita.
Cada día, en la fila que me acerca hacia el altar para recibir a Cristo, en esa peregrinación en busca del maná en forma de pan del cielo, como hicieron Moisés y el pueblo judío, doy gracias a Dios por su bondad, por su amor, por su misericordia, por su generosidad, y rezo una oración espiritual que me lleva a mirar el misterio de lo que he observado unos momentos antes y voy a recibir ahora. Comulgar para llenarme de Dios. Pero antes me quedo siempre extasiado ante ese hecho imprevisible, maravilloso y extraordinario que me fascina cada día y me supera de una manera extraordinaria. Es hermoso admirar el misterio de la Eucaristía, dejarse poseer por su grandeza y su delicadeza y, además, estar dispuesto a acogerlo íntimamente en lo más profundo del corazón.
Cuando uno mira el misterio y es capaz de contemplarlo con amor permite que entre en lo más profundo de su corazón y se deje emocionar con su grandeza.
La gracia que Dios nos ofrece cada día en la Eucaristía sólo tiene una respuesta que merece salir de nuestros labios, y esa frase tan sencilla es: «Gracias, Señor, por una generosidad tan grande».

Comulgar para llenarme de Dios

¡Jesús mío, desde hoy, todo para Ti, como Tú los eres para mi! ¡Deseo vivir contigo, porque eres vida y amor! ¡Jesús, Pan Vivo bajado del Cielo, qué grande es tu bondad! ¡Para sostener mi fe en la Presencia Real de tu Cuerpo y de tu Sangre te dignas a cambiar con un Milagro inaudito las especies consagradas del Pan y del vino en tu Carne y en Tu Sangre! ¡Aumenta cada día mi fe en ti, Señor! ¡Te ofreces por amor en la Eucaristía, te inmolas cada por mí; gracias por un amor tan grande! ¡Aumenta mi amor por Tí y déjame ver Tu grandeza y sentir Tu infinito Amor! ¡Quiero, Señor, que cada día cuando te reciba te sienta en mi sagrario interior y agradecerte que a pesar de mi lejanía y mi falta de amor, Tú me amas como el Padre del hijo pródigo, mirando al horizonte, esperando mi llegada siempre con los brazos abiertos para recibirme y para decirme que hoy es un día de fiesta para Tí, porque he venido a tu casa! ¡Gracias, Señor, por una generosidad tan grande!

Ya no eres pan y vino, sino cuerpo y sangre, le cantamos hoy al Señor:

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