Jesús es lo que es

Cada día la televisión ocupa menos espacio en mi vida. Tan poco espacio que hay semanas que se convierte en un elemento decorativo más de mi salón. No soporto el culto al famoseo de vodevil, gentes sin hondura interior que se han convertido en los nuevos ídolos de la sociedad, dioses en miniatura, dioses falsos que manipulan nuestras conciencias y tratan de hacernos perder el sentido de lo religioso y de lo trascendente. Personajes famosos por sus amoríos, por sus escándalos, por su dinero, por sus infidelidades, por sus excesos… por su inconsistencia, sus miserias más o menos ocultas que el mundo admira porque quieren parecerse a ellos. Pero la verdad desnuda siempre al hombre, esos ídolos de barro caen y son sustituidos por otros igual de efímeros y insustanciales.
Me apena contemplar como Jesús no se convierte en un referente para la gente. Te fijas en Él y lo que te llama la atención de su persona no es la vacuidad de sus palabras, ni la magnificencia de sus gestos «artificialmente» programados, ni el «áurea» que le rodea, ni la elegancia en su vestir, ni el porte de gentleman elegante… Jesús llama la atención por sí mismo porque no necesita revestimientos para llegar al corazón del hombre. Porque es la transparencia de su mirada y la claridad de su corazón y la verdad de sus palabras lo que te seduce. Jesús no tiene que aparentar nada. Jesús es lo que es. Y en ese «es» radica su grandeza.
Me impresiona la frase de Cristo a Zaqueo: «Hoy la salvación ha entrado en tu casa». Es una llamada a la trasparencia del corazón, a abajarse del orgullo, de la prepotencia, del aparentar, del servir en lugar de ser servido. A reconocernos en muestra nada. En la sinceridad de nuestra vida sencilla. Es una llamada a aparcar en la vida lo superficial, lo baladí, los ídolos de barro que jalonan nuestra vida, lo vacuo de esta sociedad vacua que impide a Dios hospedarse en este mundo demasiado lanzado por el querer tener y carecer de felicidad auténtica. El fin es claro, pero ¡cuánto cuesta a veces aplicárselo!

¡Señor, eres grande y bueno! ¡Entra en mi cada para que, como Zaqueo, obtenga la salvación de mi alma! ¡Tú nos dices “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré”! ¡Aquí estoy, Señor, para que serenes mi corazón y pueda descansar en ti, confiar en ti, esperar en ti! ¡Ayúdame, Señor, a no sostenerme en ídolos de barro sino en Ti que nunca me dejarás abandonado! ¡Te pido, Jesús, que me enseñes a descubrir la justa medida de las cosas, de los problemas, de las necesidades que paso, de las dificultades, de las infidelidades, de los sufrimientos…! ¡Quiero que te conviertas en mi referente! ¡Envíame tu Espíritu para que llene mi corazón con sus siete sagrados dones de sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios! ¡Con la ayuda y la fuerza de tu Espíritu, Señor, ayúdame a desprenderme del orgullo, de la soberbia, de la vanidad, del egoísmo, de la prepotencia, de lo superficial, del aparentar, del servir en lugar de ser servido! ¡A reconocerme en mi nada! ¡Por eso, Señor, como Zaqueo quiero conocerte mejor aunque tantas cosas a mi alrededor me lo impiden y me distraen! ¡Mírame Jesús, con el amor con que miraste a Zaqueo, y yo te prometo que no te abandonaré jamás! ¡Yo sé, Señor, que quien te deja entrar en su vida no pierde sino que su vida se transforma! ¡Ayúdame Jesús a tener la experiencia de Zaqueo y no tener miedo de abrirte de par en par las puertas de mi corazón!

Con la música de Taizé acompañamos hoy esta meditación:

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