¡Ha nacido Jesús!

¡Feliz Navidad a todos los lectores de esta página! ¡Que el Señor de la Misericordia os llene de paz y de amor y os bendiga hoy y siempre!
Interiorizo esta hermosa frase del Credo que recitamos durante la Misa de ayer noche: «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo». ¡Que generoso, espléndido y magnánimo es el Señor haciéndose hombre «por nuestra salvación»! Dios es capaz de transformar lo trascendente en sencillo y lo trivial en inefable y convertirlo en algo maravilloso. Y en un día como hoy emplea instrumentos en apariencia sencillos —un burro y un buey, unos pobres y desorientados pastores, un rebaño de ovejas y un desangelado pesebre— para crear con ellos la más impresionante escenografía donde cada año tiene lugar una de las obras más trascendentales de la historia de la humanidad; porque la otra, igual de significativa, se celebra con un cariz diferente en lo alto del Gólgota.
En este día de Navidad, siento que todo ha sido un acto de amor por mi. Que Dios ha bajado del cielo empujado nada más que por su amor. Por eso, en estos días de fiesta que solemnemente han comenzado hoy, Jesús demuestra que la Navidad es la prueba más sobresaliente de su altruista generosidad.
El mismo Dios ha entrado en mi —nuestra— vida invitando a cambiar. Para dejar claro que la esperanza es posible. Que vale la pena ser hombre comprometido con Él porque es Dios mismo quien comparte mi vida y mi misma aventura humana; que junto a Él puedo caminar confiado y alegre hacia la plenitud.
En este día de Navidad el corazón, tocado por Dios, me invita a renacer a la alegría, a la confianza, a la esperanza, a la misericordia, al perdón, a la solidaridad, al servicio, a la fraternidad y, sobre todo, a la entrega total en el Padre, al encuentro personal con Cristo y a la gracia del Espíritu.
Cristo puede nacer cada año en Belén pero si no nace en mi corazón, mi renacer en esta Navidad habrá sido tristemente infructuoso.

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¡Gracias, Niño Jesús, por venir a mi corazón¡ ¡Gracias, porque habitas en mi! ¡Que se encienda en mi corazón el amor, la generosidad, la paz, la humildad, la entrega, la paciencia, la fidelidad, la fraternidad, el entusiasmo, la caridad, la solidaridad, la compasión, la confianza, la dicha, la felicidad, la magnanimidad…! ¡No viniste, Padre, a la tierra para ser alabado, querido y amado sino para amarnos Tu. Padre, tu has querido la encarnación de Tu Hijo no tanto para tener a alguien fuera de la Trinidad que te amara de manera digna, sino para amar sin medida! ¡Gracias, por tu amor infinito! ¡Gracias porque eres amor y vida, haz que sepa convertir mi familia en un santuario verdadero de amor, alegría y paz! ¡Haz que tu gracia guíe siempre mi vida para crecer en la verdad y en el amor! ¡Haz que, al igual que Tu, sea semilla de esperanza entre mis amigos y familiares! ¡Feliz Navidad, Niño Dios, Tu que eres hombre y Dios a la vez!

Del maestro francés Marc Antoine Charpentier disfrutamos de su cantara In nativitatem Domini Nostri Jesu Christi Canticum, H.414:

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