Golpear las puertas de la Misericordia de Dios

Como cristiano voy caminando en el camino del Adviento con el corazón abierto, tratando de prepararme para purificarme y renovarme con la ilusión de convertirlo en un pequeño pesebre donde pueda nacer Dios hecho Niño.
El Adviento es, entre otras cosas, un camino de conversión del corazón, un camino para abrir la pobreza de nuestra vida al amor redentor de ese Dios que se hace hombre y que posteriormente se entregará en la Cruz por nuestra salvación.
¿Que sería de nuestras vidas si Dios no hubiese nacido en Belén y no hubiésemos sido salvados en el madero santo? ¿Que hubiese sido de nosotros si nuestro Dios, a través de Cristo, no hubiese entregado su vida para rescatar la nuestra?
Recién terminado el Año Jubilar de la Misericordia tengo la oportunidad de ir golpeando las puertas de la misericordia del corazón amoroso de Dios que pronto llegará a mi -nuestra- vida en forma de un Niño pobre y humilde.
Golpear sin miedo las puertas de su Bondad con mis pequeñas mortificaciones, de mi oración, de mi voluntad de cambiar y, sobre todo, con la puerta abierta de mi caridad y mi servicio a los demás.
Cada vez que golpeo las puertas de la Misericordia de Dios me encuentro con ese Dios que ha golpeado primero la pequeña puerta de mi pobre corazón. Con cada llamada escucho como exclama amorosamente: «Estoy a la puerta y llamo; si escuchas mi voz abre la puerta, entraré en tu corazón y cenaré contigo».
Abro así la puerta para dejar salir el pecado, el orgullo, la soberbia, todo aquello negativo que me domina; abro la puerta para que salga del corazón lo mundano y la comodidad de la carne, y permito que entre el Señor.

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¡Señor, quiero estar preparado para abrirte cuando me llames! ¡No permitas que mi alma se muestre complaciente! ¡No permitas, Señor, que me crea bueno porque trato de hacer bien las cosas, de rezar, de servir, de entregarme a los demás…! ¡Te pido, Señor, que salgas a mi encuentro, que te hagas el encontradizo, que llames a la puerta de mi corazón con insistencia! ¡No permitas, Señor, que me olvide de que Tú eres mi referente, mi todo, mi luz, mi guía! ¡Envía Tu Espíritu, Señor, para que no me muestre sordo cuando me llamas y dame la sensibilidad para escuchar los susurros del Espíritu! ¡No permitas, Señor, que mi voluntad se imponga a la tuya y que lo mundano me confunda! ¡Envía Tu  Espíritu, Señor, para que me de la inteligencia y la sabiduría para saber discernir en cada acontecimiento el brillante resplandor de tu presencia amorosa! ¡No permitas, Señor, que nada ni nadie me aparte de Ti, que la sonoridad de lo externo y las muchas excusas que pongo ahoguen tu mensaje y tu palabra! ¡Que Tu Palabra sea para mi alimento, que mis ojos no vean más que tu luz, que mi respiración no sea más que para sentirte, que mi alimento sea tu cuerpo y tu sangre! ¡Llama, Señor, a la puerta de mi corazón y, si no respondiera, siéntate en el zaguán hasta que te abra!
Además de golpear la puerta de la Misericordia de Dios es conveniente tener la lámpara encendida para estar a la espera de la llegada del Redentor. Y eso es lo que cantamos hoy:

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