Donde el amor tiene cabida

Escucho en el tren una conversación entre dos jóvenes. Una le dice a la otra: «En mi casa hay tan mal rollo que he decidido pasar las fiestas fuera. Total, a nadie le va a importar». ¡Qué tristeza pensar que quien me quiere no me espera; que quien me espera no me busca! Gran vacío en esta familia y en el corazón de esta joven donde no hay cabida al amor.
Y, sin embargo, el día de Navidad -tan cercano ya- es la cuna del amor. ¡Y hay tantas familias sin amor! Pero allí, en Belén, como un imán, hay una invitación a la cercanía, al calor del amor y el refugio de la esperanza. Porque en el portal de Belén estamos todos los hombres invitados a postrarnos de rodillas ante la cuna donde descansa el Niño Dios que nos conoce perfectamente, nos espera con alegría y nos necesita con amor. El pesebre de Belén es como esa tienda que Dios pone en el lugar adecuado para cobijar a cada uno de sus hijos. A todos. A los que no le conocen, a los que le conocen pero renuncian a Él, a los que han sucumbido a la miseria del pecado, a los que se han dejado barrer por la indiferencia, a los que han abandonado la esperanza, a los que viven presos de la soledad, a los que han dejado crecer en su corazón la soberbia y el egoísmo, a los que han pactado cómodamente con la tibieza, a los que se han dejado seducir por la avidez de lo mundano, a los que la codicia les ha cegado… A mí también me espera, sabedor que caigo siempre en la misma piedra.
La Navidad es la manifestación de Dios y la fuerza de su luz en la figura de un Niño que ha nacido, en toda su debilidad y su indigencia, de un Dios poderoso, para llegar al corazón de cada uno. Y se da una relación de afecto intenso, como haríamos con cualquier recién nacido.
Pero sobre todo en este Niño Dios se manifiesta en la inmensidad de su amor. Quiere que yo lo acoja libremente para vencer mi soberbia, mi orgullo, mis desórdenes vitales, mi vanidad, mi falta de caridad y de amor… Se postra ante mi, pobre y desangelado, para que mi corazón se conmueva y, desde la adoración, conducirme a mi auténtica identidad. Es aquí donde el amor tiene cabida.

orar-con-el-corazon-abierto

¡Señor, hazme entender bien el misterio de la Navidad!  ¡Hazme entender que es lo importante de mi existencia como cristiano! ¡Ayúdame a acogerte con un corazón de niño! ¡Concédeme, Padre, la gracia de tener un corazón sencillo para reconocerte en este Niño que va a nacer en Belén! ¡Te pido hoy, Señor, por todas las familias del mundo para que reine en el corazón de sus miembros el amor y la paz! ¡Lleva, Señor, tu que eres la Paz y el Amor, la paz, la armonía, la buena disposición de espíritu entre todos los miembros de nuestras familias! ¡Haz, Señor, que cesen las discordias y las diferencias, los rencores y las indiferencias y en su lugar trae la generosidad de sentimientos y el amor! ¡Señor, Tú viviste en una familia en la que por encima de todo el ambiente estaba impregnado de amor, servicio y generosidad! ¡Haz que cada uno de nuestros hogares esté impregnado de este ambiente y que se convierta en una morada de tu presencia, en lugares de acogimiento y paz! ¡Que todos, padres e hijos, se sientan siempre amados y se aleje de ellos la ingratitud, el egoísmo y el desdén! ¡Líbranos, Señor, de  tanta vanidad mundana y tanta ambición que roba la poca bondad de nuestro corazón! ¡Y a Ti, María, Reina de las familias, enséñanos a amar!

Acompañamos hoy la meditación con esta bella canción que nos invita a interiorizar:

 

 

 

 

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