Terminar el año al ritmo del Magnificat

El Magníficat es uno de los cantos marianos que más me conmueve porque es el canto de los sencillos, de los pobres y de los humildes. Por eso es el canto de María. La alabanza a Dios que surge de los dulces labios de la Virgen. Este cántico sintetiza de modo sublime la historia de la salvación del género humano que Dios guía con su amor grande y misericordioso. Es el canto que prueba que Dios no abandona. Nunca. En este último sábado del año lo recito lleno de esperanza saboreando cada palabra porque comprendo que Dios actúa haciendo cosas maravillosas en la vida de cada hombre. Me muestra que no utiliza a los soberbios y orgullosos si no a los pequeños y a los sencillos, a los que tratan de servir con fidelidad en lo oculto de sus vidas y en el silencio amoroso de la oración con el corazón contrito.
Por eso, en este último día del año, le pido a María que me ayude a escribir en el cuaderno de mi vida mi propio Magnificat. Empezar el año desde la sencillez y la humildad con el corazón abierto, para ir saboreando en el silencio de la plegaria tantos dones y tantas gracias que Dios pone en mis manos pobres y pequeñas y que son el signo vivo de ese amor que tantas veces cuestiono por mi falta de confianza. Pero Dios es alguien que se complace siempre en elevar lo sencillo y en aplacar lo elevado. Que sea capaz de exclamar siempre como hizo María: «proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu, en Dios mi Salvador».

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¡María, cómo me gustaría parecerme un poco a ti Tú que viviste al ritmo del Magníficat! ¡Enséñame, María, a vivir mi camino de interioridad como hiciste Tú haciéndome pequeño, sencillo, generoso, humilde, esclavo del Señor y siervo del Altísimo! ¡Me gustaría, Señora, aprender de ti que viviste tu vida oculta, callada, siempre entregada a los demás pero que supiste retirarte a tiempo, en los momentos en que podrías haberte llenado de gloria! ¡Enséñame como hiciste Tú, María, a tomarme en serio el plan que Dios tiene pensado para mí, a comprometerme con valentía, a entregarme con fe firme y confiada! ¡Ayúdame, Madre buena, a abrirme a la propuesta que Dios tiene para mi vida por medio de vivenciar la Palabra y de seguir los consejos del Espíritu! ¡Decir un «sí» como el tuyo aún a sabiendas de no tener la certeza de cuál es el final del camino! ¡Quiero hacer, como hiciste Tú María, a hacer camino desde la vivencia de la fe, en las situaciones alegres y en las más complejas! ¡Ayúdame a vivir siempre con el espíritu del Magníficat, que de tus labios salió lleno de amor, agradecimiento, esperanza y alabanza!

¡Feliz año a todos los lectores de esta página!

Del compositor irlandés Charles Villiers Stanford (1852-1924) escuchamos hoy su precioso Magnificat en Do, op. 115.

Sobre tierra santa y bendecida

La festividad que celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia me parece una de las más bellas aunque en el entorno de la Navidad quede ligeramente semioculta. ¡Honrar hoy a la Sagrada Familia de Nazaret, el ejemplo vivo de auténtica familia cristiana y de familia que tiene a Dios en el centro de su vida! Pienso hoy con qué frecuencia dejamos de maravillarnos ante el misterio vivo que es para nosotros nuestra propia familia. Cualquier familia bendecida por Dios es sagrada por la unión sacramental. No nos damos cuenta que estamos asentados sobre tierra bendecida. ¡Santa! Allí están nuestras respectivas parejas, con sus virtudes y sus defectos. Nuestros hijos que Dios nos ha puesto en custodia. Los padres que nos han dado la vida. Los abuelos que nos han regalado la estirpe y la raíz del árbol de la vida. Los hermanos con los que hemos crecido en abundancia. Todo don de Dios.
En este día me acerco a José y a María para que en mi encuentro con ellos me presenten el misterio glorioso e invisible de ese Dios que se coloca en el centro de mi vida familiar. Les pido que me enseñen esa humildad que tuvieron uno con otro, esa sencillez de corazón, esa generosidad servicial para enaltecer al otro, para darle la dignidad que le corresponde.
Pido a José y María que mi hogar se convierta en aquella cueva pobre y sencilla de Belén en la que todos los miembros seamos capaces de adorar con el corazón abierto a ese Niño Dios que se ha asomado a nuestra vida en la alegría de la Navidad.
Pido a José y María que me enseñen a dar gracias por la presencia de Su Hijo en mi corazón de piedra para que lo ablande y lo haga sensible a las necesidades de los miembros de mi familia, que lo caliente con la fuerza del amor y de la entrega.
Pido a José y María que me enseñen a ser sencillo, a vivir en la pequeñez de lo cotidiano para que el Niño Dios pueda realmente morar en lo más íntimo de mi corazón. Es desde allí, desde la humildad de los pequeños gestos y las actitudes de entrega, como en la familia se pueden construir espacios de amor y de vida cristiana. Construir sobre la base del perdón, la generosidad, la humildad, la entrega, el servicio, el olvido,  la compasión, la tolerancia, la caridad, el respeto, la fidelidad. Con Cristo en el centro es más sencillo que se aleje de la familia el orgullo, el desprecio, el desdén, el amor propio, el rencor, el resentimiento, la ofensa, el desprecio y tantos otros elementos que rompen la unidad familiar.
Pido a José, a María y al Niño Jesús que me ayuden a dar el primer paso para que mi hogar se convierta con mi actitud en una verdadera iglesia doméstica, auténtica «sagrada familia» donde, ante todo, impere el amor.

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¡Padre bueno y misericordioso, gracias por presentarme en esta fiesta a Jesús, a María y a José ejemplos de amor familiar y de integridad personal! ¡Gracias, Sagrada Familia, por ser modelo de familia auténtica, de comunión entre vosotros, de santidad personal manifestada en cada gesto de entrega a Dios, de glorificación y de sencillez! ¡Gracias, Padre bueno, porque habitas en cada una de nuestras familias y nos inspiras a través de tu Santo Espíritu! ¡Haz, Padre, que seamos verdaderos santuarios de amor, templos de caridad y pequeños oratorios de servicio! ¡Convierte, Padre, mi corazón de piedra para que guíe siempre mis pensamientos y mis acciones, especialmente con mi cónyuge y mis hijos, con mis abuelos, mis padres y mis hermanos! ¡Ayúdame, Padre, con la fuerza de tu Espíritu a crecer en verdad, caridad, generosidad, fe y amor! ¡Haz, Padre, que cada pequeña crisis que surja en mi familia se cure con la fuerza de tu gracia y de tu amor! ¡Haz, Padre, que con la fuerza de tu Santo Espíritu reine siempre la fidelidad y la confianza y crezca la fe para superar todas las pruebas difíciles por las que tantas veces pasamos! ¡Ayúdame, Padre, a que con la fuerza de Tu Santo Espíritu aprenda de la Sagrada Familia el recogimiento interior, la predisposición a la entrega, la vida de oración, la comunicación en el amor y el perdón desde el corazón! ¡Enséname, Padre, con la fuerza de tu Santo Espíritu y con el ejemplo de la Santa Familia de Nazaret a llevar una vida centrada en la sencillez, en lo sagrado de la autenticidad y en la comunión de amor!

Bendice mi familia Señor y te canto hoy:

El color de la piel de Dios es…

Ayer tarde, aprovechando que mi hotel se encuentra frente a la catedral del país africano donde me encuentro, entré a hacer un rato de oración. Lo hice sentado frente a un gran pesebre con figuras grandes (ver foto), en la que todos los personajes son de color con un ñú y un camello y otros animales propios de África como acompañantes del Niño Dios. Era la primera vez que lo veía y aquí reside la universalidad de nuestro credo.
Me acordé que rebuscando en el trastero de la casa de mi abuela nonagenaria encontré hace unos días una caja con discos de vinilo de cuando era pequeño. Me vinieron a la memoria aquellos tiempos en los que poner música era un ritual y siempre me advertían de que tuviese cuidado con no dañar el disco.
Entre los vinilos, tomé uno del grupo Viva la gente (Up with the People), que gozó de gran popularidad en la época. Su canción más famosa era aquella que decía: «Viva la gente, la hay dondequiera que vas…». Pero me llamó la atención otra que retóricamente se cuestiona de qué color es la piel de Dios cuya respuesta es: «negra, amarilla, roja y blanca es. Todos son iguales a los ojos de Dios…».
Ante este pesebre de tradición africana pienso que este tema se inserta claramente en el mensaje de Cristo para quien las diferencias raciales, sociales, humanas o sexuales no existen porque aceptándolo a Él y por el influjo de la gracia todos estamos llamados a vivir en armonía.
En este mundo en el que vivimos con tanta intolerancia religiosa y tantas desigualdades cabe pensar: ¿De qué color es la piel de Dios? Y me viene este pensamiento porque coincide también con mi estancia, por razones laborales, en África donde observo mucha pobreza y mucho sufrimiento a mi alrededor. Y me digo: la piel de Dios es la amalgama de colores de su amor que Él, según su sabiduría, emplea para pintar el corazón de cada ser humano, de cada necesidad humana; de cada sufrimiento, dolor, humillación, tristeza, preocupación, soledad, hambruna, desesperanza…
Entonces examino mi nivel de amor; cómo vivo el valor de la acogida y la hospitalidad con los demás. Si tiendo a rechazar a los que no piensan como yo, a los que no creen lo mismo que yo, a los que no tienen mi mismo color de piel o mi mismo origen social, o a los que no tienen gustos semejantes a los míos, ni mis costumbres y valores. Si la autenticidad de mi amor me permite ver en cada persona a un hermano, y en cada hermano al mismo Dios.
El resultado, lamentablemente, es un suspenso que exige una pronta recuperación. ¡Ojalá sea capaz de colorearlo todo con la piel de Dios!

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¡Señor, que sepa apreciar siempre a los demás con sus condicionantes personales, humanos, sociales, religiosos, políticos! ¡Señor, que sea capaz de vivir el valor de la hospitalidad y de la acogida a los demás sin importarme quien sea y qué represente sino mirar sólo el corazón para enriquecerme y complementarme con él! ¡Señor, tú viviste en tus propias carnes el rechazo, el abandono y la humillación y ahora esto a mí me escandaliza; sin embargo, muchas veces no me preocupan aquellas personas que no son valoradas por su corazón y por lo que son sino tan sólo por origen, el lugar donde han nacido, su formación intelectual, sus riquezas, sus capacidades! ¡Si alguna vez los rechazo, Señor, también te estoy rechazando a ti que estás en cada uno de ellos, en su corazón, en sus necesidades y sus anhelos! ¡Ayúdame, Señor, a que cada Eucaristía sea una mirada de fe sobre mi vida y sobre aquellas personas que se cruzan en mi camino y que esa fe me permita verte cada día en cada acontecimiento, en cada necesidad, en cada persona, en cada encuentro, en cada circunstancia, en cada situación que se me presente! ¡Derrama, Señor, tu Espíritu sobre los hombres y las mujeres, sobre los jóvenes y los ancianos, de este mundo! ¡Derrama, Señor, tu Espíritu en los corazones de todos nosotros que hemos sido creados a imagen y semejanza tuya; que somos piel de tu piel sin importar el color que tengamos! ¡Derrama, Señor, tu Espíritu sobre los que creen en ti, sobre los que dudan, sobre los que están solos, sobre los que sufren, sobre los que no tienen esperanza, sobre los que todos ignoran! ¡Y, sobre todo, Señor, ayúdame a amar como amarías tu!

y como no podía ser menos escuchamos la canción en su versión original:

Manos vacías

Hoy, festividad de los Santos Inocentes, me encuentro por razones laborales en un país africano donde la pobreza es endémica. A las seis de la mañana he asistido a misa en la catedral del país. Todavía no ha salido el sol. En las escaleras de la iglesia decenas de mujeres con niños muy pequeños, semidesnudos, piden compasión y limosna. Son niños con rostros desencajados, hambrientos y llenos de moscas que cubren sus rostros sucios y sus ojos de mirada perdida.
El Evangelio, que ha leído un joven sacerdote de voz dulce, refiere la muerte de los niños inocentes de Belén consecuencia de la actitud de los magos de Oriente que, avisados en sueños, regresaron a su hogar haciendo caso omiso a la indicación de Herodes. Éste, defraudado y lleno de ira, ordena matar a todos los niños menores de dos años de Belén y comarca.
Herodes representa a los opresores de este mundo que asesinan por temor a perder los privilegios de su poder. En los inocentes de Belén hay una realidad que se repite año a año, siglo a siglo. Los santos inocentes viven en nuestro mundo y muestran sus rostros perseguidos ante nuestra indiferencia. Niños que mueren de hambre, niños abandonados al amor, niños abortados, niños sin esperanza. Al salir de misa mi corazón está sobrecogido mientras me dirijo al hotel, a pocos pasos de la catedral, rodeado de almas cándidas que extienden su mano para pedir una limosna.
Y me pregunto: ¿cuál era el mérito de esos niños para morir si apenas balbuceaban una palabra para que los veneremos como santos en la gloria del cielo? Hacernos ver que esos niños mártires tienen en la actualidad nombres concretos en niños, jóvenes, adultos, ancianos, enfermos, desamparados, heridos del corazón, inmigrantes… que reclaman ardientemente amor, misericordia y caridad. Poner en práctica toda nuestra capacidad para convertirnos en cristianos cercanos y solidarios con los sufrientes sin olvidar que nuestras buenas obras, nuestros méritos personales, nuestros esfuerzos por ser personas buenas carecen de valor sin los méritos que adquirimos de Cristo.
Pero viendo tantos inocentes sufrientes extendiendo sus manos vacías en torno a mi reprocho mi orgullo. El creerme demasiado, el que me tengan agradecer mis acciones, el poder ser más generoso y entregado y no serlo, el pensar que me voy a salvar por mis propios méritos. Que todos los méritos que pueda atesorar como ser humano no sirven para el cielo, mis manos estarán vacías si no soy capaz de hacerlo por amor a Dios. Que es importante apartar de mi vida la mundanidad de las cosas terrenales que nada valen y entregarme de verdad a Cristo. Que mi fe en Dios implica mi propia vida y que debo estar más atento a las cosas que suceden a mi alrededor, porque —con relativa frecuencia— es el lugar donde Dios se hace presente y habla.

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¡Señor, te imploro en este día en que rememoramos la entrega martirial de los santos inocentes por las necesidades de todos los seres humanos, especialmente de los que carecen de lo básico para subsistir! ¡Enséñame, Señor, a entender que toda vida humana es sagrada, desde la que surge del embrión en el vientre de una madre a la de ese enfermo al que han desahuciado; desde la de ese niño con discapacidad a la de ese adulto en la vejez; la del niño enfermo terminal al adulto moribundo! ¡María de Belén y de Nazaret, esposa de José, Madre dolorosa, modelo de fe y esperanza, te encomiendo a todas las mujeres que sufren el dolor de haber abortado y a sus bebés abortados, dales tu cuidado maternal! ¡Perdona, Dios bueno, a los padres que abusando de la libertad destruyen el don de la vida que Tú nos has dado! ¡Quisiera hacer mío el sufrimiento de los niños abandonados por sus padres, los niños que no gozan del cariño paterno, de los niños que mueren de hambre en manos de padres impotentes ante esa injusticia, de los niños de la guerra, víctimas inocentes de la prepotencia de los nuevos Herodes, de los niños que sufren el turbio poder del abuso o el tráfico sexual! ¡Me uno a tu sufrimiento por ellos, Dios de la misericordia y del amor! ¡Padre bueno, gracias por darnos la vida y recordarnos que con independencia de la edad, raza o credo, cada ser humano ha sido creado a tu imagen y semejanza, y hemos sido redimidos por Cristo y esto nos hace sentir que ante todo nos contemplas con tu mirada! ¡Te pido, finalmente, Señor que, a semejanza de estos niños inocentes, sea capaz de acercarme a Dios y a los demás con una actitud llena de sencillez y disponibilidad!

Del compositor inglés John Ireland escuchamos hoy su bellísimo Ex ore innocentium que agradece a Dios los dones que nos entrega:

 

¿La buena o la mala suerte?

Escucho mientras viajo en un avión a una pareja de amigas de mediana edad que se hallan sentadas en los asientos contiguos a los míos. Es un viaje largo y la metralla es interminable. Una de ellas explica que hace un par de días, como cada lunes, fue a que le echaran las cartas. Necesitaba saber «lo que le deparará la suerte». ¡La suerte! ¡Cuántas veces las personas echamos la culpa a la fortuna de la buena o mala suerte de las cosas que nos suceden! Pensamos que es el azar el que guía los senderos de nuestra vida. Si es así, ¿dónde está el Dios que todo lo ha creado en la suerte de cada uno?
Todas las cosas que suceden -incluso ganar la lotería, que es cuestión de probabilidad y de suerte- están todas programadas por Dios. Dios sí interviene en todos los acontecimientos de la vida aunque muchos piensen lo contrario, aunque presupongan que no participa de las circunstancias que nos toca vivir. Porque Dios es el único y verdadero guía. Escuchando a estas dos mujeres pienso las veces que, creyendo en Él, actúo como si no interviniera en mi vida atribuyendo a la buena suerte aquello que me ha sucedido y a la mala estrella los inconvenientes y dificultades que me sobrevienen. ¿Por qué me cuesta tanto ver en todo la acción providente del Padre del amor y la misericordia? ¿Por qué me resulta tan difícil comprender que Dios todo lo guía, que conduce mi vida con un guión perfectamente escrito y estructurado aunque yo me ocupe de llenarlo de tachaduras y borrones?
Entonces interiorizo lo que Dios significa para mí, lo que ha hecho y hace en mi propia vida y no puedo más que agradecerle que haya estado presente en todo lo acontecido aunque en algún momento lo haya atribuido a la casualidad, la fatalidad, la buena suerte, el azar o la suerte. Y me arrepiento por las veces que no tuve la claridad suficiente para comprender que en cada suceso estaba la mano providente y misericordiosa de Dios que me guiaba, me protegía, me amparaba y daba luz a los claroscuros de mi vida. Y, entonces, me vienen a la mente esas palabras tan sanadoras del profeta Jeremías que te recuerdan las palabras del Padre: «Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del vientre materno, te consagré». ¡Sí, Señor, la buena suerte es que Tú eres mi Padre y yo una sencilla criatura tuya aunque a tus ojos soy grande y me has escogido como a todos los que leen esta página desde antes de nacer porque me amas y actúas con un amor infinito! ¿Cómo puedo atribuir a la suerte cada acontecimiento de mi vida si, en realidad, es un gran suerte ser una obra tuya?

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¡Padre bueno, Dios de la misericordia y del amor, hazme siempre responsable de mis actos, ayúdame a ponerlo todo en tus manos y contigo que sea mi capacidad de esforzarme, entregarme, sacrificarme, exigirme y meditar todas mis acciones la que me ayude a caminar en el camino de la vida! ¡Ayúdame, Señor, a ponerlo todo siempre en tus manos! ¡Te lo dejo todo a los pies del altar y en tus santas manos para que hagas de mi vida todo cuanto desees! ¡Pongo, Señor, todos  mis planes a los pies de la Cruz para que se haga siempre la voluntad del Padre, para que cada propósito lo viva siempre como una bendición tuya, para que mi caminar en este Adviento sea una preparación a aceptar todo aquello que quieres para mí! ¡Señor, abre mi mente, mi corazón, mis pensamientos y mis sentimientos a Ti y hazme sensible a escuchar tu voz! ¡Déjame que camine a tu lado en humildad, en verdad, en servicio, en sinceridad de corazón, en obediencia…! ¡Señor, todo lo pongo en tus manos, ayúdame a descargar mi vida en Ti porque es el único lugar donde encuentro paz y sosiego y me liberas de las angustias que me embargan! ¡Señor, qué «suerte» tenerte a mi  lado, qué «suerte» conocerte, qué «suerte» amarte, que «suerte» poder alabarte, qué «suerte» poner mi vida, mis debilidades, mis planes y mis fortalezas en tus manos! ¡Qué «suerte», Señor, que existen porque lo eres todo y lo significas todo para mí!

Oh Adonai, antífona de adviento del Magníficat que se canta en la oración de vísperas del 18 de diciembre. Hoy tenemos la «suerte»  de disfrutar de este brevísimo pero intenso canto:

En el nombre del Señor: «¡Levántate!»

Tomo hoy el Antiguo Testamento para iniciar la oración. Abro aleatoriamente una página. Del libro de Isaías (Is 60:1) surge, resplandeciente, esta frase tan motivadora: «¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti!». ¡Qué gozo esta sentencia tan aleccionadora tras la llegada de Jesús en Navidad!
Todos hemos vivido situaciones en las que se hacía imposible «resplandecer»; una vez entras en el túnel de la rueda de los problemas la oscuridad te impide ver la luz. Sin embargo, esta frase es un canto a la esperanza. Cada uno sabe de lo que tiene que levantarse. Uno de las heridas de su corazón; otro de la soledad en la que se encuentra; del pecado en el que ha caído; de la desesperación por un momento de turbación; del matrimonio que hace aguas por todos lados; del estancamiento en la vida espiritual; de los problemas en el trabajo; de la incomprensión de alguien al que estimas; de los problemas con un hijo; de las adicciones que tanto encadenan; de las dificultades económicas que ahogan cada mes; de esa enfermedad que aparece de improviso… En el nombre del Señor: «¡Levántate!».
El pasado nadie lo arregla. Pero Dios, cuya gloria brilla sobre cada uno, me ofrece un presente para que el futuro no se asemeje al pasado. El «¡Levántate y resplandece!» es un levántate de donde estoy postrado para dejarme llenar por la luz de Dios que se halla en mi interior. Que nada, bajo el manto amoroso de Cristo, está perdido. Que el pasado está olvidado. Que lo que cuenta es el presente y el futuro que deben ser transformados. Que uno se puede quedar apelmazado debilitado por el fracaso, en el desengaño, en la frustración, en las excusas y las justificaciones. Entonces, en el nombre del Señor: «¡Levántate!».
El «¡Levántate y resplandece!» es luchar por los sueños, para resplandecer en la vida familiar, en la vida de oración, en el trabajo, en el círculo de amigos, en la vida comunitaria pero no desde la honra y el éxito sino desde la sencillez, desde el amor, la amistad, la generosidad, la paz interior, la armonía y, sobre todo, desde la libertad que implica gozar del influjo del Espíritu de Dios.
El «¡Levántate y resplandece!» supone no vivir en el desánimo, ni en la desesperanza, ni en la frustración, en el ahogo por lo mundano sino en el crecimiento personal, en la búsqueda de la verdad. Crecer para vivir.
«¡Levántate y resplandece!». No es un mandato imperativo. Es una invitación a la esperanza. Es decir: no me puedo permitir andar entre tinieblas porque lo que hay en mi interior es la luz que emana de Dios. Y con una luz tan radiante, ¿cómo negarme a seguir este «¡Levántate y resplandece!»?

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¡Señor, que has venido a nosotros en esta Navidad, que has entrado en mi corazón, que me has dado la luz, ayúdame a levantarme para crecer en mi amistad contigo y con los demás! ¡Serena mi vida, Señor, para que sea capaz de percibirte en medio de los ruidos de la vida, en la oscuridad de mi pecado, entre mis alegrías y mis penas, entre mis esperanzas y mis desalientos, entre mis fortalezas y mis cansancios! ¡Que tu presencia, Señor, sea una constante en mi corazón! ¡Me aferro a ti, Señor; me acojo a tu Palabra, a tus mandatos y a tus enseñanzas! ¡Ayúdame, con la fuerza de Tu Espíritu, a levantarme del lugar donde me encuentro postrado porque tu me invitas, con la fuerza de tu gracia, a resplandecer! ¡Gracias, Señor, porque eres tú con el influjo de tu Santo Espíritu, el que me ayudas a levantarme y a avanzar! ¡Gracias, Señor, por tus múltiples bendiciones! ¡Gracias, Dios de los imposibles, que de las tinieblas hiciste la luz, y que a quienes estamos cansados, alicaídos, agobiados, débiles o turbados nos invitas a levantarnos y a resplandecer, a caminar sin intentar comprender el por qué, a creer en tu Palabra! ¡Gracias, Señor, porque cuando quieres entrar en mi vida no me pides permiso sino que tu gracia recae directamente sobre mí! ¡Espíritu Santo, ayúdame a levantarme y a resplandecer, ayuda a renovar mi vida, mis pensamientos, mis sentimientos, mis acciones; ayúdame a enfrentar la raíz de mis debilidades; ayúdame a ser mejor hijo de Dios, mejor padre, mejor esposo, mejor amigo, mejor profesional, mejor cristiano! ¡Lléname, Espíritu Santo, del fuego divino y toma el control de mi vida para convertirme en un auténtico adorador en espíritu y en verdad! ¡Que el secreto de mi fuerza sea siempre, Señor, mi relación contigo!

Hoy, día de san Esteban, le pedimos al primer mártir cristiano que dio su vida por su amor ardiente por el Evangelio y que tuvo la valentía de proclamar que Jesús es el Salvador del Mundo, por todos los cristianos perseguidos por defender su fe para que se mantengan firmes en la dificultad y en la tribulación.

Y que esta música tan espiritual nos puede ayudar a levantarnos cada día con mayor vigor:

 

 

¡Ha nacido Jesús!

¡Feliz Navidad a todos los lectores de esta página! ¡Que el Señor de la Misericordia os llene de paz y de amor y os bendiga hoy y siempre!
Interiorizo esta hermosa frase del Credo que recitamos durante la Misa de ayer noche: «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo». ¡Que generoso, espléndido y magnánimo es el Señor haciéndose hombre «por nuestra salvación»! Dios es capaz de transformar lo trascendente en sencillo y lo trivial en inefable y convertirlo en algo maravilloso. Y en un día como hoy emplea instrumentos en apariencia sencillos —un burro y un buey, unos pobres y desorientados pastores, un rebaño de ovejas y un desangelado pesebre— para crear con ellos la más impresionante escenografía donde cada año tiene lugar una de las obras más trascendentales de la historia de la humanidad; porque la otra, igual de significativa, se celebra con un cariz diferente en lo alto del Gólgota.
En este día de Navidad, siento que todo ha sido un acto de amor por mi. Que Dios ha bajado del cielo empujado nada más que por su amor. Por eso, en estos días de fiesta que solemnemente han comenzado hoy, Jesús demuestra que la Navidad es la prueba más sobresaliente de su altruista generosidad.
El mismo Dios ha entrado en mi —nuestra— vida invitando a cambiar. Para dejar claro que la esperanza es posible. Que vale la pena ser hombre comprometido con Él porque es Dios mismo quien comparte mi vida y mi misma aventura humana; que junto a Él puedo caminar confiado y alegre hacia la plenitud.
En este día de Navidad el corazón, tocado por Dios, me invita a renacer a la alegría, a la confianza, a la esperanza, a la misericordia, al perdón, a la solidaridad, al servicio, a la fraternidad y, sobre todo, a la entrega total en el Padre, al encuentro personal con Cristo y a la gracia del Espíritu.
Cristo puede nacer cada año en Belén pero si no nace en mi corazón, mi renacer en esta Navidad habrá sido tristemente infructuoso.

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¡Gracias, Niño Jesús, por venir a mi corazón¡ ¡Gracias, porque habitas en mi! ¡Que se encienda en mi corazón el amor, la generosidad, la paz, la humildad, la entrega, la paciencia, la fidelidad, la fraternidad, el entusiasmo, la caridad, la solidaridad, la compasión, la confianza, la dicha, la felicidad, la magnanimidad…! ¡No viniste, Padre, a la tierra para ser alabado, querido y amado sino para amarnos Tu. Padre, tu has querido la encarnación de Tu Hijo no tanto para tener a alguien fuera de la Trinidad que te amara de manera digna, sino para amar sin medida! ¡Gracias, por tu amor infinito! ¡Gracias porque eres amor y vida, haz que sepa convertir mi familia en un santuario verdadero de amor, alegría y paz! ¡Haz que tu gracia guíe siempre mi vida para crecer en la verdad y en el amor! ¡Haz que, al igual que Tu, sea semilla de esperanza entre mis amigos y familiares! ¡Feliz Navidad, Niño Dios, Tu que eres hombre y Dios a la vez!

Del maestro francés Marc Antoine Charpentier disfrutamos de su cantara In nativitatem Domini Nostri Jesu Christi Canticum, H.414:

¡Navidad es misericordia!

Esta noche todos los hombres y mujeres del mundo, sean creyentes o no, van a recibir un regalo muy hermoso. Tal vez el más hermoso que puedan recibir: el amor de Dios. Un amor inmerecido que Dios nos entrega como un don fruto de su misericordia.¡Precisamente porque la Navidad es pura misericordia de Dios!
Y, entonces, no queda más que postrarme de rodillas ante el Niño Dios y exclamar con el corazón abierto: «Jesús, amigo, no soy nada. Y poca cosa te puedo ofrecer porque nada de lo que tengo es mío; Tú me lo has dado todo. Aquí tienes mi pobre corazón para que lo abras. Te lo entrego todo, pongo a los pies del portal mi nada, para que haciéndola tuya me transformes con la fuerza de tu Espíritu». No le voy a pedir nada más. No le voy a exigir nada a cambio. No voy a buscar ninguna compensación. Solo entregar mi corazón, mi fe, mi esperanza… mi vida entera para que sea acogida por el amor y la misericordia de Dios.
Abrir de par en par las puertas de mi corazón tan pequeño como son las puertas que abren las puertas del portal de Belén. Y dejarle entrar. Y dejar salir previamente de mi interior todo lo que estorba, lo que duele, lo que molesta: egoísmos, rencores, heridas, soberbias, malos hábitos, defectos arraigados… Darle la llave al Niño Dios para que, paciente, la vaya abriendo cuando mi corazón esté abierto a su amor y me transforme interiormente, me llene de su ternura, de su alegría, de su esperanza y de su misericordia.

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¡Jesús, amigo, no soy nada. Y poca cosa te puedo ofrecer porque nada de lo que tengo es mío porque Tú me lo has dado todo. Aquí tienes mi pobre corazón para que lo abras. Te lo entrego todo, pongo a los pies del portal mi nada, para que haciéndola tuya me transformes con la fuerza de tu Espíritu!

Noche de paz, un villancico para esta noche tan especial:

 

 

Pequeño ante el misterio de Belén

Te colocas en oración ante el pesebre. Y contemplas en silencio la pequeña cueva de Belén que has preparado, con tanto cariño, con tus manos y con la de tus hijos. Has colocado con delicadeza las figuras y te has preocupado de crear un ambiente de acogimiento. Allí contemplas con alegría al Niño Dios acunado por sus padres. Contemplas ensimismado el misterio extraordinario del Hijo de Dios que ha nacido por la salvación del ser humano. Ese niño pequeño, tierno, humilde y sencillo es el mismo Dios que ha bajado de su trono celestial, desde donde domina el universo creado por Él, para abajarse, para hacerse hombre. Para hacerse como yo y como tú. Y lo hace desde la pobreza. Desde la sencillez de corazón. Y, entonces, lo comprendes todo porque analizas tu corazón -ese corazón de piedra, egoísta y soberbio- y te afliges porque tantas veces te has colocado por encima del otro, lo has juzgado, lo has despreciado, lo has ignorado… En el misterio de Belén el hombre aprende que tiene que hacerse pequeño para servir y amar desde la sencillez porque habiéndose hecho Dios hombre en la figura de Cristo todo servicio, todo bien y todo mal que yo haga al prójimo se lo estoy haciendo, en realidad, a Dios mismo.

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¡Soy poca cosa, Señor, y tengo que pelear para superar tantos defectos que tengo! ¡Señor, con el corazón abierto te pido que me hagas pequeño, muy pequeño, sencillo, humilde, niño como Tú, para que pueda arrodillarme ante el Portal y tomarte entre mis brazos, acariciarte, venerarte y llenarte de besos y decirte lo muy agradecido que estoy por todo lo que haces por mi! ¡Señor, hazme pequeño para ir al encuentro del prójimo y repleto de tu cariño volcarlo en los demás! ¡Y ante el Portal saludar a María y José, ejemplos de pequeñez y sencillez! ¡Y entrar en el corazón misericordioso de Tu Madre! ¡Deseo, Señor, sentir ese amor que me convierte en alguien pequeño, pobre y niño para mirarte y sentir la alegría de tu sonrisa que todo lo perdona y todo lo sana! ¡Sabes, Señor, que me gustaría ser mejor persona, más amable y servicial, más entregado y generoso, reescribir los renglones torcidos de mi vida, pero solo tengo capacidad para cargar mi mochila y mendigar tu misericordia! ¡A Ti, Señor, me postro para hacerme como un niño, pequeño e ingenuo y dejarme guiar por Ti que todo lo haces bien! ¡Señor, me pongo de rodillas ante Ti para salir de mi mismo y mis egoísmos, para renunciar a mi yoes y mis miserias, para despojarme de mi comodidad y mi tibieza, para ponerte a Ti en el centro de todo! ¡Gracias, Señor, por este regalo tan grande que es poder tomarte en brazos y sentir que estoy abrazando al mismo Dios que siempre me acompaña! ¡Y a Ti María, te pido que me ayudes a ver en Tu Hijo el rostro de aquellos que a mi alrededor más consuelo y amor necesitan para amarlos, abrazarlos, consolarlos y llevarles la Palabra de Jesús tu Hijo!

La Virgen sueña caminos, es el villancico que hoy nos acompaña:

 

 

 

Contemplaré la bondad del Señor

Abro una página para buscar una palabra que me aleccione, que de un soplo de alegría a este día que nace, que transmita más esperanza a mi esperanza, que en mi camino hacia el portal de Belén sienta el aliento del Señor que llega. Y surge, inmaculado, el salmo 27. Y al llegar a este punto «Yo creo que contemplaré la bondad del Señor en la tierra de los vivos / Espera en el Señor y sé fuerte; ten valor y espera en el Señor» me embarga una emoción profunda. Una alegría inmensa.
La cercanía con el Señor ha sido la luz de este Adviento. Y ahora, pronta la llegada de la Navidad, esa luz se convierte en la fuerza de mi vida. Y postrado ante el portal de Belén contemplaré la belleza el Señor, su bondad y su misericordia. En Dios me fortalezco. Pero sobre, todo, mi emoción es intensa al pensar que si su mano misericordiosa no se posara sobre mí cada día para cambiar mi vida, para sanar mis heridas, para levantarme cuando caigo y me desmorono, no sé realmente donde estaría porque no cabría la esperanza.
Pero el Señor dice que espere en Él, que sea fuerte y que tenga valor porque está próximo, está cerca. Ya llega su amor para abrazarme, ya llega su mirada de Niño para abrirme los ojos para comprender que nunca camino solo, que es su bondad infinita la que me envuelve cada día y su misericordia la que me sostiene ante cualquier vicisitud de la vida. Tan simple y a la vez tan mayúsculo.

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¡Gracias, Jesús, porque me enseñas a ver y amar los acontecimientos de la vida con la misma mirada de Dios! ¡Gracias, porque haciéndote Niño me ayudas a comprender cómo actúa Dios! ¡Gracias, porque abres mi corazón para que sea transformado por tu bondad y por tu infinita misericordia! ¡Gracias porque tu cercanía purifica mi conciencia y transforma mi vida, mis palabras, mis acciones, mis pensamientos y mis actitudes! ¡Gracias porque tu ejemplo me invita a comprometerme a hacer el bien a los demás y caminar siempre con el corazón abierto hacia Ti! ¡Señor, quiero alabarte y confiar en ti; te pido que abras en estos días mi corazón, que tomes mi pobre vida y que la hagas más sencilla, que se convierta toda ella en un canto de alabanza por todo lo que operas en mi vida, por lo que haces en mi corazón! ¡Señor, gracias, porque siento tu presencia en mi; siento que bajas a mi miseria y mi pequeñez y me llenas de tu infinito amor, de tu misericordia y de tu paz! ¡Gracias, Señor, porque soy indigno de que entres en mi corazón, pero sé que por tu gran amor es tu Espíritu el que me llena todo! ¡Gracias, Señor; gracias de corazón! ¡Que nunca me falta tu presencia amorosa, que sea capaz de vivir siempre estrechamente unido a tu gran amor! ¡Y postrado ante el Belén, Niño Dios, sólo puedo exclamar con alegre cantar: Espero en ti, Señor; gracias por todo lo que me das y no merezco, Señor!

Una hermosa canción navideña, O Holy Night, que nos invita a abrir el corazón en este tiempo previo a la Navidad: