«¡Estoy al límite!»

Hay una frase que escucho con mucha frecuencia: «¡Estoy al límite!». Al límite de la capacidad de aguante por los problemas económicos, conflictos familiares, personales, sentimentales, profesionales, por enfrentamientos y diferencias entre personas que se quieren… Vivir no es sencillo porque las heridas en el corazón merman nuestra capacidad humana. Siempre hay noches oscuras —más o menos largas— en la vida del hombre. Pero también hay un límite en la capacidad del hombre al sufrimiento. Contemplas la cruz y lo comprendes todo: Cristo abrazó el sufrimiento por amor.
El «¡Estoy al límite!» es siempre relativo. Es un «¡Estar al límite!» según nuestra percepción humana porque Dios sabe perfectamente hasta qué extremo voy a ser capaz de soportar una determinada presión o una larga noche de oscuridad. Y cuando todo parece llegar al límite, se enciende la luz de la esperanza que da alivio al alma. Son los destellos fulgurantes de su misericordia que alivian el sufrimiento. Y, a continuación, viene la luz que permite caminar con la vista fija en la esperanza.
Se trata, simplemente, de descubrir en el sufrimiento —en la oscuridad de la noche— el amor que Dios me tiene. El sufrimiento es la gran oportunidad para unirme a Cristo y cooperar con Él en la redención del mundo. Y el corazón asume la enseñanza de todo lo vivido y experimentado. Y uno aprende lo que ninguna universidad del mundo, por más prestigiosa que sea, puede enseñarme. Apruebas con matrícula de honor la asignatura de la fe. Uno se examina del misterio de la oscuridad de la noche; de su auténtico poder sanador y purificador; del porque no hay que temer nada llevando la Cruz junto a Cristo; del sentido del dolor; de cómo es posible desechar la trivialidad de lo mundano para llenar el corazón de la paz de Dios; de cómo sufriendo puedo ofrecerme a Dios en comunión con Cristo; de cómo puedo convertir mi vida con dificultades en un apostolado activo.
El sufrimiento tiene más valor cuando se abraza por amor. Unido a la cruz de Cristo puedo reaccionar de dos maneras: aceptándolo unido al sacrificio de Cristo como expresión viva de mi unión y confianza en Él o culpabilizando a Dios de lo que me sucede y manteniendo una actitud de rebeldía y de descontento.
Un cristiano es siempre un apóstol del sufrimiento. Por eso un cristiano con fe nunca puede «estar al límite» porque a través de ella uno es capaz de apreciar la nobleza y autenticidad del sufrimiento. El camino del cristiano nunca «está al límite» porque lo que le motiva a continuar es su fidelidad al amor y el compromiso a Cristo que escogió —para revolucionar la historia de la humanidad— el amor hasta la propia muerte. Jesús sí estuvo «estuvo al límite» pero fue un «límite» que rompió la comodidad, el camino fácil de la queja, del egoísmo, de la renuncia a la mediocridad y el pecado, de la soberbia, del abandono. Lo tenía fácil. Era el Hijo de Dios y podría haber renunciado. Pero de haberlo hecho habría dejado de amar.
«¡Estoy al límite!». Me propongo no almacenar esta expresión en mi vocabulario.

Estoy al limite

¡Señor ya conoces mi debilidad ante el dolor, y cómo mi alma es como un frágil papel ante el fuego del sufrimiento! ¡Dios necesito sentir los destellos de tu amor y misericordia porque sin Ti soy incapaz de vencer los miedos que me vencen cada día! ¡Dios mío, te necesito para ser capaz de decir rotundamente que «no» a todo aquello cosa que envenena mi alma! ¡Te necesito, Señor, porque sin Ti no tengo fuerzas para afrontar las dificultades de la vida! ¡Dios te necesito, para que ilumines con tu luz la oscuridad de mi vida! ¡Te necesito, Señor, porque sé que contigo mis fracasos son más llevaderos! ¡Te pido perdón por mis muchos momentos de flaqueza y ayúdame en los momentos de debilidad! ¡Conviértete, Señor, en la fuerza que sostiene mi vida y ayúdame a guardar siempre la fe! ¡Ayúdame a ser consciente de que sin Ti nada puedo y que todo en mi vida depende de Ti! ¡Muéstrale a mi corazón lo mucho que te necesito y ayúdame a recordarle a mi alma la multitud de beneficios y gracias con la que colmas continuamente! ¡Señor, mi Dios, lo eres todo para mi, eres mi fuerza, eres mi consuelo, eres mi respirar, eres mi razón, eres mi bastón, eres mi alegría, eres mi fe, eres mi luz, eres mi esperanza, eres mi entereza, eres mi amor, eres mi valentía, eres mi amigo, eres mi consejero, eres mi referencia, eres mi sabiduría, eres mi vida entera!

Cristo es mi esperanza, le cantamos hoy al Señor:

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