Salve, Reina de la Misericordia

En este día que concluye el mes del Rosario pongo mis manos en María, Reina de la Misericordia. El mes de octubre ha volado y con él los días nos han dejado un encuentro con María a través de la contemplación de los misterios del Rosario. Coincide este mes con el fin del Año Santo de la Misericordia convocado por el Santo Padre y eso me invita a meditar sobre la gran misericordia que surge de la Virgen María.
Misericordia que se encuentra representada en sus manos siempre plegadas en oración, colocadas amorosamente en su pecho, como ocurría en los momentos de oración o cuando recibió aquella gran noticia de la Encarnación y su corazón dio el «Hágase» más generoso y hermoso de la Historia o cuando acoge con sus manos abiertas nuestras plegarias para elevarlas al Padre. Manos abiertas y un «Hágase» que nos enseñan que hay que cumplir siempre la voluntad de Dios y no la nuestra, repleta de mezquindad, egoísmo, «yoísmo» y falta de caridad.
Misericordia que se muestra también en ese ponerse en camino, cuando la Virgen se dirige hacia la pequeña aldea donde vivía su prima santa Isabel que nos demuestra que hay que servir siempre, para ir al encuentro del que lo necesita, para ser apóstoles de la caridad y la entrega. En esto consiste en gran parte el Año de la Misericordia, vivir la caridad desde el desprendimiento, desde el silencio del corazón, desde la entrega desinteresada, desde el compromiso cristiano, desde el servir a cambio de nada y no quedarse parado pensando en las propias cosas, en las propias necesidades, en el propio relativismo, en el egoísmo de pensar que lo de uno es lo único importante.
Misericordia de María que emerge de lo más íntimo del corazón, mostrando sensibilidad por los problemas ajenos, como ocurrió en aquellas bodas de Caná cuando de los labios de la Virgen surgió aquella frase tan directa: «Haced lo que Él os diga». Una frase que ayuda a comprender que nuestra fe tiene que ser una fe firme, sustentada en la confianza en Dios, que no se desmorone cuando nuestras peticiones no parecen ser escuchadas o cuando el Señor no nos concede aquello que voluntariosamente le pedimos.
Misericordia de María que tiene en la oración su máxima expresión para meditar desde lo más profundo de su corazón y de su alma todo aquello que venía de Dios. Éste es uno de los puntos clave de su misericordia porque ella conservaba todas las cosas en su corazón, para comprender los misterios de Dios en su vida, para dejarlo todo en sus manos y no en las suyas, para poner sus fuerzas en las manos de Dios y no en la voluntad propia, para fiarse de los designios del Padre y no en su propia inteligencia, para dejar que sea él quien lleve las riendas de nuestra vida y no nuestra propia voluntad. Oración para meditar, para profundizar, para comprender, para sentir, para disfrutar y para que el eco de la Palabra de Dios resuene fuerte y decidido como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda y se pueda repetir con confianza y sin descanso: «Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eternos».

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¡Dichosa eres, María, Reina de la misericordia, dichosa te llaman todas las generaciones! ¡Te damos gracias por tu infinita misericordia y por tantos signos de tu presencia en mi pequeña vida! ¡Tú eres, María, el signo vivo de la misericordia! ¡Quiero aprender de ti, María, a ser más cercano a los humildes y a los que necesitan de la misericordia, hacer contigo el camino para revestir mis actos de amor y generosidad, para asumir con alegría mi desempeño misionero en el entorno en el que me muevo y compartir con todos la alegría de Dios! ¡Quiero experimentar contigo la misericordia divina, tu que acogiste en tu seno la fuente misma de esta misericordia: Jesucristo; que viviste siempre íntimamente unida a Él y sabes mejor que nadie lo que Él quiere: que todos los hombres se salven, que a ninguna persona le falte nunca la ternura y el consuelo de Dios! ¡María, eres Madre del perdón en el amor, y del amor en el perdón, ayúdame a perdonar siempre como perdonaste a Pedro cuando negó a Jesús, o a Judas el traidor o a los que crucificaron a Cristo y acudiste al Padre para repetir con tu Hijo: “Padre, perdónalos…”! ¡María tu me ofreces la Misericordia de Tu Hijo y me diriges hacia Él por medio del rezo del Rosario, por la confesión y la Eucaristía! ¡María, Madre de misericordia, de dulzura y de ternura, gracias por tu compañía, ayuda, mirada y compasión!

Salve, María, Madre de Misericordia:

 

La dicha de la comunión

Una de las cosas más hermosas con las que puedo disfrutar cada día es la comunión. No hay nada más intenso en mi vida que ese momento. Es como permanecer arrodillado a los pies de Cristo. Y esos cinco, diez, quince… minutos en los que permanezco en la iglesia después de la comunión mi alma se siente íntimamente unida a la de Jesús. Son momentos de una intimidad impresionante en la que tienes el gozo de poder contemplar a Cristo como muy probablemente lo estarán haciendo en el cielo todos aquellos que han llegado a la dicha de la eternidad.
Te encuentras en actitud abierta sentado en el banco o agazapado en el reclinatorio y todo lo terrenal, todas aquellas preocupaciones que te embargan, desaparecen ante el gozo inmenso de tener a Cristo en tu interior. Y te sientes feliz de poder decirle al Señor: «Gracias, por estar en mi interior», «¡Aquí me tienes, Señor!»…
Son instantes de gozo que permiten concentrar toda la atención única y exclusivamente en aquel que se ha transfigurado para estar cerca de uno. Me viene a la mente la figura de aquel ciego, que en el camino de Jericó, oyendo a la muchedumbre seguir al Señor, aprovechando que pasaba a su vera, aún sin poderle ver, le llama y le pide que se acerque a él. Esa llamada es una llamada de transformación interior. Aquel ciego de Jericó estaba perdido pero, en su sencillez, fue capaz de llamar al Cristo que pasaba. No sabemos, porque no lo dice el Evangelio, que se hizo de él. Pero seguro que en su alma, en lo más profundo de su alma, el Maestro debió permanecer toda su vida. Por eso, después de la comunión, siempre le puedes decir al Señor que antes de comulgar has afirmado «que no soy digno de que entres en mi casa, pero ahora estás aquí, en tu casa, porque mi alma es tuya y te pertenece y puedes hacer de ella todo lo que quieras».

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Hoy, en lugar de la oración personal que habitualmente acompaña a la meditación, comparto esta hermosa oración universal del Papa Clemente IX que, por su belleza y profundidad, nos pueden ayudar a orar después de la comunión:
«Creo en Ti, Señor, pero ayúdame a creer con más firmeza; espero en Ti, pero ayúdame a esperar con más confianza; te amo, Señor, pero ayúdame a amarte más ardientemente; estoy arrepentido, pero ayúdame a tener mayor dolor.
Te adoro, Señor, porque eres mi creador y te anhelo porque eres mi último fin; te alabo porque no te cansas de hacerme el bien y me refugio en Ti, porque eres mi protector.
Que tu sabiduría, Señor, me dirija y tu justicia me reprima; que tu misericordia me consuele y tu poder me defienda.
Te ofrezco, Señor mis pensamientos, para que se dirijan a Ti; te ofrezco mis palabras, para que hablen de Ti; te ofrezco mis obras, para que todo lo haga por Ti; te ofrezco mis penas, para que las sufra por Ti.
Todo aquello que quieres Tú, Señor, lo quiero yo, precisamente porque lo quieres Tú, quiero como lo quieras Tú y durante todo el tiempo que lo quieras Tú.
Te pido, Señor, que ilumines mi entendimiento, que inflames mi voluntad, que purifiques mi corazón y santifiques mi alma.
Ayúdame a apartarme de mis pasadas iniquidades, a rechazar las tentaciones futuras, a vencer mis inclinaciones al mal y a cultivar las virtudes necesarias.
Concédeme, Dios de bondad, amor a Ti, celo por el prójimo, y desprecio a lo mundano.
Dame tu gracia para ser obediente con mis superiores, ser comprensivo con mis inferiores, saber aconsejar a mis amigos y perdonar a mis enemigos.
Que venza la sensualidad con mortificación, con generosidad la avaricia, con bondad la ira; con fervor la tibieza.
Que sepa tener prudencia, Señor, al aconsejar, valor frente a los peligros, paciencia en las dificultades, humildad en la prosperidad
Concédeme, Señor, atención al orar, sobriedad al comer, responsabilidad en mi trabajo y firmeza en mis propósitos.
Ayúdame a conservar la pureza de alma, a ser modesto en mis actitudes, ejemplar en mis conversaciones y a llevar una vida ordenada.
Concédeme tu ayuda para dominar mis instintos, para fomentar en mí tu vida de gracia, para cumplir tus mandamientos y obtener la salvación.
Enséñame, Señor, a comprender la pequeñez de lo terreno, la grandeza de lo divino, la brevedad de esta vida y la eternidad de la futura.
Concédeme, Señor, una buena preparación para la muerte y un santo temor al juicio, para librarme del infierno y alcanzar el paraíso.
Por Cristo nuestro Señor. Amén».

«Eucaristía, milagro de amor», cantamos hoy:

En las manos de María

Último fin de semana de octubre, mes el Rosario, con María en nuestro corazón. Hay semanas que el esfuerzo de tu trabajo no rinde y el ánimo flaquea. Antes de desfallecer mejor cogerse a las manos santas, suaves y tiernas de María, ejemplo de sacrificio y mujer trabajadora. Manos de una mujer de su hogar que lo dio todo por su familia. Que no se quejaba por el sobre esfuerzo de la jornada aunque ésta se prorrogara hasta altas horas de la noche. Manos que amasaban el pan cotidiano, que pelaba las patatas, que zurcían las ropas rasgadas de los hombres de la casa, que lavaban los vestidos en el agua fría del lavandero de Nazaret, que limpiaban el polvo de la casa, que ayudaba a trasladar las maderas del taller de José… manos siempre dispuestas al esfuerzo del trabajo.
Contemplo a María, que no debió tener ni un minuto de su vida para cuidar sus manos, y comprendo cuántas veces pierdo el tiempo quejándome porque no me rinde el trabajo, preocupándome sólo de lo mío, sin santificar las pequeñas y grandes cosas de la jornada de la que dependen tantas alegrías y la ventura y el bienestar de mi familia, de las personas con las que trabajo, en la comunidad, en el grupo de oración. ¡De tantas cosas!
Por eso, cuando el ánimo decae y las fuerzas merman, hay que agarrarse a las manos de María, esas manos delicadas y consoladoras que te llevan al mismo Dios, que con su delicada finura, están siempre abiertas a acoger las preocupaciones de sus hijos. Manos que en su vida terrena limpiaban las cosas sucias de la casa y ahora blanquean la suciedad del corazón humano.
En esas manos siempre dispuestas y entregadas pongo los decaimientos de mi vida porque esas manos han estado siempre abiertas, antes en Nazaret y ahora desde el cielo, a acoger la debilidad y los problemas de los hombres, las preocupaciones de los marginados, el agotamiento de los enfermos, las esperanzas de los desesperanzados.
Las manos de María, siempre discretas y prudentes, reservadas y generosas, calladas y desprendidas, son fuente de gracia divina para quien se agarra a ellas. Son manos que abiertas en oración han dado siempre gloria y alabanza a Dios para que sea el Padre quien derrame su gracia sobre los hombres.
Miro ahora mis manos pequeñas. Las abro y vuelco hacia arriba las palmas para, brevemente, contemplar que uso cotidiano les doy cada día. Qué manchas esconden. Qué esfuerzos realizan. Qué obras de caridad hacen. Qué obras de misericordia llevan a cabo. Qué limpias están de pecado. Cuánto amor reparten. Cuanto gloria a Dios transmiten. A qué otras manos consuelan. Cuantos denarios reparten. Cuantos frutos generan. Qué honestidad transpiran. Cuántas veces prefiero llevarlas limpias antes de «ensuciármelas» por servicio al prójimo, para llevar a término mis responsabilidades o para ser un auténtico cristiano. Es preferible tener las manos sucias que tener indecorosa la conciencia.
De la Virgen María siempre se aprende. Y de su mano, ¡qué sosiego se siente y cuánta fecundidad le puedo dar a mi vida!

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¡Virgen María, junto mis manos para orar contigo, para buscar tu protección materna! ¡Junto mis manos en oración contigo para hacer siempre la voluntad de Tu Hijo! ¡Junto mis manos en oración contigo para pedirte tu intercesión en tantas cosas que Tú sabes que necesito! ¡María, uno mis manos para junto a las tuyas, que acunaron al Hijo de Dios en Belén, sea capaz de arrullar con las mías a todos aquellos sencillos que buscan mi consuelo y mi oración! ¡Virgen María, uno mis manos a las tuyas en oración, para al igual que tu saludaste a los novios en las Bodas de Caná, sea yo capaz de ser amable con todos los que me rodean! ¡Virgen María, junto mis manos para orar contigo, y siguiendo tu ejemplo de servicio que sea capaz de servir siempre con humildad y sencillez a los demás a imitación tuya! ¡Virgen María, uno mis manos a las tuyas para orar contigo, y al igual que tus manos mecieron el cabello del cuerpo inerte Jesús al bajarlo del madero, que sea capaz de mecer los de los más necesitados de la sociedad! ¡Virgen María, tus manos son milagrosas; haz el milagro de transformar por completo mi vida! ¡María, tus manos pasan las cuentas del Rosario, que cada misterio sea para mí un encuentro cotidiano contigo y con tu Hijo! ¡Manos orantes de María, me uno a ti para pedirte por mi santidad, por mi alegría cristiana, por mi entrega auténtica, para no quejarme nunca y ser un verdadero hijo de Tu Hijo!

Levanto mis manos, aunque no tenga fuerzas, cantamos hoy con Jesús Adrián Romero:

Lamentarse de las cruces cotidianas

La vida es como una fotografía, un dibujo, toma forma poco a poco con borrones y tachaduras, cuando nos ponemos en camino, y solo al final comprendemos que cada trama ha ido dado forma a nuestros pasos. Por eso es triste cuando peregrinamos espiritualmente por la vida con una actitud pasiva, despreocupada, sin ilusiones ni compromisos. Desde los inicios, los cristianos estamos llamados a caminar, a dar luz a nuestros pasos. Cuando Dios llamó a Abraham no pretendía que quedara vinculado a sus raíces. Todo lo contrario, esperaba de él que rompiera su seguridad, su arraigo a lo que para él era certero y que se pusiera en camino hacia una tierra desconocida. ¡Una tierra desconocida! Y desde Abraham, Dios nos desafía a que dejemos de lado nuestras falsas seguridades para caminar por nosotros mismos. El Señor no nos quiere como cristianos pasivos sino como gentes llenas de dinamismo, de activismo alegre, responsables y comprometidos. En el seguimiento a Cristo estamos llamados a ser cristianos afanosos, que nos levantemos y caminemos, con la propia voluntad y con nuestros propios pies.
¡Pero tantas veces preferimos detenernos y aminorar la marcha! ¡Queremos seguir a Cristo pero no podemos! Y no podemos ¡por qué en apariencia nos lo impiden nuestras dificultades económicas, nuestros problemas en el matrimonio, las dificultades con nuestros hijos, la pobreza económica, la falta de trabajo, la tibieza de nuestra vida…! En definitiva, los mil problemas que atenazan nuestra vida. Las cruces cotidianas, esas que cada uno lleva, se convierten en la excusa perfecta para aminar la marcha. Son cruces con rostro propio que sirven de justificación para detenernos, para lamentarnos por nuestros problemas y sufrimientos y quedarnos sentados en la cuneta del camino. ¿Aprueba el Señor esta actitud? Jesús no quiere que nadie esconda su cruz entre las zarzas del camino. No desea que nadie baje los brazos y se escabulla con la excusa de que el sufrimiento hace mella en su vida, compadeciéndose de las desgracias, dejando de buscar la verdad, con pretextos para dejar de amar. ¡Claro que Cristo es consciente de que en nuestra vida las cruces son muchas y muy dolorosas! De eso Él sabe más que nosotros pues su amor es tan grande que padeció por nosotros con una muerte de cruz.
Renunciar al peso de nuestra cruz o convertirla en una excusa implica buscar la salvación por medio de bienes que no perduran nunca, que forman parte de lo efímero de la vida; sin embargo, aceptar la cruz, pero no de una forma pasiva sino para emprender el camino, implica darse, perder para obtener una ganancia superior que tienen más que la vida misma.

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¡Jesús, amigo, hermano, maestro, gracias por recordarme cada día que el único camino auténtico para alcanzar la santidad es el de la cruz! ¡Señor, por la cruz y desde la cruz me muestras el itinerario para alcanzar la santidad! ¡Ayúdame, después de este rato de oración, a cargar mi cruz con convicción, amor y esperanza y comprender que todo lo que sucede en mi vida es una muestra amorosa de la predilección que sientes por mí!

La muerte no es el final

Me maravilla como el espíritu de Cristo provoca milagros en el corazón del hombre de fe y del que no la tiene. Acompaño hasta su casa a un hombre maduro de mi parroquia, saliendo de un encuentro de oración. Me cuenta cómo su hija universitaria, a consecuencia de una leucemia, fue debilitándose paulatinamente. Luchó con la fortaleza de la juventud hasta que, un año y medio más tarde, su frágil cuerpo no pudo aguantar la enfermedad. María murió en los brazos de sus padres y de la Virgen. Lo hizo con una gran paz interior, aceptando su sufrimiento como un camino de amor y de preparación para la vida eterna.
Embargado por la emoción, el padre me cuenta que momentos antes de su muerte, junto a su mujer y sus otras dos hijas, con el corazón roto pero lleno de paz y de gozo, sostenidos por una fe inquebrantable, cantaron a María el «Magnificat». Daban gracias a la Madre y al Dios de bondad el regalo de aquella hija y hermana. Dieron gracias a Dios por los veintitrés años que habían compartido juntos, por sus experiencias, por lo que habían aprendido de ella, por la gracia de la enfermedad que les había unido a todos en lo humano y en lo espiritual y les había permitido crecer en la fe.
La muerte de esta joven podemos verla a la luz humana como una injusticia pero en los planes de Dios hay que vivirla al ritmo pausado de la sabiduría del Evangelio. La fe en Cristo es más poderosa que la muerte. La enfermedad de María, me cuenta su padre, fue un fogonazo de confianza en su amor y su misericordia. Un tiempo en que su ternura permitió un camino de dolor y de silencio pero también de vida. El hombre es figura moldeada por sus manos. Aquella joven en la flor de su juventud fue un testimonio. Fue fruto de la fe verdadera en un Cristo arraigado en el corazón de una familia cristiana. María no ha dejado un vacío en ellos. Ella está muy presente cada día en el seno de esta familia que, al amparo del testimonio de su hija, tratan de crecer humana y espiritualmente. «Gracias, Dios mío, por la fe y porque tu eres el Dios de la vida». Es una letanía que este hombre repite cada día. Ha perdido terrenalmente una hija pero la ha ganado en el cielo donde en la contemplación de Dios, vela por ellos cada día. Y todos sienten que, a través de ella, han llegado muchas gracias inesperadas a la familia.

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¡Señor, hoy te quiero pedir por todas aquellas personas que han perdido un ser querido y que sufren la tristeza de una muerte próxima, compadécete de ellos! ¡Ante la muerte de Lázaro tu exclamaste, Señor, «Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.», haz Señor que veamos siempre la muerte como un camino hacia la eternidad! ¡Y cuando perdamos a un ser querido, Señor, que veamos que se cumple tu voluntad, que nos quede el consuelo y la esperanza de que lo recibes en el seno de tu gran misericordia! ¡Te ofrezco, Señor, mis pequeñas buenas obras y mis oraciones por todas las almas! ¡Durante tu vida, Señor, te compadeciste siempre por el sufrimiento de los hombres, te pido mires con amor y misericordia el alma de aquellas personas que han fallecido para que puedan gozar del descanso eterno! ¡Te pido, Señor, que nos levantes siempre para que podamos contemplar más allá, para que nuestra mirada pueda mirar la luz con mayor claridad y sentirnos más cerca de Ti y de todos aquellos seres queridos que ahora se encuentran contigo en el cielo! ¡Danos siempre la fortaleza, la serenidad y la fe para aceptar tu divino querer en el momento de la pérdida de un ser querido!

La muerte no es el final, meditamos hoy musicalmente:

Esas cosas que tanto me molestan

El individualismo —primo hermano del «ser» soberbio— se va impregnando cada vez más en nuestros corazones. En el seno de las familias. De la comunidad. De los ambientes laborales. De la vida social. Y aunque no nos damos cuenta las personas nos vamos acomodando a nuestro yo convirtiendo todo lo que nos rodea en secundario porque lo que nos interesa es lo nuestro.
Así, nos molesta mucho que organicen nuestro tiempo porque lo hemos programado para hacer otra actividad. Nos fastidia cuando queremos hacer las cosas a nuestra manera y tenemos que someternos a los dictados y a las sugerencias de otros que nos parecen menos valiosas que las nuestras. Nos produce un profundo malestar cuando alguien habla de cosas que desconoce o de las que no tiene el más mínimo conocimiento porque nosotros si sabemos de lo que hablamos. Nos provoca una profunda desazón cuando nos cambian de improviso los planes o no podemos controlar las cosas o las situaciones. Nos descorazona cuando nuestro orgullo y amor propio queda herido. Juzgamos a este y aquel por lo que hace, dice y piensa que tanto difiere de nuestra manera de hacer, decir y pensar.
En definitiva, si las cosas no son como yo las quiero, las he pensado, las tengo organizadas o las digo me siento molesto. Y ahí surge el orgullo que nos acompaña.
Estas situaciones son tan comunes en nuestra vida que uno se plantea si realmente se producen porque uno no es capaz de amar con esa fuerza y esa plenitud que tiene el amor cristiano. Cuando esto sucede lo más conveniente es pedirle al Espíritu Santo luz para que derrame sobre nosotros la gracia de su amor, la sabiduría y la inteligencia para llenar y transformar nuestro corazón y convertirnos en auténticos apóstoles del amor de Dios. Con esta perspectiva es mucho más sencillo tener paz en el corazón y ver las cosas ajenas con una perspectiva diferente, con mayor sencillez y humildad. A la luz del Espíritu lo que nos molesta de los demás se puede convertir en un mirarnos a nosotros mismos y comprender que el egoísmo nos ciega y nos limita el horizonte de los demás; la humildad es la que abre el camino a la caridad en detalles sencillos, prácticos y concretos de entrega y de servicio.
La soberbia infecta por completo cualquier esfera de la vida. Es como un cáncer interior. Donde se pasea un soberbio todo acaba finalmente malherido: la familia, los círculos de amistad, el ambiente laboral, la comunidad parroquial…
Le pido hoy al Señor que me permita ser siempre una persona humilde que cuando observe algo malo en mi vida sea capaz de corregirlo por mucho dolor interior que produzca. No ser alguien soberbio porque quien lo es no acepta nunca o no es capaz de ver los defectos personales y siempre magnifica los ajenos. ¡Que sea, Señor, capaz de seguirte e imitarte siempre y poner un candado a la soberbia para que no entre en mi corazón!

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¡Que sea, Señor, capaz de seguirte e imitarte siempre! ¡Ayúdame a olvidarme de mi mismo, a que todo gire en torno a mí, ya sé que es difícil alcanzar este nivel, porque casi siempre vivo pensando en mí mismo, dándole vueltas a todos esos problemas que jalonan mi vida! ¡Tú, Señor, puedes ayudarme, para que no le no coja regusto a las lamentaciones de mis sufrimientos! ¡Que sea, Señor, capaz de seguirte e imitarte siempre! ¡Señor, ayúdame a superar el pensar demasiado en mi mismo, a darle demasiada importancia a los problemas, a relativizar las cosas y a darles su justo grado! ¡Que sea, Señor, capaz de seguirte e imitarte siempre! ¡Ayúdame a darme siempre para vivir la caridad y vivir de amor y superar el yo como eje de todos mis pensamientos! ¡Señor, examina mi corazón y revélame cualquier orgullo que se albergue allí para que ningún pecado me interfiera en mi relación contigo y con los demás, para que el orgullo o la soberbia lo endurezcan más! ¡Ayúdame a conocerme mejor y muéstrame siempre el camino de la humildad que, en definitiva, es el camino de la verdad! ¡Hazme ver, Señor, mis pecados y ayúdame a valorar siempre lo bueno de los demás y a valorarlo para mejorar cada día!

«Hazme como Tú, Jesús» es nuestra canción de hoy:

Todo a su diositiempo

Dificultades siempre encontraremos en nuestro caminar aunque para cada dificultad hay siempre una solución.
Problemas siempre encontraremos aunque cada problema siempre pueda ser resuelto.
Incertidumbres siempre encontraremos en el camino aunque cada incertidumbre siempre puede ser aclarada.
Incomprensión siempre encontraremos aunque cada incomprensión podamos siempre revertirla.
Las dudas siempre existirán aunque cada duda siempre tendrá una respuesta clarificadora.
Las ofensas siempre las encontraremos aunque cada ofensa puede ser mitigada por el perdón.
Los menosprecios siempre existirán aunque cada menosprecio puede ser superado con un chispazo de reconciliación.
Dificultades, problemas, incertidumbres, incomprensión, dudas, ofensas, menosprecios… todas estas situaciones las encontraremos en algún momento en nuestra vida y todas tienen su tiempo y su momento para ser solventadas. Para ello, es muy importante poner a Cristo en el centro porque Él es el único dueño del tiempo. Todo se cumple siempre según el tiempo y la voluntad de Dios. Así que poniéndolo todo en sus manos, en el silencio y en la claridad de la oración, uno encuentra esa respuesta que sólo Él puede ofrecer.
Es la confianza en Dios la que abre horizontes, la que permite vivir en la esperanza, la que nos hace conscientes de que el tiempo está siempre en sus manos y que todo lo que nos ocurra es para nuestro bien.

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¡Señor, sabes que son muchos los momentos en los que la incertidumbre atenaza mi vida, que los problemas se me presentan de manera inesperada, que las dificultades me hacen perder la serenidad, que las dudas me impiden ver con claridad, y que todas estas situaciones no me permiten pensar con claridad y encontrar las soluciones adecuadas! ¡Señor, ayúdame a ponerlo todo siempre en tus manos, en el silencio de la oración, para ganar la calma y vivir estos momentos con la máxima lucidez para que escuchándote a ti en lo más profundo de mi interior sepa tomar las decisiones más acertadas! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para gozar de la sabiduría necesaria y saber discernir en cada momento cuál es la decisión más acertada que debo adoptar! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me otorgue la fortaleza necesaria para no desesperar nunca!  ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que sea capaz de comprender que eres el que siempre guía mis pasos y que todo lo que yo haga estará siempre apoyado por ti que me acompañas, me proteges y colocas tu mano poderosa para enderezar mi vida! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que sea capaz de aceptar todas las dificultades clamando siempre «Padre que se haga tu voluntad y no la mía»! ¡María, Madre del Salvador, permíteme ponerme en tu regazo para sentirme protegido por Ti, que eres una Madre que me ama! ¡Señor, gracias te doy por hacerme comprender que todo está en tus manos que calman todas mis angustias y me hacen sentirme en paz!

Hoy nos deleitamos con la Meditación para cuarteto de cuerdas del compositor belga Guilleume Lekeu:

 

¿Ser santo? ¡Hágase!

Santos somos todos los cristianos, pero esta expresión se ha atenuado tanto que para la mayoría de la gente ha perdido su significado auténtico. Sin embargo, Cristo les da a sus apóstoles y a toda la comunidad cristiana un mandamiento específico: que seamos santos, perfectos, comportándonos dignamente de acuerdo con nuestra vocación. Y esta llamada es una invitación interior del Espíritu Santo que, por medio de su gracia, nos renueva constantemente para comprometernos con mayor fidelidad ante las múltiples dificultades que se nos presenta cada día.
Como la santidad es lo que me identifica como Hijo de Dios y como coheredero del reino de Cristo, ser santo es sujetarse a Su voluntad, agradarle en todo, servirle con el corazón abierto, ofrecerse uno mismo como sacrificio auténtico para agradarle siempre. Es la marca que me distingue del mundo.
Por tanto para ser santo no es necesario hacer grandes obras, ni grandes esfuerzos, ni grandes sacrificios. Para ser santo basta con vivir sencillamente y con humildad nuestro camino cotidiano a imitación de aquella joven de Nazaret de nombre María cuyo «¡Hágase!» derramó en ella el Señor toda su gracia. Y esto pasa por ponerse primero en oración, en presencia de Dios, y pedirle al Espíritu Santo que nos colme como nos llenó en el día de nuestro bautismo y, con el corazón profundamente transformado, nos cubra de su amor para poder siempre vivir y actuar santamente.
La santidad es una gracia, un don que se obtiene gratuitamente cuando el corazón está predispuesto a recibir y dar en consonancia con el «hágase» de aquella sirvienta de Dios. Un «hágase» que no busque mi propia satisfacción sino el servicio desinteresado. Un «hágase» que sólo busque abrir el corazón a Dios y a los demás. Un «hágase» para que se «haga en mi según tu palabra». Un «hágase» para, en la sencillez de mi corazón, sentir la alegría plena y la paz interior de ser santo, de sentirse lleno de la fuerza del Espíritu Santo porque le he permitido a Dios morar en el sagrario de mi corazón. Un «hágase» para convertirme en tabernáculo vivo en el que se hagan presentes todas las gracias y bendiciones divinas para llevarlas a los demás. Pero ese «hágase» requiere verter en la incineradora el egoísmo, las malas contestaciones, el mal carácter, la apatía, la pereza, la falta de amor y caridad, la soberbia, la autocomplacencia, la tibieza, la prepotencia, la avaricia, el orgullo… y tantos otros impedimentos que me dificultan crecer en santidad.

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¡Señor, gracias porque nos ofreces la oportunidad de ser santos! ¡Gracias, porque la santidad es un don gratuito tuyo que das a cada persona que lo anhela y lo busca con el corazón abierto! ¡Señor, hazme comprender que la santidad no es un premio que merezca por mis buenas obras sino porque tu divino amor me da la oportunidad de ser santo! ¡Haz que todas mis obras, Señor, nazcan de mi amor por ti y no para satisfacerme a mi mismo y ganarme el respeto de los demás! ¡Capacítame, Señor, a través del Espíritu Santo para que mi obrar sea auténticamente santo! ¡Lléname, Señor, de tu amor para que mi obrar esté fundamentado por este amor por mí! ¡Quiero acoger, Señor, el don de la santidad que surge de tu infinita misericordia! ¡Quiero ponerse siempre en tu presencia, Señor, para que tu acción santificante me llene siempre de Ti! ¡Ayúdame, Señor, a través de tu Espíritu para que en cada encuentro personal contigo en la oración y en los sacramentos se convierta ante todo en una oración que me capacite para ser tuyo, para vivir una caridad auténtica, un amor auténtico, un sacrificio auténtico por los demás! ¡Ayúdame, Señor, a entender que ser santo es vivir la sencillez de la vida! ¡Señor, te abro las puertas de mi pobre y humilde corazón para que entres en él, dispuesto a recibir tu gracia! ¡Ayúdame, Señor, a olvidarme de mi mismo, a apartar de mi vida el egoísmo y la soberbia, la tibieza y el orgullo, la avaricia y las malas intenciones! ¡Y al igual que hizo tu Madre, Señor, quiero exclamarte: «¡Hágase siempre en mi vida tu palabra y tu voluntad»! ¡María, Madre de Amor y Misericordia, no permitas que nunca me desvíe del camino de la santidad y ruego por mí que soy un pecador! ¡Ayúdame, María, a consagrarme al Señor y Dios!

Para ser santos, cantamos hoy con Jesed:

«Sal de tu tierra»

Este domingo la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las Misiones, sin duda la campaña más relevante para sensibilizar sobre su tarea misionera. Es una jornada universal para recordar, orar, rendir homenaje y colaborar en la actividad misionera de la Iglesia Católica. Honramos así el sacrificio personal y la renuncia que tantos miles de hombres y mujeres hacen cada día para llevar al mundo la luz y la alegría de la fe. El lema de este año es «Sal de tu tierra», extraída del Génesis, en el que se nos anima a todos a salir e ir al encuentro de nuestros hermanos en otros continentes para anunciarles el Evangelio.
«Sal de tu tierra». Recuerdo que hace unos años visité a un misionero amigo en el Chad, en una zona hostil y en guerra. Tenía a su cargo pequeñas aldeas en un radio de quinientos kilómetros cuadrados. Allí comprendí el verdadero sentido del amor y la misericordia. Durante quince días entendí el verdadero sentido del lema de este año «Sal de tu tierra»: es Dios quien pronuncia estas palabras para que vayamos por el mundo a proclamar el Evangelio. Ir más allá de uno mismo, de nuestro hogar, ciudad o pueblo, parroquia o diócesis… La vida de Santiago, misionero jesuita, hombre bondadoso donde los halla, era de una entrega total, llena de sacrificios y renuncias muchas renuncias, de alegrías y tristezas, de desafíos y obstáculos diarios para los que muchas veces no estaba preparado, para las pruebas más complejas, ganándose la confianza de la gente para llevarles en aquel remoto país el ideal de cualquier misionero: el amor que da la esperanza entre tanta pobreza.
Su «Sal de tu tierra» era un ponerse diariamente en camino por mero servicio y por una fe firme dejando en manos de la providencia sus habilidades y destrezas, sus cualidades y virtudes, sabedor de que Cristo caminaba cada día a su lado.
Su «Sal de tu tierra» estaba sustentada por la salazón de su amor por Cristo. Un enamoramiento sin condiciones. Visitabas con él las aldeas distantes en kilómetros y en horas de viaje y observabas la alegría en los rostros de aquellos que recibían a Santi con el encuentro del amigo y hermano. En aquellos lugares donde él hacía acto de presencia se respiraba vida, caridad… y esperanza. Mucha esperanza en la penuria de su pobre existencia.
Su «Sal de tu tierra» tenía como significado condimentar con amor el salirse de uno mismo para llevar a Cristo al prójimo necesitado. Santi, un apóstol del servicio como lo son los cientos de miles de misioneros y misioneras desperdigados por el mundo, se había dejado seducir por Dios y, con la fuerza de su convicción, seducía a muchos hacia la Iglesia sin condiciones ni concesiones. El Chad era su hogar, su familia, su esperanza, su camino de entrega a la Iglesia y a los demás. «Fíjate en cada uno de los rostros de los que nos vayamos encontrando en el camino, en cada uno de ellos me encuentro cada día con Cristo necesitado».
Su «Sal de tu tierra» eran los frutos callados de su labor incansable y entusiasta: pozos de agua, escuelas de agricultura, grupos de matrimonios, talleres para mujeres, grupos de catequesis, pequeños dispensarios médicos…
«Sal de tu tierra». Me siento profundamente unido hoy a tantos sacerdotes, religiosos, religiosas, y laicos enviados por la Iglesia a países donde aún no se conoce el Evangelio y donde promueven y llevan a cabo proyectos educativos, sanitarios y de promoción social para los pueblos más desfavorecidos de la tierra. ¡Gracias, Señor, por esta Iglesia universal que nos has dado!

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Rezamos hoy con esta oración que la Iglesia nos propone para la Jornada Mundial de las Misiones:

Señor, despiértame, llámame.
Sácame de mi mundo.
Que no me invente más historias
para justificar que no me muevo,
que no reacciono.
Que abra mi alma
a lugares que no sé dónde están,
a culturas que no conozco,
a seres humanos que me necesitan
casi tanto como yo a ellos.
Ponme en camino
hasta esas personas que me esperan,
porque sueñan con alguien
que pueda hablarles de Dios;
de un Dios bueno, compasivo, de verdad,
no como los dioses de los hombres.
Señor, dímelo también a mí:
«Sal de tu tierra».

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La Virgen María y los sacerdotes

Cuarto sábado del mes del Rosario con María en nuestro corazón. Me gusta rezar por los sacerdotes, las vocaciones sacerdotales, por todos aquellos hombres que entregan su vida al servicio de la iglesia y de la comunidad. Los sacerdotes son un beneficio para todos desde el punto de vista religioso, espiritual, humano y social. Son faros que iluminan a las almas para abrir horizontes de esperanza en el corazón del hombre. Pero hay algo muy hermoso en la figura del sacerdote y es que está muy unido a la imagen de nuestra madre, la Virgen.
Mientras María creó en el interior de su cuerpo al Hijo de Dios, el sacerdote —que se reviste del poder que le ha conferido el mismo Dios—, le da a Cristo su existencia real en la Eucaristía.
Mientras María, en la sencillez de la gruta de Belén dio vida a Jesús, el sacerdote le hace nacer cada día eucarísticamente en el altar.
Mientras en la infancia de Jesús, María lo llevo en sus brazos, el sacerdote lo eleva con sus manos en el momento de la consagración y durante la bendición con la custodia.
Mientras María conservaba en su corazón todo lo referido a Jesús, y supo vivir en la intimidad de su corazón todo lo que provenía de Cristo, el sacerdote, en la intimidad de Cristo, lo hace presente en el tabernáculo.
Mientras que gracias a María Cristo Redentor vino al mundo para salvar al hombre, el sacerdote acerca los frutos de la redención de Cristo a cada una de las almas que se cruzan en su camino.
Mientras que María es la corredentora del género humano, el sacerdote por medio del sacramento del bautismo da vida nueva a las almas creadas por Dios.
Mientras que María acoge con sus manos el pecado del hombre e intercede ante Dios el perdón y la misericordia divina, el sacerdote interviene en nombre de Dios para dar perdón y misericordia en el sacramento de la Penitencia.
Mientras la vida de la Virgen estuvo repleta de sacrificios y renuncias, lo mismo sucede con los hombres entregados al sacerdocio, consagrados a la entrega a los demás, con vidas llenas de sacrificios y de entrega cotidiana.
La Virgen tiene una debilidad especial por los sacerdotes por ser ella Madre de Jesucristo Sumo, Eterno y Único Sacerdote y porque ellos participan diariamente de la Victimación de Su Hijo renovando incruentamente el Sacrificio del Calvario.
María acoge a todos los sacerdotes con amor de Madre y los hace hijos predilectos suyos al pie de la Cruz siguiendo las palabras de Jesús —«Mujer, he ahí a tu hijo»— a Juan, ordenado sacerdote en la intimidad del Cenáculo.
En este sábado, de la mano de la Virgen, rezo especialmente por todos los sacerdotes, por su santidad, por su entrega, por su vocación y los llevo especialmente en el corazón para que sean fieles testimonios del amor de Cristo a su Iglesia.

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¡Virgen María, tu acompañaste al Señor a lo largo de tu vida, desde el momento mismo de la Encarnación hasta la muerte ignominiosa en la Cruz; te pido acompañes siempre a los sacerdotes con la misma entrega maternal que hiciste con Cristo Tu Hijo para que se sientan siempre muy acompañados, amados y protegidos por ti que eres la gran intercesora! ¡María, durante la vida oculta de Jesús Tú lo fuiste educando y forjando su voluntad, su corazón, su carácter, su sencillez, su generosidad, su bondad, su humildad, su pureza, su paciencia, su capacidad de interiorización, contemplación y de silencio…;  educa también el corazón de los sacerdotes para que vivan al estilo de Cristo Sacerdote y se guíen por los sentimientos de su Corazón! ¡Oh Señora de bondad y de misericordia, acompaña siempre a los sacerdotes para que santifiquen los sacramentos, trasmitan fielmente la palabra de Dios, sean guías para todos los hombres y sirvan a la comunidad como lo hizo el Buen Pastor! ¡Señora, Reina de los sacerdotes, al igual que tu protegisteis a tu hijo Jesucristo a lo largo de su vida, protege cada día a los sacerdotes para liberarlos de la tentación y de todo mal! ¡María, Reina de la esperanza, tú conoces la debilidad de los hombres, ayuda a los sacerdotes a ser fuertes ante la tentación, a caminar siempre con la fortaleza del que se sabe acompañado de tu amor, ayúdales a soportar la incomprensión de la sociedad! ¡María, danos sacerdotes santos y danos familias santas para que haya muchas vocaciones de sacerdotes santos y ayúdales a todos ellos a perseverar en el camino de la santidad! ¡Señora, tu Corazón Inmaculado está muy unido al Corazón Inmaculado de Cristo, haz vivir a los sacerdotes según los sentimientos de vuestro corazón santo! ¡María, alienta a los sacerdotes con tu cariño y protección y forja en ellos las virtudes de tu Hijo sacerdote! ¡María, Madre de los sacerdotes, ruega por nosotros y por el mundo entero!
Una hermosa Ave María para acompañar esta meditación: