«Sal de tu tierra»

Este domingo la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las Misiones, sin duda la campaña más relevante para sensibilizar sobre su tarea misionera. Es una jornada universal para recordar, orar, rendir homenaje y colaborar en la actividad misionera de la Iglesia Católica. Honramos así el sacrificio personal y la renuncia que tantos miles de hombres y mujeres hacen cada día para llevar al mundo la luz y la alegría de la fe. El lema de este año es «Sal de tu tierra», extraída del Génesis, en el que se nos anima a todos a salir e ir al encuentro de nuestros hermanos en otros continentes para anunciarles el Evangelio.
«Sal de tu tierra». Recuerdo que hace unos años visité a un misionero amigo en el Chad, en una zona hostil y en guerra. Tenía a su cargo pequeñas aldeas en un radio de quinientos kilómetros cuadrados. Allí comprendí el verdadero sentido del amor y la misericordia. Durante quince días entendí el verdadero sentido del lema de este año «Sal de tu tierra»: es Dios quien pronuncia estas palabras para que vayamos por el mundo a proclamar el Evangelio. Ir más allá de uno mismo, de nuestro hogar, ciudad o pueblo, parroquia o diócesis… La vida de Santiago, misionero jesuita, hombre bondadoso donde los halla, era de una entrega total, llena de sacrificios y renuncias muchas renuncias, de alegrías y tristezas, de desafíos y obstáculos diarios para los que muchas veces no estaba preparado, para las pruebas más complejas, ganándose la confianza de la gente para llevarles en aquel remoto país el ideal de cualquier misionero: el amor que da la esperanza entre tanta pobreza.
Su «Sal de tu tierra» era un ponerse diariamente en camino por mero servicio y por una fe firme dejando en manos de la providencia sus habilidades y destrezas, sus cualidades y virtudes, sabedor de que Cristo caminaba cada día a su lado.
Su «Sal de tu tierra» estaba sustentada por la salazón de su amor por Cristo. Un enamoramiento sin condiciones. Visitabas con él las aldeas distantes en kilómetros y en horas de viaje y observabas la alegría en los rostros de aquellos que recibían a Santi con el encuentro del amigo y hermano. En aquellos lugares donde él hacía acto de presencia se respiraba vida, caridad… y esperanza. Mucha esperanza en la penuria de su pobre existencia.
Su «Sal de tu tierra» tenía como significado condimentar con amor el salirse de uno mismo para llevar a Cristo al prójimo necesitado. Santi, un apóstol del servicio como lo son los cientos de miles de misioneros y misioneras desperdigados por el mundo, se había dejado seducir por Dios y, con la fuerza de su convicción, seducía a muchos hacia la Iglesia sin condiciones ni concesiones. El Chad era su hogar, su familia, su esperanza, su camino de entrega a la Iglesia y a los demás. «Fíjate en cada uno de los rostros de los que nos vayamos encontrando en el camino, en cada uno de ellos me encuentro cada día con Cristo necesitado».
Su «Sal de tu tierra» eran los frutos callados de su labor incansable y entusiasta: pozos de agua, escuelas de agricultura, grupos de matrimonios, talleres para mujeres, grupos de catequesis, pequeños dispensarios médicos…
«Sal de tu tierra». Me siento profundamente unido hoy a tantos sacerdotes, religiosos, religiosas, y laicos enviados por la Iglesia a países donde aún no se conoce el Evangelio y donde promueven y llevan a cabo proyectos educativos, sanitarios y de promoción social para los pueblos más desfavorecidos de la tierra. ¡Gracias, Señor, por esta Iglesia universal que nos has dado!

domund

Rezamos hoy con esta oración que la Iglesia nos propone para la Jornada Mundial de las Misiones:

Señor, despiértame, llámame.
Sácame de mi mundo.
Que no me invente más historias
para justificar que no me muevo,
que no reacciono.
Que abra mi alma
a lugares que no sé dónde están,
a culturas que no conozco,
a seres humanos que me necesitan
casi tanto como yo a ellos.
Ponme en camino
hasta esas personas que me esperan,
porque sueñan con alguien
que pueda hablarles de Dios;
de un Dios bueno, compasivo, de verdad,
no como los dioses de los hombres.
Señor, dímelo también a mí:
«Sal de tu tierra».

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