En el desierto del Adviento

El Adviento es como un desierto personal. Es un tiempo breve que Dios me ofrece para, alejado de la mundanidad de lo cotidiano, acercarme con el corazón abierto más a Él. Pienso entonces en san Juan, tan presente en este tiempo de Adviento, que exclamaba: «Una voz grita en el desierto:  Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos».
San Juan vivió en la soledad del desierto desde muy temprano hasta que, siguiendo el impulso del Espíritu, se dispuso a anunciar el misterio de su Precursor. La enseñanza de san Juan es maravillosa. Permaneció mucho tiempo en el silencio para aprender a hablar; vivió una vida de profunda de penitencia exterior e interior para ser capaz de transmitirla a los demás; se llenó de la luz de Dios y, desde la luminaria de su fe, santificó su vida cotidiana para convertirse en el más preclaro ejemplo de virtud; supo cuidarse de si mismo para luego atender a los demás. ¡Qué gran ejemplo para este tiempo de Adviento!
San Juan me invita a hoy para, desde la soledad de mi desierto el lugar de encuentro entre uno y Dios, disponer mi corazón para recibir al Señor en el pesebre de mi corazón. Para recibir al Niño Dios en mi alma con mayor abundancia de gracia, de esperanza y de amor. Me invita a guardar más silencio para prepararme mejor; más interiorización para dirigirme a lo que debe ser esencial en mi vida; más oración para conocerme mejor y conocer mejor al Señor; más prestancia interior para descubrir la presencia de Dios en mí; más mortificación para abandonar mi mundanidad; y, sobre todo, un mayor deseo de unirme a Él. Y en este Año Jubilar de la Misericordia sentir la misericordia infinita de Dios en el desierto de mi vida, en mis tristezas y mis sufrimientos, en las heridas de mi corazón y en los infortunios de mi vida. Vivir en la confianza plena en Él. Sentir esta predilección que tiene por mí y por cada uno a título individual.
El desierto del Adviento es una invitación para cambiar. Para crecer interiormente. Para mudar de piel. Para crecer en autenticidad, en verdad, en profundidad interior, en amor, en misericordia, en generosidad…Para huir de los compartimentos estancos que tantas veces acomodan mi vida. Para ver con otros ojos la vida. Para dar paso a un aire fresco que refrigere mi vida. Para darle un nuevo impulso a los fluidos que vigorizan mi corazón. Para desligarme de lo que me ata y deshacerme de lo que más me pesa. Para romper esas cadenas que me esclavizan por esa falta o aquella imperfección.
En definitiva, para seguir el consejo del Bautista: «Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca». En realidad no es lo que predica san Juan. Es lo que desea el mismo Dios. Es lo que anhela para mí el Señor: llenarme de sus bendiciones, colmarme con sus gracias, ungirme con su amor. Pero el Señor sólo se contentará si soy capaz de darle por entero mi corazón.

orar-con-el-corazon-abierto

¡Señor, ayúdame a pasar por este breve desierto con fortaleza! ¡Ayúdame, con la fuerza de Tu Santo Espíritu, a cambiar interiormente! ¡Hoy, como cada día, pongo ante ti mi pequeñez, mis debilidades, mis incertezas y mi pobreza!  ¡Ayúdame a cambiar porque Tú sabes lo difícil que me resulta mudar mi corazón! ¡Ayúdame a cambiar para acogerte en mi corazón lleno de alegría y virtud! ¡Ayúdame a convertir mi corazón, a serte fiel, a creer con una fe firme! ¡Ayúdame, Señor, a que mi testimonio como el san Juan sea un testimonio coherente, auténtico y veraz con obras y no con meras palabras! ¡Ayúdame, Señor, a no tener miedo al cambio porque me dirijo hacia Ti que todo lo sostienes! ¡Quiero prepararme bien, Señor, para que cuando te hagas de nuevo presente en el portal de Belén te alegres de mi presencia! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a que en estos pocos días que quedan hasta Navidad que sea capaz de abrir mi corazón al cielo! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, para que mi corazón deje de mirarse tanto en si mismo y sea capaz de mirar más a Dios! ¡Ayúdame a desprenderme de esos egoísmos que tan bien arraigados están en mi alma! ¡Ayúdame a romper todas las ataduras que me alejan de los demás, que se rompa la coraza de mi corazón y que se fragmenten mis seguridades mundanas! ¡Sé Tu, Espíritu Santo, el que dirija mi vida interior y el que me acompañe en esta conversión de mi corazón! ¡Ven, Señor, ven que te espero con ilusión!

Encendemos la cuarta vela de Adviento con esta oración: “Señor, se enciende esta cuarta luz que irradia toda nuestra vida, redoblando nuestro deseo de llegar limpio e irreprochable a tu gran Día sin ocaso. Te pido, Señor, que me restaures mi corazón; que brille tu rostro y nos salve. Te necesitamos, Cristo, Luz Viva y Verdadera, para aclarar e iluminar los caminos que nos conducen a ti. Que te alumbremos, como María, Aurora del Sol naciente, en nuestras palabras y obras”.

Far away, muy propia para este tiempo de Adviento:

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