La urbanidad, un deber con Dios

Leo hoy en la Sagrada Escritura: «por su aspecto se descubre el hombre y por su semblante el prudente. El vestir, el reír y el andar, revelan lo que hay en él». No había caído en que este código de la urbanidad esta también revelado en la Biblia pero es una manera de que cada día pueda agradar a Dios con mis actitudes.
La urbanidad es ese conjunto de reglas que nos enseña a comportarnos socialmente con decoro, con respecto y con dignidad. La urbanidad va estrechamente unida a la caridad, porque no deja de ser un retrato del amor con las personas que nos rodean. De hecho, la caridad nos muestra cómo debemos comportarnos con cortesía con el prójimo como quisiéramos que lo hicieran con nosotros mismos. Ser cortés es el acto en el que uno manifiesta atención por el otro, respeto y afecto. La urbanidad auténtica es aquella que está revestida de disposición y virtuosismo cristiano y lleva aparejada la sencillez, la amabilidad, la humildad, la abnegación y la afabilidad. Todo ello enfrenta al egoísmo, que es una de las formas de descortesía contra la persona.
Vivir la urbanidad no solamente es una cuestión de reglas de vocación sino un deber que tenemos también para con Dios, para con nuestros semejantes y para la comunidad.

urbanidad

¡Señor Jesús, envía tu Espíritu para que me libere de todos los miedos, temores e inseguridades que me impiden ser amable y generoso con los demás! ¡Sana, Espíritu Santo, las impresiones que tengo sobre el prójimo y que me impiden muchas veces ser generoso llamarle con él! ¡Sana, Espíritu Santo la dureza de mi corazón para que mis palabras, mis gestos, y mis actitudes muestren a los demás dulzura y amabilidad! ¡Libera, Señor, las máscaras de mi vida para expresarte mi ser más profundo, creado para darse y dar amor al prójimo! ¡Suaviza, Espíritu divino, el trato con lis que me rodean con el don de la compasión y la escucha pues son muchas las ocasiones en que me muestro intolerante con los que más quiero! ¡Libérame del rasgo de la amargura y del que me mantiene en la pasividad! ¡En tu nombre, Jesús, por la fuerza poderosa de tu Cruz obra en mi para liberarme de aquellos rencores que me impiden ser amable y cortés con los demás!

El Señor es nuestro consolador, le cantamos hoy a Jesús:

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