Los enemigos de la paz interior

Los principales enemigos de la paz interior tienen nombre y apellidos: pensamiento negativo y sentimiento destructivo. Ambos inoculan el corazón y el alma provocando confusión y agitación interior. Sin paz en el corazón el hombre no es feliz y, por tanto, no puede amar. Las consecuencias son múltiples y variadas: miedo, tristeza, abatimiento, insatisfacción, cansancio, contrariedades, desasosiego, recelo, turbación, impaciencia, inquietud, autocompasión, desconfianza…
La paz del corazón nada tiene que ver con cuestiones humanas. Se basa en la certeza de la fe que se sustenta en la Palabra que proviene de Dios. Jesucristo nos los dejó muy claro: «La paz os dejo, mi paz os doy». ¡Qué hermosas estas palabras que impiden que nuestro corazón se turbe!
Cualquier razón para perder la paz interior es una razón negativa y sólo con la ayuda de Dios es posible subsanarla. Es poniéndolo en manos de Dios como se puede vencer el esfuerzo del demonio por arrancar de cuajo la paz en nuestro corazón. Al príncipe del mal sólo le interesa perturbar la paz interior porque sabe que, en aguas revueltas, es más difícil vislumbrar la paz de Dios que mora en nuestro interior.
Cada vez que trato de huir de mis problemas por mi mismo, huyendo de la misericordia de Dios, rompo la serenidad de mi corazón. La medida auténtica de mi paz interior se apoya en mi abandono y mi desprendimiento a la voluntad del Padre. Un desprendimiento absoluto a todo lo mundano e insustancial: deseos, proyectos, iniciativas, afectos, bienes materiales…
Dios nos pide todo, absolutamente todo. Pero nosotros, trampeados por el juego del demonio, pensamos que si se lo entregamos perderemos libertad y nos quedaremos sin nada, especialmente lo material. Pero no es así. Es en el desprendimiento absoluto cuando uno siente de verdad que Dios toma las riendas de su vida y experimenta su misericordia. Siempre pierde el que se muestra triste, abatido, apesadumbrado y derrotado. No es un fracaso suyo es la victoria del demonio.

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¡Bendito y alabado seas, Señor, hoy quiero ofrecerte mi vida, ponerme ante el trono de tu gracia, para ofrecerte mi pequeñez y darte mi adoración entera! ¡Te rindo mi vida, Señor, y quiero hablarte con confianza, abrir mi corazón para que lo cojas con tu amor y tu misericordia! ¡Te pido, Señor, que me llenes con Gracia, para que me llenes con tus dones y tus gracias, y que mi oración sea siempre de tu agrado! ¡Señor, también quiero que me acompañe tu Madre, la Virgen, en estos momentos de oración y de alabanza! ¡Te pido, Señor, tú que eres el amor mismo que me ayudes a amar y a seguir tu ejemplo y el de tu madre! ¡Dame el don de temor porque no quiero ofenderte con mis malos comportamientos y mis malas acciones! ¡Ayúdame siempre a cumplir tus mandamientos y tus mandatos y que estos se resuman en amar a los demás y a los que me rodean sin importar su situación personal, económica, física…! ¡Que sólo mirándoles sea capaz de ver tu rostro, valorar su dignidad y reconocer que son hijos tuyos! ¡Ayúdame a no provocar daño a las personas que me rodean porque quiero darte gloria con mis acciones, con mis palabras, con mis pensamientos, con mis comportamientos, incluso, con aquellas emisiones que tantas veces provoca un alejamiento a tu persona! ¡Ayúdame, Señor, a caminar por las sendas de la santidad! ¡Señor, yo seré feliz si vivo temiendo no ofenderte, si vivo siguiendo tu justicia, actuando según tus enseñanzas, brillando según la luz que tú irradias! ¡Ayúdame cada día a cargar la Cruz contigo, hacerlo con alegría, aunque me pese pero sé que tus manos aguantan todas las dificultades! ¡Señor, quiero ser un auténtico discípulo tuyo, quiero llevar a cabo la obra que tú me tienes encomendada por eso te pido, Señor, que me ayudes a renunciar a las cosas mundanas y vivir siempre siguiendo las enseñanzas evangélicas! ¡Señor, gracias por todos los regalos que me haces cada día, por la vida, por mi familia, por mis capacidades, por los vestidos, por los alimentos, por la casa, por la fe…! ¡Bendito y alabado seas, Señor, bendito y alabado seas! ¡Lléname con tu Espíritu, úngeme, libérame, límpiame, sáname, porque aquí estoy yo pequeño para glorificarte y seguir tu camino!

Acompañamos la meditación de hoy con este canto alegre al Señor, Nearer, My God, to Thee: (Más cerca, Señor, de Ti):

 

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Amar a la Iglesia

En un encuentro informal en un bar, en el receso de un seminario comercial, con gentes de pensamientos muy diversos se inicia una conversación en el que el tema central es la crítica mordaz a la Iglesia. Trato de defenderla con datos objetivos pero la vehemencia de los comentarios respira tanta animadversión que prefiero callar y mientras critican rezar en silencio.
Yo amo a la Iglesia. Es mi casa. Es la obra culmen de Jesucristo. Su gran obra maestra. La que le permite su perpetuación en este mundo. Es el gran milagro que nos han dejado Jesucristo y sorprende que haya podido formar, educar y sostener a tantos millones de personas a lo largo de la historia. Pero es así por el soplo del Espíritu. Impresiona que fuera comenzada por doce rudos pescadores y gentes sin apenas formación y sin ningún estatus social ni político. Pero hace tanto bien, ha dejado tanta bondad a lo largo de la historia, que todas las fuerzas del mal luchan contra Ella desde tiempos inmemoriales pero la fuerza del Espíritu Santo hace y hará que viva, crezca, prospere y se mantenga. La Iglesia, fortalecida por el soplo del Espíritu, logra desafiar a la maldad del hombre.
Me siento muy feliz de pertenecer a ella, es un gran regalo que Dios me ha hecho. Junto con la vida, uno de los más grandes. Y por eso la amo, porque es un obsequio personal de Dios. Y me siento orgulloso de tener como hermanos a los Patriarcas, a los Profetas, a los Apóstoles, a los Mártires, a los Confesores, a los sacerdotes, a las Vírgenes y a todos los Santos.
Amo profundamente a la iglesia y mi deber es servirla como Ella quiere ser servida, desde la pequeñez de mi santidad cotidiana, gozando de sus dolores y sus alegrías, siendo responsable en mi apostolado, orando por ella, ofreciéndole mis pequeñas mortificaciones, cumpliendo con amor y por amor las labores que me corresponden cada día, trabajando por Ella con alegría y, sobre todo, testimoniando con mi vida que soy un hijo fiel. Tal vez con esto pueda ser testimonio ante aquellos que la critican… El problema es que no siempre los demás pueden ver en mi el hijo ejemplar de esta Madre Santa.

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¡Dios Padre de Bondad, te pido por tu Santa Iglesia Católica para que la llenes cada día con la fuerza de la gracia de tu Espíritu; donde haya mancha de pecado por nuestros errores humanos, nuestro egoísmo y nuestra falta de verdad, purifícala; dirígela para que no caiga en el error; reformarla cuando veas que se extravía de la verdad; consérvala para que haga el bien a las almas de este mundo tan necesitadas de ti; provéela de todo aquello que necesite; únela con los lazos del amor cuando veas que haya divisiones entre las personas y entre las iglesias cristianas; hazlo por amor de Jesucristo, tu Hijo, que murió y resucitó, y vive siempre para interceder por nosotros! ¡Espíritu Santo, ten misericordia de tu Iglesia y fortalécela ante los ataques de los enemigos exteriores e interiores! ¡Virgen María, Tu que contemplas como la Fe Católica trata de ser derribada de este el mundo por el Príncipe del Mal intercede y ayúdanos a mantenernos firmes en el Señor! ¡Danos familias santas para que surjan santas vocaciones!

«El Espíritu de Dios está en este lugar» cantamos para que el soplo de Dios nos fortalezca y nos haga fieles a su Iglesia :

Unir el alma a Dios

Una de las cosas más hermosas con las que puedo disfrutar cada día es la comunión. No hay nada más intenso en mi vida que este momento. Es como permanecer arrodillado a los pies de Cristo. Y en esos cinco, diez, quince… minutos en los que permanezco en la iglesia después de la comunión mi alma se siente íntimamente unida a la de Jesús. Son momentos de una intimidad impresionante en la que tienes el gozo de poder contemplar a Cristo como muy probablemente lo estarán haciendo en el cielo todos aquellos que han llegado a la dicha de la eternidad.
Te encuentras en actitud abierta sentado en el banco o agazapado en el reclinatorio y todo lo terrenal, todas aquellas preocupaciones que te embargan, desaparecen ante el gozo inmenso de tener a Cristo en tu interior. Y te sientes feliz de poder decirle al Señor: «Gracias, por estar en mi y conmigo», «¡Aquí me tienes, Señor!»…
Son instantes de gozo que permiten concentrar toda la atención única y exclusivamente en aquel que se ha transfigurado para estar cerca de mí. Me viene a la mente la figura de aquel ciego, que en el camino de Jericó, oyendo a la muchedumbre seguir al Señor, aprovechando que pasaba a su vera, aún sin poderle ver, le llama y le pide que se acerque a él. Esa llamada es una llamada de transformación interior. Aquel ciego de Jericó estaba perdido pero, en su sencillez, fue capaz de llamar al Cristo que pasaba. No sabemos, porque no lo dice el Evangelio, que se hizo de él. Pero seguro que en alma, en lo más profundo de su alma, el Maestro debió permanecer siempre. Por eso, después de la comunión, siempre le puedes decir al Señor que antes de comulgar has afirmado «que no soy digno de que entres en mi casa, pero ahora estás aquí, en tu casa, porque mi alma es tuya y te pertenece y puedes hacer de ella todo lo que quieras».

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Hoy, en lugar de la oración personal que habitualmente acompaña a la meditación, comparto esta hermosa oración universal del Papa Clemente IX que, por su belleza y profundidad, nos pueden ayudar a orar después de la comunión:

«Creo en Ti, Señor, pero ayúdame a creer con más firmeza; espero en Ti, pero ayúdame a esperar con más confianza; te amo, Señor, pero ayúdame a amarte más ardientemente; estoy arrepentido, pero ayúdame a tener mayor dolor.
Te adoro, Señor, porque eres mi creador y te anhelo porque eres mi último fin; te alabo porque no te cansas de hacerme el bien y me refugio en Ti, porque eres mi protector.
Que tu sabiduría, Señor, me dirija y tu justicia me reprima; que tu misericordia me consuele y tu poder me defienda.
Te ofrezco, Señor mis pensamientos, para que se dirijan a Ti; te ofrezco mis palabras, para que hablen de Ti; te ofrezco mis obras, para que todo lo haga por Ti; te ofrezco mis penas, para que las sufra por Ti.
Todo aquello que quieres Tú, Señor, lo quiero yo, precisamente porque lo quieres Tú, quiero como lo quieras Tú y durante todo el tiempo que lo quieras Tú.
Te pido, Señor, que ilumines mi entendimiento, que inflames mi voluntad, que purifiques mi corazón y santifiques mi alma.
Ayúdame a apartarme de mis pasadas iniquidades, a rechazar las tentaciones futuras, a vencer mis inclinaciones al mal y a cultivar las virtudes necesarias.
Concédeme, Dios de bondad, amor a Ti, odio a mí, celo por el prójimo, y desprecio a lo mundano.
Dame tu gracia para ser obediente con mis superiores, ser comprensivo con mis inferiores, saber aconsejar a mis amigos y perdonar con mis enemigos.
Que venza la sensualidad con con la mortificación, con generosidad la avaricia, con bondad la ira; con fervor la tibieza.
Que sepa yo tener prudencia, Señor, al aconsejar, valor frente a los peligros, paciencia en las dificultades, humildad en la prosperidad
Concédeme, Señor, atención al orar, sobriedad al comer, responsabilidad en mi trabajo y firmeza en mis propósitos.
Ayúdame a conservar la pureza de alma, a ser modesto en mis actitudes, ejemplar en mis conversaciones y a llevar una vida ordenada.
Concédeme tu ayuda para dominar mis instintos, para fomentar en mí tu vida de gracia, para cumplir tus mandamientos y obtener la salvación.
Enséñame, Señor, a comprender la pequeñez de lo terreno, la grandeza de lo divino, la brevedad de esta vida y la eternidad de la futura.
Concédeme, Señor, una buena preparación para la muerte y un santo temor al juicio, para librarme del infierno y alcanzar el paraíso.
Por Cristo nuestro Señor. Amén».

«Eucaristía, milagro de amor», cantamos hoy:

En adoración con el Señor

Espero cada semana con ilusión que llegue el día de la Adoración ante el Santísimo. Es un grupo pequeño, pero lleno de amor a Cristo, a María, y muy ungido por el Espíritu Santo al que nos encomendamos en el momento mismo que se expone la custodia.
En el silencio de la capilla, frente a ese Cristo que nos llena con su amor y en compañía de María (ver fotografía) es posible ver como el corazón se transforma por su amor misericordioso en plenitud de vida, en esperanza firme y en confianza plena.
A los pies del altar, entre silencio y alabanza, de rodillas en oración y contemplación, uno dona sus heridas a Cristo para que sea Él el que las acoja con su misericordia. Nuestra pequeñez y nuestra miseria se entrecruzan con la misericordia de Cristo y obran el gran milagro del amor. Es Dios quien penetra en el pobre corazón del hombre.
A medida que pasan los minutos y que el corazón se va abriendo, el espíritu se llena de alegría, el alma se desnuda por completo, las heridas abiertas empiezan a cicatrizarse al sentir el amor y la misericordia de Dios, el verdadero médico de cuerpos y almas.
Es tiempo también de acción de gracias, de decirle al Señor que uno no es merecedor de todo lo que nos regala, y también de aquellas cosas que en apariencia nos hemos tenido que desprender y que pensamos que no se ha arrebatado pero que en realidad no nos convenían.
Entonces va emergiendo del corazón esa fina línea de arrepentimiento, de tristeza, de contrición, por las ofensas cometidas, por sentir tanta imperfección, tantos defectos, tantas faltas y tantas infidelidades con el más fiel de nuestros amigos.
Pero como toda enfermedad puede ser curada, uno acude al Dios del perdón y del amor para sanar sus heridas y entonces surge la alegría y el gozo de sentirse curados por Cristo, de sentir como nos entrega su amor de la manera más generosa y gratuita. Es la alegría de percibir su amor y sentir en su mirada misericordia y en su sonrisa amor.
Y Cristo nos renueva su amistad con ese abrazo tierno que transforma el corazón.
Y al final de la Adoración sales con el corazón lleno de gozo con el firme propósito de amar más, amar mejor, amar con el corazón, desprenderte de tu yo y no ofender más al Señor.

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¡Señor, quiero renovar mi amistad contigo! ¡Quiero sentir tu amor y tu misericordia! ¡Quiero que mi vida sea un total acto de amor! ¡Transforma, Señor, mi corazón! ¡Cura mis heridas, Señor! ¡Necesito experimentar tu abrazo misericordioso que apenas me deja respirar! ¡Señor, te doy gracias porque me acompañas en el camino de la vida y me perdonas cada vez que mis infidelidades me alejan de ti! ¡Señor, gracias por todo lo bueno que he vivido y por todo lo que he podido hacer con tu ayuda! ¡Gracias, Señor, por las personas que me rodean y a las que tanto quiero y te pido por la gente a quien me cuesta más amar! ¡Gracias, Señor, por la fe y por todas los personas que me han ayudado a conocerte y amarte! ¡Ayúdame a ser cada día mejor cristiano y mejor persona tanto en mi vida ordinaria como en medio de la sociedad! ¡Señor, te entrego mi vida y la de mi familia, mi trabajo, mis preocupaciones, mis alegrías y mis tristezas, mi anhelo es ser fiel al compromiso cristiano! ¡Todo mi agradecimiento por lo que de ti, Señor, recibo cada día! ¡Que toda mi vida sea un testimonio de amor como lo fue la tuya!

«Levanto mis manos», cantamos en alabanza al Señor:

Futuro repleto de negros nubarrones… ¿Y?

Hay personas que confunden la desesperanza —la enfermedad del alma del hombre actual—con decepción o desesperación. La primera es esa percepción de una expectativa que se ha visto defraudada mientras que la segunda es perder la paciencia y la paz interior a consecuencia de un estado repleto de angustia y ansiedad que hace ver el futuro inmediato repleto de negros nubarrones. La desesperanza es esa agobiante percepción de que no hay nada que hacer —ni ahora ni nunca—, lo que conduce a una resignación forzada y el abandonar cualquier ambición o sueño personal y en el que el amor, el entusiasmo, la ilusión, la alegría e, incluso, la fe se debilitan y se extinguen. Observo, a muchas personas cercanas que por sus circunstancias vitales han perdido la esperanza porque su vida en lugar de ser una sucesión de experiencias hermosas y plenas están llenas de circunstancias dolorosas, desalentadoras y frustrantes. De sus labios sólo se escucha aquello tan dramático de «estoy desesperado».
En algún momento de mi vida, cuando el dolor ha sido muy profundo, cuando era incapaz de ver que Cristo camina a mi lado, la desesperanza se hacía muy presente en mi andar cotidiano. Con el tiempo, he comprendido que en realidad me faltaba la fe, la confianza y el abandono en Dios. Por eso ahora, aunque haya momentos muy difíciles, no permito que la desesperanza se cuele en mi vida, no dejo que se aloje en el sagrario de mi corazón donde mora el Dios de la esperanza. Ante lo único que estoy dispuesto a arrodillarme es ante el Padre Dios, pero no ante la ingratitud de la desesperanza. Cuando uno se postra ante la desazón tiñe de negro los pensamientos positivos y la esperanza —que siempre viste de verde— acaba diluyéndose ante la negatividad de la confusión interior. Cuando uno desespera deja de luchar, deja vía libre a los vicios pues considera que no los podrá corregir, se aleja de las buenas acciones y se aparta del camino de la virtud. Todo ello le hunde en las aguas movedizas de la tristeza que paralizan cualquier acción del hombre.
Pero cuando te postras ante el Cristo crucificado —y observas sus manos y sus pies llagados y tanto sufrimiento callado— comprendes que en el sacrificio del amor está la esperanza. Y toda desesperanza revierte en fe, el miedo desaparece, las lágrimas se secan, el peso de las cargas cotidianas se descargan al pie de la Cruz aliviando el peso del dolor.
Contemplando y adorando la Cruz es posible depositar toda la voluntad de mi vida, cualquier problema, tristeza, desolación, cansancio, sufrimiento, dolor… porque ese Cristo colgado de la Cruz que sostiene mi vida sabe hasta qué punto puedo llegar a soportar el sufrimiento que me embarga y será Él mismo quien me de la fuerza necesaria para salir airoso de la prueba. Es Él —y solo Él— el que me ayuda a cambiar la percepción de las cosas, a mirar la vida con otra perspectiva, a aumentar esa fe débil que me embarga, a pulir todas aquellas aristas que necesitan ser cambiadas y, sobre todo, a perfeccionar los trazos de mi vida. Cuando uno deposita en Dios toda su confianza el camino es siempre más fácil y la desesperanza se aleja hasta perderla en el horizonte.

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¡Señor, no permitas que cuando llegue la cruz a mi vida me desoriente y experimente la impotencia de mi humanidad! ¡Ayúdame, Señor, en Los momentos de oscuridad a ir buscando a tientas Tu rostro! ¡Señor, Tu sabes que las pruebas se me hacen muy duras y pierdo la seguridad y la confianza porque no estoy seguro de nada ni estoy para nada! ¡Señor, Te contemplo en la Cruz y aún así tengo dudas y el desaliento me derrumba muchas veces! ¡Espíritu Santo, en los momentos de aflicción no permitas que deje de rezar que mi oración no rebote en los fríos muros del silencio! ¡Yo sé, Señor, que estás aquí, que me observas y que me escuchas per muchas veces tengo miedo y aunque a veces no sienta nada quiero creerlo de verdad! ¡Aquí tienes, Señor, mis pesares, mis miedos, mis mi futuro… ocúpate Tú ahora de todos ellos y de mis cosas, de la incertidumbre dolorosa que impregna mi alma que solo Tú sabes llena de miserias! ¡Haz, Señor, que Tu rostro ilumine la oscuridad de mi confusión! ¡Sin sentirte a mi lado todo es más difícil! ¡Ven, Señor, ven pronto y sálvame de mi mismo, toma mi corazón y dame la fuerza y el valor para líbrame de mis inquietudes e iniquidades! ¡Te pido, Señor, el don de la alegría a pesar de mis dificultades y del sufrimiento! ¡Te quiero, Señor, y espero sólo en Ti! ¡Ayúdame a sacar fruto abundante de los momentos de dificultad abrazándome a Tu Cruz, junto a María!

Dios, qué grande es tu amor, le cantamos al Señor:

Etiquetas marcadas

Aunque durante mucho tiempo he tenido la tendencia a etiquetar ahora no me gustan las etiquetas —y no siempre lo logro—. Es un impulso muy común entre los seres humanos. En cuanto conocemos a alguien lo calificamos de alguna forma, por su tono de voz, por sus gestos, por su manera de vestir, por su aspecto físico… e, inmediatamente, lo clasificamos en una determinada categoría. Incluso, muchas veces, decidimos que esa persona no nos atrae o no nos gusta pero no sabemos el porqué.
No me gusta etiquetar por qué no me gusta crear límites a mi alrededor, juzgar sin conocer, poner cruces sin profundizar en una identidad, comentar sin conocimiento de causa. No siempre es fácil. Si eso ocurre en lo cotidiano, en lo religioso ocurre algo semejante. Si ese es muy piadoso, si ese está muy perdido, si ese es un hipócrita, si ese profesa de cara a la galería… En la vida cristiana no hay que etiquetar nunca. Nadie conoce lo que anida en el interior del hombre.
La fe no tienen etiquetas porque ante todo somos seguidores de Cristo y ese es el único elemento calificativo válido. Ser seguidor de Jesús es el título más valioso que tiene el hombre por encima de su prestigio social, de sus títulos universitarios, del éxito profesional, y del respeto que uno tenga a nivel familiar, social o laboral…
Cuando tienes ocasión de hablar de Cristo, de su amor, de su misericordia, de su justicia, de su magnanimidad, de su poder, de su compasión… se hace imposible limitarlo a un ámbito concreto. Por eso, cada vez que tengo ocasión de hablar con alguien de Dios en primer lugar no saco mi «carnet» de cristiano, ni le muestro mis credenciales, ni siquiera trato de mostrar cuál es mi fe católica. Simplemente hago indirectamente referencia a ese Dios que es amor, a ese Dios que es cercanía, a ese Dios con el que es posible mantener una relación de amistad íntima, particular, única, inigualable y muy especial. Es el Dios de los pequeños detalles. A la gente que no conoce a Dios o que está alejada de la Iglesia acoge con más facilidad el testimonio personal y el abrazo cariñoso, la palabra amable, la mano extendida, la escucha silenciosa, el consejo amoroso… luego ya habrá tiempo de hablar de Dios y de religión, pero es primero en esos pequeños detalles de cercanía repletos de sencillez donde Dios se manifiesta y llega al corazón del hombre.
Ese es el motivo por el cual no puedo juzgar nunca —a nadie—, ni tan siquiera plantearme el porque actúa de una manera o de otra, eso anida lo más profundo de su corazón y Dios, que habita en él, lo sabe.
Cuando levanto mi mano para arrojar una piedra contra alguien, a mis pies quedan todavía muchas piedras para ser arrojadas y, tristemente, muchas de ellas me pueden tener a mí como destinatario.

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¡Señor mío Jesucristo, te pido grabes en mi corazón las leyes de tu amor, de tu perdón y tu misericordia, para que mi vida se mueva en una única dirección y que los valores de justicia, equidad, generosidad, entrega, solidaridad, perdón, amor y misericordia sean muchos mis verdaderos referentes! ¡Gracias por todos los talentos recibidos de tu mano generosa y que me entregas para ser un fiel imitador tuyo, ser un auténtico portador de tu bondad, no juzgar ni condenar y perdonar y dar siempre a manos llenas! ¡No permitas, Señor, que me deje llevar por la soberbia y el orgullo y no permitas que caiga en la tentación del juzgar y criticar a los demás cuando yo me equivoco tantas veces! ¡Ayúdame a amar como Tú amas y a perdonar como Tú perdonas y no permitas que mire las acciones de los demás con soberbia y prepotencia sino hazme ver la miseria de mi interior! ¡Espíritu divino ayúdame a descubrir en los demás lo mejor de cada uno, todas sus virtudes y sus buenas obras! ¡Ayúdame Señor, a olvidar con prontitud todas las ofensas recibidas! ¡Aleja, Señor, de mi corazón todos los sentimientos negativos, destructivos y rencorosos y cualquier tipo de emoción negativa que se enquiste en mi corazón para evitar resentimientos y malos deseos! ¡Ven Señor a mi corazón y sopla en él a fuerza de tu Espíritu para que me llenes de humildad, mansedumbre y caridad!

 

Cristo yo te amo en Espíritu y en Verdad, cantamos alabando al Señor:

Cristo muere de esperar la muerte

Tal vez la última frase del Nada te turbe, salmo íntimo de Teresa de Jesús, sea el más conocido de la santa de Ávila. Ese «solo Dios basta» que hemos cantado, rezado, meditado y aconsejado al que pasaba por una situación difícil nos permite comprender que Dios está siempre por encima de todo. Ayer leí una frase suya que me invita a la meditación: «Cristo muere de esperar la muerte», también de la santa de Ávila. Impresionante reflexión. Nos lamentamos de la pérdida de los seres queridos. El desgarro para nuestro corazón es enorme. La pena del adiós nos deja una gran congoja en el alma. Contemplo hoy la Cruz, a ese Cristo que muere de esperar la muerte para dar sentido a mi caminar cristiano, para redimir mis pecados, para enseñarme quien soy y cuál es mi dignidad como hijo de un mismo Padre en el Espíritu. Esa cruz de la que pendió Cristo con los brazos abiertos me enseña hoy que no puedo pasar ni un momento sin amar al prójimo como a mí mismo. Que mi destino es la eternidad. Que la cruz es el signo de amor más grande jamás creado. El del Amor del Padre por mi y por todos los hombres; por eso el Príncipe de las Tinieblas odia con tanta crudeza la Cruz, porque le recuerda a toda hora el amor infinito que Jesucristo tiene por todos los hombres. Tan potente es el signo de la Cruz que es enseña de reconciliación con los hombres por Dios creados y con todo el orden de la creación. Por si sola la cruz es el camino hacia el cielo.
Quisiera contemplar hoy la Cruz como lo hizo santa Teresa, llevando a Cristo en lo mas íntimo de mi ser para fortalecer mi esperanza, para hacerlo el centro de mi vida, para abrirle de par en par las puertas de mi corazón, para confiar plenamente en Él, para amar mucho, para dejarme guiar por el Espíritu, para sentirme digno hijo de Dios, para aprender a mirarlo en la Cruz. Solo con que el Espíritu de Dios me otorgue un mínimo de la sabiduría, de la devoción, de la mirada y la espiritualidad de santa Teresa para amar y entregarse al Señor sería el ser más feliz.

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¡Santa Cruz, la más hermosa de las maderas donde murió el Señor para la redención de mis pecados y para darme luz eterna y librarme del mal! ¡Señor, te contemplo en la Cruz y me acongojo por los muchos padecimientos que tuviste que recibir durante la Pasión, que todos estos sufrimientos sirvan para concederme los bienes espirituales y corporales que más me convengan para mi salvación!
¡Santa Cruz, la más hermosa de las maderas, eres el signo y el emblema de mi vida, la gran esperanza para sentirme perdonado por este Cristo sacrificado a quien espero servir ahora y honrar en la vida eterna!
¡Santa Cruz, la más hermosa de las maderas, me abrazo a ti para que marques el camino de mi vida, para encontrarme con el Señor y acompañarle en mi peregrinar!
¡Santa Cruz, la más hermosa de las maderas, que tu sola contemplación me haga más humilde, más sencillo, más paciente, más servicial, más generoso, más pequeño!
¡Santa Cruz, la más hermosa de las maderas, conviértete en la luz que me ilumina y me guía, aleja de mi corazón cualquier temor a la muerte, revísteme de tu fuerza, conviértete en mi esperanza, derrama el bien en mi alma y en mi corazón, aleja de mí cualquier tipo de tentación y de pecado, conviértete en mi esperanza!
¡Oh Santa Cruz, la más hermosa de las maderas, dame el valor para soportar mi cruz a imitación de Cristo, enséñame a llevar con amor, paciencia y esperanza todos mis sufrimientos y que el temor que tengo por ellos se convierta en virtud!
¡Que yo adore la Santa Cruz de Jesucristo por siempre! ¡Jesús de Nazaret crucificado, ten piedad de mí!

Nuestra fuerza es la Cruz, del compositor del Vaticano Monseñor Marco Frisina:

Consejos de Dios

Tengo un amigo, al que quiero mucho, que se encuentra en una situación muy desesperada. Separado de su mujer —con un divorcio traumático— que le dificulta ver a sus hijos pequeños, con muchos problemas en su trabajo, emocionalmente hundido y con la autoestima baja. Mimbres de desolación en su vida. Me envía un mensaje al móvil: «Necesito que reces MUCHO por mí, estoy estancado».
Como todo lo ve tan negro no es consciente de las cosas trascendentes que pueden sucederle. El estancamiento llega al corazón del hombre cuando uno no tiene claro hacia dónde se dirige su vida. Nadie ha sido creado para llevar una vida vacía y sin sentido. Pero su gran defecto es que no escucha. A nadie. Solo cree en si mismo y en lo que le dicta su conciencia.
Cuando son numerosas las personas que te recomiendan algo específico probablemente es porque esa es la decisión que uno debe adoptar. Y llevarlo a la oración para, a la luz de la revelación, contemplar si uno debe llevar adelante los cambios necesarios en su vida y sus proyectos vitales.
Muchas de las personas que nos rodean son instrumentos que el Señor utiliza para encaminarnos. No es una decisión sabia cerrarse a escuchar los consejos de amigos y familiares; en su infinita sabiduría Dios derrama diferentes tipos de habilidades, palabras y conocimientos en los demás para nuestro bien.
Dios necesita lámparas para iluminar, manos para bendecir y palabras para expresarse y muchas personas lo son. Siempre surge alguien que nos ofrece ese consejo que da la respuesta a nuestra inquietud. Se trata de escuchar las voces correctas, aprender a discernir si un consejo surge de un corazón que ama o es interesado, si proviene de una persona con doble intención o desinteresada, de que sinceramente pretende ayudarnos o tiene un propósito escondido.
Pero la base es aceptar que sin Dios no podemos nada, que somos imperfectos, que solo Dios lo sabe todo y que en el camino errado es necesario aceptar y recibir la corrección para evitar cometer el mismo error. Con la humildad de un corazón pequeño.

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¡Padre, envíame tu Espíritu para que mis oídos me guarden siempre de los malos consejos y me hagas atento cuando la voz que habla es la tuya para darme lo que necesito! ¡Señor, te doy gracias por el pan espiritual que provees para cada uno de nosotros y nuestras familias! ¡Señor, guíanos y ayúdanos con la fuerza de tu Espíritu para que podamos silenciar nuestras mentes y podamos escuchar con el corazón! ¡Ayúdanos a ser cada día más humildes y recuérdanos que nuestro primer objetivo es servirte a ti y a nuestro prójimo! ¡Espíritu Santo, ilumíname para cumplir siempre con el plan que tiene Dios preparado para mí! ¡Ayúdame a identificar siempre tus dones espirituales y a ponerlos en práctica! ¡Espíritu Santo danos la fuerza para sostener nuestra cruz y comprender que Cristo es el Redentor del mundo y solamente por medio de Él alcanzamos la sanación! ¡Señor, ayúdame a ser lámpara para iluminar, mano para bendecir y palabra para expresar tu Palabra y tu bondad a los demás!

Me rindo ante Ti, le cantamos hoy al Señor:

Hacer bien las cosas

Como tantos días, abro el libro sagrado para iniciar mi oración. Hoy escojo las páginas de San Pablo. Y surge, radiante, este texto de su Carta a los romanos: «Conforme a la gracia que Dios nos ha dado, todos tenemos aptitudes diferentes. El que tiene el don de la profecía, que lo ejerza según la medida de la fe. El que tiene el don del ministerio, que sirva. El que tiene el don de enseñar, que enseñe. El que tiene el don de exhortación, que exhorte. El que comparte sus bienes, que dé con sencillez. El que preside la comunidad, que lo haga con solicitud. El que practica misericordia, que lo haga con alegría». Y me digo: ¡lo importante de todo esto es hacerlo bien… y con amor!
Lo importante no es a lo que Dios te llama hacer las cosas con los dones que te entrega para llevarlas a cabo, si tratar siempre de hacerlo bien poniendo todo mi empeño y mi amor. En la medida que cada día me perfecciono, mayores serán los resultados que obtenga. A mayor empeño, con la garantía de calidad del amor, de la generosidad, de la sencillez, todo lo que haga lo haré con excelencia. Pero para que se abran los grandes ventanales y las grandes puertas primero de todo lo fundamental es darse. Porque cada uno de mis dones —obsequio generoso de Dios— se convierten en regalos para la sociedad y para el prójimo y compartirlos es como entregar obsequios que engrandecen mi camino.
Ser útil al prójimo es una de las claves para abrir mayores oportunidades en la vida, para convertirse en testimonio. En el trabajo, en la vida familiar, en la vida de parroquia, en la comunidad, entre los amigos, hemos de dar lo mejor y no compararnos con lo que hacen los demás porque cumpliendo mi misión es lo que me reportará bendiciones diarias. Se trata de dar lo mejor de cada uno cada día, enfocando lo que mejor pueda entregar de mí a los demás. Si todo esto lo hago acompañado del Señor, que es el mejor aliado que tengo en la vida, los frutos pueden ser muy abundantes.
El reino de Dios lo construiré cuando lo haga todo para Dios. El reino no sólo se construye al practicar la mansedumbre, la generosidad, el servicio, la paciencia y el amor, sino haciéndolo con espíritu de servicio hacia Dios, que se transforma en testimonio para los demás.
Dios sabe lo que anida en mi corazón y en mi mente, no importa lo insignificante que pueda parecer mi tarea; si verdaderamente lo hago todo para la gloria de Dios, lo transformaré con significado de eternidad.
Así que sea trabajar en la oficina, en el hospital, en el taller, en la tienda, lavar los platos, dirigir una reunión, cantar una canción, conducir, hacer la cama, sacar la basura, mirar una película, leer un libro, rezar, comer y beber… hacerlo siempre todo para la gloria de Dios.

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¡Señor, pongo mis quehaceres cotidianos en tus manos! ¡Quiero dar lo mejor de mi para alcanzar todo lo que has pensado para mi bien! ¡Señor, úngeme para que cualquier cosa que haga, sea luz y bendición para los que me rodean! ¡Señor, aquí tienes mis manos para que mi trabajo sea productivo; para que lo que haga sea siempre para darte gloria! ¡Señor, te entrego mi ser para que crezcas en mí, para que seas tú, Cristo, quien viva, trabaje y ore en mí! ¡Gracias te doy por la oportunidad de ser tu luz! ¡Espíritu Santo, muéstrame el camino, lo que debo hacer, de modo que pueda ser tus manos en esta tierra, ser tu instrumento en este mundo, y llegar a dar cosechas abundantes!

Dame Señor tu mirada, le cantamos hoy al Señor para que desde sus ojos seamos capaces de hacer las cosas amables a los demás:

Hablar con Dios

Hace unos días tuve ocasión de impartir una charla sobre cómo el Espíritu Santo reina en nosotros a un nutrido auditorio. Al terminar el acto, en una conversación informal, uno de los asistentes se me acercó para comentarme que le resultaba muy difícil hablar con Dios en la oración. Que no le salían las palabras, que el silencio le invadía siempre. Se me ocurrió decirle que la mejor manera es abrir las páginas del Evangelio y convertirse en un personaje más. Intentar hablar a Jesús como pudieron hacer aquellas personas que se encontraron con Él en los polvorientos caminos que recorría el Señor. Utilizar sus mismas palabras, en una conversación sencilla. Por ejemplo, como hizo la misma Virgen María cuando encontró al Niño en el templo después de tres días de búsqueda desesperada. En ese encuentro la Virgen exclamó: «¿Por qué haces esto conmigo?». O hacer como aquel ciego que suplicó: «Haz que vea». O, como el leproso, al que todo el mundo rechazaba, y que se dirigió al Señor diciéndole: «Si quieres, Señor, tú puedes curarme». O como San Pedro, atemorizado con el fuerte oleaje del lago, en aquella barcucha de pescadores: «Aléjate de mí, Señor, porque soy un miserable pecador». O como aquel centurión, lleno de fe, al que Jesús le había sanado a su criado y que ante el milagro del Señor fue capaz de pronunciar aquellas impresionantes palabras del «no soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarle» y que hoy repetimos confiadamente poco antes de ir a comulgar. O, como aquel hijo, que lo había perdido todo, malgastando la herencia del padre, y que avergonzado regresó al hogar paterno donde apenas pudo balbucear: «no soy digno de llamarme hijo tuyo, he pecado contra el cielo y contra ti; puedes considerarme el último de tus servidores».
Y, si aún así no surgen las palabras, siempre podemos imitar las actitudes de tantos hombres y mujeres que se maravillaron en cada encuentro con Cristo. Embelesarse como hicieron los sencillos pastores en la gruta de Belén. O cantarle una canción y tomarlo en brazos como hizo Simeón en la presentación del Niño Jesús en el Templo. O escucharle en silencio, dejando que en el corazón penetren sus palabras, como hicieron aquellos doctores del Templo de Jerusalén, que se maravillaban con la sabiduría de aquel Niño. O ponerse de rodillas cubriendo a Cristo de besos y con el perfume del amor como hizo la Magdalena. O dejarse maravillar por su sonrisa como hicieron aquellos niños que se sentaron en sus rodillas. O dejarse llevar a hombros como la oveja perdida de la parábola del buen pastor. O extender la mano para que sane nuestras heridas con hicieron el ciego, el paralítico, el leproso, el moribundo… O posar la cabeza en su hombro como hiciera el discípulo amado el día de la institución de la Eucaristía.
Palabras o silencio contemplativo. Son dos maneras para acercarse al corazón de Cristo y hacer de nuestra vida oración sencilla y cercana a la suya descansando todas nuestras alegrías y nuestros pesares en su amistad. Si es de corazón, es en sí una oración que acoge emocionado nuestro Padre Dios.

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¡Padre Nuestro, gracias por ser mi Padre creador, eso te lo agradeceré siempre porque es el gran regalo que has hecho mi vida! ¡Eres el Padre de todos sin excepción pero más de los desheredados, de los pobres, de los que sufren, de los desesperados, de los hambrientos, de los que no tienen nada… y de todos ellos me has hecho su hermano aunque tantas veces me olvide y me cueste entregarme a ellos! ¡Padre que estás en el cielo: porque tú eres el cielo mismo, la esperanza que da vida a mi vida, el camino que me lleva a la alegría de la salvación, el que me marca la pauta para esperar ese cielo venidero que es estar junto a ti en la eternidad! ¡Padre, Santificado sea tu nombre, porque tu nombre es efectivamente santo quiero alabarlo, bendecirlo, glorificarlo, adorarlo… hacer que todos te conozcan y te glorifiquen y pronunciando tu nombre siempre te den gracias, con alegría y con esperanza; para que pronunciando tu santo nombre todos vivamos en paz y en armonía, dando amor y repartiendo misericordia, para que no haya discusiones entre tus hijos! ¡Padre,Venga a nosotros tu Reino, para que impere entre nosotros la paz, el amor, la justicia, la misericordia y la generosidad; para que siembres en nuestros corazones la semilla del amor y de la misericordia y que crezcan para repartirlas por el mundo y se haga siempre tu voluntad y no la nuestra; haz que través de nuestras manos crezca un mundo mejor a semejanza de lo que tú esperas! ¡Padre, Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: Y aunque es una tarea muy ardua ayúdame a ponerme en tu mano porque contigo todo es posible y hazme entender que hacer tu voluntad muchas veces requiere sacrificios y esfuerzos pero ayúdame a hacerlo con felicidad y alegría porque viene de ti! ¡Padre, Danos, hoy, nuestro pan de cada día: y hazlo a todas horas para que a nadie le falte de nada en ningún momento; aunque tú nos das el pan de la Eucaristía, y nos lo das en abundancia para que podamos alimentarlos cada día de ti; ayúdanos a partirnos y a multiplicarnos como hicisteis con los panes y los peces para que nadie se quede sin saborear tu alimento de vida y esperanza! ¡Padre, Perdona nuestras ofensas: especialmente las mías que soy un miserable pecador pero también la de mis hermanos para que haya en este mundo armonía, paz y mucho perdón! ¡Padre, Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: pero ayúdame hacerlo como lo haces tú siempre, olvidando las ofensas y llenando tu corazón de amor y de misericordia y sin rencores! ¡Padre, No nos dejes caer en la tentación: porque son muchas las trampas que nos pone el demonio cada día, dame la fortaleza para sostenerme siempre en ti, dame un Espíritu fuerte para no caer en esta tentación que no me separe del camino del bien porque tú conoces mi debilidad! ¡Padre, Líbranos del mal: pero sobre todo líbrame de hacer el mal a los demás!

Hoy se celebra la Solemnidad de la Virgen del Pilar, Patrona de la Hispanidad, a ella Pilar nos encomendamos con una de las oraciones más antiguas dedicadas a la “Pilarica”:
«Omnipotente y eterno Dios,
que te dignaste concedernos la gracia de que la santísima Virgen, madre tuya,
viniese a visitarnos mientras vivía en carne mortal, en medio de coros angélicos,
sobre una columna de mármol enviada por ti desde el cielo,
para que en su honor se erigiese la basílica del Pilar por Santiago,
protomártir de los apóstoles, y sus santos discípulos,
te rogamos nos otorgues por sus méritos
e intercesión todo cuanto con confianza te pedimos. Amén».

El canto del Padre Nuestro en Arameo que conmovió al Papa en Georgia: