¿Cuál es mi vocación?

Todos tenemos en la vida una vocación. Y esa vocación va muy unida a la profesión que hemos elegido: la medicina, el periodismo, la banca, la enfermería, la educación, el servicio social, el sacerdocio… Pero las profesiones, a diferencia de la vocación, cambian de vez en cuando. La vocación, sin embargo, tiene un tinte personal indiscutible porque se basa en una serie de valores absolutos que relativizan todo lo que nos envuelve. Alrededor de mi vocación está todo lo que soy y todo lo que poseo. Es por eso que de una madre se dice que vive por su familia o por sus hijos, o de un empresario que vive por su empresa o sus negocios, o de un médico de su hospital o de sus pacientes.
La vocación espiritual da siempre un sentido unitario a la vida del hombre porque implica poner a Dios como centro y núcleo central de la existencia. Como hombre estoy llamado a una vida sobrenatural, ser hijo de Dios por Cristo y en Cristo, reproducir la imagen de Jesús en mi vida. Mi vocación como hombre cristiano es mi vocación de unirme a Dios. Es como dijo San Pablo «para mí vivir es Cristo» o como María cuya vocación cristiana fue dar el «sí» más absoluto y pleno a Dios el día de la Encarnación.
Por eso hoy me pregunto cuál es mi Dios, ¿el Padre que está en el cielo o el dios ídolo material de la vida?; ¿cuál es mi vocación cristiana, sobre qué valores se sustenta mi vida, como decido entrar en ese proyecto divino que Dios tiene pensado para mí antes incluso de haber sido engendrado? ¿Mi vida cristiana gira en torno a Dios Padre, a Cristo y a María y mis proyectos están inspirados y puestos en manos del Espíritu Santo? Eso lo puedo responder solo en la intimidad de la oración, sustento junto a la Eucaristía y los otros sacramentos de mi vocación cristiana. Es allí donde Dios llama y yo, como hombre, puedo responder con entera disponibilidad.

vocacion

¡Te doy gracias, Dios mío, por tu llamada del Bautismo! ¡Te respondo otra vez con mi “Sí”! ¡Dame fidelidad para tu causa y para mi vocación! ¡Renueva con un espíritu de entusiasmo a todos los que se dedican al servicio de tu pueblo! ¡Llena mi corazón con tu Espíritu de Sabiduría para proclamar tu Evangelio y dar testimonio de tu presencia entre nosotros! ¡Eres Tú quien me llama por mi nombre y me pides que te siga! ¡Ayúdame a crecer en el amor y en el servicio a tu Iglesia! ¡Dame el entusiasmo y la energía de tu Espíritu para vivir cristianamente! ¡Danos personas llenas de fe y de entusiasmo que abracen tu misión! ¡Inspírame para conocerte cada vez mejor y que me corazón esté presto a escuchar tu llamada! ¡Jesús, te pido también que envíes a este mundo los servidores que necesitas, escógelos en nuestros hogares, en nuestras parroquias, en nuestras comunidades, en nuestras escuelas, en nuestros trabajos, para que sea una cosecha abundante de apóstoles para tu reino: danos también sacerdotes y religiosos y religiosas santos y que no pierdas nunca la grandeza de su vocación!

Invocamos al Espíritu Santo para que nos ilumine en nuestra vocación:

