¿Quieres ser importante?

El anhelo de reconocimiento y de ser considerado importante germina en el corazón de todo ser humano. Con frecuencia tenemos la necesidad de escuchar que alguien nos diga: «Tú eres importante para mí». Nos infla de orgullo el corazón.
Hay personas a las que no les importa pasar desapercibidos a los ojos de los hombres y convertirse en alguien importante para el Dios de Amor y Misericordia que, en breve, se hará pequeño y humilde en el pesebre de Belén.
Podemos ser importantes de dos formas antagónicas: desde lo más alto del pedestal o desde lo más bajo del escalafón; es decir, desde el oropel de lo llamativo o desde la sencillez del conmover con el corazón.
Miro el pesebre. Allí se encuentra, entre dos padres sencillos y humildes, entre una mula y un buey, y en la frialdad de un establo desangelado el ejemplo de más grande sencillez. E, inclinando la cabeza en señal de piedad y adoración, musito: «contemplándote a Tí, Niño Dios, comprendo que el que se haga pequeño como un niño, ése es el más grande en el reino de los cielos».
Si deseo ser importante para Dios que no intente jamás tratar de deslumbrarlo; no lo lograré por más que se empeñe. A Dios le basta con conmoverlo. Ser y comportarse como un niño. Es en este momento cuando se desata con toda su potencia la ternura de Dios.
«¿Quieres ser importante?», me cuestiona hoy el Señor. «Solo quiero ser importante en la medida en que lo sea para Ti y para los demás si soy capaz de dar testimonio de Ti».

orar-con

¡Señor, Tú eres mi Rey y mi Señor! ¡Eres quien decide todas las áreas de mi vida, el que me guía y gobierna mi existencia! ¡Eres, Señor, lo verdaderamente importante, el que me guía en las pequeñas y grandes decisiones! ¡No te apartes de mí, Señor! ¡Proclamo, Señor, tu Señorío, que eres lo más importante de mi vida! ¡Necesito, Señor, que entres en mi corazón en este tiempo de Adviento, que lo inundes con tu Luz! ¡Quiero que seas el centro de mi existir! ¡No permitas que seas un mero adorno decorativo de mi vida sino alguien real que anida en mi corazón y que gobierna todo mi ser! ¡Señor, quiero darte la importancia que tienes en mi vida, quiero que seas el auténtico Rey de mi vida! ¡Quiero ser un verdadero discípulo tuyo, un cristiano que viva siempre según tu voluntad, regido por los valores del Evangelio y según los dones y gracias del Espíritu! ¡Tu, Jesús, eres el Señor de mi pasado, de mi presente y de mi futuro; eres el Señor de mi familia y mis amigos; eres el Señor, de mi cuerpo y de mi alma; eres el Señor de mi salud y mi enfermedad; eres el Señor de mi riequeza o mi pobreza; eres el Señor de mis alegrías y tristezas; eres el Señor de mis esperanzas y mis miedos; eres el Señor de mis posesiones y mis carencias; eres el Señor de mi inteligencia y mi voluntad; eres el Señor de mi cuerpo y de mi alma; eres el Señor de mis formas y mis actitudes; eres el Señor de mi inteligencia y de mis carencias… lo eres todo Señor para mi! ¡Ya lo sabes, Señor, sólo quiero ser importante en la medida en que lo sea para Ti y para los demás si soy capaz de dar testimonio de Ti!

En la espera, cantamos hoy al Señor:

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