Ser prójimo para el prójimo

El Año de la Misericordia sigue avanzando. Y como la misericordia es esa disposición del corazón a compadecerse de los sufrimientos y las necesidades ajenas no puedo permitir quedarme impertérrito ante una llamada tan decidida como la que me ha hecho el Santo Padre. Y hoy me pregunto: desde que se convocó este año jubilar, ¿qué he hecho yo por mi prójimo, hasta qué punto he tratado de curar sus llagas abiertas, sus necesidades, sus sufrimientos, acoger en mi corazón todos sus anhelos? La señal por la que se conocerá que soy discípulo de Cristo es mi capacidad de amar y mi capacidad para pensar y vivir en cristiano. A los demás, claro. Entonces, ¿quién es el prójimo para mi?
Jesucristo ya dejó claro que el cristiano no nace prójimo, se hace prójimo. Y, por tanto, surge de inmediato una segunda pregunta: ¿en qué medida estoy dispuesto a hacerme prójimo de quien me necesite?
Ya sabemos que mi prójimo es mi esposo, mi esposa, mis hijos, mis parientes, mis amigos, mis parroquianos, mis vecinos, mis compañeros de trabajo, mis jefes, mis empleados, mis colegas del equipo de fútbol, los miembros de mi grupo de oración, el tendero de la esquina…. los que no me caen bien, los que me han hecho daño, los que hablan mal de mí.
Pero sobre todo, el prójimo es aquel que me obliga a salir de mi yo y abrir mi corazón para entregarme de verdad; es el que exige poner en práctica mi fe para que esta no se quede en una mera teoría si no en una realidad viva fruto de mi testimonio cristiano. Es el que me permite interpelarme cada día que hecho yo por Cristo, para Cristo y por Cristo.
El prójimo es aquel que necesitando una palabra de consuelo, un abrazo, un consejo, una esperanza, una sola presencia aunque silenciosa he estado allí aunque me faltara el tiempo o tuviera cosas más importantes que hacer en lugar de salir corriendo, cruzar de acera o hacer ver que no me enteré.
El prójimo es aquel por el que rezo con el corazón abierto, al que pongo a los pies del altar, el que me hago uno con él en su dolor y sufrimiento y me lleva a una oración viva y no a al intrascendente «ya rezaré por tí».
El prójimo es aquel al que todo el mundo abandona, o crítica, o se olvida y yo, a sabiendas de su soledad y de lo que puede perjudicarme socialmente, le acojo en mi corazón, en mi vida y en mi oración porque no me importa el qué dirán.
El prójimo es aquel que se acerca a mí, espera un trato humano, cristiano, con detalles sencillos impregnados de amor y misericordia y no sermones, peroratas o lecciones de gran sabio oriental.
Prójimo es aquel al que las cosas le iban tan bien, y no se acordaba de mi porque vivía en la materialidad y cuando lo hacía ne miraba por encima del hombro, pero la crisis, las dificultades personales, económicas… lo han zarandeado de tal manera que lo ha perdido todo y ahora se vuelve hacia mi mendigando mi amistad buscando un halo de esperanza o desasirse el desencanto de la vida o del desconcierto que le ha producido su nueva situación.
Prójimo es aquel… y aquel… y aquel… cada uno sabe quien es su prójimo y qué necesita porque prójimos son todas aquellas personas que se cruzan en nuestro camino, que tienen nombre y apellidos, una circustancia, un entorno, una vida más o menos llena, una fe más o menos firme pero todos ellos están al borde del camino sentados esperando que a nuestro paso les demos la mano con amor en este Año de la Misericordia. Este amor de caridad nos hace valorar el hecho de que todo hombre es nuestro prójimo y por tanto no puedo esperar tranquilamente a que el prójimo se cruce en mi camino sino que me corresponde a mi estar en predisposición de percibir quién es y de descubrirlo cada día. ¡Prójimo es a lo que estoy llamado a convertirme en esta vida! Echo la mirada hacia atrás y tengo la impresión de haber dejado pasar muchas oportunidades.

¡Señor Dios, Padre nuestro, te damos gracias porque nos has dado el mandamiento del amor, para que nos amemos unos a otros, te amemos a Tí y reconozcamos a todas las personas que nos rodean como nuestros hermanos, creados a tu imagen y semejanza! ¡Ayúdanos, Padre de bondad, a amarnos unos a otros ya que así mostramos a la sociedad que somos tus hijos con el fin de que con nuestro ejemplo crean en tí, Dios de bondad y de Paz, de Amor y Misericordia! ¡Envíame, Señor, Tu Espíritu para que mis ojos se impregnen de tu misericordia y sea capaz de ver en los demás su dignidad y la belleza que hay en su interior, los vea como me ves Tú a mí y no juzgue nunca por las apariencias porque solo tu Señor sabes lo que anida en su corazón! ¡Envíame, Señor, Tu Espíritu para que esté siempre atento a las necesidades del prójimo y mis oídos estén abiertos a su llamada y su clamor como me escuchas Tú siempre a mí, y no haga oídos sordos a sus dolores, su sufrimiento, su tristeza o a su llanto acercándome a ellos con ternura y compasión! ¡Envíame, Señor, Tu Espíritu para que de mi boca sólo surjan palabras de aliento, de misericordia, de consuelo, de paz, de perdón y de cariño y ayúdame a no juzgar ni a ser injusto con los que me rodean! ¡Que mi mente, Señor, se vuelva siempre hacia el más cercano para que pueda entender su necesidad como Tú entiendes siempre la mía! ¡Que mis manos, Dios mío, sean como las tuyas tiernas y generosas, acogedoras y sensibles, entregadas y puras, para que todas mis acciones sean para levantar, abrazar, acoger y llevar a cabo esas tareas que los otros no quieren realizar! ¡Que mi corazón se vuelva siempre hacia el corazón del prójimo para que sea capaz de amarlo siempre como me amas Tú, con ese amor clemente, amoroso, paciente y misericordioso! ¡Que en cada prójimo vea a un hermano; que su dolor sea el mío y dame, Padre bueno, el don para suavizar sus penas y compartir su espíritu! ¡Ayúdame a vivir en el amor, a vivir para el amor y a vivir de amor! ¡Que mi vida no tenga ya otra motivación, ni otro sentido, ni otra meta que el amarte en los demás!

Cantamos hoy la canción del Buen Samaritano:

Lenguas viperinas

Puede parecer sorprendente que la lengua sea un don de Dios. Es a través de ella como los hombres nos comunicamos con nuestros semejantes y expresamos a Dios los sentimientos que anidan en lo más íntimo de nuestro corazón. La vida está en poder de la lengua porque con ella tengo la oportunidad de bendecir al Padre, hablar de y con las personas que me rodean, algunas veces en positivo y en otras en negativo. ¡Con cuanta frecuencia olvido que son seres humanos hechos a imagen y semejanza de Dios!
La lengua se puede convertir en una navaja muy afilada que puede hacer mucho daño a la persona que tengo a mi lado. Si me examinara cada día de la pureza de mis labios comprobaría que la mayor parte de los azotes de mi vida provienen de la lengua, de mi incapacidad de callar y de haber hablado en demasía.
Es la lengua la que revela lo que hay en el interior de nuestro corazón. El mismo Jesús ya nos dice que «de tal abundancia del corazón habla la boca».
Hoy siento que como cristiano tengo que encadenar muchas veces mi lengua y procurar que mis obras respondan a las palabras que surgen de mi boca.
¡Qué examen más útil, más fructífero y más auténtico es el de examinar cada día las palabras que he proferido a lo largo de la jornada! ¡Y qué bien me iría se hubiese sido capaz de callar en todo! ¡Qué bien mi iría aplicarme ese adagio que dice «que las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra»!

Lenguas viperinas

¡Señor, tú guardaste silencio ante el sanedrín cuando te acusaron de querer destruir el templo y levantarlo en tres días; cuando Herodes se burló de ti poco antes de tu Pasión; cuando Pilato te hizo aquellas preguntas fuera de contexto; te callaste ante los acusadores de la mujer adúltera dibujando con el dedo en el suelo… podría poner muchos más ejemplos en los que tú me muestras como el silencio es también perdón, amor, entrega y misericordia! ¡Con esto demuestras, Señor, que un pecador no debe acusar ni juzgar nunca a otro sino que ha de perdonarlo siempre porque él también necesita de tu perdón y de su perdón! ¡Tú que eres la verdad callaste y soportaste siempre las acusaciones falsas que formularon contra ti! ¡Qué ejemplo el tuyo mi Señor! ¡Enséñame a guardar silencio ante las faltas de mi prójimo, que no lo acuse o critique sino que lo ame para que me corrija a mi! ¡Enseñame a guardar silencio y no criticar a mis hermanos y recuérdame que con la misma medida con que mida a los demás seré yo mismo juzgado! ¡Señor si yo juzgo con severidad a los demás tú me medirás con la misma moneda! ¡Si no soy misericordioso, no puedo pensar cómo será tu misericordia! ¡Te pido,Señor, que me enseñes a callarme cuando me calumnien, injurien, me acusen sin razón, me humillen, porque tú soportase todo esto en silencio y a mí me servirá para espiar mi orgullo, mi soberbia, y mi vanidad!

Agua viva, cantamos hoy con la hermana Glenda:

En camino con la Virgen

Yo siento que voy en camino. Y me gusta cogerme de la mano de la Virgen, ella también caminó por la senda de la fe. María no lo comprendió todo desde el primer instante, tuvo que ir desde el día de la Encarnación paso a paso, despacio, asimilando todo lo que había vivido desde aquel día en que el Ángel se le apareció en su aldea de Nazaret. Con los años, en la quietud de su vida, guardó todas las cosas conservándolas en su corazón y meditándolas a la luz del Espíritu Santo.
Ella vio crecer a Jesús, vislumbró en Él su sabiduría, iluminó su fe a la luz de aquel Niño al que había engendrado. Creció en el amor, en ese amor que se sustenta en la fe. Por eso el camino de la Virgen es el camino en la fe. Es el camino de la entrega perfecta, de la entrega interior, de la entrega absoluta. Para la persona que ama no es imprescindible el saber, y el comprender, ni el ver. A la persona que ama le es suficiente el sentir y aceptar lo que el otro siente porque es entonces cuando su amor se afirma sobre sus sentimientos y sus necesidades.
María caminó en la fe porque evidenció desde muy joven la prueba de la fe. Con los años, con la madurez interior que ofrece la experiencia, escudriñando todo aquello que conservaba en el corazón, María pudo permanecer en silencio y en oración a los pies de la Cruz e, incluso, mantenerse en silencio y en aquella pequeña casa de Jerusalén mientras las otras mujeres corrían alegres a encontrarse con Jesús en el sepulcro porque su fe estaba arraigada en su corazón y era mucho más fuerte que los impulsos de los sentimientos.
María comprendió y asimiló que todo es exigencia del amor. ¡Qué pedagogía la escuela de María para un corazón duro como puede ser el mío!

En camino con la Virgen

¡María, Madre, maestra y modelo, Señora del «sí», Tú viviste con sencillez la fe en tu entrega cotidiana, en tu singular e íntimo diálogo con Jesús, en tu vida callada de oración! ¡Tu fe te permitió comprender y poner en práctica toda la voluntad de Dios! ¡María, Tú me enseñas que en la sencillez de lo cotidiano, en las preocupaciones del día día, en los trabajos sencillos de mí quehacer diario, en las atenciones a los demás, en los gestos pequeños y desinteresados que suponen una entrega a los que me rodean es donde desarrollaste una relación íntima, singular, humilde y de profundo diálogo con Dios y con tu Hijo! ¡Es en el abrazo cotidiano de la fe, en el «sí» sin condiciones, en la meditación de cada acontecimiento en el corazón a la luz del Espíritu Santo, para comprender y poner en práctica la voluntad de Dios, donde está mi crecimiento como cristiano! ¡Dame un poco de esta fe y de este amor para darle un «sí» sin condiciones al Señor!¡Dame un poco de esta fe y de amor para renunciar a mi yo, a mis egoísmos, y entregar siempre mi vida a Dios y a los demás!

Quiero decir que sí como Tú María:

Cree en el Señor… y te salvarás

Hoy de nuevo busco una palabra que me ilumine en la oración. Esta sencilla frase abre mi corazón a la plegaria: «Cree en el Señor Jesús y te salvaras, tú y tu familia». Surge en un momento importante de mi vida. Y doy gracias. Doy gracias porque además de creer en Él, Jesús cree en mí. Cree en cada uno de nosotros. Jesús cree en mí y me llama. Tal y como soy, tal y como estoy viviendo hoy. Con mis sentimientos de culpabilidad, de tristeza y de alegría, de resentimiento y de esperanza… Jesús me ama y cree en mí, como cree en todos y cada uno de los lectores de esta página, tal y como somos, como sentimos, como amamos, como nos preocupamos de los demás, como experimentamos nuestras experiencias personales.
Jesús me ama incluso en los resentimientos que lastran mi vida, en las heridas que hieren mi corazón, sean más o menos profundas, por el estado de ánimo que esté sufriendo en este momento, sea bueno o malo. Me ama incluso aunque esté dolido con Él porque esté viviendo un momento de desesperación o de sufrimiento. Me ama incluso si estoy disgustado con Él porque pienso que no escucha —en apariencia— mi oración.
Pero Jesús me —nos— ama con amor eterno. ¡Qué consuelo! Nos ama y quiere seguir entrando en lo más profundo de nuestro corazón. Pero Jesús no sólo me ama. Cree en mí. Confía en mi. Cree y confía en nosotros. Nos conoce mejor que nosotros nos conocemos. Desea nuestra felicidad. Desea nuestra felicidad más que la deseamos nosotros. Él nos —me— conoce antes de crearnos. Conoce nuestra situación actual, conoce lo que ocurrirá en el futuro. Sabe lo que va a ser de nuestra vida antes de habernos creado y nos amaba antes y nos ama ahora.
Me siento inmensamente feliz. Me siento inmensamente feliz porque Cristo cree en mí y me acepta como soy. Me siento profundamente amado y aceptado por lo que soy, por lo que tengo y por lo que siento. Por eso hoy le digo al Señor que quiero tocar su manto para ser sanado. Que quiero aceptar su amor por mí y de esta manera sanar todas las heridas de amargura, de sufrimiento, de dolor, de tristeza, de resentimiento, todas aquellas cosas que están en el centro de mis dificultades personales. Que si soy incapaz amarme a mí mismo es muy difícil que pueda también aceptar el amor que Jesús siente por mí y darlo a los demás.

cree en Dios y te salvaras

¡Señor yo creo en ti! ¡Ayuda mi incredulidad! ¡Creo verdaderamente, Señor, que si tocó tu manto me sanaré y sentiré tu amor! ¡Sentiré como me amas de verdad! ¡Sentiré como crees en mí! ¡Por eso pido que te envíes tu Espíritu a mi corazón y a mi mente para que me enseñe a conocerte más profundamente, amarte más profundamente y experimentar como me amas! ¡Jesús, me dirijo a ti buscando como tú me buscas a mí, buscando tu amor, mendigando tu amor!

Solo cree en Jesús cantamos hoy con alegría:

En unidad con Dios

El corazón es lo más misterioso y maravilloso del ser humano. Es el corazón el que nos predispone a la oración para el encuentro con Dios, a la apertura a Dios. Hay un corazón del corazón. ¿Y cuál es la clave para la apertura del corazón? El amor.
Cuando uno siente un amor por la vida y por Dios ese amor se convierte en una llama ardiente. Cuando uno se desprende de su yo para ponerle a Él surge una unicidad total con el Dios de la vida. ¡Que fácil resulta para Dios entrar en un corazón sencillo, sin cadenas de ningún tipo, sin pliegues que lo arruguen! Es ofrecer por completo el corazón a Dios para que él actúe a través de mí. Porque en el fondo de mi corazón está mi yo pero también se encuentra Él que es parte intrínseca mía ya que yo he sido hecho a su imagen y semejanza.
¡Cuántas veces busco fuera de mí cuando todo lo puedo tener dentro de mi! Aspiro —aspiro porque estoy a mil leguas todavía— a lograr la unidad con el Señor, alcanzar la vida en plenitud con Él. Es un anhelo ardiente, que sé que tardaré en lograr por mis múltiples imperfecciones. Pero sé también que mi vida espiritual y su desarrollo dependen del tipo de relación que mantenga con Jesús. Y que mi vida cristiana no está y no debe estar nunca basada en normas o imposiciones morales si no en una relación de comunión y de amor muy estrecho con Cristo en esa entrega de Jesús hacia mí y de mi persona hacia Él.

En unidad con Dios

¡Te doy gracias, Dios mío, por toda la obra que tu Hijo Jesucristo ha hecho en mi vida, por su muerte, su resurrección y su ascensión y como se hace presente en la Iglesia y en mi vida cristiana! ¡Todo obedece a tu amor y no hay mayor expresión de este amor que el habernos entregado a su Jesús! ¡Quiero vivir en Cristo y como Él quiere vivir en mi, que pertenezco a esta a comunidad de amor que es la Iglesia, donde amamos y somos amados! ¡Para lograr la plenitud contigo deseo tus dones o recibir todas aquellas cosas que Tu me envía, necesitamos poseerte y experimentar tu amor en plenitud! ¡Te amo porque eres mi mayor prioridad! ¡Soy consciente de que no vivo en plenitud contigo a pesar de que te busco, a pesar de que intuyo que mi propósito es vivir en plenitud, y te pido perdón cuando fallo en ese intento de alcanzarla! ¡Te confieso, Jesús, como mi soberano absoluto, como el Señor de mi vida, y creo sinceramente que tú has resucitado para darme la vida! ¡Perdona todos mis pecados y me comprometo a obedecerte y vivir para ti por el resto de mi vida!

Hoy celebramos La fiesta de Nuestra Señora de los Dolores que conmemorar los Siete Dolores que tradicionalmente se han considerado como los más profundos en la vida y en el corazón de la Virgen María. Ponemos en sus manos nuestros sufrimientos, penas, angustias y dolores: ¡Oh Maria, Madre de Jesucristo y Madre Nuestra, te ofrecemos nuestras cruces al igual que permaneciste junto a la Cruz de tu Hijo! ¡Te pido sostengas nuestra fe para que nunca apartemos la mirada del rostro de Cristo en quien, durante su sufrimiento en la Cruz, la cruz se hizo patente el amor inmenso de Dios! ¡Madre de la esperanza, danos un corazón capaz de amar sirviendo en medio de las dificultades! ¡Santísima Virgen de Dolores, ruega por nosotros!

Por mi murió, cantamos hoy:

Pensar y vivir en clave de eternidad

Me decía el otro día un antropólogo que en algunos países africanos la vida más larga no alcanza de media los cuarenta años. Yo veo a mi abuela que con sus noventa y seis años como alarga su estancia en esta tierra con la alegría del primer día. Pero ¿qué son estos cuarenta o casi cien años comparados con la eternidad? Lo cierto es que muchas veces me olvido de esto pero debería valorar mi vida actual a la luz de la eternidad futura. Una vida de duración sin fin. Para siempre.
Lo cierto es que estamos a las puertas de la eternidad… desde el mismo día de nuestro nacimiento y cuanto menos lo pensemos, cuando menos lo esperemos, llegará la hora en la que debo estar alerta. Y ese día no habrá tiempo de rectificar. El tiempo corre, corre y corre. Y se va. Por eso hay que vivir santamente para la eternidad, sentir para la eternidad, trabajar para el eternidad, amar para la eternidad, sembrar para la eternidad, estudiar para la eternidad, crear para la eternidad, perdonar para la eternidad, servir para la eternidad, pensar para la eternidad, dejar la impronta para la eternidad, ser virtuoso para la eternidad, obrar para la eternidad, hablar para la eternidad… Todo con el fin de imprimir en mi alma y en mi corazón la imagen de Dios con el que voy a compartir la eternidad.

eternidad

¡Señor, ayúdame a valorar mi vida actual a la luz de la eternidad! ¡Sé, Señor, que estoy a las puertas de la eternidad y a veces me cuesta pensar en ella! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que mi corazón arda en deseos de eternidad, de elevar mi vida a la altura del cielo, amar las cosas eternas más que las cosas mundanas, desear ir a la casa del Padre! ¡Ayúdame Espíritu Santo a vivir para la eternidad siempre y en cada momento, echar aquí en la tierra la semilla que decida mi eternidad, regarla, cuidarla, y recoger sus frutos! ¡Ayúdame Espíritu Santo a que cada una de mis acciones estén pensadas para la eternidad! ¡Hazme Espíritu Santo consciente de que la llegar a la vida eterna depende de mí y ayúdame a estar preparado, a servir fielmente los mandatos del Señor que redundan siempre en mi beneficio! ¡Señor, me dices que si quiero entrar en la vida eterna guarde tus mandamientos, quiero ponerlos en práctica cada día! ¡Ayúdame Tú, con la fuerza de tu Espíritu y por intercesión de María de lograrlo cada día!

Mi guardián no duerme
, con la hermana Glenda:

Dios me otorga su propia vida

Ayer me planteaba que día recibí el bautismo. Tuve que recurrir a mi madre. La mayoría de las personas no recordamos esta fecha en la que nos unimos a Cristo y nos convertimos en hijos adoptivos de Dios. Debería ser una fiesta grande, solemne, de nuestra vida. Un día para conmemorar. La adopción por Dios nada tiene que ver con la adopción humana. A diferencia de una persona que es adoptada por una familia que sólo cambia su estatus legal pero no varía la profundidad de su ser, el ser adoptado por Dios permite una transformación profunda, íntima y personal de la propia vida. Dios me otorga su propia vida divina. Me coloca el día del bautismo en mi interior el germen de la vida eterna que se vivirá en plenitud en el cielo.
El amor y la vida del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son los dones gratuitos que nos ofrece Dios a los nacidos del agua y del Espíritu. Como bautizado puedo escuchar esa voz que un día clamó en las orillas del río Jordán: «Tú eres mi hijo amado, en ti tengo toda mi complacencia». Siendo así ¿como vivo como bautizado mi unión con Dios, mi Padre, en la oración y en la vida cotidiana? ¿Fortalezco y hago fructificar a lo largo de mi vida la semilla de la fe que he recibido en el bautismo? ¿Soy consciente de que ya no me pertenezco a mí mismo sino a Cristo que murió y resucitó por mi? ¿Interiorizo que debo servir más y mejor a los demás para vivir la auténtica comunión eclesial y cumplir con obediencia y amor las enseñanzas de la Iglesia y defender la fe? ¿Soy consciente de que una vez incorporado en el «Cuerpo de Cristo», tengo la misión de «confesar a Cristo» y mostrar con mi vida, mis gestos y mis palabras que «Cristo ha muerto y resucitado» por el hombre?
El bautismo me imprime un sello espiritual, un carácter que me asemeja a Cristo y me hace perteneciente a Dios. Ahora que conozco el día de mi bautismo no solo rezaré ese día dando gracias a Dios sino que cada día me comprometeré a responder a esas preguntas poniéndolas en práctica como testimonio de mi fe.

bautismo

¡Gracias, Señor, por el sacramento del bautismo que me convierte en hijo tuyo por medio del agua que riega y fecunda con tu gracia y por el Espíritu que enriquece con tu vida hasta hacer que seas tú quien vive en mí y que tu amor me posea para siempre! ¡Gracias Jesús por la fe que me han transmitido mis padres y mis abuelos! ¡Enséñame a conservar sin mancha tu misma vida hasta la vida eterna! ¡Señor, deseo llevar con dignidad la ficha de ser hijo tuyo, hijo amado! ¡Quiero sentirme miembros activo y corresponsable de tu Iglesia! ¡Ayúdame a activar mi bautismo, a tomarlo en serio, a realizar la misión que me has encomendado de servir, de amar, de anunciar y construir el Reino! ¡Quiero ser tu discípulo y compañero de viaje, pues ya lo soy desde el día de mi bautismo, renovado y sellado por la gracia del Espíritu Santo! ¡Desde el día de mi bautismo, al igual que tu, estoy lleno del Espíritu Santo, llamado a servir a Dios y a mis hermanos y recibir el poder de vivir como hijo tuyo, como hijo del único Padre! ¡Te quiero, Padre, quiero corresponder a tu amor y misericordia!

Cantata BWV 30 para el nacimiento de Juan el Bautista de J. S. Bach:

La dulzura en toda su perfección

Hoy celebramos el Dulce nombre de María. Dulce. Así es la Virgen. Dulce en su porte, sus gestos, sus palabras, su mirada, sus sonrisas, sus virtudes, sus formas, sus sentimientos. Dulces y suaves, tiernos y encantadores. La dulzura se fundamenta en la bondad del corazón que derrama sobre nuestras acciones una hermosura delicada. ¡Si así es pretendidamente en nosotros cómo no será en María!
Existen en el mundo dulzuras recubiertas de falsedad: la hipocresía, la naturalidad fingida, la amabilidad interesada, el elogio recubierto de envidia, el interés ocasional por momentos que nos motivan o con ciertas personas… ¿Los reconozco?
No era así María. Cuando uno quiere imaginarse la dulzura en toda su perfección tiene a la Virgen como ejemplo. Toda su vida transpira dulzura. Meditando las escenas de su vida comprendes que es modelo de humilde dulzura: la Anunciación, la visitación, el viaje a Belén, el nacimiento del niño Dios, las bodas de Caná, la Pasión, los momentos al pie de la Cruz, la sepultura, la Resurrección… Momentos impregnados de dulzura divina en su corazón.
Dulce es el nombre de María porque dulce es su vida. Dulce porque toda su dulzura se imprime en nuestra vida.
Le digo hoy a María que es para mi «vida, dulzura y esperanza» lo que me invita a tratar de vivir con sencillez y humildad la virtud de la dulzura —impregnada de una caridad auténtica— en cada uno de los gestos y palabras de mi vida por amor a Dios y a los demás a imitación de María.
Y cuando por las circunstancias de la vida mis actitudes, mi carácter, mis palabras, se conviertan en algo agrio, duro, despreciativo, desagradable, falto de calidad… que me acuerde siempre de mirar la experiencia de María porque es en Ella donde está la verdadera dulzura, la santidad auténtica, la bondad más pura.
Es con la dulzura como el hombre puede transformar el corazón de otro hombre. ¿Me aplico?

La dulzura de María

¡Qué bello y dulce es tu nombre, María! ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! ¡Pronuncio tu dulce nombre, Señora, y mi corazón se llena de gozo y de confianza y experimento una gran dulzura al pronunciarlo y resuena como algo nuevo lleno de amor, esperanza y misericordia! ¡Me dirijo a Ti y solo con pronunciar tu nombre siento tu amabilidad, tu amor de Madre, tu generosidad y tu dulzura! ¡Tu nombre es el reflejo de tu dulzura! ¡Te pido Madre que me llenes de la santa dulzura para que mi vida se envuelva con la virtud de la humildad, la que más te caracterizó a Ti a Jesús! ¡María, Madre, tu conoces todas mis debilidades… sin tu ayuda me será difícil revestir mi alma de las virtudes que a Ti te caracterizaron! ¡Que con sólo pronunciar tu nombre, María, tu amor me recuerde que debo dirigirme a Ti a cada instante de mi vida! ¡Dame María la sencillez de trato, a amabilidad entregada, el sentir dulce, el hablar humilde, la bondad de corazón, la entrega generosa…! ¡En este día que invoco tu dulce nombre te encomiendo a Dios, a través de tu intercesión, las necesidades de la iglesia! ¡Bajo tu amparo me acojo, Santa Madre de Dios; no deseches las oraciones que te dirijo en mis necesidades, antes bien líbrame de todo peligro, oh Virgen dulce, gloriosa y bendita!

La fe de la María, cantamos hoy en honor de la Virgen con esta bella canción:

El recurso de la queja

Hay días que las cosas son tan complicadas que el único recurso que parece que queda es la queja. Y en otros la queja es un comodín a nuestro estado de ánimo. Uno se queja porque tiene frío o hace mucho calor. Porque es lunes o porque el domingo, el día de descanso, va a llover. Porque me duele la cabeza o se me ha estropeado el ordenador. Porque un funcionario ha demorado mi expediente o no me han entregado a tiempo una documentación. Por el retraso del autobús o porque alguien se ha comido el último yougur de fresa que me estaba reservando para merendar. Porque tengo muy mala suerte y todo me sale rematadamente mal…
Quejas amargas que no sólo amargan a los que uno tiene al lado sino que amargan también lo más profundo del corazón. Toda queja hiere el alma.
Cada vez que me quejo —y no son pocas las ocasiones— me olvido que tengo el ejemplo de Cristo, que no se quejaba nunca de nada. Sin embargo, con frecuencia obvio este detalle esencial de su vida. Como cuando unas turbas trataban de apedrearlo en la puerta del templo y Él, con toda la tranquilidad, con todo el sosiego de Su corazón, les formula esta pregunta: «con todas las cosas que hecho buenas, ¿por cuál de ellas me váis a apedrear?».
La queja más dramática podría haber venido cuando fue abofeteado por uno de los guardias de Anás poco antes de la Pasión, pero Jesús contesta serenamente: «si por alguna razón he hablado mal dime en qué, y si no ¿por qué me abofeteas?».
Y la mas terrible hubiera podido ocurrir en la Cruz. Allí, con los brazos extendidos, flagelado y vilipendiado, los escribas y los fariseos se burlan de un hombre indefenso cuyos labios amoratados sólo se abren para exclamar: «¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!».
Cada vez que me quejo me alejo un poco de Dios. Cada vez que mi boca pronuncia una palabra de queja me vuelvo ingrato con el Señor y la ingratitud, lamentablemente, es uno de los grandes enemigos del alma y ahuyenta de nuestro corazón las virtudes de la humildad y la sencillez.
Muchas veces pienso que estas quejas cotidianas son las que más me alejan de la santidad porque los santos son aquellos que dan gracias a Dios incluso por las cruces que el Señor les manda cada día. ¡Cuánto me cuesta a mí mostrar mi gratitud a Dios con mis palabras, con mis pensamientos, con mis actos, y sirviéndome de sus dones para manifestarle mi amor, mi confianza y mi fidelidad!

la queja constante

¡Señor, perdona cada vez que me quejo porque contradice tu bondad conmigo! ¡Tu me muestras el camino y la disposición de Jesús aceptar las limitaciones, humilde sumisión, su vida perfecta, como no se quejó nunca por nada! ¡señor, si yo me acordara de todo lo que tú has hecho por mí —tu amor, tu perdón, la vida, mi familia, mis cualidades…— no me quejaría nunca viviría a la luz de la verdad! ¡Dios mío, tú esperas que sea siempre paciente en los tiempos de prueba y de dificultad, que no me queje, que crea en ti, que sea capaz de comprender que tu velas por mis intereses! ¡Cada vez que me quejo demuestro que no creo que tú puedes ayudarme que el Espíritu Santo actúa en mi vida! ¡Dios mío, yo digo siempre que tú eres lo más importante para mí pero debería demostrártelo en la manera en que vivo! ¡La Biblia dice que debo vivir por la fe y esto no significa que en mi vida no surjan los problemas pero tú me has prometido toda clase de bendiciones por eso me enseñas a creer en tus promesas y a no quejarme jamás! ¡Señor, no puedo decir que se haga tu voluntad y esperar que se haga la mía, no puedo decir que tengo confianza en la oración y quejarme cuando no recibo lo que te pido o las cosas no salen como a mí me gustarían! ¡Perdona cuando en mi vida la queja es permanente porque mi mente se ocupa en pensar en otras cosas y no en Ti y en tu Palabra y además me hace inútil en el servicio a los demás!

Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado: